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ALCALDE CARMONA

ALCALDE CARMONA

El perfil más clásico y eficaz del alcalde es el de aquel que no espera los problemas en el despacho, sino que los recibe a pie de calle. El alcalde es el político que toma el pulso de su gente allí donde vive la gente. A un alcalde no le cuentan las dificultades en un gabinete, porque es el primero en conocerlas. Y el alcalde no construye las soluciones en un laboratorio, sino al lado y de la mano de quienes han de practicarlas y disfrutarlas.

Gallardón tenía más ínfulas de emperador que de alcalde. Botella huye de la calle mientras la calle le reprocha su lejanía. Y Aguirre siempre fue populista tan solo del pueblo más selecto. Antonio Miguel Carmona tiene madera de alcalde, indudablemente. Conoce las inquietudes y los anhelos de cada esquina de la ciudad, y no por haberlas leído en informe alguno, sino por haberlas visto, tocado y sufrido en directo.

Dice la leyenda carmonista que en su agenda figuran a veces actos simultáneos no por error, sino por la capacidad del futuro alcalde de Madrid para atender varios asuntos a un tiempo, logrando además que cada concernido se sienta objeto de una atención singular y especial. Cercanía, empatía, diálogo, participación… Son los atributos de un alcalde dedicado al interés de la mayoría de la gente, antes que al provecho de la selecta minoría de siempre.

¿Y el programa?, preguntan a veces. El programa lo tiene en su cabeza. Cada demanda, cada cifra, cada fecha, cada interlocutor, cada compromiso, cada decisión… Solo hay que descargarlo del disco duro de su memoria de alcalde. ¿El resumen? Una ciudad a la medida de sus habitantes, antes que a la medida de sus negocios. Una ciudad justa.

Carmona es economista, pero de los economistas que ven los ojos, la cara y el corazón que se esconde tras cada estadística. Es de los economistas que no miden las mejoras o los retrocesos en el PIB o en el IBEX, sino en la calidad del empleo de los jóvenes, o en los servicios públicos que disfrutan los mayores, o en la igualdad real que experimentan las mujeres, o en las oportunidades que la ciudad brinda a sus niños y niñas.

Por eso dice que su M-30 es la igualdad, y que su Palacio de Cibeles es una red de escuelas infantiles, y que su Teatro Real son las escuelas de música para cada barrio. El desahucio de cada día no es una curva hacia arriba o hacia abajo para el economista Carmona, sino un enemigo, como los fondos buitre que se enriquecen malcomprando y malvendiendo las viviendas públicas que debieran albergar a los más necesitados.

Y aspira a ser alcalde de su ciudad, Madrid, pero ya se siente alcalde de todos y de todas las que llegan a Madrid, las que viven, o pasan, o sufren, o se alegran en Madrid. Vengan de donde vengan. Suele decir que cualquiera es madrileño y madrileña en cuanto pisa la T-4 de Barajas, o la estación de autobuses, o la terminal del AVE en Atocha, o la carretera de Extremadura. No afirma Madrid frente o contra otros. Afirma Madrid con todos los otros y con todas las otras. Madrid y España, sí. Con mayúsculas.

Puede que ni él mismo se esté dando cuenta, pero ya está ejerciendo como el alcalde que Madrid lleva tiempo necesitando.

EMERGENTES, PERO NO MUY SOLVENTES

Todas las formaciones políticas que se presentan a unas elecciones merecen respeto y consideración, las más nuevas y las menos nuevas. Y todas las formaciones políticas merecen también el mismo análisis crítico sobre sus propuestas y sobre su comportamiento en campaña, los supuestamente emergentes y los ya emergidos, por igual. Porque unos y otros se presentan ante la ciudadanía como formaciones preparadas para asumir la representación y el gobierno de los asuntos colectivos.

Como es lógico, la pulsión de cambio en la sociedad española, conforme se aproxima la hora de la verdad electoral, va perdiendo componentes puramente emocionales y va ganando en su consideración más racional. La ciudadanía valora cada vez más la propuesta que la protesta, y va estimando en mayor medida la solvencia en la articulación de soluciones viables que la habilidad dialéctica en las tertulias televisivas.

Los dirigentes de los nuevos partidos han puesto de manifiesto recientemente algunos comportamientos cuestionables. Por ejemplo en Andalucía. Tras presentarse ante la ciudadanía como auténticas alternativas de gobierno respetuosas con la democracia, están ignorando el resultado inequívoco de las urnas andaluzas y están obstaculizando la pronta formación del gobierno que ha de servir al interés general. Además, en el afán de ganar bazas de poder cuanto antes, fomentan el transfuguismo masivo de militantes y de cargos de unos a otros, a la más vieja usanza política, por cierto.

La “democracia del click” con que algunos pretenden dar lecciones de participación transparente genera tantas sospechas de juego poco limpio que hasta sus protagonistas se han visto obligados a anular algunos de sus resultados notorios. Yerran cuando hacen y también, a veces, cuando hablan, como cuando aseguran estar dispuestos a suministrar a los andaluces cañas de pescar en lugar de peces, como si se tratara de un territorio tercermundista… El propio Jefe de Estado debió sorprenderse un tanto cuando uno de los líderes emergentes aprovechó su primer encuentro público para regalarle unos dvd sobre la serie americana de moda.

Más serio es el cuestionamiento que merecen sus propuestas programáticas. Algunas porque son de ida y vuelta, como el establecimiento de la renta mínima universal o la jubilación a los 60 años. Otras por poco meditadas, como la denuncia del Tratado de Lisboa y el euro. También las hay sumamente injustas, como la idea de Podemos de eliminar las pensiones de viudedad que reciben miles de mujeres sin recursos en España, con el argumento de que ya cobrarían la renta universal, a la que previamente se había renunciado…

Un debate a fondo requiere la oferta electoral de Ciudadanos para legalizar la prostitución, cuando todos sabemos que la compra-venta de favores sexuales en nuestro país, además de vejatoria para todo ser humano, se fundamenta en buena medida en el tráfico y la explotación de mujeres víctimas de redes mafiosas. También es rechazable la obsesión del economista de cabecera de esta formación por el contrato único, que equivale necesariamente al contrato único precario. Y ha de cuestionarse la apuesta por la “sanidad mixta” en detrimento de la sanidad pública garante de equidad. Y la coincidencia con el PP al limitar la prestación sanitaria a los inmigrantes. Y las reticencias a la paridad hombre-mujer en las candidaturas. Y la fijación de un IVA homogéneo, forzando la subida de impuestos sobre el consumo de productos de primera necesidad, como alimentos y medicinas….

Insistamos, por tanto, en la legitimidad de todas las opciones políticas, por novedosas e inexpertas que resulten, pero analicemos con cuidado si tras tanta novedad emergente existe en realidad algo más que mucha ambición y poca solvencia.

ESTILO GABILONDO

ESTILO GABILONDO

La elección de Ángel Gabilondo como candidato a la Presidencia de la Comunidad de Madrid está generando unos efectos que van más allá de la obvia ventaja en las expectativas electorales del PSOE. El estilo propositivo, integrador y respetuoso del profesor Gabilondo ha elevado sustancialmente el nivel del debate político en nuestra región. Hasta tal punto ha sido asumido este cambio en la política madrileña que otras formaciones políticas se han visto obligadas a elegir perfiles similares en sus propias candidaturas.

El “estilo Gabilondo” consiste en anteponer el debate en torno a lo que interesa a la ciudadanía por encima de los habituales debates estériles entre los propios partidos. Se trata de analizar los problemas y los retos a los que se enfrenta la sociedad antes que examinar con ánimo crítico las conductas de los rivales políticos. Y se trata de plantear propuestas para solucionar los problemas de los ciudadanos y las ciudadanas antes de ensayar cada día nuevos golpes certeros sobre la mandíbula del adversario electoral.

Gabilondo entiende, con mucha razón, que a menudo la ciudadanía contempla entre sorprendida y hastiada los absurdos reprochatorios que se lanzan unos dirigentes políticos contra otros, mientras parecen olvidar que se les eligió no para pelearse entre ellos sino para resolver los problemas de quienes les pagan. Si aquello del “y tú más” siempre fue reprochable, lo es en mayor medida cuando muchos madrileños y madrileñas están sufriendo los rigores de la crisis y de los recortes, a la espera de una solución que no acaba de llegar.

El estilo del candidato socialista consiste también en fundamentar las propuestas políticas en principios y en valores antes que en la acostumbrada puja electoralista. Gabilondo suele hablar de un modelo económico compatible con la justicia social. Habla de empleos con derechos. Habla de políticas públicas para asegurar la equidad social. Habla de instituciones justas al servicio del interés colectivo. Habla de cambios en las políticas y en las formas de hacer política. Y a partir de ahí desgrana su programa concreto en cada área de Gobierno.

Durante demasiado tiempo, la política madrileña se ha asemejado a una especie de mercadeo de ofertas con las que impresionar al electorado. Si tu pones siete hospitales, yo pondo ocho. Si tú prometes colegio y centro de salud, yo prometo colegio, centro de salud, universidad, hospital y centro aeroespacial. Si tú ofreces bajar este impuesto, yo bajo este, el otro y el de más allá. Como es lógico, muchos ciudadanos contemplaban este espectáculo entre escépticos y hartos. Resulta mucho más interesante y enriquecedor tratar sobre modelos de región y acomodar las propuestas concretas a estos grandes modelos diferenciadores.

Gabilondo comenzó su andadura como candidato hablando de honestidad. Creo que ha sido el único candidato de la historia de las elecciones en España que ha logrado poner en pie a un auditorio con una cita de Kant apelando a la honestidad como prioridad en el quehacer político. Pero jamás ha hecho uso de este a priori como un arma arrojadiza. Es más, ha reprochado las conductas deshonestas en todas las filas, incluidas las más cercanas. Solo así será creíble el político que se compromete a una gestión transparente y limpia, además de eficaz. Este discurso es mucho más inteligente y efectivo que cualquier auto-tribunal para candidatos.

Los socialistas estamos orgullosos de hacer campaña con “estilo Gabilondo”. Y estamos convencidos de que el beneficio no se quedará solo en nuestra orilla, sino que alcanzará, y ya está alcanzando de hecho, al conjunto de la política madrileña.

 

LOS ANDALUCES VOTAN UNA RECUPERACIÓN JUSTA

La primera votación de este año electoral coloca al PSOE como la alternativa favorita de los ciudadanos, con un gran triunfo en Andalucía. El PP se derrumba con 14 puntos y medio millón de votos menos. Los apoyos a IU también caen a menos de la mitad. Y los nuevos partidos, Podemos y Ciudadanos, no cumplen sus expectativas de sorpasso, si bien obtienen apoyos importantes que fraccionan sobremanera la representación institucional de los andaluces.

El Partido Socialista ha ganado las elecciones con un discurso basado en la recuperación justa. “Queremos que Andalucía crezca sin dejar a nadie atrás”, ha repetido una y otra vez Susana Díaz. La ciudadanía ha castigado duramente la estrategia neoliberal de contraponer economía y bienestar social. Centenares de miles de andaluces han dado la espalda al PP por aprovechar la crisis para acrecentar las desigualdades y empobrecer a las mayorías.

Podemos rentabiliza su discurso crítico, aunque queda muy lejos de sus promesas de “conquistar los cielos”. Los andaluces han sabido distinguir la dialéctica tertuliana más o menos afortunada de una auténtica alternativa de gobierno. Y Ciudadanos obtiene provecho de su indefinición ideológica y su imagen de cierta novedad, pero el provecho también es limitado.

Aquellos que se apresuraron a vaticinarel fin de los apoyos mayoritarios a los grandes partidos tendrán que revisar sus análisis en las tertulias de los próximos días. No se ha producido ninguna hecatombe en el voto socialista. De hecho, el PSOE vuelve a ser el primer partido en Andalucía, mantiene exactamente los mismos escaños que tenía hace cuatro años y saca 14 diputados de ventaja al segundo clasificado.

Y el PP recibe el castigo merecido por sus políticas antisociales y la corrupción sistémica en su organización, pero tampoco cede la segunda posición y más que duplica en diputados al tercer partido.

La sociedad andaluza ha optado por una representación democrática más fraccionada. Esta nueva situación tiene la ventaja de la pluralidad en las voces y en los posicionamientos políticos a tratar en el Parlamento andaluz. Pero añade también cierta dificultad para asegurar la gobernabilidad de las instituciones.

Ahora corresponde a Susana Díaz y al Partido Socialista estudiar el nuevo escenario político en Andalucía y sacar adelante un gobierno que cumpla la voluntad que los andaluces han expresado inequívocamente en las urnas. La ciudadanía quiere dejar atrás la crisis, pero no al coste de perder igualdad, bienestar y dignidad. Los andaluces han votado por una recuperación justa, con el Partido Socialista al frente.

SUELO PÚBLICO PARA ENSEÑANZA PÚBLICA

Posiblemente no se nos ocurra ninguna acción de gobierno más miserable que aquella que hace del derecho a la educación de nuestros hijos una simple moneda de cambio para el mercadeo y las corruptelas de esas moscas ventajistas que revolotean siempre alrededor del poder.

Y esto es lo que la Justicia ha descubierto en la inefable conducta de Francisco Granados, consejero del Gobierno madrileño del PP durante muchos años, y sus no menos inefables socios en el macro-caso de corrupción que la policía bautizó como “Púnica”.

Suelo público a precio de saldo. Construcción del colegio a cargo de una empresa de la trama. Garantía de concierto y financiación pública a cargo de la Comunidad de Madrid. Tal era, al parecer, el pack infame con que Granados, Marjaliza y compañía se enriquecían a costa de los recursos destinados a asegurar la formación y la igualdad de oportunidades de nuestros hijos.

Más de dos millones de metros cuadrados de suelo público regalados a las empresas de los amiguetes, mientras se negaba la construcción del instituto público imprescindible, mientras se demoraba sin rubor la ampliación del colegio saturado, mientras se recortaban los recursos precisos para atender las necesidades de los más débiles, mientras se justificaba la no apertura de los comedores escolares para los más pobres durante las vacaciones…

El reproche ya no es solo político, por penoso. El reproche debe ser moral, porque deberían avergonzarse hasta el extremo quienes acumulan millones en Suiza a costa del futuro de los niños y las niñas de su comunidad.

Ahora se entiende aquella enmienda apresurada que presentó el Partido Popular durante la última fase de la tramitación de la LOMCE en el Congreso. La iniciativa facultaba a las Administraciones para ceder suelo público a las empresas privadas de la educación. El PP estaba legalizando las prácticas vergonzantes de sus cargos en Madrid.

Solo cabe exigir primero una investigación a fondo de los hechos, en sede judicial y en sede parlamentaria. Segundo, la restitución de todo lo robado a la educación pública, para dedicarlo a la mejora de la enseñanza de todos y todas. Tercero, la vigilancia para que los centros así concertados cumplan la ley, escolarizando a niños y niñas con necesidades especiales y renunciando al cobro de contribuciones “voluntarias” a las familias.

Cuarto, retirada inmediata del concierto a los centros que segreguen a los niños de las niñas, contraviniendo el principio de la igualdad de género. Quinto, derogación de la LOMCE en cuanto exista una mayoría parlamentaria comprometida para ello. Y sexto, y más importante, garantía a los ciudadanos de Madrid de que el próximo Gobierno del cambio solo destinará suelo público a la enseñanza pública.

POLÍTICA LIMPIA PARA MADRID

La primera condición para el cambio político en Madrid consiste en que la política recupere la legitimidad y la credibilidad que ha perdido tras veinte años de gobierno de la derecha. Ningún gobierno podrá afrontar los cambios necesarios en el modelo productivo, en la creación de buenos empleos o en la recuperación de unos servicios públicos con calidad y con equidad, si no logra antes generar un mínimo de confianza en las instituciones que rigen la convivencia democrática.

Una sociedad compleja como la madrileña no se gobierna solo desde la Puerta del Sol. Acometer retos de envergadura requiere concernir, implicar y movilizar a muchas entidades y a muchos ciudadanos en un proyecto común. Y esto solo puede hacerse cuando tales entidades y tales ciudadanos ven honestidad y rigor en sus referentes institucionales.

La Comunidad de Madrid está sometida desde hace mucho tiempo a un deterioro institucional gravísimo y creciente. Estamos ante el derrumbe de todo un régimen clientelar que ha alimentado intereses parciales y a menudo espurios por encima y a pesar del interés general de los madrileños y de las madrileñas. El espectáculo lamentable de estos días a costa de áticos presidenciales y dádivas a jueces constituye el mejor símbolo para un fin de ciclo más que necesario.

Un presidente que denuncia el chantaje de unos comisarios de policía a propósito de la investigación sobre el origen dudoso de una propiedad. Un comisario de policía denunciando por injurias a un presidente autonómico. Un Parlamento haciéndose eco de sobresueldos pagados a jueces a través de una concesionaria autonómica. Un juzgado tratando los espionajes zafios entre miembros del gobierno de la Comunidad.

Otro exmiembro del gobierno de la Comunidad en los periódicos por sus pelotazos urbanísticos, sus cuentas en paraísos fiscales y sus sociedades con un agraciado múltiple en la lotería. Un exmiembro más del mismo gobierno en el juzgado por ser epicentro de la trama Gürtel como receptor de comisiones delictivas entre concesionarios públicos. Alcaldes y concejales del partido gubernamental procesados y condenados por manejos ilegales en el suelo de Madrid, de norte a sur y de este a oeste, de Majadahonda a Valdemoro, de Arganda a Pozuelo.

Miembros del gobierno y altos cargos de la sanidad pública haciendo uso de las puertas giratorias en empresas beneficiarias de sus propias decisiones privatizadoras. Pruebas fehacientes de la financiación irregular durante décadas de las campañas electorales del partido del gobierno. Una televisión pública usurpada por el partido del gobierno y desahuciada por unos telespectadores que la pagan pero se niegan a tragar su sectarismo. Un Parlamento regional sometido al poder ejecutivo con alevosía y nocturnidad literal…

La Comunidad de Madrid necesita una operación urgente de limpieza en sus instituciones. Como ha dicho Ángel Gabilondo, nuestra región debe someterse cuanto antes a la máxima kantiana de la honradez como la política primera y fundamental. Política limpia en instituciones justas. Este es el primer paso del cambio.

RAJOY PERDIÓ SU DEBATE CON LOS ESPAÑOLES

Analizar el debate sobre el Estado de la Nación en términos de qué portavoz ganó sobre los demás resulta demasiado reduccionista. De hecho, los intervinientes no debieran procurar ante todo el triunfo dialéctico sobre sus contrincantes en la tribuna, sino el servicio en forma de análisis y propuestas útiles a quienes deberían ser los principales destinatarios del debate: los ciudadanos y las ciudadanas.

En consecuencia, si la mayoría de los españoles considera que Rajoy perdió el debate, no es solo porque perdiera el duelo dialéctico con el líder de la oposición, que lo perdió, sino sobre todo porque perdió la oportunidad de practicar un ejercicio honesto de empatía con los españoles que peor lo están pasando, y porque no planteó rectificación alguna en las políticas que provocan tal sufrimiento.

La mayoría de los españoles tienen pendientes dos grandes reivindicaciones ante sus representantes políticos: una política limpia y una recuperación justa. Y el actual Presidente del Gobierno de España no tiene credibilidad alguna para atender debidamente ninguna de estas expectativas de futuro. Esta fue la causa principal de su derrota.

Rajoy no puede ofrecer a los españoles ninguna iniciativa creíble para regenerar la vida pública porque es el presidente del PP que nombró a los dos últimos tesoreros que están siendo juzgados por corrupción. Nadie puede creer promesa alguna de regeneración cuando proviene de quien ha presidido un partido que acude a las elecciones con el dopaje de la financiación ilegal, que reforma su sede con dinero negro y que reparte sobresueldos a sus dirigentes en cajas de puros.

Cuando Pedro Sánchez le espetó aquello de “Usted no puede darme lecciones de lucha contra la corrupción. Yo soy un político limpio”, Rajoy no pudo contestar “Yo también”, porque sobre él pesa la responsabilidad de innumerables casos de corrupción, de Gürtel a Púnica.

Tampoco resulta creíble el actual jefe de Gobierno cuando decreta unilateralmente el fin de la crisis, cuando dibuja una recuperación primaveral y cuando asegura que las clases medias van a beneficiarse de los buenos tiempos. Los españoles saben que ha sido la reforma laboral del PP la causante principal de la precariedad creciente en los contratos y de la devaluación salarial generalizada. Como saben que, lejos de cumplir su promesa de bajar impuestos, ha elevado gravemente la presión fiscal sobre los que menos ganan y menos tienen. Y saben también que el deterioro de los servicios públicos que atienden las necesidades básicas de la población es debido a los recortes aplicados por el PP. Hoy resulta evidente para la mayoría que la recuperación justa no vendrá de la mano de Rajoy.

Rajoy perdió el debate, sí. Lo perdió frente a Pedro Sánchez, y lo perdió frente a los españoles.

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