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A VOTO LIMPIO

A VOTO LIMPIO

La política es la actividad mediante la que hombres y mujeres organizamos el espacio público que compartimos. Es, por tanto, una actividad imprescindible. Y cuando responde a los valores y a la voluntad de las mayorías es, además, una actividad democrática y noble. Sin embargo, pocas actividades humanas están tan denostadas ante la opinión pública hoy día como la política. Hasta el punto de que muchos de los candidatos que se presentan a las elecciones del día 24 se apresuran paradójicamente a tomar distancias con la política e, incluso, a negar para sí mismos la cualidad del político.

¿Por qué? Porque a menudo se confunde la política con conductas reprochables como el partidismo sectario o el aprovechamiento particular de la representación pública. Y la política, como otras muchas actividades humanas, no es ni buena ni mala en sí misma. Hay políticas buenas y malas, como hay políticos que merecen reconocimiento y otros que merecen reproche. Pero declararse ajeno a la política es tan absurdo como declararse ajeno al transcurrir de los días. La política es inexorable, pero puede llevarse a cabo conforme a la participación de los más o conforme a la participación de los menos. Esta es la cuestión.

En consecuencia, los discursos que llaman a desconfiar de la política con carácter general, o los que establecen una indiferenciación falaz, el “todos son iguales”, en realidad están promoviendo un escenario político concreto: el escenario conservador en el que las mayorías con valores progresistas desisten en la capacidad reformista de sus votos, y permiten que sigan gobernando las minorías con valores regresivos.

En democracia, el voto no es solo un derecho. Es también un deber cívico. Tenemos el deber de interesarnos, de opinar, de participar, de influir y de votar, para que el criterio de cada uno de nosotros cuente en la formación de la voluntad democrática para la organización del espacio público que compartimos. La auto-marginación de la política y del voto no equivale a una postura coherente de rechazo a la institucionalidad presente, sino un apoyo poco inteligente y poco responsable a su permanencia indefinida, y un desistimiento absurdo ante la posibilidad de los cambios deseados. El que calla otorga, en política también.

Como todo deber cívico, el voto ha de ejercerse con responsabilidad. Primero votando. Y después votando en función de las convicciones propias y de los objetivos que se comparten. El voto responsable es el voto que valora los idearios, los programas, los equipos y la credibilidad de las distintas opciones antes de descantarse por una de ellas.

Todos los votos son respetables en democracia, pero unos son más coherentes que otros. Es poco coherente, por ejemplo, votar a la contra, o el voto del enfado y del desahogo. Votar para fastidiar a unos o a otros, porque puede acabar uno fastidiándose a sí mismo. El voto del hartazgo, del “que se vayan todos”, del “qué más da”, puede llevar a las instituciones a muchos representantes sin ideas, sin proyectos, sin equipos y sin solvencia para afrontar retos y para resolver problemas. Y no podemos permitirnos cuatro años de Ayuntamientos y de Gobiernos autonómicos bloqueados e incapaces de administrar la economía, el empleo, los servicios públicos o la convivencia misma.

Respetable pero incoherente es el voto del riesgo. El voto a la formación que apenas se conoce por la imagen de uno de sus dirigentes o la frase ocurrente del tertuliano. Tras algunas sonrisas de cartel y algunas habilidades trabajadas en cursos de dialéctica televisiva, se esconden populismos vacuos e insolvencias manifiestas, que hoy pueden defender A con contundencia, para mañana desdecirse y defender B, C o D, con el mismo furor irreflexivo, tan solo para agradar a las audiencias. ¿Queremos este tipo de políticos al frente de nuestros colegios y hospitales?

Legítimo pero incoherente es el voto conservador, especialmente para aquellos que prefieren el cambio. Quienes llevan años gobernando o sosteniendo gobiernos contrarios a las convicciones de la mayoría, carecen de credibilidad para cambiar de cartel, de eslogan y de discurso y presentarse ante la ciudadanía como adalides del tiempo nuevo. No. Votar a la derecha es votar lo que ha hecho la derecha, lo que la derecha hace y lo que la derecha siempre hará.

El cambio es posible. Pero el cambio seguro y factible exige un voto responsable. No se cambia sin votar. No se cambia votando conservador. Y no se cambia con el voto de la protesta y el bloqueo. Se cambia con el voto de cambio coherente y reformista. El cambio no llega tan solo con el discurso del cambio o la voluntad del cambio. El cambio requiere convicciones, ideas, programas, equipos. Porque de lo contrario, el cambio proclamado puede convertirse tan solo en cambio frustrado.

Cambiemos. A voto limpio.

TRABAJO O DIGNIDAD

Resulta difícil de explicar y de entender que la campaña electoral esté transitando por caminos que en muchas ocasiones poco o nada tienen que ver con las preocupaciones cotidianas de aquellos a los teóricamente está dirigida, es decir, la ciudadanía española. El presidente del Gobierno se fotografía en bicicleta, la candidata derechista de la capital pasea a su mascota, los llamados emergentes no dejan de hablar de sí mismos, de lo importantes que son y de lo encantados que están de haberse conocido…

Pero poco se habla del primer problema de los españoles: el paro y la precariedad laboral, a pesar de que las competencias municipales y autonómicas en esta materia son decisivas. Desde las políticas activas de empleo hasta la formación profesional, desde el urbanismo y el I+D+i que pueden cambiar el modelo productivo, hasta los servicios sociales que pueden paliar las peores consecuencias del desempleo de larga duración. Las funciones de los gobiernos municipales y autonómicos en relación al trabajo de los españoles son claves, pero las propuestas de unos y otros apenas aparecen en la campaña.

Los niveles de paro en nuestro país son sencillamente insoportables, muy por encima de la media europea. La “recuperación” que preconiza el Gobierno está consistiendo en sustituir los contratos indefinidos a tiempo completo por contratos precarios, temporales y a tiempo parcial en su gran mayoría. La explotación laboral crece exponencialmente año a año, al amparo de la reforma laboral retrógrada de 2012, con millones de horas trabajadas a la semana que ni se reconocen ni se pagan, y con cientos de miles de contratos fraudulentos que se firman por pocas horas y pocos días y que esconden condiciones penosas y salarios de miseria.

Los problemas del paro y de la precariedad laboral se ceban sobre todo en los colectivos socialmente más vulnerables, como los más jóvenes, los mayores de 45 años y las mujeres. El paro de larga duración y los falsos contratos a tiempo parcial se acumulan especialmente en estos sectores. En el horizonte asoma como amenaza, además, el contrato único con despido barato y el contrato de “cero horas”. El primero constituye la gran oferta de algún partido que presume de nueva política pero que preconiza las recetas más viejas. Y el segundo supone poner al trabajador a disposición total del empresario, hoy una hora, mañana media, y pasado ya me pienso si te llamo o no.

La lucha reciente de los trabajadores de servicios telefónicos ha sido paradigmática. Mientras algunas empresas tecnológicas multiplican sus beneficios y los directivos se reparten bonus millonarios, los trabajadores sufren la precariedad más absoluta por la vía de la externalización y la subcontratación sucesiva de los servicios. En mi despacho me han denunciado casos de contratos firmados por dos horas diarias, que se convierten en diez horas diarias de trabajo real, con 400 euros en blanco y 200 en negro.

La derecha pretende convencer a los trabajadores de que tienen que elegir entre tener trabajo o tener dignidad, porque ambas cosas a la vez ya no están a su alcance. Si quieren trabajo han de renunciar a su derecho de disfrutar de unas condiciones y unos salarios dignos. Y si quieren dignidad deben despedirse del trabajo. Es una alternativa falaz y tramposa. Que requiere de una respuesta contundente. El día 24, y “a voto limpio”, como dice Angel Gabilondo.

Las Comunidades Autónomas y los Ayuntamientos tienen capacidad para hacer frente a esta deriva de paro y subempleo. Se pueden lograr buenos empleos para la mayoría, con una política económica que promueva la innovación y la formación para ganar competitividad.

Con un nuevo Estatuto de los Trabajadores que blinde los derechos laborales frente a la depredación de algunos empresarios. Con unas políticas activas de empleo eficaces y con recursos para orientar, mediar y formar a favor del trabajo de calidad. Con programas de inspección y sanción sobre los abusos y los fraudes en la contratación y en la duración de la jornada laboral. Con medidas específicas para mejorar la empleabilidad de los colectivos más vulnerables, como jóvenes, mayores de 45 años y mujeres… Con acuerdos sociales para elevar los salarios. Con ampliaciones de la cobertura social a los parados, especialmente los afectados por riesgos de exclusión.

He leído y escuchado propuestas muy interesantes desde el PSOE, desde las candidaturas de Gabilondo y Carmona. Pero, ¿por qué todas estas cosas no son protagonistas de la campaña electoral en un país que tiene el paro y la precariedad laboral como la primera de las preocupaciones entre la ciudadanía? Estamos a tiempo para lograrlo.

VOTAR, NO VOTAR O VOTAR A LA CONTRA

La campaña electoral presente está dominada en mayor medida que en otras ocasiones por ese fenómeno que Felipe González llama “psicopolítica”, y que consiste en la formulación mayoritaria de posiciones políticas derivadas por las emociones antes que por las ideologías, y por cierta irracionalidad antes que por el sentido común.

Las gravísimas consecuencias de la crisis en términos de deterioro social y el descrédito institucional derivado de los casos de corrupción alimentan una pulsión de cambio tan potente como legítima. Pero tal pulsión está desarrollándose mediante conductas políticas diversas: una parte de la población decide optar por proyectos políticos constructivos pero distintos al hegemónico; otra parte piensa utilizar su voto para castigar a quienes considera responsables de los problemas; y una tercera opción se decanta por la auto-marginación en el proceso electoral.

Cualquier actitud que respete las reglas del juego ante una campaña electoral es legítima en democracia: votar, no votar o votar a la contra. Sin embargo, unas actitudes resultan más beneficiosas que otras desde la perspectiva del interés común e incluso del interés propio.

Por ejemplo, la decisión de no votar es irracional y contraria a cualquier expectativa de mejora. La política es la disciplina que organiza el espacio público que compartimos, y puede aplicarse conforme a los valores y a la voluntad de los concernidos, o tan solo conforme a los que decidan participar en sus procesos de decisión. Como siempre hay alguien que decide, el hecho de auto-marginarse no conduce a la no-política sino al ejercicio de la política que llevan a cabo los que no se auto-marginan. Por tanto, la actitud de no votar no es inteligente, sino todo lo contrario. Si no votas, alguien votará por ti, y puede que vote contra ti.

Votar a la contra puede ofrecer una primera satisfacción agradable. Estoy enfadado. ¿Dónde puedo hacer más daño con mi voto a quienes responsabilizo de mi enfado? Pues ahí voy a votar. Es voto de la frustración y el desahogo. Bien, pues. Respondo al daño con daño.

¿Y después qué? ¿Qué hacemos con unos Ayuntamientos y con unos Parlamentos donde se sientan un buen número de anti-todo? ¿Qué hacemos con unos Ayuntamientos y unos Parlamentos en los que buena parte de sus integrantes no cuentan ni con programas realizables, ni con equipos solventes, ni tan siquiera con voluntad alguna para colaborar en el gobierno de los problemas? Ya estamos viendo en Andalucía para qué sirve el voto del desahogo: para bloquear la formación del gobierno que han elegido mayoritariamente los andaluces.

El voto del cambio realizable y seguro resulta menos arrebatador en la psicopolítica reinante, ciertamente, pero es la opción más positiva para el interés propio y el interés común. Entre el inmovilismo y el “liquidacionismo”, por citar otra vez a Felipe, cabe la opción del reformismo. Entre no cambiar nada de lo que no funciona, y tirar abajo lo que funciona junto a lo que no funciona, cabe optar por cambios sensatos, en positivo, conforme a los valores progresistas mayoritarios, y conforme a la experiencia positiva de los programas reformistas para el desarrollo equitativo de la sociedad.

Y claro que hay una traducción electoral en este discurso. Si Cifuentes y Aguirre representan el inmovilismo, y los Podemos-Ciudadanos representan el “liquidacionismo”, las candidaturas socialistas que encabezan Gabilondo y Carmona representan el reformismo inteligente y justo. Debo decirlo, sí. Pero es la pura verdad.

¿NECESITAMOS BUENOS LÍDERES O BUENAS INSTITUCIONES?

Dos fenómenos paralelos y crecientes caracterizan el panorama político actual en nuestro país: la progresiva denostación de las instituciones y la confianza en los liderazgos con facultades aparentemente taumatúrgicas. El Parlamento, el sistema electoral, el procedimiento legislativo, los partidos, la judicatura, la agencia tributaria, los sindicatos… Prácticamente no hay institución a salvo hoy de la crítica acerada en cualquier tertulia pública o privada.

Como contrapunto a tanto deterioro, periódicamente surge una figura personal que concita todas las esperanzas para la regeneración del sistema y la provisión de un futuro brillante. Eso sí, la percepción del desastre institucional permanece y se consolida mes tras mes, pero la figura salvadora se sustituye periódicamente. El salvador de ayer no nos sirve para hoy, y el de hoy posiblemente muestre fallos imperdonables para mañana.

Las referencias ideológicas están pasadas de moda. Los programas son intercambiables, según algunos. Cierto líder emergente hoy, y muy posiblemente sumergido mañana, ha llegado a afirmar que es un error escoger solo un lado del escaparate político tradicional, cuando se puede picar cada día un poco de la derecha y otro poco de la izquierda. Los debates, los contrastes y los posibles pactos no se referencian en las opciones políticas sino en los líderes mediáticos. No se trata de si se pactará entre tal o cual posición o si se acordará tal o cual programa. La pregunta es si fulanito pactará con menganito o no.

La política se ha personalizado tanto que junto a cualquier ranking demoscópico sobre apoyos electorales a partidos, aparece ya irremediablemente el ranking de popularidad de los personajes que protagonizan el debate mediático. Ya no se miden tanto los apoyos a las opciones políticas como los índices de respaldo popular a tal o cual liderazgo personal. Otro líder, emergente ayer y sumergido hoy, llegó a sustituir el símbolo del partido por su propia fotografía en la papeleta electoral.

¿Podemos permitírnoslo? ¿Puede una sociedad que aspira a una democracia de cierta calidad sustituir el crédito de sus instituciones por la popularidad de sus líderes? ¿Se puede sustituir la confianza en el sistema político por la fe en los sucesivos personajes que encabezan los concursos de popularidad en el prime time televisivo?

Jean Monnet dijo aquello de “los hombres pasan, pero las instituciones permanecen”. El sabio candidato socialista a la Comunidad de Madrid, Ángel Gabilondo, insiste en promover las “instituciones justas” como parte fundamental de su programa. Y ambos tienen poderosas razones para manifestarse así. La razón y la experiencia histórica nos dicen que vale más una institución benéfica pero imperfecta que un salvador aparentemente perfecto pero seguramente perfectible.

Cuidemos de mejorar nuestra democracia mejorable, nuestros Parlamentos mejorables, nuestros partidos mejorables, nuestras ideologías mejorables y hasta nuestra moralidad mejorable. Porque son las instituciones las que aseguran la vigencia de nuestros derechos, más allá de cualquier veleidad personal. Y ojalá podamos contar además con liderazgos sabios y ponderados.

ALCALDE CARMONA

ALCALDE CARMONA

El perfil más clásico y eficaz del alcalde es el de aquel que no espera los problemas en el despacho, sino que los recibe a pie de calle. El alcalde es el político que toma el pulso de su gente allí donde vive la gente. A un alcalde no le cuentan las dificultades en un gabinete, porque es el primero en conocerlas. Y el alcalde no construye las soluciones en un laboratorio, sino al lado y de la mano de quienes han de practicarlas y disfrutarlas.

Gallardón tenía más ínfulas de emperador que de alcalde. Botella huye de la calle mientras la calle le reprocha su lejanía. Y Aguirre siempre fue populista tan solo del pueblo más selecto. Antonio Miguel Carmona tiene madera de alcalde, indudablemente. Conoce las inquietudes y los anhelos de cada esquina de la ciudad, y no por haberlas leído en informe alguno, sino por haberlas visto, tocado y sufrido en directo.

Dice la leyenda carmonista que en su agenda figuran a veces actos simultáneos no por error, sino por la capacidad del futuro alcalde de Madrid para atender varios asuntos a un tiempo, logrando además que cada concernido se sienta objeto de una atención singular y especial. Cercanía, empatía, diálogo, participación… Son los atributos de un alcalde dedicado al interés de la mayoría de la gente, antes que al provecho de la selecta minoría de siempre.

¿Y el programa?, preguntan a veces. El programa lo tiene en su cabeza. Cada demanda, cada cifra, cada fecha, cada interlocutor, cada compromiso, cada decisión… Solo hay que descargarlo del disco duro de su memoria de alcalde. ¿El resumen? Una ciudad a la medida de sus habitantes, antes que a la medida de sus negocios. Una ciudad justa.

Carmona es economista, pero de los economistas que ven los ojos, la cara y el corazón que se esconde tras cada estadística. Es de los economistas que no miden las mejoras o los retrocesos en el PIB o en el IBEX, sino en la calidad del empleo de los jóvenes, o en los servicios públicos que disfrutan los mayores, o en la igualdad real que experimentan las mujeres, o en las oportunidades que la ciudad brinda a sus niños y niñas.

Por eso dice que su M-30 es la igualdad, y que su Palacio de Cibeles es una red de escuelas infantiles, y que su Teatro Real son las escuelas de música para cada barrio. El desahucio de cada día no es una curva hacia arriba o hacia abajo para el economista Carmona, sino un enemigo, como los fondos buitre que se enriquecen malcomprando y malvendiendo las viviendas públicas que debieran albergar a los más necesitados.

Y aspira a ser alcalde de su ciudad, Madrid, pero ya se siente alcalde de todos y de todas las que llegan a Madrid, las que viven, o pasan, o sufren, o se alegran en Madrid. Vengan de donde vengan. Suele decir que cualquiera es madrileño y madrileña en cuanto pisa la T-4 de Barajas, o la estación de autobuses, o la terminal del AVE en Atocha, o la carretera de Extremadura. No afirma Madrid frente o contra otros. Afirma Madrid con todos los otros y con todas las otras. Madrid y España, sí. Con mayúsculas.

Puede que ni él mismo se esté dando cuenta, pero ya está ejerciendo como el alcalde que Madrid lleva tiempo necesitando.

EMERGENTES, PERO NO MUY SOLVENTES

Todas las formaciones políticas que se presentan a unas elecciones merecen respeto y consideración, las más nuevas y las menos nuevas. Y todas las formaciones políticas merecen también el mismo análisis crítico sobre sus propuestas y sobre su comportamiento en campaña, los supuestamente emergentes y los ya emergidos, por igual. Porque unos y otros se presentan ante la ciudadanía como formaciones preparadas para asumir la representación y el gobierno de los asuntos colectivos.

Como es lógico, la pulsión de cambio en la sociedad española, conforme se aproxima la hora de la verdad electoral, va perdiendo componentes puramente emocionales y va ganando en su consideración más racional. La ciudadanía valora cada vez más la propuesta que la protesta, y va estimando en mayor medida la solvencia en la articulación de soluciones viables que la habilidad dialéctica en las tertulias televisivas.

Los dirigentes de los nuevos partidos han puesto de manifiesto recientemente algunos comportamientos cuestionables. Por ejemplo en Andalucía. Tras presentarse ante la ciudadanía como auténticas alternativas de gobierno respetuosas con la democracia, están ignorando el resultado inequívoco de las urnas andaluzas y están obstaculizando la pronta formación del gobierno que ha de servir al interés general. Además, en el afán de ganar bazas de poder cuanto antes, fomentan el transfuguismo masivo de militantes y de cargos de unos a otros, a la más vieja usanza política, por cierto.

La “democracia del click” con que algunos pretenden dar lecciones de participación transparente genera tantas sospechas de juego poco limpio que hasta sus protagonistas se han visto obligados a anular algunos de sus resultados notorios. Yerran cuando hacen y también, a veces, cuando hablan, como cuando aseguran estar dispuestos a suministrar a los andaluces cañas de pescar en lugar de peces, como si se tratara de un territorio tercermundista… El propio Jefe de Estado debió sorprenderse un tanto cuando uno de los líderes emergentes aprovechó su primer encuentro público para regalarle unos dvd sobre la serie americana de moda.

Más serio es el cuestionamiento que merecen sus propuestas programáticas. Algunas porque son de ida y vuelta, como el establecimiento de la renta mínima universal o la jubilación a los 60 años. Otras por poco meditadas, como la denuncia del Tratado de Lisboa y el euro. También las hay sumamente injustas, como la idea de Podemos de eliminar las pensiones de viudedad que reciben miles de mujeres sin recursos en España, con el argumento de que ya cobrarían la renta universal, a la que previamente se había renunciado…

Un debate a fondo requiere la oferta electoral de Ciudadanos para legalizar la prostitución, cuando todos sabemos que la compra-venta de favores sexuales en nuestro país, además de vejatoria para todo ser humano, se fundamenta en buena medida en el tráfico y la explotación de mujeres víctimas de redes mafiosas. También es rechazable la obsesión del economista de cabecera de esta formación por el contrato único, que equivale necesariamente al contrato único precario. Y ha de cuestionarse la apuesta por la “sanidad mixta” en detrimento de la sanidad pública garante de equidad. Y la coincidencia con el PP al limitar la prestación sanitaria a los inmigrantes. Y las reticencias a la paridad hombre-mujer en las candidaturas. Y la fijación de un IVA homogéneo, forzando la subida de impuestos sobre el consumo de productos de primera necesidad, como alimentos y medicinas….

Insistamos, por tanto, en la legitimidad de todas las opciones políticas, por novedosas e inexpertas que resulten, pero analicemos con cuidado si tras tanta novedad emergente existe en realidad algo más que mucha ambición y poca solvencia.

ESTILO GABILONDO

ESTILO GABILONDO

La elección de Ángel Gabilondo como candidato a la Presidencia de la Comunidad de Madrid está generando unos efectos que van más allá de la obvia ventaja en las expectativas electorales del PSOE. El estilo propositivo, integrador y respetuoso del profesor Gabilondo ha elevado sustancialmente el nivel del debate político en nuestra región. Hasta tal punto ha sido asumido este cambio en la política madrileña que otras formaciones políticas se han visto obligadas a elegir perfiles similares en sus propias candidaturas.

El “estilo Gabilondo” consiste en anteponer el debate en torno a lo que interesa a la ciudadanía por encima de los habituales debates estériles entre los propios partidos. Se trata de analizar los problemas y los retos a los que se enfrenta la sociedad antes que examinar con ánimo crítico las conductas de los rivales políticos. Y se trata de plantear propuestas para solucionar los problemas de los ciudadanos y las ciudadanas antes de ensayar cada día nuevos golpes certeros sobre la mandíbula del adversario electoral.

Gabilondo entiende, con mucha razón, que a menudo la ciudadanía contempla entre sorprendida y hastiada los absurdos reprochatorios que se lanzan unos dirigentes políticos contra otros, mientras parecen olvidar que se les eligió no para pelearse entre ellos sino para resolver los problemas de quienes les pagan. Si aquello del “y tú más” siempre fue reprochable, lo es en mayor medida cuando muchos madrileños y madrileñas están sufriendo los rigores de la crisis y de los recortes, a la espera de una solución que no acaba de llegar.

El estilo del candidato socialista consiste también en fundamentar las propuestas políticas en principios y en valores antes que en la acostumbrada puja electoralista. Gabilondo suele hablar de un modelo económico compatible con la justicia social. Habla de empleos con derechos. Habla de políticas públicas para asegurar la equidad social. Habla de instituciones justas al servicio del interés colectivo. Habla de cambios en las políticas y en las formas de hacer política. Y a partir de ahí desgrana su programa concreto en cada área de Gobierno.

Durante demasiado tiempo, la política madrileña se ha asemejado a una especie de mercadeo de ofertas con las que impresionar al electorado. Si tu pones siete hospitales, yo pondo ocho. Si tú prometes colegio y centro de salud, yo prometo colegio, centro de salud, universidad, hospital y centro aeroespacial. Si tú ofreces bajar este impuesto, yo bajo este, el otro y el de más allá. Como es lógico, muchos ciudadanos contemplaban este espectáculo entre escépticos y hartos. Resulta mucho más interesante y enriquecedor tratar sobre modelos de región y acomodar las propuestas concretas a estos grandes modelos diferenciadores.

Gabilondo comenzó su andadura como candidato hablando de honestidad. Creo que ha sido el único candidato de la historia de las elecciones en España que ha logrado poner en pie a un auditorio con una cita de Kant apelando a la honestidad como prioridad en el quehacer político. Pero jamás ha hecho uso de este a priori como un arma arrojadiza. Es más, ha reprochado las conductas deshonestas en todas las filas, incluidas las más cercanas. Solo así será creíble el político que se compromete a una gestión transparente y limpia, además de eficaz. Este discurso es mucho más inteligente y efectivo que cualquier auto-tribunal para candidatos.

Los socialistas estamos orgullosos de hacer campaña con “estilo Gabilondo”. Y estamos convencidos de que el beneficio no se quedará solo en nuestra orilla, sino que alcanzará, y ya está alcanzando de hecho, al conjunto de la política madrileña.

 

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