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simancas260615

La expresión puede resultar dramática, pero no es en absoluto exagerada. Las elecciones del 26 de junio constituyen una encrucijada de alcance histórico para la sociedad española. Las conquistas realizadas durante los 37 últimos años de democracia pueden irse al traste por la hegemonía de una derecha entregada a la cleptomanía y los recortes sociales, y por la alternativa de quienes persiguen la “ruptura con el régimen del 78” y la revolución bolivariana en España.

Puede que muchos jóvenes tengan la falsa conciencia de que la democracia y las libertades de las que disfrutan forman parte consustancial e inveterada de nuestro país. Pero no es así. De hecho, estos 37 años suponen una extraordinaria anomalía histórica en una trayectoria jalonada de desastres patrios. Con todas sus limitaciones e insuficiencias, el “régimen del 78” que algunos descalifican alegremente, constituye el mayor éxito de la historia colectiva de los españoles, y supera en mucho, desde luego, a la alternativa que esos mismos ayudaron a instaurar mediante sus asesoramientos millonarios en la pobre Venezuela de nuestros días.

A pesar de las contrarreformas y los tijeretazos de estos últimos años, en España aún disfrutamos de un Estado de Bienestar envidiado en la mayoría de los países del mundo, con educación obligatoria gratuita, asistencia sanitaria de calidad y casi universal, un sistema de pensiones que asegura a muchos una vejez digna, una mermada pero considerable cobertura al desempleo, un cierto colchón de servicios sociales básicos… La Constitución de 1978, aún pendiente de una puesta a punto, otorga libertades, derechos y democracia en razonable equivalencia con las poblaciones más privilegiadas del mundo a este respecto.

No se trata de dar miedo a nadie, pero la realidad es que nada de esto es irreversible. La reforma laboral de 2012 del PP ya cercenó buena parte de los derechos de los trabajadores sobre su salario y sus condiciones laborales. Los recortes aplicados por Rajoy sobre educación, sanidad y dependencia, agravados en la perspectiva del plan de estabilidad enviado a Bruselas, ponen en riesgo la supervivencia misma de los pilares del Estado de Bienestar. Nadie sabe cómo espera Rajoy pagar las pensiones en un sistema que genera 17.000 millones de déficit anual creciente y una hucha previsiblemente vacía en solo dos años más…

Y quienes vienen empujando con la “nueva política” presentan una hoja de servicios bastante inquietante. Parece molestarles que hablemos de Venezuela, pero siendo nuevos aquí y habiendo constancia de su asesoramiento allí (bien pagado, por cierto), resulta inevitable echar un vistazo a lo logrado con sus consejos. Desabastecimiento de medicinas, racionamiento alimentario, inflación del 275% (2015), la mayor tasa de violencia de América, encarcelamiento de opositores… Que nos perdonen si expresamos cierta preocupación.

Porque, ¿cómo evaluar expectativas con quienes aún no han gobernado? Sus recientes gobiernos “del cambio” en algunos municipios se prodigan en declaraciones altisonantes y escenificaciones aparatosas, en un supuesto “nuevo estilo”, pero no hay ni rastro de mejoras en el empleo, en el acceso a la vivienda, en el combate a la pobreza, en la limpieza, en el tráfico, en la lucha contra la contaminación… La única mejoría palpable se detecta, esto sí, en los entornos de filiación, de familia y de amistad de las “nuevas élites”. Poco más.

¿Acudimos a sus formulaciones teóricas? La más reciente aparece en las resoluciones del XX Congreso del PCE, que forma parte de la coalición Unidos Podemos, a través de Izquierda Unida. En el PCE militan, por ejemplo, Garzón, Monereo, Anguita, Centella… Ahí podemos leer planteamientos tan peregrinos como “romper con la UE y con el euro”, “construir una especie de ALBA (Alianza Bolivariana de los pueblos de América)”, “reconocer el derecho de autodeterminación de los pueblos del Estado”, “desprivatizar la comunicación y la gran distribución de alimentos”… Más que “nuevo” o “transgresor”, resulta viejo e inquietante.

¿De verdad alguien piensa que los españoles resolveremos nuestros problemas y ganaremos bienestar saliendo de la UE y del euro, independizando Cataluña y nacionalizando el Mercadona? Que les pregunten a los caraqueños sobre las enseñanzas de Iglesias, Monedero y Alegre…

Claro que es necesario el cambio. Es muy necesario para consolidar derechos, libertades y bienestar social. Para ganar en igualdad y justicia. Para conquistar nuevos avances de futuro. Cambio sí, pero un cambio a mejor.

 

simancas180516

 

 

Por si alguien albergaba aún alguna duda, el “arrepentido” David Marjaliza ha detallado ante el juez Eloy Velasco las razones por las que la mafia corrupta que saqueaba Madrid impidió la formación del Gobierno elegido democráticamente por los madrileños el 25 de mayo del año 2003.

En aquella “época loca”, según explica ante el juez el corrupto confeso Marjaliza, la corrupción era una práctica generalizada en la Comunidad de Madrid. Recalificaciones urbanísticas fraudulentas, contratos públicos amañados, privatizaciones bajo comisión, financiación ilegal de campañas políticas, puertas giratorias a gogó… El régimen madrileño era un régimen al servicio de corruptos, corrompidos y corruptores.

A todo esto llegan las elecciones autonómicas de 2003 y un equipo nuevo, ilusionado, decente, a cuyo frente se sitúa un joven de apenas 36 años, que se había dado a conocer precisamente por perseguir la corrupción en el Ayuntamiento de Madrid, obtiene un resultado que le permite formar un Gobierno de cambio.

Este equipo nuevo, ilusionado y decente había obtenido un gran apoyo ciudadano, además, merced a un programa bien trabajado, que proponía un modelo sólido de crecimiento para Madrid, lejos del burbujeo especulativo sobre el suelo. Proponíamos un Plan de Estrategia Territorial, elaborado por expertos universitarios, que determinara el uso del suelo en función del interés social, del fomento de la industria, de la preservación ambiental, del bienestar social, antes que al servicio de la mafia especuladora.

Este equipo, preñado de ganas por servir con decencia a los madrileños, se comprometía además a garantizar transparencia en los procesos de contratación pública, a prevenir y perseguir las irregularidades, a asegurar que pagaran sus impuestos quienes debían pagarlos, a poner fin a las privatizaciones espurias, a acabar con los trasvases permanentes entre las arcas públicas y algunos bolsillos privados…

Llegábamos, además, con la credibilidad de nuestras trayectorias personales. En aquel equipo había compañeros y compañeras que ya habían demostrado su carácter incorruptible y su compromiso personal con una política limpia al servicio del interés general, en las comisiones de vigilancia de las contrataciones de la capital, en las comisiones de urbanismo del Parlamento regional, en los Gobiernos municipales de la región…

¿Cómo iban a dejarnos gobernar? Hubiéramos frustrado el botín de aquella “época loca” que con tanta precisión, y con tanta desvergüenza, describe en estos días el corrupto Marjaliza en sede judicial. “Entre 3.000 y 6.000 euros por vivienda” para el corrupto. 20.000 inmuebles, 6.000 viviendas sociales. Sobres y bolsas de dinero negro que se amontonaban en los altillos del suegro, que desbordaban las cajas de seguridad de los bancos, que se blanqueaban mediante redes mafiosas en Suiza. Vacaciones gratis, coches deportivos, regalos, “atenciones”, fiestas, campañas trampeadas por el dopaje de dinero sucio…

No iban a permitir que un puñado de políticos bienintencionados, ingenuos, inmunes a sus corruptelas mafiosas, les estropearan la “época loca” por el simple hecho de que habían obtenido unos miles de votos en unas elecciones democráticas. Buscaron la manera de frustrar aquel Gobierno, con el método que mejor conocían, con la compra mafiosa de las voluntades. Y para nuestra vergüenza encontraron dos sujetos dispuestos a corromperse con ellos.

Habrá quienes vuelvan a decir aquello de que sigo “sangrando por la herida”. Pero mi herida, la herida de aquel equipo decente, la herida de mi partido, son heridas insignificantes al dado de la herida de los madrileños. Esta es la herida que ha de importarnos.

¿Cuántos recursos robados podríamos haber dedicado a crear buenos empleos para los madrileños? ¿Cuántas mordidas millonarias podríamos haber invertido en mejorar la vida de hombres, mujeres, niños, jóvenes, mayores, en la educación, en la sanidad, en los servicios sociales, en la atención a la dependencia? ¿Cuántas privatizaciones y cuantas recalificaciones mafiosas hubiéramos podido evitar en interés de todos? Esa es la herida que duele, sí.

Hay más cosas que duelen. Porque el partido que gobernó aquella “época loca” sigue gobernando la Comunidad de Madrid, y algunos de los protagonistas de aquellas “locuras” siguen en activo, como si la cosa no fuera con ellos.

Pero hay esperanza. En el año 2003 teníamos un equipo ilusionado y limpio para el cambio. Hoy tenemos a Ángel Gabilondo, y tenemos un nuevo equipo preparado, honesto, valiente, que representan tanto o aún mejor la esperanza en un futuro de desarrollo, de justicia y de decencia para Madrid. Ojalá puedan gobernar cuanto antes.

simancas110516

Uno de cada diez diputados se elige en Madrid. La circunscripción madrileña tiene el privilegio de elegir a los candidatos a la presidencia del Gobierno. Y la campaña en la capital es siempre una campaña especial, por concentrarse aquí las principales instituciones del Estado, el núcleo del poder económico y las principales cabeceras de los medios de comunicación.

Los resultados de las elecciones generales del pasado 20 de diciembre en Madrid fueron la consecuencia de una secuencia previsible. Nuestra comunidad ha sufrido de manera especialmente dura las peores consecuencias de la crisis iniciada en 2007. Buena parte de sus clases medias urbanas han sido arrojadas a la precariedad, y buena parte de sus clases precarias han sido arrojadas a la exclusión social y a la miseria.

La comunidad madrileña ha sido objeto y víctima a la vez del recetario austericida más extremo. Si el conjunto de España sufría los recortes de Rajoy y Montoro, en Madrid, además, se sufrían los tijeretazos y las privatizaciones de Aguirre, González y Botella. Si en el país nos avergonzábamos por los Bárcenas, los Matas y las Barberás, en Madrid, además, nos abochornábamos con los Granados, los Sepúlvedas y los López Viejo. Toda España sufría el terremoto de las corrupciones, pero el epicentro siempre estaba en Madrid.

La lógica de los hechos conducía inexorablemente a la eclosión en Madridprimero de la desafección más notoria hacia la política. De ahí el fenómeno del 15-M. La desafección enrabietada se aposentó más tarde en una exigencia muy general de cambio radical, tanto en los contenidos como en las formas de la política. Y al calor de esta demanda acudieron los populismos, como moscas a la miel, como suele ocurrir.

El sufrimiento por las consecuencias de la crisis, la frustración por la falta de soluciones, el enfado por las corruptelas constantes, se convirtieron en el caladero perfecto para pescadores en río revuelto. Amparados en la ventaja de la novedad, pertrechados con las frases contundentes que muchos querían oír, y dispuestos a agitar vísceras antes que a encontrar soluciones, Iglesias y los suyos avanzaron posiciones en Madrid.

En este contexto, las elecciones del 20 de diciembre supusieron la pérdida de 500.000 votos para el PP, de 230.000 para el PSOE y de más de 80.000 para IU. Podemos surgió con la fuerza de 756.000 apoyos y Ciudadanos obtuvo otros 676.000. Los madrileños votaron cambio muy mayoritariamente, pero mayoritariamente también decidieron repartir del voto del cambio, dando una oportunidad a formaciones desconocidas que prometían el cambio radical mediante la “nueva política”.

El contexto de las elecciones del próximo 26 de junio se parece al de diciembre en cuanto a la necesidad de soluciones justas para la mayoría y en cuanto a la pulsión mayoritaria por el cambio. Pero hay una diferencia sustancial. Los “nuevos” ya no son nuevos, y los madrileños tienen buenas pistas sobre lo que cabe esperar de cada opción política.

El PP ofrece continuidad, los mismos recortes, las mismas privatizaciones, el mismo sufrimiento, el mismo Rajoy. De Ciudadanos puede esperarse cualquier cosa, como fuerza pragmática que son, pactarán a derecha o a izquierda en función de los números y de las corrientes de simpatía en la opinión pública. Ahí está su apoyo a Cifuentes en el Gobierno de la Comunidad de Madrid.

Podemos ha traicionado a los votantes que le dieron un mandato de cambio el pasado 20 de diciembre.La querencia de Iglesias por los sillones del poder y el rencor anti-socialista que guía sus decisiones han proporcionado a Rajoy una prórroga para su estancia en La Moncloa, y una oportunidad que no merecía para mantenerse allí durante otros cuatro años. Los votos que reciban Iglesias y su socio menor Garzón son votos para la pinza, no para el cambio.

Solo aglutinando los votos del cambio en el PSOE y en Pedro Sánchez hay garantía de cambio en Madrid y en España. Los votos al PSOE no son para la continuidad ni para la pinza. Son votos para el cambio progresista, para la recuperación justa y para la regeneración democrática. Son votos para el nuevo Estatuto de los Trabajadores, para recuperar las prestaciones a parados mayores de 52 años, para instaurar el ingreso mínimo vital, para universalizar la sanidad pública y para convertir las becas en derechos.

Solo el PSOEha antepuesto el objetivo del cambio a cualquier cálculo partidista. Pedro Sánchez pudo asumir poder mediante la gran coalición de Rajoy o mediante un pacto espurio con quienes buscan romper nuestro país. No lo hizo, porque su propósito no es el de los sillones, ni las vicepresidencias plenipotenciarias ni los puestos “plus” que obsesionan a Iglesias, sino el de las soluciones para la mayoría.

El 20-D la mayoría madrileña del cambio se fraccionó entre varias opciones. No salió bien. El 26-J tenemos que sumar todos los votos del cambio progresista en la opción que quiere y que puede gobernar el cambio: el PSOE.

simancas040516

Buena parte de la ciudadanía que el 20 de diciembre optó por el cambio, hoy siente frustración. Existe una sensación legítima y explicable de fracaso colectivo ante la nueva convocatoria electoral. Está justificado, incluso, el reproche hacia quienes no han actuado con lealtad al mandato de cambio que recibieron en las urnas hace cuatro meses. Sin embargo, no hay lugar para la pereza electoral.

El principal argumento para la movilización electoral es básico. Puede que algunos sientan aquí cansancio o aburrimiento por la reiteración de la llamada a las urnas, pero el derecho a votar ha de considerarse aún como un lujo antes que una carga pesada. Porque el derecho a elegir democráticamente a nuestros representantes y a nuestros gobernantes constituye una excepcionalidad en la historia de España y una rareza en el mundo de hoy.

El 73,2% de los españoles con derecho a votar acudieron a las urnas el pasado 20 de diciembre. A su vez, más del 70% de estos electores apostaron por el cambio antes que por la continuidad de las políticas del Gobierno del PP. ¿Existe hoy alguna razón menos que entonces para votar por el cambio? Desde luego que no. Los españoles siguen necesitando, en igual o mayor manera, un cambio drástico en las políticas públicas para alcanzar la recuperación justa, la regeneración democrática y un nuevo pacto territorial.

Además, entre el 20 de diciembre pasado y el día de hoy los electores del cambio han aprendido muchas cosas. Algunos ciudadanos decidieron confiar en ciertos líderes “emergentes” que prometían una “nueva política”, sin querencia por los sillones, sin sectarismos, sin aquel “y tú más” que reprochaban a los partidos tradicionales. Sin embargo, durante este tiempo, algunos de estos líderes “emergentes” se han caracterizado precisamente por su ambición desmesurada y por su rencor inexplicable, en el peor estilo de la “vieja política”.

En este tiempo hemos aprendido que aquello tan “nuevo” de “los de arriba y los de abajo”  solo era un eslogan en boca de los que preferían no definirse ideológicamente, para practicar aquello tan “viejo” de “quítate tú para ponerme yo”. Hemos tenido oportunidad de constatar que votar PP es votar inequívocamente continuidad. Que votar Ciudadanos puede servir para cualquier cosa. Y que votar Podemos sirve para bloquear las oportunidades de cambio y para que Rajoy siga gobernando indefinidamente.

Y hemos podido concluir que solo aglutinando el voto en el PSOE podrán hacerse realidad las oportunidades de cambio en este país. Cuanto más fuerte esté el PSOE, más posibilidades tendremos de jubilar a Rajoy y contar con un Gobierno de cambio. Cuanto más débil esté el PSOE, más posibilidades existen para que la pinza otorgue a Rajoy la continuidad que no merece y que no desea la mayoría de los españoles.

Un último argumento contra la pereza electoral de los votantes del cambio. Los otros no se cansan nunca.

El pasado martes 26 de abril, Pablo Iglesias compareció ante la prensa acreditada en el Congreso y aseguró que el PSOE había contestado “no” a la oferta de un acuerdo de Gobierno por parte de Compromís. Se trataba de una mentira evidente y descarada, y como tal se reflejó en las caras de sorpresa e incluso en las preguntas de varios periodistas presentes.

Los representantes de los medios están acostumbrados, por desgracia, a escuchar análisis interesados que deforman los hechos más explícitos, pero en este caso la mentira carecía incluso del más leve disimulo. Hacía solo unos minutos que Antonio Hernando, el portavoz socialista, había dado a conocer en aquella misma tribuna la contestación afirmativa del PSOE a 27 de las 30 reivindicaciones de Compromís, con muy leves matizaciones en las tres restantes.

Sin embargo, peor que las caras de estupefacción fue comprobar poco después los gestos de resignación con que esos mismos periodistas encajaban otra mentira más. El PSOE había dicho sí a lo más sustantivo de la oferta de Compromís, y había contra-ofertado razonablemente en algunas de las propuestas de Gobierno. Pero Iglesias, al más puro estilo goebeliano, decidió mentir a fin de descartar cualquier debate que le apartara del que fue su propósito constante desde el 20-D: mantener a Rajoy en las funciones del Gobierno y forzar nuevas elecciones, para alcanzar, esta vez sí, el sorpasso y el poder.

Iglesias comparte con Rajoy muchas cosas. La voluntad de mantener este Gobierno de derechas en funciones. Bloquear cualquier gobierno de cambio presidido por un socialista. El rencor al PSOE. Compartieron en dos ocasiones el voto contrario a la investidura de un Gobierno de cambio, el 2 y el 4 de marzo. También comparten la afición por la mentira.

Rajoy suele afirmar falazmente que él gano las elecciones y que, por tal razón, le corresponde gobernar el país. Doble mentira. En una democracia parlamentaria, obtener más votos que otras candidaturas no equivale a ganar las elecciones. Gana quien obtiene un resultado que le permite formar gobierno, y ese no es el caso de Rajoy, evidentemente. Y no corresponde gobernar el país al líder de la minoría parlamentaria con más escaños, sino al candidato que sume más apoyos en su investidura. Pero Rajoy ni tan siquiera lo ha intentado. Es más: pasará a la historia como el primer y, hasta ahora, el único candidato que rehusó el encargo del Jefe del Estado para someterse a la investidura.

Por su parte, Iglesias miente una y otra vez cuando asegura que hay dos opciones de Gobierno desde el 20-D, una de derechas y otra de izquierdas, a la valenciana. Completa la alternativa falaz con la acusación al PSOE de escoger a la derecha. La verdad es que no existe una mayoría de izquierdas en el Congreso de los Diputados. De hecho, PSOE, Podemos y sus confluencias, Compromís e IU, lo que Iglesias denomina “la vía del 161”, tiene eso precisamente, solo 161 diputados. Aunque se sumaran ERC y Bildu, que son más independentistas que izquierdistas, aún se quedarían en 172, por 178 de las derechas que representan PP, Ciudadanos, Democracia y Libertad, PNV y Coalición Canaria.

En las Cortes valencianas hay mayoría de izquierdas, con PSOE, Podemos y Compromís. En el Congreso español, no. Iglesias miente, y lo sabe. En realidad, la única vía que tiene la izquierda para intentar formar gobierno consiste en sumar algún socio de la derecha. Las propuestas de Iglesias implican acuerdos con la derecha independentista catalana, que exige como condición un referéndum separatista. El PSOE prefiere un acuerdo con Ciudadanos sobre la base de un programa reformista para la recuperación justa y la regeneración democrática. Iglesias unió su voto al PP para que Rajoy siguiera gobernando. El PSOE nunca votó ni votará con Rajoy en una investidura. Lo demostró en el Ayuntamiento de Madrid, por ejemplo.

Rajoy miente al responsabilizar al PSOE de su incapacidad para sumar socios en una eventual investidura. La verdad es que ni un solo grupo parlamentario ajeno al PP está dispuesto a aliarse con el partido de las imposiciones, de los recortes y de la corrupción sistémica. Rajoy está solo por méritos propios, no por la culpa de Sánchez.

Iglesias vuelve a mentir cuando afirma haber intentado un acuerdo con el PSOE, “cediendo” incluso una vicepresidencia que jamás tuvo en su poder. La verdad es que Iglesias ha bloqueado y boicoteado una y otra vez cualquier posibilidad de acuerdo. Las excusas han sido diversas, desde la condición inapelable del referéndum separatista en Cataluña hasta la exigencia de contar con cuatro grupos parlamentarios, incumpliendo la ley, pasando por la reivindicación del control político sobre jueces y fiscales, o el veto a Ciudadanos.

Iglesias solo se sentó en una mesa de negociación sobre contenidos en dos ocasiones: en la primera se levantaron a las 48 horas; en la segunda no llegaron a las 24, y ni tan siquiera esperaron respuesta a su documento de 20 supuestas cesiones. No. Iglesias solo ha buscado las elecciones repetidas, desde la misma noche del 20-D, como medio para alcanzar sus dos obsesiones: los sillones del poder y la derrota del PSOE.

Es legítimo buscar acuerdos o no buscarlos. Es lícito procurar la continuidad de Rajoy o el Gobierno del cambio. Lo que no es lícito ni legítimo es la mentira como herramienta habitual para obtener rendimientos políticos. Ni lícito, ni legítimo, ni eficaz. Pero esto último, Rajoy e Iglesias, me temo, no lo descubrirán hasta el 26 de junio.

simancas200416

Para quienes compartimos los valores del republicanismo, la patria no se legitima en la historia, ni en el origen étnico común, ni en la simbología de himnos y banderas. La patria está en los valores comunes y en la búsqueda del bien colectivo. Somos patriotas de la igualdad, de la libertad, de la democracia y de los derechos humanos. Estamos orgullosos de una patria que persigue el progreso y la justicia social. La patria de los republicanistas está, por tanto y en buena medida, en el pago de los impuestos que asegura nuestros derechos y libertades.

En consecuencia, no hay mayor acto de patriotismo que el pago riguroso de los impuestos que nos convierte en ciudadanos de un Estado de Derecho en una sociedad democrática. Y, también en consecuencia, no hay mayor traición a la patria que defraudar o eludir arteramente los impuestos que nos corresponde pagar en el propósito del bien común.

Algunos intentan encauzar el debate de estos días sobre los paraísos fiscales en términos puramente jurídicos, sobre lo que es legal o lo que no es legal. El debate jurídico es muy importante, porque el Estado de Derecho se fundamenta en el imperio de la ley y en la igualdad de todos en el cumplimiento de las normas. Ahora bien, el debate sustancial sobre el pago de impuestos, especialmente en lo relativo a los cargos públicos, trasciende lo meramente jurídico y se adentra en lo ajustado o no a la moral colectiva.

La utilización de empresas opacas en paraísos fiscales para ocultar patrimonio y minimizar el pago de impuestos puede ajustarse a la ley en algunos casos, pero merece un duro reproche social. Merece el reproche en todos los casos, y merece un reproche definitivo cuando el protagonista representa a la ciudadanía y ejerce responsabilidades públicas. Resulta del todo incompatible dedicarse a la búsqueda del bien común, mientras se trampea en el ejercicio de la primera responsabilidad personal para con el bien común, como es el pago justo de los impuestos.

Igual reproche debieran recibir todos aquellos referentes sociales y culturales que pretenden el reconocimiento y el aplauso de la ciudadanía en razón a méritos específicos, mientras defraudan al interés colectivo eludiendo el pago de los impuestos que les corresponden.

No obstante, a las autoridades políticas y económicas no les corresponde tan solo la investigación, la denuncia y el reproche por las prácticas elusivas o fraudulentas en el cumplimiento de las obligaciones fiscales de empresas y personas. Tales autoridades debieran adoptar las decisiones conducentes a acabar definitivamente con la existencia de los propios paraísos fiscales, así como las normas o el vacío normativo que permiten la defraudación masiva de los impuestos.

A la luz de los escándalos conocidos en torno a los llamados “papeles de Panamá”, resulta poco sorprendente la crítica furibunda, el descreimiento y la desafección de muchos ciudadanos hacia el propio sistema político y económico vigente. Porque es intolerable que muchos de los más pudientes escatimen el cumplimiento de sus obligaciones fiscales con la colectividad, mientras millones de ciudadanos malviven en la precariedad social soportando los ajustes y los recortes que muchos de aquellos mismos recetan y decretan.

Y la patria también está en los mecanismos que permiten identificar, perseguir y castigar a quienes así ponen en riesgo nuestros derechos y libertades.

Cada vez queda menos tiempo para que las fuerzas políticas que recibieron un mandato de cambio en las elecciones del 20 de diciembre cumplan con su deber. La frustración es el sentimiento predominante entre los más de 15 millones de españoles que votaron contra la continuidad de las políticas del PP y a favor del cambio de Gobierno.

Durante estos cerca de tres meses de espera la ciudadanía ha podido, al menos, comprobar varios hechos. Uno, que el cambio solo es aritméticamente posible mediante un acuerdo transversal que implique a PSOE, Podemos y Ciudadanos. Dos, que la confluencia programática para formar un Gobierno que apueste por la recuperación justa y la regeneración democrática es difícil pero factible. Y tres, que el PSOE ha sido la fuerza de cambio que más empeño ha puesto en alcanzar el acuerdo, mientras que Podemos ha sido su obstáculo más constante.

Asimismo, cada día se afianza la convicción general de que el comportamiento del máximo dirigente de Podemos, Pablo Manuel Iglesias, ha estado guiado desde el primer momento por dos objetivos absolutamente prioritarios: asumir el máximo poder institucional posible y destruir al PSOE. Toda la retórica populista sobre las élites y los menesterosos de la Tierra estuvo siempre al servicio de esta doble finalidad. La posibilidad de hacer uso de la representación adquirida para impulsar reformas progresistas siempre estuvo subordinada al propósito principal del “sorpasso” y el poder.

Cuando Iglesias ha tenido que elegir entre proclamar el cambio o hacer realidad el cambio, ha elegido mantener a Rajoy en el poder. Cuando tuvo que elegir entre protestar contra la LOMCE o pararla con un gobierno de cambio, eligió mantener a Rajoy en el poder. Cuando ha tenido que escoger entre publicitar su “Ley 25 de emergencia social” o hacerla entrar en vigor con un gobierno progresista, ha elegido mantener a Rajoy en el poder. Cuando tuvo la opción de que gobernara Rajoy o gobernara Pedro Sánchez, eligió mantener a Rajoy en el poder. Esta es la verdad de los hechos.

La traición de Iglesias a los votantes del cambio tiene un diario con nueve hitos, al menos, y un desenlace alternativo, que dependerá una vez más de la estrategia adecuada, en su criterio, para cumplir con el propósito inmutable de la “pasokización” del PSOE y la asunción del mayor poder institucional posible. Todos los pasos de este camino apuntan invariablemente al intento de repetir suerte en unas nuevas elecciones.

La propia noche electoral Iglesias desechó públicamente cualquier actitud pactista y mantuvo ante los suyos el discurso de la “remontada”, como si la jornada del 20 de diciembre hubiera sido tan solo el primer peldaño en la rápida conquista de los cielos. De hecho, en aquella jornada mencionó expresamente el referéndum independentista catalán como el antídoto más eficaz frente a cualquier veleidad interna de acordar con el PSOE.

Iglesias hizo después todo lo posible para abortar el acuerdo general por el que un socialista, Patxi López, iba a presidir las Cortes Generales. La excusa fue aquella reivindicación estrambótica y anti-reglamentaria de formar cuatro grupos parlamentarios a partir de una sola candidatura electoral. Una vez solventado el asunto de los cuatro grupos, Iglesias logró forzar otra controversia pública para aplazar cualquier conversación seria sobre la formación del Gobierno del cambio. Esta vez el desacuerdo estaba en la disposición física de los escaños a ocupar por los dirigentes de Podemos.

Cuando se agotó la polémica sobre los escaños y el tiro de cámara, Iglesias ideó un nuevo escollo para obstaculizar cualquier acercamiento con el PSOE. En plena jornada de consultas con el Rey, teatralizó una supuesta oferta de gobierno de coalición, de tal manera que su aceptación resultara del todo imposible. La oferta se realizó a través del Jefe del Estado. El destinatario de la oferta hubo de enterarse de los detalles por los medios de comunicación.

El ofrecimiento detallaba contenidos inaceptables por inconstitucionales (otra vez el referéndum independentista) o por antidemocráticos (el control de jueces y fiscales por parte del ejecutivo). La autoproclamación de Iglesias como vicepresidente plenipotenciario, la designación pública de ministros entre sus propios colaboradores, y la retórica displicente y ofensiva hacia Pedro Sánchez (“tendrá que agradecerme la sonrisa del destino de hacerle presidente”), fueron tan solo el inevitable aderezo marca de la casa.

Cuando bajó el efecto de la indignación general por el teatrillo, Iglesias se negó a aceptar la oferta del candidato Sánchez para formar un equipo negociador y explorar la base programática para un eventual acuerdo. Tan solo accedió a sentarse para hablar de políticas tras la oferta de su aliado Garzón en el llamado “grupo a cuatro”. Por orden de su líder, sin haber resuelto tan siquiera la agenda de la negociación, el equipo de Podemos no tardó ni 24 horas en levantarse de la mesa y proclamar el desacuerdo.

Durante las jornadas de votación de la investidura de Pedro Sánchez, el 2 y el 4 de marzo, Iglesias se esforzó hasta el histrionismo por escenificar un desencuentro con el PSOE que no se justificaba en incompatibilidad programática alguna. Baste recordar el gesto contrariado de su propio portavoz parlamentario, Íñigo Errejón, cuando el líder de Podemos aludió a la “cal viva” como resumen miserable y falaz de las etapas de gobierno socialista en nuestro país.

Lograda la continuidad de Rajoy mediante la pinza PP-Podemos, Iglesias dedicó su esfuerzo a reventar todo atisbo de oposición interna a su estrategia de repetir las elecciones para acercarse al poder y sobrepasar al PSOE. Lo hizo de manera abrupta pero eficaz, destituyendo a su secretario de organización y asumiendo personalmente la cabecera del equipo negociador.

Finalmente llegó el simulacro de negociación “a tres” que tuvo lugar en el Congreso el pasado día 7 de abril. Iglesias acepta aparentemente sentarse con PSOE y Ciudadanos, presenta incluso un papel con 20 supuestas propuestas de “cesión”, pero desautoriza a su propio equipo, dirige en persona la delegación de Podemos y tarda menos de doce horas en desenmascarar su voluntad de ruptura. El líder de Podemos llega al límite del absurdo cuando proclama el desacuerdo sin esperar tan siquiera la respuesta de PSOE y Ciudadanos a su propio documento.

La consulta a “los inscritos” sobre lo que Iglesias llama “el acuerdo Rivera-Sánchez” solo supone el broche final a una estrategia permanente de obstaculización a cualquier acuerdo para hacer realidad el Gobierno del cambio. La diferencia entre la consulta socialista a sus bases y el referéndum de Podemos es significativa: mientras la primera busca el acuerdo que intenta la dirección del PSOE, el segundo ratifica la ruptura que desea Pablo Manuel Iglesias.

El último paso del líder de Podemos en esta trayectoria tramposa estará condicionado por las encuestas. Si las encuestas le van bien, mantendrá la apuesta por las elecciones repetidas. Si las encuestas le van mal, puede que practique una de sus piruetas vistosas y facilite el gobierno del cambio.

Mientras la necesidad y la voluntad de la mayoría de los españoles, incluidos los votantes de Podemos, pasan por cambiar el Gobierno y por poner en marcha cuanto antes un programa de progreso social y regeneración democrática, los objetivos, los intereses y la conducta de Iglesias llevan otro camino. Es lamentable. Y es, cada día, más evidente.

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