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Archive for the ‘Comunicación’ Category

Es una constante histórica: cada vez que España se la ha jugado de verdad como país, la derecha ha traicionado a los españoles. Ha sucedido así siempre bajo gobierno socialista. Y está ocurriendo nuevamente en estos días. Apenas 48 horas antes de dar comienzo el trascendental juicio a los presuntos delincuentes del separatismo catalán, las derechas de PP, Ciudadanos y Vox convocan concentraciones… contra el Gobierno de España.

Utilizando la burda excusa de un posible “relator” previsto para las reuniones entre los partidos catalanes, Casado, Rivera y Abascal se han lanzado a una demencial carrera de descalificaciones al Presidente del Gobierno: traidor, felón, peligro, ilegítimo… Los dirigentes de las derechas saben perfectamente que el Gobierno socialista no ha hecho ni hará concesión alguna al separatismo fuera del ordenamiento constitucional. Saben que el Gobierno no quiere y no puede instar a la fiscalía para que cambie su posición en el juicio, y saben que el Gobierno no quiere y no puede negociar referéndum alguno de autodeterminación.

Los dirigentes de las derechas saben perfectamente que la acción del Gobierno no solo es legítima, sino que es la única posible para afrontar con alguna eficacia el problema territorial en Cataluña. Primero, reestablecer la comisión bilateral entre el Gobierno español y el Gobierno autonómico catalán, tal y como mandata la ley, y sin “mediación” alguna. Y segundo, promover una mesa de partidos catalanes para buscar salidas políticas al conflicto, con los “relatores” o “coordinadores” que los partidos consideren de interés. Punto. Diálogo dentro de la ley.

Los españoles tienen cada día más claro dos cosas. Que este problema solo se soluciona dialogando, dentro de la ley, y que tanto en la política catalana como en la política española hay quienes quieren solucionar el problema y hay quienes quieren avivarlo para sacar partido electoral. Casado y Rivera han demostrado estar entre estos últimos, junto a Puigdemont. Están dispuestos a incendiar la convivencia en Cataluña aún más, con tal de obtener unos votos en el resto de España. Esto sí que es traicionar a los españoles.

Ha ocurrido siempre. El primer Gobierno socialista de Felipe González se enfrentó al reto de convencer al país sobre la conveniencia de mantenernos en la Alianza Atlántica, y la derecha traicionó a España llamando a la abstención en aquel referéndum. Años después, cuando el Gobierno de Zapatero peleaba por erradicar el terrorismo de ETA, la derecha traicionó a España haciendo uso electoral de la política antiterrorista, incluidas convocatorias infames en la plaza madrileña de Colón, otra vez.

Tras el triunfo socialista en las elecciones de 2004, la derecha promovió una infamante teoría conspiranoica acerca de la autoría del atentado yihadista del 11-M, acusando prácticamente al PSOE de complicidad con la matanza. En plena crisis financiera, con el país en riesgo de quiebra, y cuando el Gobierno Zapatero tuvo que adoptar las difíciles medidas que exigían los mercados de deuda para mantener nuestro crédito internacional, la derecha traicionó nuevamente a los españoles. Montoro lo explicó muy bien: “Que se hunda España”, aseguró a la diputada canaria Ana Oramas.

Ya en el Gobierno, y mientras imponía los recortes más brutales en materia de empleo, pensiones, educación, sanidad y dependencia, la derecha se entregó a la corrupción sistémica que tuvo que sentenciar la Justicia en el famoso caso Gurtel. Otra traición. Y hace pocas semanas consumaron la traición más dramática: cuarenta años después de muerto el dictador Franco, las derechas de PP y Ciudadanos normalizaban y blanqueaban a los herederos del franquismo, incorporando a las instituciones andaluzas a una fuerza política anti-constitucional, anti-europea, xenófoba y machista.

Pues bien, gracias a la labor de los Gobiernos socialistas se ganó aquel referéndum sobre la Alianza Atlántica, y ETA anunció que dejaba de matar, y España pasó página de la Gurtel, y se están revertiendo los recortes sociales… Y será con un Gobierno socialista en España con el que pueda abrirse paso, por fin, una esperanza de solución para el problema de convivencia que tenemos en Cataluña. Será con un Gobierno socialista, o no será, como siempre que España se la juega.

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El año 2019 que comienza promete debates y contiendas políticas de primer orden en España. Comenzamos con los Presupuestos Generales del Estado y la formación de gobierno en Andalucía. Seguiremos con unas elecciones municipales, autonómicas y europeas absolutamente decisivas. Y en el horizonte de este año o del que viene asoman también las elecciones generales.

La gran pregunta es la siguiente: ¿cuáles serán los ejes determinantes en estos debates y en estas campañas electorales? Existen dos grandes tendencias, que responden a valores e intereses distintos y contrapuestos.

Una tendencia procurará centrar debates y campañas en la cuestión territorial, en los conflictos identitarios y en los agravios reales o supuestos entre territorios. La otra tendencia pretenderá tratar sobre las personas, ofreciendo respuestas a sus problemas, necesidades y retos. Los primeros llamarán a la emoción y a las gónadas. Los segundos, a la razón y la convivencia. ¿Cuál se impondrá? El resultado de las elecciones sucesivas y el futuro del bienestar de los españoles dependerán en buena medida de la respuesta a esta pregunta.

La derecha nacional y periférica insiste en la primera opción. A juicio de Casado y Rivera, la gran cuestión a dilucidar en el año que entra consiste en determinar cuan españoles seremos los españoles. A juicio de Puigdemont y Torra se trata de establecer cuan catalanes serán los catalanes. Las derechas azul, naranja y amarilla, en definitiva, competirán por diferenciar a los muy españoles o muy catalanes respecto a los demás, que serán, según su criterio, menos españoles o menos catalanes.

Las derechas promueven continuamente controversias que enfrentan a unos territorios con otros territorios y a unos españoles con otros españoles. Nos dicen y dirán que los poco españoles favorecen a unos territorios, que son menos españoles (o catalanes), en detrimento de otros territorios, que son más españoles (o catalanes). Y que ellos lo harían a la inversa, signifique esto lo que signifique.

Además, insistirán en la suma importancia de conceptos tan anacrónicos y propios del siglo pasado como el patriotismo excluyente, o el soberanismo, o la autodeterminación, o la independencia. Cuando, en realidad, el patriotismo del siglo XXI es el patriotismo ciudadano y democrático, abierto y cada día más global. Y cuando soberanismo, autodeterminación e independencia son objetivos que han sido felizmente superados por la era de la globalización, el multilateralismo y la interdependencia.

En un mundo que globaliza su fenomenología económica, social, cultural y cívica, la meta no es levantar fronteras y segregar espacios políticos, sino derribar muros e integrar espacios públicos para el desarrollo global, próspero, solidario y democrático. Y ese camino para nosotros se llama Europa.

El franquismo revivido y blanqueado en estos días por Casado y Rivera, por su parte, intentará también quebrar algunos de los consensos que han fundamentado la convivencia democrática desde la muerte del dictador hace cuarenta y tres años. Al grito de “nosotros primero” fomentarán el miedo y el rechazo al diferente, al extranjero y a la propia construcción europea. Y con la llamada a los valores de lo que ellos llaman la familia “tradicional”, intentarán revertir las conquistas sociales logradas en estos años de democracia, muy especialmente las que tienen que ver con los derechos de las mujeres.

Pero hay otra manera de afrontar los debates en este tiempo que se abre. Podemos hablar de las personas en lugar de centrarnos tan solo en los territorios. Podemos debatir sobre cómo resolver los conflictos en lugar de agravarlos para mejorar su rendimiento electoral. Y podemos trabajar con la razón y el diálogo en lugar de con la pura emocionalidad y el enfrentamiento permanente.

Tanto en el debate presupuestario como en las citas electorales previstas cabe plantear tres temas relevantes sobre los que habrían de pronunciarse las distintas fuerzas políticas. ¿Qué Estado del Bienestar queremos para nuestras familias y qué esfuerzo fiscal estamos dispuestos a establecer para financiarlo? ¿Cómo hemos de modernizar nuestra economía para asegurar a la vez desarrollo, preservación ambiental y empleos de calidad? ¿Y qué reformas hemos de emprender en el funcionamiento de nuestras instituciones para contar con una democracia más abierta, transparente, limpia y participativa, en España y en el conjunto de Europa?

Este sí sería un debate inteligible y eficaz para el interés de la ciudadanía a la que nos debemos sus representantes políticos.

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En la vida política española se está normalizando el conflicto radicalizado y extremo. No se trata de la diferencia legítima y saludable de pareceres. No se trata tampoco del debate, la polémica o la controversia lógicas en una sociedad plural y democrática. Estamos asumiendo como normal una dinámica de conflictos de gran intensidad, que imposibilita el ejercicio de la política para organizar el espacio público y socava la mismísima convivencia democrática.

A pesar de los esfuerzos del Gobierno por normalizar el debate en torno al problema territorial en Cataluña, los partidarios de la radicalización del conflicto lanzan a diario expresiones como fascistas, golpistas, traidores, opresores, vendidos, presos políticos, expolios… Las sesiones parlamentarias de control al Gobierno se han convertido en un concurso de descalificaciones en las que cada dos minutos y medio se acusa falsamente al ejecutivo de “pactar con filoetarras”, “arrodillarse ante los separatistas” y “vender España”.

El crimen machista sobre la joven Laura Luelmo ha sido utilizado sin ambages ni escrúpulos como arma reprochatoria contra el PSOE por su oposición a la cadena perpetua. Y un debate parlamentario sobre los métodos de estimación de voto en las encuestas del CIS, que debía  transcurrir entre argumentos de carácter científico y técnico, se ha convertido en una cacería con tal ensañamiento hacia su presidente, que el diputado proponente llegó a verter hasta 24 insultos en apenas cinco minutos de intervención en tribuna.

¿Cuál ha sido el proceso que nos ha llevado hasta aquí?

Las ideas se han ido sustituyendo por las identidades. Las ideas son compatibles, complementarias, maleables, perfeccionables, modificables. Las identidades no, al parecer. Las identidades son exclusivas y excluyentes. Una idea se mejora con otra idea. Una identidad se afirma contra otra identidad.

La argumentación se sustituye por la propaganda, y los documentos o las exposiciones por los tuits o los pantallazos de Instagram. Tenemos acceso al mayor caudal de comunicación de la historia, pero cada cual solo habla a su parroquia y solo escucha a su parroquia. Y en cada parroquia se abomina de todos los que no son de la parroquia.

El debate se sustituye por la diatriba, porque el primero requiere conocer y entender al otro para responderle, mientras que la segunda tan solo exige voluntad. Y ya no se rebate la perspectiva del otro, sino a la persona del otro. La política consiste hoy en negar al otro el derecho a ser escuchado.

Los frentes sustituyen a las posiciones. Las posiciones son relativas, cambiantes, intercambiables en función de los hechos y del aprendizaje. Los frentes son férreos, concebidos para la confrontación. El que sabe adaptar su posición es un actor flexible e inteligente. El que se sale del frente es un traidor.

En las instituciones políticas no hay compañeros de distintas filiaciones. Ni tan siquiera existen ya los adversarios políticos que confrontan ideas y posiciones. Ahora hay enemigos. Con el adversario, el diálogo es obligado y el entendimiento es aconsejable. Con el enemigo no vale ni el diálogo ni el entendimiento. O muere él o mueres tú.

Como dijera Unamuno en otro contexto histórico, ya no se trata de convencer, sino de vencer. No se persigue compartir ideas o posiciones con el de enfrente. Ni siquiera se procura ya que el de enfrente asuma tus ideas o posiciones. Se trata de hundir al otro, de borrarlo del mapa político.

No vamos pues hacia sociedades integradas sino hacia sociedades crispadas y fracturadas, y no nos conducimos por la senda de la mejora de la calidad democrática en nuestras instituciones y en nuestros comportamientos. Cada día damos pasos hacia atrás.

No es la primera vez que este escenario se produce en el seno de las democracias occidentales. Durante los años treinta del siglo pasado vivimos episodios semejantes. ¿Y qué nos dice la historia sobre lo que viene después?

Vienen los salvadores y taumaturgos, promoviendo la anti-política, el desmantelamiento de las aburridas instituciones democráticas, el fin de los partidos que solo piensan en ellos mismos, el cuestionamiento de los medios de comunicación que forman parte del sistema, la eliminación de intermediarios y contrapesos estériles, tantos Parlamentos, tantas televisiones públicas…

Entonces llegan los que “hablan claro” aunque no digan nada sensato, los que “mueven el cotarro” aunque no resuelvan ningún problema, los que señalan a los “culpables evidentes” aunque sean falsos culpables, los que plantean “soluciones sencillas” aunque las dificultades sean complejas, los que “dicen aquello que la gente quiere oír” aunque aquello solo procure retrocesos…

¿Y si nos lo pensamos un poco antes de que lleguen los que ya están llegando?

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Como actor institucional y como curioso del comportamiento político, me he mantenido atento en estos días a las explicaciones más o menos espontáneas que han ofrecido a través de los medios de comunicación aquellos votantes y abstencionistas que el domingo pasado propiciaron el éxito electoral del franquismo en Andalucía.

Porque me resisto a utilizar neologismos o extranjerismos para nombrar aquello que en este país conocemos dolorosamente bien desde hace mucho tiempo. Aquí, a los partidarios del recorte de libertades, del anti-europeísmo, del machismo y del racismo siempre se les ha llamado franquistas, y no veo por qué hay que cambiar ahora su denominación.

En esas explicaciones pueden identificarse varias líneas argumentales. Entre los que mejor justifican su conducta están los insatisfechos, decepcionados y “hartos” por la falta de soluciones o por las soluciones insatisfactorias a sus problemas cotidianos. Después están los que se manifiestan “aburridos de la política de siempre y de los políticos de siempre”, que buscan “animar el cotarro”. Están también quienes se sienten atraídos por los que “hablan distinto”, “más claro, sin medias tintas”, que no se atienen a “lo políticamente correcto” y que “emocionan”.

Otra línea de argumentación tiene que ver con las frustraciones que genera el funcionamiento de las instituciones democráticas y el comportamiento de sus protagonistas: las “peleas interminables” que parecen no solucionar nada, junto al aparentemente contradictorio “pactismo y chanchulleo de los políticos” y el “cada uno va a lo suyo, pero no a lo nuestro”. Por último, se dejan notar también las posturas directamente revanchistas del “que se fastidien”  o el “démosles donde más les duele”, dirigidas a las “élites” políticas y económicas.

La multiplicación de los apoyos electorales al franquismo resulta muy preocupante, como amenaza directa al régimen de derechos y libertades democráticas que celebramos precisamente en estas fechas con motivo del 40 aniversario de la Constitución Española. Y, desde luego, las propias instituciones democráticas y los partidos constitucionalistas han de hacer los correspondientes análisis autocríticos.

Ahora bien, no estoy de acuerdo con eximir de responsabilidad a aquellos electores que con su voto o con su abstención han abierto las puertas del Parlamento andaluz a los enemigos de nuestras libertades. No comparto esas actitudes “comprensivas” con quienes han actuado deliberada o inconscientemente mal. No me parece bien la “comprensión” por pura condescendencia paternalista (“En realidad, no saben lo que hacen”), ni por puro interés político (“Metámonos con los dirigentes, pero no con los votantes, para atraerlos a nuestras filas”).

Si muchos de estos ciudadanos nos requieren para que hablemos “claro”, hagámoslo. Aquellos que han votado al franquismo, conscientes de lo que representa y de lo que amenaza, están ocasionando un daño gravísimo a nuestra convivencia y a los derechos conquistados con mucho sacrificio, y merecen nuestro reproche por ello. Aquellos que votaron franquismo sin saber lo que votaban han actuado con una irresponsabilidad mayúscula, que deben corregir. Y los que favorecieron el éxito franquista mediante su abstención, se han equivocado gravemente.

Estos comportamientos colectivos de carácter irracional no son nuevos. No es la primera vez que las decisiones colectivas se decantan por opciones contrarias al propio interés colectivo. Los teóricos de la decisión racional y de la politología han estudiado a fondo estos fenómenos nocivos, desde el fracaso de la República de Weimar que dio lugar al nazismo en Alemania, por ejemplo.

El politólogo Bernard Crick escribió hace tiempo que “uno de los mayores riesgos que corren los hombres libres es aburrirse del sistema que les proporciona su libertad”. Daniel Innerarity ha escrito también con mucho acierto que “la democracia es el constante aprendizaje de la decepción”. Este autor nos recuerda que la democracia decepciona cuando fracasa (porque no satisface expectativas) y cuando acierta (porque facilita las críticas). Las propias pintadas del Mayo del 68 anticipaban algunos de estos sentimientos: “¡Basta de realidades! ¡Queremos promesas!”.

Por tanto, aquellos argumentos simples y equivocados deben ser respondidos, con eficacia y con prontitud, antes de que arraiguen como ya han hecho en otros países. A los insatisfechos por la eficacia limitada y el ritmo lento de las reformas hay que recordarles otra frase de Bernard Crick: “Frente a las opciones implacables e impecables, es preciso reivindicar la política democrática, como la actividad mediante la cual se concilian intereses divergentes”. Porque la alternativa a la mala política (que no satisface debidamente el interés general) no puede ser la anti-política (del yo primero y a los demás que les zurzan), y porque la alternativa a la democracia insatisfactoria no puede ser la no-democracia sino la democracia mejor.

A los aburridos de la democracia y a los que quieren “animar el cotarro” hay que advertirles de que tengan cuidado con lo que desean, no vaya a hacerse realidad. Porque la historia nos demuestra que cuando se deja morir a la democracia previsible y “aburrida”, lo que suele llegar se asemeja más a nuestras pesadillas que a nuestros sueños. A los enemigos de “lo políticamente correcto” (por aburrido) hay que recordarles que “lo políticamente incorrecto” puede resultar entretenido pero letal.

A los nostálgicos de la política más “sencilla” expliquémosles que los problemas rara vez son sencillos de resolver y que, muy a menudo, las “soluciones” que se presentan como las más simples son en realidad falsas soluciones que agravan los problemas. Digámosles también que la razón suele ser mejor consejera que la emoción a la hora de atender las necesidades y los retos colectivos, aunque resulte más compleja, trabajosa y tediosa de seguir. Añadamos que los taumaturgos y machos alfa que nos hacen vibrar con su verbo suelen ser más ineficaces y peligrosos que los muy racionales, laboriosos y cargantes políticos de siempre.

Nuestro país, su democracia, sus instituciones y sus políticos tienen (tenemos) mucho que cambiar. Pero el sentido del cambio debe ser hacia más democracia, no menos. Hacia más derechos y libertades, no menos. Hacia más tolerancia, no menos. Hacia más regeneración, no menos. Hacia más Europa, no menos. Hacia más feminismo, no menos. Hacia el futuro. No hacia el pasado.

En estos días circula por la redes un mensaje “sencillo” pero esclarecedor en este caso: “Érase una vez una hormiga que, enojada con la cigarra, votó por el insecticida”.

Instituciones, partidos y políticos “de siempre” tenemos mucho que reflexionar(nos), criticar(nos) y corregir(nos). Muchos votantes (400.000 andaluces, como poco), también.

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Durante los últimos días he tenido que responder preguntas y apreciaciones de estudiantes universitarios, vecinos, viandantes y hasta compañeros de partido a propósito de la imagen que se ofrece del trabajo parlamentario.

Los hechos lamentables de estas jornadas han servido también para que algunos analistas y comentaristas, supuestamente mejor informados, promuevan los peores tópicos sobre el comportamiento de nuestros diputados y senadores.

Se generalizan las acusaciones acerca de un estatuto privilegiado que se corresponde mal con el trabajo generalmente escaso, de baja calidad, ineficaz, sectario, mal educado y moralmente reprochable.

Solo que no es así. Solo que se trata de un tópico falso, injusto y, para los que trabajamos duro cada día en el Parlamento, se trata de un tópico doloroso.

Porque la gran mayoría de los diputados y los senadores, junto a los cientos de trabajadores en ambas Cámaras, y junto a los miles de organizaciones y ciudadanos que colaboran voluntariamente, desarrollan una labor inmensa, intensa y encomiable para mejorar la vida de los españoles.

Cada cual, desde sus principios y convicciones, a veces con éxito y a veces sin éxito, pero casi siempre con la mejor voluntad, honestamente, y con una disposición para el diálogo y el acuerdo que resulta ignota y resultaría sorprendente para muchos de sus representados.

Es cierto que unos pocos actúan de forma reprochable. Por falta de ideas, por deshonestidad o por la voluntad manifiesta de emponzoñar la vida política y procurar daño colectivo. En algunos casos, incluso, se une la estulticia con la corrupción moral y el dolo. Pero no se puede juzgar al todo por la parte, especialmente por la parte ínfima y por la peor parte.

A modo de ilustración. Solo en la semana del 19 a 23 de noviembre. Solo en el Congreso. La actividad parlamentaria ha dado para todo lo siguiente.

En el pleno hemos tomado en consideración la Ley que aporta verdad, justicia y reparación a las víctimas de los bebés robados. Y hemos aprobado la Ley que mejora la protección de los ciclistas en carretera.

Y hemos convalidado dos Reales Decretos Leyes que adjudican el pago del impuesto de las hipotecas a los bancos, y que aumenta las multas a las concesionarias de autopistas que no dedican suficientes recursos para evitar los colapsos durante las nevadas.

Y hemos superado las enmiendas a la totalidad para las leyes que regulan las prácticas universitarias, las reglas de gasto en la financiación municipal y la reforma de la Ley de Estabilidad Presupuestaria que aportará 6000 millones de euros extras en el gasto social.

Y hemos tratado dos declaraciones institucionales muy trabajadas sobre la lucha contra la violencia de género (por la celebración el próximo 25 de noviembre del día contra este tipo de violencia) y sobre las manifestaciones de cultura popular que propondremos como patrimonio inmaterial de la Humanidad en la UNESCO.

Además, se han celebrado reuniones de varias ponencias para avanzar en las leyes que regulan los créditos inmobiliarios (para que los hipotecados solo tengan que pagar la tasación), que mejoran la transparencia en los secretos empresariales, que previenen la financiación de actividades terroristas, que combaten la discriminación por orientación sexual, que conceden la nacionalidad española a descendientes en el extranjero, que facilitará el voto para los españoles residentes fuera de España, que compensan a las víctimas del amianto… En estos días se trabaja sobre más de 40 iniciativas de ley en ponencia y otras 40 en fase de elaboración de enmiendas.

También se ha trabajado en comisiones legislativas, comisiones de investigación y subcomisiones. La Comisión de Ciencia y Tecnología ha debatido 10 propuestas no de ley sobre competencias digitales y ayudas a investigadores. La Comisión de Investigación sobre la financiación irregular del PP ha sustanciado las comparecencias de Trillo y Matas. La Comisión de Seguridad Nacional ha recibido a un experto en ciberseguridad.

La Comisión de Defensa ha trabajado con INDRA en materia de seguridad y tecnología. La Comisión de Transición Ecológica ha tratado la comparecencia del Secretario de Estado para el Cambio Climático y ocho preguntas sobre seguridad nuclear y contaminación. La Comisión de Seguridad Vial ha visto una decena de propuestas sobre vehículos no contaminantes, el carnet por puntos y la señalética viaria. La Subcomisión del Régimen Especial de Trabajadores Autónomos ha comenzado a trabajar en su informe sobre cotizaciones y prestaciones.

La Comisión de Educación ha recibido informes orales de las asociaciones Save the Children y Secretariado Gitano. La Comisión de Políticas Integrales sobre Discapacidad ha atendido las reivindicaciones de cuatro entidades del sector. La Comisión que investiga el accidente de Angrois ha tratado nuevas comparecencias para esclarecer hechos y responsabilidades. La Comisión de Infancia y Adolescencia ha debatido y votado seis proposiciones no de ley sobre derechos de niños y niñas.

La Comisión de Evaluación del Estado Autonómico ha tratado las comparecencias de dos expertos constitucionalistas. La Comisión de Fomento ha formulado y contestado una veintena de preguntas sobre infraestructuras y sistemas de transporte en todos los territorios de España. La Comisión de la Unión Europea ha recibido la comparecencia del Secretario de Estado para la Unión Europea en un debate sobre el Brexit, el Consejo Europeo del día 25 y la situación de Gibraltar.

Además, se han celebrado jornadas sobre industrias culturales, mujeres juristas y servicios sociales. Se han presentado libros a propósito de la conmemoración del 40 aniversario de la Constitución Española. Y cada diputado y diputada ha celebrado decenas de reuniones sectoriales y ha realizado decenas de actuaciones propias de su circunscripción…

Solo en el Congreso. Solo en cinco días.

El trabajo parlamentario debe valorarse por algo más que unos cuantos insultos y un escupitajo.

Por favor.

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El brasileño Bolsonaro constituye el último ejemplo de campaña exitosa basada en la priorización del trabajo político a través las redes sociales. El estadounidense Trump mantiene tal estrategia desde hace años, al igual Salvini en Italia, Le Pen en Francia, y otros referentes autoritarios en el mundo. El triunfo del brexit puede atribuirse en buena medida también a una campaña muy centrada en internet. 

Las redes proporcionan un instrumento aparentemente positivo para la divulgación y la influencia política y electoral. Se trata de una vía de incidencia masiva, instantánea, sin filtro ajeno y con posibilidad cierta de valorar reacciones o feedbacks. En principio todo apunta a favor. Sin embargo, la experiencia demuestra que existen contraindicaciones importantes para el sistema democrático. 

Para empezar, los universos de seguidores se vinculan generalmente a personajes antes que a organizaciones. En las redes se sigue más al líder que al proyecto político que representa. Y la referencia individual siempre es más pobre que la referencia colectiva. 

Tales universos, además, funcionan en modo burbuja, de tal modo que los seguidores en redes de un líder no son seguidores de los demás, salvo en clave trol o saboteador. Solo escuchan a un personaje, el “suyo”. Esto resulta un problema, porque la calidad de un sistema democrático se mide, entre otros parámetros, por su capacidad para generar encuentro, diálogo, argumentación, contraste enriquecedor y, eventualmente, acuerdo entre diferentes. La red favorece el sectarismo. 

Por otra parte, los liderazgos en política se valoran fundamentalmente por su capacidad para enfrentarse a las agendas incómodas. A un proyecto y a su líder se le debe analizar por sus respuestas a los retos complejos y a las preguntas difíciles. Sin embargo, en el universo de la red social propia, el líder fabrica su propia agenda, con los temas que le son propicios y sin riesgo de ser interrogado por aquello de lo que no sabe o a lo que no quiere contestar. 

En la misma línea, la democracia es debate. Hoy no se concibe una campaña electoral en una democracia madura sin, al menos, un debate entre los principales contendientes. La generalización de las campañas en las redes sociales permite a los candidatos obviar esta condición democrática esencial. Bolsonaro, por ejemplo, se ha permitido el lujo de no hacer un solo debate con sus rivales. 

Finalmente, por no agotar los argumentos, el formato de campaña en red favorece la dinámica de las fake, de las mentiras en campaña. Un candidato en un medio tradicional no puede engañar a su público sin que un periodista se lo afee en una entrevista o un rival se lo reproche en un debate. Por el contrario, el líder puede volcar hechos, datos o argumentos puramente falsos bajo su perfil en la red, sin posibilidad práctica de contraste o desmentido eficaz. Es el método mediante el cual Trump miente habitualmente, por ejemplo. 

En consecuencia, las redes sociales suponen una oportunidad muy interesante para fortalecer y mejorar la eficacia en el trabajo político y electoral, pero siempre y cuando se utilice con honestidad y no sustituya a otros factores claves para la garantía de calidad democrática en un sistema político. Redes sí, pero que no sustituyan al diálogo entre diferentes, a los debates entre adversarios y a la sana intermediación de los medios periodísticos independientes. 

Eso sí, estos medios periodísticos, que están siendo barridos literalmente en su papel de intermediarios en la comunicación política, debieran tomar nota de que solo sobrevivirán en tal función si renuncian a actuar como simples forofos de una u otra opción política. Hay un lugar en el sistema para la prensa tradicional, veraz, crítica e independiente. Para el “forofeo”, las redes se bastan y se sobran.

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Durante los últimos meses, una parte de la izquierda española insiste en la crítica a la institución monárquica con una intensidad y una recurrencia difíciles de entender. Sea cual sea el asunto a tratar, desde la eliminación de los aforamientos a la regulación de la libertad de expresión, desde el comercio de armas al caso Villarejo o el conflicto catalán, los portavoces de Podemos, Izquierda Unida y ERC, entre otros, insisten en la estéril descalificación al monarca.

El debate doctrinal en torno a la forma de la Jefatura del Estado resulta indudablemente interesante. Las ventajas y los inconvenientes de contar con un Rey o un Presidente dan lugar, de hecho, a centenares de tesis y libros del mayor interés. La regulación de sus funciones y prerrogativas también estimula con toda lógica el trabajo de juristas y politólogos. Se entiende, incluso, el seguimiento singular de las actividades del Rey por una parte de los medios de comunicación, y la curiosidad general por las idas y venidas de su notoria familia.

Ahora bien, teniendo en cuenta que la forma de la Jefatura de Estado es parte fundamental del Pacto Constitucional, y sabiendo que su eventual revisión jamás contaría con el apoyo imprescindible de la derecha, ¿qué es lo que se pretende en realidad? ¿De verdad resulta relevante a día de hoy el debate sobre la monarquía en la izquierda española? ¿No hay prioridades de mayor interés para centrar la atención y el trabajo de quienes aspiran a ensanchar el campo de los derechos, las libertades y el bienestar social de los españoles? ¿Y dónde conduce este debate?

Los republicanos catalanes son, por definición, contrarios a la institución monárquica. Se entiende, pues, su rechazo doctrinario a todo lo que representa tal institución. Sin embargo, se entienden mucho menos sus ataques furibundos y pertinaces al Rey, al de antes y al de ahora. En primer lugar, porque quienes aspiran a entenderse con la institucionalidad española harían bien en respetar la forma de Estado que los españoles nos hemos dado democráticamente desde 1978, con amplia mayoría de apoyos en Cataluña, por cierto.

Y, en segundo lugar, porque solo los interlocutores institucionalmente fuertes son capaces de llegar a acuerdos relevantes. En consecuencia, no les conviene el debilitamiento del Estado, sino más bien lo contrario, paradójicamente. El reproche por el discurso de Felipe VI en el día 3 de octubre de 2017 no puede justificar tal beligerancia, porque el Rey hizo lo que le correspondía como “símbolo” constitucional de la unidad de España -¿alguien esperaba cosa distinta?-, y porque, en realidad, los ataques de ERC a “los borbones” vienen de mucho antes.

Resulta igual de legítimo el cuestionamiento intelectual de Unidos Podemos a la figura del Rey y a todo lo que ello implica. La tradición mayoritaria de la izquierda es una tradición indudablemente republicana. El PSOE, por cierto, oficialmente fue siempre “accidentalista”, es decir: partidario de la forma de Estado que mejor conviniera a la consecución de sus objetivos prioritarios de justicia social y de emancipación de las clases trabajadoras. Y hoy esos objetivos pasan por aplicar programas de progreso desde las instituciones democráticas que legitima la Constitución de 1978, una Constitución que se acordó estableciendo la monarquía parlamentaria como forma de Estado.

Pero más allá de este cuestionamiento doctrinal, legítimo y respetable, resulta menos lógico el ataque permanente a la Jefatura del Estado y a su titular. Por tres razones, al menos. Uno, porque su neutralidad política está asegurada por el Título Segundo de la Constitución, por el refrendo gubernamental obligado para sus actos, y por la propia vocación contrastada del Rey, del de ahora y del de antes.

Dos, porque ni la monarquía ni el monarca constituyen obstáculo alguno a la hora de aplicar las políticas propias de la izquierda, y que vienen acordando últimamente PSOE y Unidos Podemos. Y tres, porque, en todo caso, el cuestionamiento permanente de la Jefatura del Estado conduce al cuestionamiento en buena medida de todo el sistema político, y a la consiguiente desafección de la ciudadanía hacia las instituciones de las depende la aplicación de aquellas políticas.

En consecuencia, antes que proseguir en la estéril diatriba antimonárquica, resultaría mucho más coherente y, desde luego, bastante más eficaz, que la izquierda destinara sus esfuerzos a promover los valores progresistas y a combatir los populismos y radicalidades que hoy amenazan los pilares de la convivencia democrática en toda Europa.

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