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RAJOY PERDIÓ SU DEBATE CON LOS ESPAÑOLES

Analizar el debate sobre el Estado de la Nación en términos de qué portavoz ganó sobre los demás resulta demasiado reduccionista. De hecho, los intervinientes no debieran procurar ante todo el triunfo dialéctico sobre sus contrincantes en la tribuna, sino el servicio en forma de análisis y propuestas útiles a quienes deberían ser los principales destinatarios del debate: los ciudadanos y las ciudadanas.

En consecuencia, si la mayoría de los españoles considera que Rajoy perdió el debate, no es solo porque perdiera el duelo dialéctico con el líder de la oposición, que lo perdió, sino sobre todo porque perdió la oportunidad de practicar un ejercicio honesto de empatía con los españoles que peor lo están pasando, y porque no planteó rectificación alguna en las políticas que provocan tal sufrimiento.

La mayoría de los españoles tienen pendientes dos grandes reivindicaciones ante sus representantes políticos: una política limpia y una recuperación justa. Y el actual Presidente del Gobierno de España no tiene credibilidad alguna para atender debidamente ninguna de estas expectativas de futuro. Esta fue la causa principal de su derrota.

Rajoy no puede ofrecer a los españoles ninguna iniciativa creíble para regenerar la vida pública porque es el presidente del PP que nombró a los dos últimos tesoreros que están siendo juzgados por corrupción. Nadie puede creer promesa alguna de regeneración cuando proviene de quien ha presidido un partido que acude a las elecciones con el dopaje de la financiación ilegal, que reforma su sede con dinero negro y que reparte sobresueldos a sus dirigentes en cajas de puros.

Cuando Pedro Sánchez le espetó aquello de “Usted no puede darme lecciones de lucha contra la corrupción. Yo soy un político limpio”, Rajoy no pudo contestar “Yo también”, porque sobre él pesa la responsabilidad de innumerables casos de corrupción, de Gürtel a Púnica.

Tampoco resulta creíble el actual jefe de Gobierno cuando decreta unilateralmente el fin de la crisis, cuando dibuja una recuperación primaveral y cuando asegura que las clases medias van a beneficiarse de los buenos tiempos. Los españoles saben que ha sido la reforma laboral del PP la causante principal de la precariedad creciente en los contratos y de la devaluación salarial generalizada. Como saben que, lejos de cumplir su promesa de bajar impuestos, ha elevado gravemente la presión fiscal sobre los que menos ganan y menos tienen. Y saben también que el deterioro de los servicios públicos que atienden las necesidades básicas de la población es debido a los recortes aplicados por el PP. Hoy resulta evidente para la mayoría que la recuperación justa no vendrá de la mano de Rajoy.

Rajoy perdió el debate, sí. Lo perdió frente a Pedro Sánchez, y lo perdió frente a los españoles.

UNA OPORTUNIDAD PARA EL CAMBIO EN MADRID

20 años pueden ser muchos o pueden ser pocos para un gobierno. Depende de a qué los dedique. Los 20 años de gobierno de la derecha en la Comunidad de Madrid son más que demasiados. Porque han transformado una comunidad nacida de los valores del progreso, la solidaridad y la participación democrática en una institución opaca, sospechosa y alejada de los ciudadanos. Urge el cambio en Madrid, y ahora tenemos una gran oportunidad.

¿Qué cambiar? Muchas cosas. Para empezar, la derecha ha promovido la economía del pelotazo y la precariedad laboral como patrón único de crecimiento. Pelotazos en el suelo, pelotazos en la vivienda, pelotazos en las concesiones públicas… Y proliferación de contratos basura. Más de nueve de cada diez de los contratos que se firman son temporales, y a menudo con tiempo parcial y salarios a la baja.

La política económica del gobierno regional ha preferido la literatura del pensamiento mágico antes que los manuales al uso, ni tan siquiera los más liberales. Primero vendieron la magia de la Warner, después la magia olímpica, más tarde la magia de Eurovegas, y ahora vuelven a engañar con la magia china o chamartinera. Pero no es con pensamiento mágico como se impulsa el desarrollo económico y los buenos empleos, sino con investigación, innovación, industria, formación, logística…

El modelo social del PP en estos años se ha basado en lo que llaman eufemísticamente la moderna libertad de elección, cuando en realidad han practicado el vetusto “sálvese quien pueda”. Rebajas fiscales para los más pudientes, desmontaje de lo público, copagos y repagos, “cheques” públicos para financiar el sector privado, privatizaciones directas… ¿El resultado? Cada vez en mayor medida, quien quiera acceder a un servicio sanitario, educativo o social de calidad se lo tiene que pagar, si puede, y quien no puede ha de conformarse con un servicio público cada vez más deteriorado, consciente y deliberadamente deteriorado.

El modelo cultural no puede ser más pobre. La cultura en Madrid no vive, sino que sobrevive, a pesar de su gobierno. Grandes contenedores para consumo turístico, pocos recursos repartidos con sectarismo, y poco más. El Madrid de los creadores, de la ebullición cultural, de la cultura popular, está cercado por sus gobernantes. Solo el sacrificio y el coraje de unos pocos productores y creativos sostiene una programación escasa pero interesante. Vaya derroche, cuando Madrid es la capital del español en el mundo, la capital de la mayor pinacoteca, la capital que más centros de enseñanza superior y de pensamiento concentra…

Quizás el mayor deterioro se haya producido en las propias instituciones democráticas de la Comunidad. El parlamento regional está desaparecido, deliberadamente, porque el gobierno fuerza sus sesiones para que se celebren de madrugada, y porque el gobierno silencia a sus portavoces en los medios públicos de comunicación. Telemadrid es la medida de la calidad de la democracia en Madrid: lo público al servicio exclusivo de los intereses del partido que gobierna.

Hace falta un cambio.

Esta es la oportunidad.

PARA QUE GANEN LOS MADRILEÑOS

Las direcciones se eligen para que dirijan, no para que contemplen la realidad como una condena inmutable. Y cuando una dirección política entiende que su organización necesita un cambio y dispone de instrumentos normativos para llevarlo a cabo, su responsabilidad pasa por propiciar el cambio, no por evitar sus incomodidades.

La realidad es que el Partido Socialista de Madrid no estaba logrando la confianza necesaria en el seno de la sociedad madrileña para convertirse en una alternativa creíble de cambio. Resulta injusto, porque muchas personas honestas y trabajadoras ponían mucho empeño en ello. Pero todos los análisis internos y externos vaticinaban un apoyo social menguante. En este contexto, la dirección del PSOE estaba obligada a intervenir. Ningún nombre propio puede ponerse por encima de la obligación del Partido Socialista de servir a la ciudadanía de la mejor manera posible.

Los ciudadanos de la Comunidad de Madrid padecen muchos y graves problemas tras demasiados años de gobierno de la derecha. Cientos de miles de parados, una precariedad laboral creciente, una desigualdad al alza, una sanidad diezmada por los recortes, una educación sometida a la presión privatizadora, una atención a la dependencia abandonada, un número de desahucios insoportable… Los madrileños necesitan y merecen una alternativa socialista fuerte, confiable, ganadora, capaz de propiciar el cambio de la mano de un nuevo gobierno progresista. Sin embargo, los resultados electorales del PSM durante los últimos años fueron siempre a peor, y las encuestas no pronosticaban algo distinto para mayo.

Ahora, la nueva dirección del PSM se pone al frente del proyecto socialista con voluntad de unidad, de trabajo y de fuerza, para convertir al Partido Socialista en una alternativa de izquierda moderna, coherente y eficaz para mejorar las condiciones de vida de la ciudadanía. Las candidaturas municipales se articularán conforme a los procedimientos y plazos previstos. La nueva candidatura a la Presidencia de la Comunidad de Madrid se elegirá democráticamente tras una consulta a los militantes socialistas en sus asambleas locales.

Y los nuevos equipos impulsarán un proyecto de cambio en la sociedad madrileña hacia los buenos empleos y los buenos servicios públicos, para la igualdad y para el bienestar social que figuran en nuestro horizonte ideológico y estratégico desde la fundación del PSOE.

A MÍ NO ME PODEMIZAN

En nuestro país siempre ha habido firmes partidarios de tirar al niño con el agua sucia. No es nuevo. Sin embargo, ahora se han crecido con las consecuencias dramáticas de la crisis y los múltiples casos de corrupción. Su discurso es fácil. Que hay suciedad, pues tiremos el agua sucia, y ya que estamos, tiremos al niño que se ensució, y tiremos la bañera también, y tiremos abajo el edificio con el agua, con el niño y con la bañera. Resulta tentador, hasta gratificante, dejarse llevar por la ira y el desahogo. Pero la realidad es que ese discurso no nos lleva a ningún sitio, ni soluciona ningún problema.

Claro que la corrupción es una lacra despreciable que corroe la convivencia democrática y sus instituciones. Y claro que hay que prevenirla y combatirla con decisión y eficacia. Pero por ello no hemos de destruir todo lo construido hasta ahora en beneficio de lo que nos es común. Para acabar con los corruptos no es razonable destruir el “régimen” constitucional que nos ha proporcionado derechos y libertades, con todas las salvedades que queramos subrayar.

Y claro que la derecha europea ha gestionado la crisis provocando pobreza y desigualdades, pero no podemos renunciar a la esperanza de un futuro común en Europa si carecemos de una alternativa viable. Y nadie discute que ha habido incumplimientos graves en el sistema político, pero eso no faculta para tirar a la basura sin pensarlo a todas las estructuras y organizaciones que han dado cauce a la participación política de los españoles desde hace casi cuarenta años. Los fallos cometidos no legitiman para acabar de un golpe con todo, con lo malo, con lo menos malo y con lo bueno también. Con los políticos indecentes, con los que se han equivocado, y con los decentes que no se han equivocado también.

Ahora se estigmatiza el pacto contra el terrorismo yihadista como si se tratara de una traición imperdonable a la mayoría de los españoles. Muchos de los que ayer se manifestaban bajo las pancartas de “Yo soy Charlie Hebdo”, reclamando una acción colectiva en defensa de las libertades y contra los violentos, hoy critican el pacto que precisamente tiene ese objetivo, o se ponen de perfil para no nadar contracorriente. ¿Sumar fuerzas contra el terrorismo que asesina inocentes no es defender el interés general de los españoles? ¿No cabe acordar incluso con los peores adversarios políticos aquello que afecta a los mismísimos pilares de la paz y de convivencia democrática? ¿También hay que tirar esto con el agua sucia?

El problema, se dice, es que el pacto incluye cesiones. Pero, ¿dónde ha aprendido democracia esta gente? Democracia es eso: hablar, debatir, encontrarse, persuadir, ser persuadido, ganar, perder, sumar, renunciar, acordar, pactar en beneficio del conjunto. Claro que hay cesiones en un acuerdo. ¿Cómo acuerdan ellos? Pero el PSOE no ha cedido en nada fundamental. El PSOE ha ayudado a fortalecer a la sociedad española y al Estado español en la lucha contra el fanatismo violento, porque eso es lo que toca hacer a los que entienden la política como un servicio a los ciudadanos y no solo como el ejercicio de la retórica tertuliana.

Y el PSOE ha sacado de la norma que regulará la lucha antiterrorista la pena de prisión permanente, absolutamente inaceptable. Si el PP la impone finalmente en el Código Penal, será con nuestro voto en contra y con nuestro recurso al Tribunal Constitucional. Y cuando volvamos a gobernar, derogaremos esta pena, sin romper con ello el pacto antiterrorista que acabamos de suscribir. Porque el PSOE no se limita a fustigar en las tertulias o a leer poemas revolucionarios en los mítines. El PSOE hace, en el gobierno y en la oposición también. Como hemos tumbado la ley que iba a prohibir el aborto y como hemos tumbado la privatización de los hospitales madrileños. Tirando el agua sucia, pero salvando al niño.

A mí no me podemizan, no. Porque Podemos está introduciendo en la política española una actitud intolerante y excluyente que antes, con todos los problemas, no sufríamos. Ahora no se trata de superar al adversario en razones, sino de negarle la legitimidad incluso para ser escuchado. Ahora no se trata de ganar al adversario, sino de echarlo del tablero. Ahora el adversario no es un oponente con ideas o propuestas distintas, sino que es la “casta” o la “mafia” que solo merece la descalificación y la exclusión. Ahora el adversario ya ni tan siquiera es gente o es pueblo, porque algunos se arrogan en exclusividad la representación totalitaria de la gente y del pueblo.

Podemizar es decir en cada momento lo que parece ser más popular, lo que suena bien. Ayer sonaba bien sumarse en París a las fotos y las llamadas a la unidad frente al terrorismo yihadista, porque las muertes estaban muy recientes, y ahora suena mejor criticar las fotos y las llamadas a la unidad frente al terrorismo, porque lo que está más cerca son las elecciones. Ayer parecía popular decir que somos de izquierdas, y hoy parece más rentable negarlo para pescar en todos los caladeros. Ayer éramos republicanos y anarquistas, y hoy convivimos con la realeza y reivindicamos la patria. Ayer adorábamos el bolivarianismo y hoy lo negamos.

Despotricar de todo sin aportar solución alguna puede ser legítimo, pero no es aceptable cuando se están recabando apoyos para gobernar. Exigir sin aportar, lanzar soflamas sin comprometer medidas concretas, sirve para avanzar en las encuestas, pero no para merecer la confianza de la gente. ¿Qué propuestas tienen para mejorar la eficacia de las políticas activas de empleo? ¿Cómo mejorarían las prestaciones por desempleo, a qué ritmo y con qué recursos? ¿Por qué modalidad de contratos laborales apuestan y qué cambios introducirían en el Estatuto de los Trabajadores? ¿Cuál es su propuesta para el tramo 0-3 años en la educación pública? ¿Prefieren 4+1 o 3+2 en la planificación universitaria? ¿Qué harían para mejorar la atención primaria o para descongestionar las urgencias sanitarias? Leer poemas de León Felipe en la Puerta del Sol es interesante, pero los ciudadanos necesitan prosa inteligente en el BOE para solucionar sus problemas.

Podemizar es contraponer falazmente la legitimidad de las instituciones democráticas con la legitimidad de las asambleas o las manifestaciones. ¿Qué significa eso de “devolver la soberanía al pueblo”? ¿Acaso quienes trabajamos en las Cortes porque nos han votado millones de ciudadanos estamos usurpando la soberanía al pueblo que nos eligió? ¿Qué quieren decir con que “el poder debe volver a la gente”? ¿Es que los concejales, o los diputados o los gobernantes democráticos no somos gente y no estamos ejerciendo el poder en nombre de la gente que nos ha elegido, equivocándonos o no?

Los ciudadanos ejercen sus libertades en las manifestaciones y votando a sus representantes en las instituciones. Los españoles, gracias a la Constitución, ejercen sus derechos democráticos en los mítines, en los partidos, como el PSOE y como Podemos, y ejercen también sus derechos eligiendo y siendo elegidos representantes del pueblo en los Ayuntamientos y los Parlamentos. Quienes contraponen la calle a los Parlamentos, y quienes niegan legitimidad a los representantes libremente elegidos, cuando no son ellos, manifiestan unas convicciones democráticas muy cuestionables. Y muy peligrosas.

Podemizar es exigir a los demás lo que niegas para ti mismo. Si los casos de corrupción requieren explicaciones inmediatas en los demás partidos, los casos propios de corrupción se interpretan como una “declaración de guerra de la casta” y se niegan las explicaciones. Yo no niego los casos propios. Ahí están. Se han explicado, se han reconocido y se ha actuado contra los culpables. Pero ellos no. ¿Los contratos simulados y en diferido de Errejón? ¿El método Undargarín para financiar la productora de Iglesias? ¿Los cientos de miles de euros recibidos por Monedero por “asesorías” e “informes” que nadie ha visto? Pura manipulación de la casta, claro. Los demás, explicaciones y dimisiones. A ellos les basta con llamar “don Pantuflo” al periodista que les interpela, o con salir por la puerta de atrás de los mítines.

Yo respeto sus querencias por el poder y sus expectativas en las encuestas, y no les niego la legitimidad que ellos me niegan a mí para recabar la confianza de los ciudadanos.

Puede que sean la moda emergente. Puede que en la derecha estén encantados con esta alternativa. Puede que Rajoy se sienta más seguro de ganar con estos enfrente. Puede que la uno, la dos, la tres, la cuatro, la cinco, la seis y todas las demás les bailen el agua, bien porque fraccionan el voto de la oposición, bien porque alimentan el miedo en el electorado conservador, o bien porque aumentan las audiencias.

Y, desde luego, hemos de apostar por cambios profundos. Cambios a mejor, no a peor.

Pero a mí no me podemizan. Espero que a muchos más tampoco. Y seguiremos trabajando duramente, con rigor y honestidad, para volver a merecer la confianza de la mayoría.

LA RESPONSABILIDAD DE SYRIZA

Syriza ha asumido una gran responsabilidad con el gobierno griego. No solo carga con el compromiso de devolver dignidad y calidad de vida a la ciudadanía de Grecia. El resultado de su desafío alestablishment europeo repercutirá sobre el conjunto de la ciudadanía en el viejo continente. Veremos si para bien o para mal.

El partido de Tsipras obtuvo un respaldo electoral masivo en Grecia al conectar con el rechazo popular a las imposiciones bárbaras de la Troica. También se benefició por la incomparecencia de la socialdemocracia en la oposición al gobierno nacional que aplicaba aquellas imposiciones. La alianza contra natura del PASOK con la derecha de Nueva Democracia ha dejado expedito para Syriza el campo de la contestación popular al austericidio.

La coalición de izquierda radical Syriza, que así reza la traducción literal de su nombre, protagonizó una campaña muy emocional. Condena sin paliativos a Merkel, a la nomenklatura de Bruselas, al BCE, a sus “delegados” en el Gobierno griego… Garantía contundente de acabar con la dura condicionalidad de las ayudas europeas. Negativa tajante a pagar las deudas pendientes en los términos pactados. Recuperación automática del gasto público y las políticas de bienestar….

La emocionalidad de la campaña ha empujado al éxito en la jornada electoral, pero limita mucho el margen de negociación con los acreedores, y arriesga una pronta frustración entre la ciudadanía griega con consecuencias imprevisibles.

Los primeros pasos del Gobierno de Syriza han sido contradictorios. El primer Consejo de Gobierno confirmó todas las promesas de campaña, desde la subida drástica del salario mínimo hasta el aseguramiento sanitario de 300.000 griegos sin cobertura, pasando por la recontratación de miles de funcionario. Eso sí, sin aclarar el origen de los fondos con que pagar todo esto. Pero, al mismo tiempo, Tsipras tardó apenas unas horas en firmar una coalición de Gobierno difícil de explicar y de entender con un partido de derechas, nacionalista, xenófobo, clerical y antiturco, al que otorgó nada menos que el crucial ministerio de Defensa.

Un Gobierno integrado exclusivamente por hombres, sin una sola mujer, tampoco resulta coherente con las expectativas de radicalidad democrática. De entrada, ha dejado fuera a más de la mitad de la población. Con todo, preocupan sobremanera sus coqueteos con la Rusia filoimperial de Putin, y el boicot a los consensos europeos para frenar la escalada expansiva y belicosa del Kremlin.

Resulta previsible cierta resistencia en las instituciones de la Unión Europea para ceder de entrada a los planteamientos del Gobierno de Syriza, cuando se presentan de forma dura y exigente, junto al chantaje implícito de su acercamiento al adversario común en Rusia. Alguien puede interpretar en Bruselas que cualquier margen ofrecido a las posturas exigentes del populismo griego supondría un aliento para otros movimientos populistas en el resto de Europa.

En consecuencia, sería razonable que el nuevo Gobierno griego, con una legitimidad democrática incontestable, actuara con responsabilidad dentro y fuera de su país. Reclamando con firmeza un marco viable de relaciones con los acreedores financieros, compatible con las posibilidades de desarrollo y la recuperación de la dignidad de los nacionales griegos. Y, a la vez, ofreciendo colaboración a las instituciones europeas para contribuir a la estabilidad y el desarrollo común. Tsipras haría bien en atender antes a la mano tendida de los socialistas Shultz, Hollande y Renzi, que a los cantos de sirena del peligroso zar de las rusias.

A muchos nos ha sorprendido también que el empeño lógico de Syriza por reformar el sistema de gastos en Grecia, reestructurando el pago de las deudas y atendiendo necesidades sociales de la población, no se haya acompañado por un propósito público tan decidido para mejorar su sistema de ingresos, con planes de activación económica y con estrategias firmes contra el fraude fiscal. El futuro de Grecia no depende tan solo de la recuperación del gasto, sino también de la recuperación de los ingresos públicos.

Respecto a los paralelismos interesados entre la situación de Grecia y de España, cabe parar los pies a los oportunistas. Ni España ha sufrido el rescate brutal de Grecia, a pesar de nuestros muchos problemas. Ni el PSOE es el PASOK, porque aquí no hay pactos contra natura, y los socialistas somos referencia clara de alternativa. Ni Podemos es Syriza, aunque solo sea porque estos últimos se califican de izquierdas, sin indefiniciones populistas, y tienen una experiencia institucional, de oposición y de gobierno, que les faculta para gobernar. Esperemos que para bien…

¿RECUPERACIÓN PARA EL 10% O PARA EL 90% DE LOS ESPAÑOLES?

Todo parece indicar que se abre un nuevo contexto económico con oportunidades de crecimiento. La caída en el precio del petróleo, el bajo coste de la deuda, el tipo de cambio del euro favorable a la exportación y las nuevas estrategias expansivas del BCE parecen animar algo la economía. También es cierto que se mantienen  incógnitas relevantes en torno a la baja productividad, los altos niveles de deuda y los riesgos de deflación. No obstante, si la ansiada recuperación fuera un hecho en nuestro país, como todos deseamos, la gran pregunta sería: ¿quién se va a beneficiar? ¿el 10% que ya se benefició de la crisis? ¿o el 90% que la sufrió?

Como viene siendo habitual durante los últimos años, el liderazgo de las ideas progresistas nos llega de Norteamérica. Ha sido Obama, el Presidente de los muy capitalistas Estados Unidos, quien ha pronunciado las frases que, al parecer, ningún gobernante europeo de izquierdas se atreve a pronunciar: “¿Aceptaremos una economía que solo beneficia a unos pocos espectacularmente?”, “A todos los que rechazan subir el salario mínimo, les digo: si crees que se puede mantener a una familia con menos de 15.000$ al año, pruébalo”, “Es hora de un mayor reparto de las cargas entre los ricos y las clases medias”. Son las ideas “post-capitalistas” y de la “economía para la igualdad” que defienden Piketty en Francia y Pedro Sánchez en España.

Las claves en el reparto de la pretendida recuperación son dos, al menos. Primero, la clave fiscal. Los nuevos márgenes que proporciona el contexto económico europeo pueden utilizarse para rebajar impuestos a las rentas altas y a las grandes empresas, como ya anuncia el PP en España. O pueden utilizarse para impulsar planes públicos de creación de empleo y para recuperar derechos sociales perdidos en las clases medias trabajadoras durante la etapa de los fuertes recortes. O más enriquecimiento para unos pocos, o más empleo y calidad de vida para las mayorías.

La segunda clave estará en la calidad de los empleos. Si la recuperación se lleva a cabo con la actual legislación laboral en España, los nuevos contratos de trabajo serán cada vez más temporales, más precarios y con menos salarios. La reforma laboral de 2012 ha provocado la sustitución progresiva de contratos indefinidos a tiempo completo por contratos temporales y a tiempo parcial con carácter involuntario. Los salarios han caído a niveles de hace 30 años. Más de la mitad de las horas extras realizadas no se cobran. La explotación y la pobreza laboral son realidades cada vez más extendidas. O la recuperación se acompaña de una nueva legislación laboral, con más garantías para los derechos de los trabajadores, o solo se beneficiarán los de siempre.

Por eso importa la recuperación, pero importa tanto o más quién gobernará la recuperación, cómo, con qué objetivos y, sobre todo, para quién. El PP ha facilitado que los más poderosos se beneficiaran de la crisis, a costa de la mayoría. Nada hace pensar que pudieran cambiar de criterio en una eventual recuperación. Podemos solo aspira a hacer saltar el sistema por los aires, porque han llegado a la conclusión de que cuanto peor le vaya a la mayoría y más se generalice el cabreo, mejor irán sus expectativas electorales. En consecuencia, la mayor esperanza para las clases medias trabajadoras está en un gobierno socialdemócrata que propicie un aprovechamiento justo e igualitario de la recuperación económica.

Posiblemente ya no esté en juego tan solo un mayor o un menor nivel de contestación social ante las desigualdades. Puede que hayamos pasado esa fase. Ahora nos jugamos la legitimidad del modelo económico vigente y del sistema democrático que nos ha proporcionado derechos y libertades. Porque cada vez hay más gente dispuesta a reventar el sistema si el sistema revienta la esperanza de la mayoría.

¿HAY UNA PULSIÓN AUTODESTRUCTIVA EN EL CARÁCTER DE LOS ESPAÑOLES?

Nunca he sido partidario de esas teorías que interpretan la historia a partir de supuestas constantes en el carácter de los pueblos. Primero porque los pueblos son de carácter plural y mutable. Y segundo porque la simplificación de los condicionantes de cada etapa histórica no suele conducir a análisis veraces y útiles.

No obstante, hay que reconocer cierta razón argumental a quienes hablan de una pulsión autodestructiva muy recurrente en la historia reciente de los españoles. Y es que pueden reconocerse pautas repetidas en la historia de los dos últimos siglos que nos llevan unas veces a un loable afán constructivo, para caer con posterioridad en otro afán no menos intenso por destruir lo construido.

La historia de nuestro siglo XIX es en buena medida la historia de un continuo tejer y destejer el manto de Penélope. En sus comienzos, los españoles tejimos con ardor un espíritu nacional y una Constitución con derechos y libertades muy avanzados para la época. Si bien nuestro Fernando VII pasó pronto de ser “El Deseado” para consolidar el nuevo régimen, a convertirse en “El Felón” que nos retrotrajo a la peor versión del viejo régimen.

El final de siglo fue algo parecido: de la esperanza de “la gloriosa” al “desastre del 98”. El siglo XX también fue pendular. Del impulso democratizador y europeizador de la República al drama de la Guerra Civil y los cuarenta años del oprobio franquista.

Pareciera que este constante ir y venir hubiera tenido su fin con la Transición Democrática y el consenso constitucional en torno a unas reglas del juego político y unos derechos de ciudadanía aceptados por todos. De hecho, los últimos 36 años han configurado la anomalía histórica de una convivencia en paz y con libertades sostenida en el tiempo.

Sin embargo, pareciera también que ese viejo demonio escondido en nuestro ADN pugnara por volver a hacerse presente para cumplir el funesto designio de la autodestrucción. ¿Cómo interpretar si no el empeño irracional de muchos por denostar “régimen cerrojo del 78”? ¿O cómo explicar que sean precisamente los nacionalismos periféricos que más han avanzado en la consecución de sus reivindicaciones de autogobierno quienes nos aboquen al precipicio de la secesión y la ruptura?

No hay base racional para los discursos que invitan a arrojar por la borda toda la institucionalidad construida con mucho sacrificio desde 1978 para disfrutar por fin de unas condiciones de democracia y de bienestar equiparables a las de los vecinos europeos a los que siempre envidiamos. ¿Qué régimen añoran quienes buscan destruir “el régimen del 78”? ¿Prefieren el otro “régimen”? ¿El anterior? ¿De qué “cerrojo” hablan? ¿Del que les permite dar rienda suelta ahora a sus ideas, a diferencia del que llevó a las cunetas, a las tapias de los cementerios o al exilio forzoso a quienes antes opinaban con libertad?

¿Y qué razón asiste a quienes denuncian “la opresión centralista” desde las instituciones más descentralizadas de la historia de España? ¿Qué reclamación “soberanista” bien fundada puede hacerse hoy en el Estado con más competencias transferidas de toda Europa? ¿Cuánta independencia puede exigirse hoy al Estado español cuando ni el Estado español ni ninguno otro ejerce independencia alguna en un contexto de globalización creciente en los problemas y en las soluciones?

¿Y si no hay razón tras estas pulsiones, qué es lo que hay? ¿Ansia desnuda de poder? ¿Afán de cargarse al adversario aun al precio de cargárselo todo? ¿O es cierto aquello de la pulsión irracional autodestructiva?

Sea como sea, solo cabe mantener la esperanza de que el electorado español actúe durante este decisivo año electoral con la racionalidad y la sabiduría de que ha hecho gala durante la vigencia de este bendito “régimen”, con todas sus mejoras pendientes, porque “podemos” temer que la alternativa sería mucho peor.

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