Archivo de la categoría: Europa

GUERRA Y RECONSTRUCCIÓN

GUERRA Y RECONSTRUCCIÓN

La sociedad española afronta dos grandes desafíos. El primero y prioritario consiste en doblegar al virus, salvar vidas y preservar la salud de los españoles.

Pero hay un segundo reto para el que hemos de ir preparándonos: el de reconstruir un país fuertemente golpeado en su sistema sanitario, en su estructura de protección social, en su economía, en el empleo..

Ambos desafíos han de afrontarse desde la responsabilidad general, desde la unidad de propósitos y desde la lealtad en el esfuerzo a desarrollar por todos los actores concernidos.

Hay quienes cuestionan la alusión a la “guerra” en las acciones contra la pandemia. Sin embargo, tanto el número de afectados, como la gravedad de sus efectos y la dimensión de los recursos a movilizar, facultan para utilizar perfectamente ese símil.

Estamos en una guerra contra el virus. Se trata de una guerra dura y cruenta, que se está cobrando muchas vidas y está causando mucho sufrimiento. Pero es una guerra que estamos ganando. Los datos sobre la evolución de contagios, hospitalizaciones y decesos así lo ponen de manifiesto.

Se está ganando la guerra gracias a la dirección estratégica de nuestros científicos, al esfuerzo titánico de todos los servidores públicos, y a la disciplina responsable que demuestran cada día la gran mayoría de los españoles, en cumplimiento de los decretos vinculados al estado de alarma. Gracias también al liderazgo eficaz y prudente del Gobierno de España.

La guerra se está ganando, pero la guerra no está ganada. Hay que perseverar en el esfuerzo, en la prudencia, en la responsabilidad, en la unidad, en la lealtad…

También hay quienes dicen que es pronto para hablar de la reconstrucción post-pandemia. Se equivocan igualmente. Si el virus está ocasionando miles de víctimas, entre fallecidos, enfermos y afectados, las consecuencias del COVID-19 sobre la economía y el empleo están siendo ya dramáticas para millones de españoles, y el horizonte es francamente preocupante. Aquí y en todo el mundo.

Es urgente, por tanto, comenzar los trabajos de reconstrucción social y económica. En este sentido, el Presidente del Gobierno ha ofrecido una gran acuerdo de reconstrucción a todos los interlocutores institucionales, políticos y sociales.

Estamos ante la mayor crisis de nuestra generación. Salir de esta crisis requerirá esfuerzos gigantescos, que no pueden limitarse a las energías desplegadas por un Gobierno o por las fuerzas que le dan soporte habitual. Las consecuencias del COVID afectan a todos y todos estamos llamados a arrimar el hombro para afrontarlas.

El Presidente Sánchez ha recabado el acuerdo de los Gobiernos autonómicos, de las entidades locales, de los sindicatos, de las organizaciones empresariales, de las fuerzas políticas… Se trata de un requerimiento de unidad y de lealtad para el Gobierno de España, que tiene como contrapartida idéntico ofrecimiento de unidad y lealtad en cada una de las administraciones autonómicas y locales, en cada instancia social también.

Los grupos parlamentarios que respaldan al Gobierno han registrado en el Congreso de los Diputados la solicitud de creación de una Comisión para la Reconstrucción Social y Económica, abierta a todas las fuerzas políticas que representan a la ciudadanía española.

El objeto de la Comisión consiste en recibir propuestas, celebrar debates y elaborar conclusiones acordadas, en torno a cuatro grandes cuestiones: el reforzamiento de la sanidad pública; la reactivación de la economía y la modernización del modelo productivo; el fortalecimiento de los sistemas de protección social, de los cuidados y la mejora del sistema fiscal; y la posición de España ante las instituciones de la Unión Europea, cuyo concurso valiente y solidario resulta vital en estos momentos.

Tiene que salir bien. Va a salir bien.

COVID-19: O SOMOS EUROPA O TODO ERA MENTIRA

COVID-19: O SOMOS EUROPA O TODO ERA MENTIRA

La respuesta que los 27 estados de la Unión Europea ofrezcan a la crisis del COVID-19 marcará definitivamente el ser o no ser del proyecto común europeo.

Si el resultado de las negociaciones en marcha consiste básicamente en que cada país ha de buscar sus propias soluciones, se habrá dado la razón a los impulsores del “brexit” en Gran Bretaña, y a los partidarios de todos los “exit” en el resto de las viejas naciones europeas.

Cada estado buscará entonces estrategias independientes, unos por su cuenta, otros con socios europeos afines, y otros de la mano de Estados Unidos, de Rusia, de China… Nadie se lo podrá reprochar. Y el sueño de la integración continental habrá llegado a su fin.

Por el contrario, si la respuesta de las instituciones europeas se muestra a la altura de los valores solidarios que impulsaron su fundación tras las segunda gran guerra, se habrán asentado las bases para levantar un nuevo actor global, referencia de los principios de igualdad, libertad, democracia y defensa de los derechos humanos en todo el mundo.

Posiblemente ya no haya más oportunidades. Si Europa falla hoy a quienes más la necesitan, el repliegue nacionalista será inevitable. Si las instituciones europeas fracasan en la hora de ofrecer una respuesta común, solidaria y eficaz a los pueblos angustiados por el virus y la crisis ulterior, triunfarán definitivamente los discursos eurófobos y ultranacionalistas. Será el fin de la Europa que siempre soñaron los europeístas.

No nos engañemos. En realidad siempre hubo dos concepciones distintas y divergentes de Europa. Desde el principio.

Por un lado, siempre estuvieron quienes concebían las instituciones comunitarias como una especie de club de naciones con algunos objetivos comunes, limitados y coyunturales. Se trataba fundamentalmente de un mercado más o menos compartido, sin las molestas trabas arancelarias.

El mercado común conllevaba inevitablemente algunas estructuras estables, como la moneda europea, el banco central compartido, un remedo de parlamento, un pseudo gobierno por turnos… Incluso algunas ayudas limitadas para los pobres, a fin de garantizar cierta capacidad adquisitiva para comprar los productos industriales de los ricos. Nada irreversible, desde luego.

La otra concepción siempre concibió cada paso en la institucionalidad comunitaria como un paso hacia la integración definitiva. Los avances eran pequeños, limitados, frustrantes muchas veces, pero jamás se perdía de vista la grandeza de la meta final: la Europa unida en sus valores civilizatorios y en sus propósitos de bienestar y progreso colectivo

Si en la Europa que se autodenomina “faro de la globalización justa en el mundo” triunfa ahora la contestación del “sálvese quien pueda”, tal y como defienden alemanes, austríacos y holandeses, ¿qué reproche queda para los Farage, los Johnson, los Bolsonaro y los Trump del mundo?

¿Qué puede impedir que los británicos busquen calor en su relación exclusiva con Norteamérica? ¿Por qué los italianos no han de negociar por su cuenta la ayuda de los rusos? ¿Por qué los franceses no cerrarían un acuerdo estratégico alternativo con China? ¿Por qué los españoles y portugueses no hemos de volver la mirada a nuestros hermanos latinoamericanos? ¿Y cómo evitar que unos y otros vecinos nos miremos con creciente recelo, otra vez?

El COVID-19 supone un desafío dramático para millones de europeos. Se trata de un reto casi existencial para Europa. Sin embargo, algunos de los países europeos del norte, los más ricos, sostienen que la respuesta común de las instituciones comunes ha de limitarse a tres medidas: la habilitación del Banco Central Europeo para que compre activos donde convenga; la suspensión de las reglas del Pacto de Estabilidad; y la facultad de acudir al fondo de rescate financiero MEDE, con las consiguientes contrapartidas de ajuste fiscal.

No basta. No solo es insuficiente. Es mezquino.

El Presidente español Pedro Sánchez lidera a los países que, como Italia, Francia y Portugal, reclaman una respuesta europea a la altura de los retos que vivimos. Exigen la creación definitiva de los eurobonos, la mutualización de la deuda. Un Plan Marshall con grandes inversiones para reconstruir la economía y el empleo. La implicación del Blanco Europeo de Inversiones en la reactivación de las empresas. Un seguro europeo de desempleo para proteger juntos a los desempleados que queden en la cuneta…

Si los europeos somos un pueblo y tenemos un enemigo común, compartimos la lucha y el coste de la lucha. O todo es mentira.

Algunos países “europeos” llegaron a adoptar por unos días la decisión miserable de prohibir la exportación de recursos sanitarios a otros países europeos… Y mañana querrán vendernos sus lavadoras, porque “somos socios”.

En la respuesta al COVID-10 Europa se juega el ser o no ser.

Aún estamos a tiempo. El sueño europeo merece la pena.

NADA SERÁ IGUAL

NADA SERÁ IGUAL

Saldremos de ésta. Pero ya nada será igual. O muchas cosas serán muy distintas. Necesariamente. 

Esta crisis está mostrando fortalezas y debilidades de las que no éramos conscientes. También deja a la vista de todos algunas verdades y muchas mentiras. Y, sobre todo, ayuda a distinguir mejor lo relevante de lo irrelevante.

El virus nos descubre hasta qué punto son predominantes en nuestra sociedad algunos valores encomiables que creíamos excepcionales, como la entrega a los demás, como la solidaridad con los vulnerables, como la responsabilidad colectiva…

Nos muestra la fortaleza de nuestras instituciones, a pesar de esta tormenta y de todas las tormentas previas que apuntaban al descrédito y la desafección.

Nos enseña a valorar en su importancia crucial los servicios públicos que nos curan y nos protegen, a sus profesionales, y a las políticas que los fortalecen frente a sus enemigos.

El virus también deja al descubierto muchos flancos, hasta ahora simulados u olvidados. El deterioro de nuestro sistema sanitario tras años de recortes y privatizaciones. Las deficiencias de la atención pública a los mayores y los dependientes.

La escasez de recursos que restan poder al Estado, precisamente cuando más poderoso le necesitamos. La lentitud exasperante del aparato público para hacer lo que todo el mundo sabe que hay que hacer… 

La pandemia nos ha demostrado de pronto que somos comunidad. Mejor que cualquier decreto, que cualquier ensayo doctrinal, que cualquier discurso patriótico, que cualquier himno o bandera… Hemos descubierto sorprendidos que sí, que la salvación de cada uno depende de la salvación de los demás. Que saldremos de esta juntos, o no saldremos. 

Se ha confirmado la verdad que sospechábamos, que las amenazas más reales que se ciernen sobre nuestras vidas no saben de territorios ni de soberanías. Llegan sin pasaporte ni nacionalidad. Pero sí saben de desigualdad, y se ceban con los más vulnerables, sea cual sea su pasaporte, su nacionalidad y su bandera. 

Ahora sabemos mejor que antes que las fronteras son mentira. Ni nos ayudan a parar las amenazas, ni nos permiten defender a los más débiles, ni nos ayudan a reconstruir el futuro. También es mentira la austeridad, porque no cimenta la seguridad, sino que la reserva solo para unos pocos, para los que no necesitan de lo público. 

Y ahora está más claro que era mentira aquello de que “el dinero donde mejor está es en el bolsillo de los ciudadanos”. Porque hoy sabemos que el dinero donde mejor está es en los recursos de los hospitales, en el cuidado público de los mayores, en las prestaciones para los afectados por ERTES y ERES, en la ayuda a las pequeñas empresas y los autónomos que pasan una mala racha… 

Hoy somos conscientes de que lo relevante es defender la salud ante el virus enemigo. Sabemos que lo relevante es defender los empleos ante el paro enemigo. Sabemos que lo relevante es defender el Estado de Bienestar para que el Estado de Bienestar nos defienda de nuestros enemigos. 

Y sabemos cuan irrelevante es casi todo lo demás. 

Hoy vamos a pelear para vencer al virus. Y para que nadie se quede atrás en esta pelea. 

Pero mañana no vamos a olvidar esta pelea, sus verdades y sus mentiras. Porque ya nada será igual.

LECCIONES DEL REINO UNIDO

El electorado británico ha otorgado la mayoría absoluta al conservador Boris Johnson. Hemos de respetar la decisión, pero es una mala noticia. Johnson representa un populismo conservador, neo-nacionalista y antieuropeo, que obstaculizará la formación de los grandes consensos precisos a escala internacional para afrontar desafíos trascendentes como la globalización justa y la lucha contra el cambio climático.

El triunfo arrollador de los tories en el Reino Unido trunca una tendencia sostenida durante los últimos años en favor de gobiernos europeos progresistas. Los resultados de las elecciones en España y la formación de ejecutivos de progreso en Portugal, Italia, Suecia, Finlandia y otros países, alentaba la esperanza de un punto de inflexión favorable a la Europa integrada y sensible ante las demandas de justicia social y preservación ambiental.

No obstante, cabe obtener al menos dos lecciones de la victoria de Johnson para el conjunto de las fuerzas progresistas en Europa. Y ambas se deducen claramente de los dos lemas que han presidido la campaña conservadora en Gran Bretaña: “Brexit: ¡hagámoslo ya!” y “Recuperemos el control”.

Primera lección. Resulta evidente que Johnson ha sabido leer mejor que Corbyn el estado de ánimo del pueblo británico. La gran mayoría de los electores estaban hartos de las discusiones eternas y estériles a propósito del brexit y querían una salida clara y rápida al problema. Eso ha sido precisamente lo que ha ofrecido el candidato conservador, mientras el candidato laborista prometía un largo y confuso proceso sin un resultado claro.

No puedes pedir el voto a un país atrapado en una encrucijada gravísima proclamándote neutral en cuanto a las decisiones a adoptar. Johnson aseguraba un final cuestionable, pero su posición era diáfana y drástica. Corbyn solo aseguraba mantener la discusión hasta el infinito. El resultado estaba cantado.

Ahí está la enseñanza. En tiempos de incertidumbre y zozobra, el electorado no quiere discusiones interminables, falta de soluciones y planteamientos ininteligibles por complejos. Desde las posiciones progresistas hay que ofrecer salidas viables, comprensibles para la mayoría y que sean susceptibles de generar amplios acuerdos.

Hay un riesgo. El de la simplificación excesiva en los análisis y en las propuestas. Y el de favorecer liderazgos “fuertes” que acaben rebajando la calidad de nuestras democracias. Ahí está el reto.

Segunda lección. La globalización genera miedos e inseguridades que pueden conducir a las mayorías a apostar por los discursos que llaman a la re-nacionalización, el refuerzo de las identidades territoriales y la vuelta al soberanismo más o menos autárquico.

Si la globalización vigente ocasiona deslocalizaciones de empresas, pérdida y precarización de empleos, elusiones fiscales masivas, migraciones desesperadas, rebaja de derechos y desigualdades crecientes, no es de extrañar que buena parte de la ciudadanía desconfíe de la globalización. Si, además, los centros de decisión sobre esos procesos globalizadores escapan a la decisión democrática de la ciudadanía, tiene lógica que escuche a quienes los combaten.

El discurso de Johnson sobre “recuperar el control” es un discurso tramposo, pero resulta eficaz. El líder tory sabe que la globalización económica es inexorable, pero simula luchar contra lo inevitable. Sabe perfectamente que el único camino para combinar globalización inexorable y protección de los derechos de la mayoría pasa por la regulación multilateral, pero le resulta más rentable combatir dialécticamente a los “burócratas de Bruselas”.

Esa es la enseñanza. Avancemos en una globalización justa, a través de una regulación acordada y con controles democráticos, o dejaremos el campo expedito para el triunfo de populistas y demagogos.

Johnson, como Trump, Bolsonaro y otros, pueden parecernos clowns y ser objeto de mofa por parte de muchos enterados y bien pensantes, pero o espabilamos a la hora de hacer análisis y propuestas, o los clowns acabarán ganando todas las elecciones y llevándonos al desastre.

INVESTIDURA: HABLEMOS DEL PARA QUÉ

En estos días previos a la sesión de investidura que tendremos pronto en el Congreso de los Diputados, se habla mucho del “con quién” saldría adelante la elección de Pedro Sánchez, del “cómo” explicarán unos y otros su voto, incluso del “cuándo” se producirá la votación definitiva. Pero siendo tales incógnitas de gran interés, resulta extraño que se centre tan escasa atención sobre algo tan fundamental como el “para qué” está reclamando la investidura Pedro Sánchez y el partido ganador de las elecciones generales.

Ignorar esta información equivaldría a dar por hecho que el comportamiento de los grupos parlamentarios en la sesión de investidura tendrá más que ver con sus estrategias partidarias que con los intereses de la ciudadanía española. Sin embargo, lo cierto es que los facilitadores de la investidura estarán abriendo la puerta a la consecución de unos objetivos de país que han sido perfectamente explicitados por el candidato Sánchez. Y, a la inversa, quienes dificulten la investidura serán responsables de obstaculizar el alcance de tales metas de interés general.

El primero de los grandes propósitos del Gobierno socialista que Pedro Sánchez aspira a formar en breve consiste combatir eficazmente las desigualdades que se han disparado en España desde la crisis de 2008, y como consecuencia de su gestión injusta por parte de la derecha gobernante entre 2011 y 2018.

Varias noticias en estos días lo han puesto de manifiesto, comenzando por la publicación del prestigioso informe FOESSA, el cual prueba que 8,5 millones de personas, el 18,4% de la población, forma parte ya de la categoría de los excluidos sociales, 1,2 millones más que hace una década. Además, casi la mitad, más de 4 millones de españoles, sufren exclusión severa.

El Instituto Nacional de Estadística acaba de dar a conocer también el dato de la caída de los nacimientos en casi un 30% durante los últimos diez años, habiéndose elevado a 31 la edad media en el nacimiento del primer hijo. Los jóvenes españoles tienen muchísimas dificultades para emprender un proyecto vital de manera digna y estable.

Simultáneamente a esto, se han producido en nuestro país sendos debates interesantes acerca de las repercusiones de la subida del salario mínimo sobre la creación de empleo, y acerca de las consecuencias de una eventual bajada drástica de los impuestos, tal y como proponen las formaciones políticas de la derecha. Un hecho luctuoso, el fallecimiento de un trabajador explotado en la llamada economía colaborativa o digital, ha reverdecido también la discusión pública sobre la necesidad de revertir la reforma laboral precarizadora del PP.

Pues bien, este es el primer objetivo: combatir las desigualdades con políticas públicas redistribuidoras, fortaleciendo el Estado de Bienestar, recuperando derechos para los trabajadores, y cobrando impuestos justos a quienes más ganan, más tienen y más esconden.

Pero hay otras metas, tan relevantes como esta. Se trata de modernizar nuestro sistema productivo, poniéndonos al día en el reto de la digitalización de la economía y en la apuesta por la innovación para la mejora de la productividad. Tenemos pendiente también acelerar nuestra transición ecológica justa para combatir con determinación y eficacia el cambio climático.

Nuestro país necesita un nuevo impulso regenerador para mejorar la calidad de nuestra democracia, su funcionamiento y sus instituciones. La igualdad efectiva entre hombres y mujeres constituye el primer objetivo estratégico y transversal en este capítulo. Pero interesa mucho, igualmente, la lucha contra la corrupción y la garantía de limpieza en todas las instituciones democráticas.

Fomentar la convivencia territorial, avanzando en el perfeccionamiento federal de nuestro Estado de las Autonomías, acordando un sistema estable de financiación territorial, garantizando un marco competencial y financiero consensuado en el ámbito local, también son finalidades de interés común.

La integración progresiva en la Unión Europea hacia los inevitables Estados Unidos de Europa, la consecución de una administración europea más social y el fortalecimiento del papel de España en esa construcción, constituyen asimismo intenciones susceptibles de generar amplios consensos políticos y sociales.

Todo esto requerirá, por cierto, de una voluntad concertada para cortar el paso a la influencia de los enemigos de nuestra democracia y de los valores que la sustentan. En la Europa más avanzada en derechos y libertades, las fuerzas democráticas y europeístas se conjuran para aislar a la extrema derecha xenófoba, machista y antieuropea. Ojalá aquí PP y Ciudadanos participaran de ese propósito político y moral, y dejaran de blanquear y normalizar la influencia de Vox en nuestras instituciones.

LA GRAN COALICIÓN PASA FACTURA AL SPD

La operación política para la continuidad de la Grosse Koalition que la socialdemocracia alemana ejecutó en 2018 tenía buenos fundamentos, pero se ha evidenciado como la causa fundamental en el declive del histórico partido de Friedrich Ebert, Willy Brandt y Helmut Schmidt.

La última debacle electoral, con un 15,8% de los votos al Parlamento Europeo, y la pérdida del feudo tradicional de Bremen, se ha llevado por delante a su presidenta, Andrea Nahles. 

Aquella operación estaba bien justificada en el interés general, por cuanto habían fracasado las demás opciones que la conservadora Merkel había intentado para formar gobierno. El país estaba abocado al fracaso de una repetición electoral, y los socialdemócratas acudieron al rescate de la institucionalidad democrática.

El acuerdo alcanzado entre la CDU y el SPD incorporaba avances sociales de gran alcance, como la fijación del salario mínimo en 1.500 euros mensuales. Y su legitimidad democrática era impecable: el acuerdo fue suscrito por la mayoría de los militantes socialdemócratas en una consulta transparente. 

Pero el coste político que ha acabado pagando el partido socialdemócrata por esta decisión meditada, justificada y democrática, ha sido muy alto. No solo está lejos ya de los históricos porcentajes de apoyo -por encima del 40%- que sustentaron los gobiernos responsables de haber levantado el legendario Estado de Bienestar alemán, sino que el 26 de mayo fue superado incluso por el partido verde y las últimas encuestas le arrojan por debajo del 13%. 

¿Por qué ha castigado tan duramente el electorado progresista a la gran coalición? Posiblemente porque ni siquiera el elector más templado y pragmático haya entendido que una fórmula “excepcional” pueda alargarse cerca de tres lustros en el tiempo -con alguna breve interrupción-.

Las coaliciones entre grandes adversarios ideológicos y políticos se justifican en la coyunturalidad de una crisis social, económica o política. Cuando lo excepcional se convirtió en habitual en Alemania, el elector acabó convencido de que la aspiración estructural del SPD pasaba por mantenerse como socio menor y subalterno de la democracia cristiana. Y, al parecer, una buena parte de la población con ideas progresistas no comparte tal estrategia. 

Los grandes y pequeños avances logrados en el día a día del gobierno común han sido, sin duda, bien valorados por el electorado tradicional de la socialdemocracia. Con toda seguridad, una alianza de Merkel con el partido liberal hubiera supuesto la aplicación de recortes injustos de impuestos y adelgazamiento de las políticas públicas.

Pero ese electorado tradicional no se conforma con la política de la conllevanza o la resignación constante de lo menos malo. Izquierda es también ilusión, esperanza, pulsión de cambio y de justicia. Y la presencia permanente de ministros socialistas bajo el manto conservador de Merkel ha resultado poco motivador. 

Además, la democracia de calidad requiere de alternativas globales y reales. Desde la segunda gran guerra, socialcristianos y socialdemócratas han representado dos opciones compatibles pero distintas; leales ambas a los fundamentos del Estado Social, pero diversas en sus programas políticos; admirables cada una en sus conquistas para el interés general, pero controvertidas en el debate ideológico y electoral.

Cuando las dos grandes opciones se convierten en una sola, las alternativas surgen en otras latitudes. Y la latitud ecologista de los verdes resulta interesante, pero la alternativa extremista de los neonazis constituye un riesgo cada día más evidente y peligroso. Un riesgo a evitar. 

Es injusto, porque el compromiso del SPD con el progreso en Alemania y en el conjunto de Europa es inequívoco. Y porque Andrea Nahles es una política sólida en sus valores y en sus capacidades. Pero la política es así. Los únicos que no se equivocan son los electores ante la urna. 

Europa necesita una Alemania fuerte en su apuesta por más Europa y por una Europa más social. Y el papel del SPD en esta apuesta es determinante.

Si el SPD siguiera el camino declinante del socialismo francés o italiano, las oportunidades del populismo se multiplicarían, como ha ocurrido con Le Pen y Salvini, por desgracia todos los europeos.

El liderazgo emergente del socialismo europeo de la mano de Pedro Sánchez necesita de un SPD renovado y en forma. Pronto. Ojalá sea así.

NO SE PUEDE PACTAR CON VOX

En su afán por alcanzar o mantenerse en el poder, las derechas de PP y Ciudadanos parecen dispuestas a alcanzar acuerdos en algunos parlamentos y en algunos ayuntamientos con la ultraderecha de Vox. Para ello, pretenden convencer a la sociedad española de que Vox es un partido normal.

Pero Vox no es un partido normal. La ultraderecha española socava los fundamentos de nuestra convivencia en paz, persigue minar las bases de nuestra institucionalidad democrática, y explicita planes que conllevan riesgos gravísimos para los derechos, para las libertades y para la vida misma de muchos de españoles.

Pactar con Vox a cambio de poder equivale a vender el alma al principal enemigo de la sociedad española y a la más grande amenaza para su futuro. No se puede pactar con Vox.

Decimos que la ultraderecha socava los fundamentos de nuestra convivencia en paz porque se afana en distinguir a España de lo que ellos llaman la anti-España, a los buenos españoles de los, según ellos, malos españoles. Fomentan el odio al migrante y el rechazo al homosexual. Combaten la igualdad entre mujeres y hombres persiguiendo a sus activistas. Censuran a los periodistas libres y amenazan con cerrar los medios que no les son afines.

Sostenemos que la ultraderecha persigue minar las bases de nuestra institucionalidad democrática, porque niega la España diversa y plural y pretende acabar con la España de las Autonomías que consagra nuestra Constitución. Alienta la salida de nuestro país de la Unión Europea y de todos los “organismos supranacionales” que, según ellos, contravienen el “interés nacional”. Buscan ilegalizar los partidos políticos “con ascendencia marxista” y “enemigos de España” que, según su retórica, serían todos menos Vox.

Mantenemos que la ultraderecha explicita planes que conllevan riesgos gravísimos para los derechos, las libertades y la vida de millones de españoles, porque plantean reformas legales que permitan a todo hombre y mujer llenar sus hogares con armas de fuego. Por el contrario, ya están desarmando a las mujeres de sus asesinos y maltratadores al combatir las leyes contra la violencia de género. Buscan la amnistía fiscal prácticamente total para las grandes fortunas, quieren acabar con el vigente sistema público de pensiones y proponen la liberalización total del suelo para la especulación sin límite.

Este partido es un peligro para la sociedad española, y las fuerzas políticas que le ofrezcan plataformas para su expansión, para ampliar su influencia o para aplicar sus programas de locura desde los gobiernos, están traicionando a este país y poniendo en serio riesgo su futuro.

Si hay una nación en Europa con razones bien fundadas y bien recientes para establecer cordones sanitarios frente a la ultraderecha, ese país es España. Hace poco más de cuatro décadas que los españoles logramos salir del túnel del fascismo. No nos merecemos que PP y Ciudadanos permitan gobernar de nuevo a los herederos del franquismo, tan solo para tocar poder ellos mismos e impedir que gobierne el socialismo ganador de las elecciones en muchos territorios.

Mientras los conservadores de Merkel en Alemania y los liberales de Macron en Francia tienen muy clara la obligación política y moral de alejarse de las ultraderechas, aquí en España, Casado y Rivera coquetean con los extremistas para alzarse a las poltronas.

Ojalá rectifiquen a tiempo. Por ellos y por el bien de nuestra joven democracia.