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Archive for the ‘Europa’ Category

Si alguna ventaja puede extraerse del discurso del nuevo presidente electo en la comunidad catalana es su claridad meridiana. Ya no hay lugar a dudas o equívocos. El máximo representante del separatismo catalán promueve la ideología del supremacismo y el odio racial, y se declara dispuesto a quebrar la legalidad democrática para alcanzar sus metas.

Ahora bien, Quim Torra ha sido propuesto por el ex-presidente catalán Puigdemont, huido de la justicia por golpismo, pero ha sido elegido por una mayoría de diputados en el Parlamento autonómico. Hasta 66 diputados separatistas han votado a un presidente con un pensamiento y una trayectoria bien conocida por su xenofobia radical, anti-española, anti-francesa y anti-europea. Si comparten su pensamiento y sus planes, es terrible. Y si no lo comparten, también.

La mayoría de los representantes de la sociedad catalana han investido presidente a un individuo que proclama que “no es natural hablar español en Cataluña”, que “aquí no cabe todo el mundo”, que sobran “los que no asumen nuestras señas de identidad”, y que “los españoles son bestias, carroñeros y víboras”. Se trata de un señor que admira públicamente a la formación Estat Catalá, conocida por proclamar “la superioridad de la raza catalana” durante la Transición Democrática.

No hace falta recordar que fueron precisamente estas ideas enfermizas, con expresiones casi calcadas, las que fomentaron el odio criminal entre seres humanos, la quiebra de la convivencia y la confrontación civil entre españoles y entre europeos durante el siglo XX. No cabe relativizar su gravedad, ni poner paños calientes. Este señor es peligroso, porque sus ideas y sus intenciones son peligrosas. Y quienes le han elegido han asumido una gran responsabilidad.

Porque, además, Torra acaba de asegurar pública y solemnemente que sus referencias legitimadoras a la hora de gobernar no proceden del ordenamiento jurídico vigente. Sus únicas referencias explícitas son tres: la voluntad del ex-presidente golpista, el “mandato” del referéndum fraudulento del 1 de octubre, y el objetivo “irrenunciable” de constituir una República catalana al margen de la legalidad constitucional. No cabe mayor desafío a nuestra democracia y a nuestra convivencia en paz.

Y ante tamaño desafío, la democracia española solo puede reaccionar de una manera: con la firme determinación de hacer frente a la amenaza separatista y supremacista, con las herramientas que proporcionan la ley y la política. Con serenidad, con proporcionalidad y con contundencia.

No caben atajos preventivos. Los demócratas tenemos el amparo y la legitimidad de la ley. Mientras el desafío se limite a los discursos irracionales, y ojalá se quede ahí, hagámosle frente con el discurso de la razón. Y en cuanto el discurso de paso a la acción contraria al orden constitucional, si sucede, aplíquese la ley, con la proporción y la contundencia precisas, en defensa de los derechos y la libertades de todos los españoles, catalanes incluidos. Aplicando el artículo 155 de la Constitución si fuera necesario, que para eso se promulgó.

Y en paralelo, hagamos política también. Porque resulta imposible asumir que más de un 40% de catalanes puedan sentirse representados en las ideas y en los hechos de Quim Torra y de quienes le han hecho presidente. No podemos admitir que más de un 40% de catalanes comparte el discurso del odio racial.

Por tanto, es necesario promover el diálogo y el entendimiento en torno al presente y al futuro del modelo territorial del Estado, al encaje de Cataluña en tal modelo y a la consideración que merece la identidad catalana, en el marco de una España y una Europa de identidades plurales, diversas y libres. Los socialistas hemos promovido un escenario parlamentario útil con este fin. Aprovechémoslo.

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El día 2 de mayo se cumplieron 139 años desde la fundación del PSOE por un puñado de obreros en una fonda de la madrileña calle de Tetuán. La efemérides más que centenaria del Partido Socialista coincide con la borrachera demoscópica de otro partido, Ciudadanos, que el próximo mes de junio cumplirá su duodécimo año de vida, entrando casi en la adolescencia política.

Esta diferencia abismal de edades, y la soberbia que suele acompañar a las buenas encuestas, ha intensificado el conocido afán de los dirigentes de Ciudadanos por descalificar precisamente al PSOE, al que ellos llaman de forma peyorativa “partido viejo”. En realidad, tal descalificación logra de entrada un efecto contrario al buscado, porque pone de manifiesto el vivo contraste entre el proyecto históricamente consolidado de los unos, frente a la coyunturalidad posiblemente efímera de los otros.

Con seguridad, la fortaleza persistente del PSOE ha de resultar tan incomprensible como irritante para quienes viven la política desde la espuma del surfeo en la actualidad, desde la gestión de las últimas modas en la opinión pública, y desde la complicidad interesada de los poderes financiero-mediáticos. ¿Pero qué hacen aún ahí estos socialistas que ni están de moda, ni quedan bien en las encuestas, ni tienen el favor de la uno, ni de la dos, ni de la tres, ni de la cuatro, ni de la cinco, ni de la seis…?

Y es que, en democracia, el vigor político no se mide mediante al peso de los elogios de los tertulianos o las falsas promesas de votos en encuestas de diseño. Cuando este partido de moda acabe la escuela secundaria de la política, se dará cuenta de que el auténtico éxito en política ni tan siquiera tiene que ver con la telegenia del líder o el acierto de los cortes en el último programa de radio. Entonces entenderán que solo hay dos cosas realmente importantes para la madurez de un partido: su razón de ser y su credibilidad.

La razón de ser del PSOE es incluso más vieja que sus siglas. Se trata de hacer justicia, se trata de combatir las desigualdades. Más allá de modas, de encuestas y de concursos de telegenia para partidos adolescentes, los españoles saben que el PSOE existe desde hace casi siglo y medio para conquistar avances en igualdad, en libertad y en justicia. Y saben que cuando un socialista gobierna, sea donde sea, sea cuando sea, lo hace para lograr más justicia. Y saben que cuando un socialista hace oposición, lo hace también para lograr más justicia, cada día, en cada lugar.

Y la credibilidad del PSOE está en su historia, en sus hechos, en la coherencia y el empeño de su gente. Claro que se han cometido errores, y ha habido incumplimientos, y se han aprovechado sinvergüenzas. Pero los españoles saben que el balance de la aportación del Partido Socialista a la historia del último siglo y medio de la sociedad española es un balance netamente positivo.

Y saben que algunas de las mejores páginas de esa historia se han escrito con puño, con letra y con tinta socialista. A veces, también, con sacrificio y con sangre socialista. Desde el fin del trabajo infantil hasta la jornada de 40 horas y el descanso dominical. Desde el consenso constitucional hasta el fin de ETA. Desde la universalización de la sanidad pública hasta la ley de la dependencia. Desde las becas para el acceso obrero a la universidad hasta el matrimonio entre personas del mismo sexo…

¿Viejos? Hay algo de gerontofobia en esas expresiones, además. Las sociedades más avanzadas y más sabias son las que más respeto muestran por los mayores, y no las que desprecian todo aquello que les antecedió.

La “vejez” del PSOE proporciona firmeza en los principios, a salvo de modas, encuestas o posibilismos. Por eso entre los socialistas no se dará aquello de firmar hoy por la abolición de la cadena perpetua, para abrazar mañana esa misma cadena perpetua al calor de la indignación popular por el último crimen. Por eso en el PSOE no se denunciará un día la “descomposición” del PP en Madrid, para respaldar a ese mismo PP en el día siguiente.

Esa “vejez” aporta experiencia para no adoptar decisiones a golpe de encuesta mañanera. Y reporta cantera, mayor y joven, con mochila de gobierno y con mochila de originalidad, porque se ha gobernado mucho, y se ha hecho mucha oposición, y se ha trabajado mucho codo a codo con la sociedad española, en cada tiempo y en cada rincón. Sin necesidad de fichajes improvisados y efectistas de última hora.

Y la “vejez” aporta, sobre todo, confianza. Confianza en el compromiso acreditado con unos valores y en la solvencia de un trabajo que puede contrastarse, medirse, valorarse.

¿Viejos? Cuando algunos despierten de la borrachera de la moda y las encuestas mareantes, el PSOE seguirá aquí, cumpliendo años, y cumpliendo con su razón de ser. Una razón tan vieja como la desigualdad.

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Las justificaciones que han dado las tres potencias que acaban de bombardear supuestas instalaciones de armamento químico en Siria no son creíbles y, de hecho, casi nadie se las ha creído.

Si la acción militar hubiera sido en realidad una respuesta al supuesto ataque químico del régimen de Bashar al-Asad sobre población civil, lo lógico hubiera sido cargarse antes de razones esperando a las conclusiones de los inspectores de la Organización para la Prohibición de Armas Químicas o, al menos, a la obstaculización definitiva de su labor sobre el terreno. Pero no se esperó.

Si los bombazos se hubieran querido legitimar en la vulneración de la legalidad internacional por Damasco, los atacantes debieran haber contado con la autorización, al menos, del Consejo de Seguridad de la ONU, por pura coherencia. Pero tampoco fue así.

Si las razones aducidas hubieran sido las de proteger al sufrido pueblo sirio, castigado por una guerra que dura ya más de siete años, y que ha ocasionado centenares de miles de muertos y millones de refugiados, la acción no se hubiera limitado a un simple bombardeo. De hecho, el sufrido pueblo sirio sigue siendo hoy el sufrido pueblo sirio, con unas cuantas explosiones más sobre su territorio.

Las demás justificaciones son ya del género pintoresco. Aducir que se quiere castigar a la “dictadura de los Asad” sería más creíble si Francia no hubiera anunciado apresuradamente que ha decidido retirar ahora la legión de honor, su altísima distinción patria, al antes agasajado y ahora denostado Bashar…

Y hablar con credibilidad de la defensa de los derechos humanos hubiera requerido de Estados Unidos algún comentario crítico, por ejemplo, sobre los francotiradores israelíes que fulminan cada jornada a varios palestinos en las afueras de Gaza. O sobre la vulneración de las libertades más elementales por parte del régimen egipcio, subvencionado por Washington.

No. La acción militar llevada a cabo en Siria por las fuerzas militares de Estados Unidos, Reino Unido y Francia no responde a las justificaciones presentadas, por la sencilla razón de que las justificaciones reales no son presentables, y no se han presentado.

Hubo un tiempo en que las acciones militares se emprendían en defensa de intereses cuestionables, pero más o menos colectivos. A veces para conquistar nuevos territorios y otras veces para evitar perderlos. En ocasiones para hacerse con poder, con recursos o con mercados, y en otras ocasiones para que el enemigo no se hiciera con ellos…

Es cierto que buscar justificación o legitimación a las guerras es arriesgado, porque en esencia siempre las ganan los mismos privilegiados -de uno u otro bando- y las pierden los mismos desgraciados -de uno y otro bando también-.

Las supuestas razones de la guerra son casi siempre miserables. En este tiempo nuestro, aún más miserables. Porque, en realidad, ¿qué ha motivado la decisión de Trump, May y Macron para bombardear Siria? Ni tan siquiera el interés cuestionable de sus respectivos países, sino muy probablemente el interés aún más cuestionable de sus gobiernos y el interés político personal de ellos mismos.

Trump, May y Macron han decidido acallar el murmullo desaprobador de sus respectivas opiniones públicas con el ruido atronador de las bombas. El primero, por su incierto horizonte judicial. La segunda, por su cuestionamiento permanente en el propio partido tory. El tercero, por las huelgas contrarias a sus reformas precarizadoras del empleo. Nada como un buen serial de bombas para intentar unir a la tropa…

Hay más razones, seguro, tan miserables como ésta, o más. Por desgracia, la capacidad de hacerse oír hoy en el concierto internacional de las naciones es directamente proporcional al tamaño del arsenal propio. El reciente protagonismo del líder norcoreano acaba de demostrarlo fehacientemente. El gobierno israelí viene demostrándolo desde hace décadas. En consecuencia, las potencias que presumen de serlo han de mostrar al público de cuando en cuando el tamaño de sus misiles. No sea que les tachen de impotentes…

Y puestos a significar miserias, la palma se la lleva el anuncio del Gobierno estadounidense sobre las pruebas realizadas en Siria con sus nuevos y flamantes “misiles invisibles JASSM”. A estas armas, al parecer, se refirió el inefable Trump en aquel tuit sobre “misiles buenos, nuevos e inteligentes” que pasará a la historia de la ignominia internacional y, espero, del bochorno para el pueblo estadounidense. Es decir, Estados Unidos emprendió en realidad un bombardeo en Siria para que su industria armamentística probara un nuevo -y caro- juguete de destrucción.

Seguro que el régimen de Bashar al-Asad es un régimen detestable, que vulnera los derechos humanos y que merece ser derrotado y derrocado. Y seguro que también era así cuando Estados Unidos lo armaba, el Reino Unido lo financiaba y Francia le otorgaba su legión de honor.

Y seguro que el pueblo sirio requiere de atención y auxilio internacional, para lograr una convivencia en paz y en libertad. Como lo requería antes y como lo sigue requiriendo sin esperanza tras el bombardeo con misiles JASSM, el bombardeo mendaz.

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Entretenidos como estamos en los títulos que se presumen pero que no son y en los prófugos que sí son pero se simulan, no atendemos al peligro que se cierne en el conjunto de Europa sobre la mismísima convivencia en paz y en democracia.

Las últimas elecciones en Hungría han consolidado en el poder al populismo supremacista de Viktor Orbán con cerca del 50% de los votos. La segunda opción en apoyos populares ha sido, además, un partido con las mismas ideas ultranacionalistas y con planteamientos aún más radicales.

Pero antes de las elecciones húngaras, tuvieron lugar las italianas y las alemanas. Los escenarios no son idénticos, pero en todos ellos se constata el creciente atractivo electoral de los discursos que apelan a la emocionalidad negativa, al rechazo al diferente, o directamente al odio hacia “los otros”.

Europa ha sido durante la segunda mitad del siglo XX una referencia de avance civilizatorio, gracias a que el conjunto de las sociedades europeas han compartido muy mayoritariamente como pilares de la convivencia los principios herederos de la ilustración y la revolución francesa: la igualdad, la libertad y la fraternidad.

Sin embargo, estos sólidos fundamentos de civilización, que han dado lugar a una calidad democrática y a unos niveles de bienestar admirados y envidiados en todo el mundo, se cuestionan ahora por doquier desde opciones políticas que arrastran grandes apoyos populares.

Si la concepción progresista de  los derechos humanos, la igualdad ante la ley, la protección de las minorías y el rechazo a cualquier forma de discriminación, han formado parte esencial de la identidad europea durante décadas, ahora arrasan en las urnas los planteamientos basados en el odio irracional al inmigrante, al homosexual, a quien nació en otra tierra o al que profesa una religión distinta.

Orbán ha triunfado con un llamamiento a “recuperar los valores del cristianismo”, es decir a la sustitución de la razón y la ley por el dogmatismo y el sectarismo religioso. Su programa ha consistido básicamente en tres puntos: la criminalización del inmigrante y el gitano, la oposición cerrada a la institucionalidad europea y el desprecio a los presupuestos democráticos de la libertad de prensa y de expresión. Xenofobia, eurofobia y retroceso democrático.

Todo ello a pesar de que los inmigrantes no superen el 1,5% de la población húngara, de que Bruselas se haya limitado a instar para el respeto a los derechos humanos, y de que el principal peligro para la democracia en Hungría sea el propio Orbán, que acaba de celebrar el cierre por asfixia institucional del principal periódico que cuestionaba sus políticas.

Ha pasado en Hungría. Pero ha pasado también en Italia, donde los dos primeros partidos en apoyo popular coinciden con la mayor parte de estos postulados. Pasó en Alemania, donde los supremacistas se han erigido ya en la primera fuerza de oposición. Y antes pasó en Francia, en Bélgica, en Holanda, en Noruega…

Estas formulaciones de odio populista no han logrado aún grandes apoyos en la sociedad española, afortunadamente. Sí comparten buena parte de su base ideológica con el supremacismo independentista en Cataluña, que también busca el rechazo irracional al no nacionalista, cierta pulsión eurofóbica y la supeditación de las garantías democráticas a sus objetivos políticos.

Sigamos atentos, pues, a nuestros másters y a nuestros prófugos, pero no perdamos de vista esta amenaza a los pilares mismos de nuestro modo de vida, porque viene pisando fuerte…

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Si el populismo consiste en anteponer los criterios de oportunidad sobre los principios, y en la prevalencia de la búsqueda de titulares sobre la búsqueda de soluciones, Ciudadanos es el partido más populista de España.

Los ejemplos con los que ilustrar esta afirmación son abundantes. El más reciente es el abandono de la Comisión para la Evaluación y la Modernización del Estado Autonómico. Se trata de la comisión parlamentaria encargada de analizar las necesidades de nuestro modelo territorial, con el objeto de promover reformas que contribuyan a mejorar tanto la funcionalidad de nuestro Estado como la propia convivencia en una sociedad con identidades plurales.

Ciudadanos ha abandonado abruptamente esta Comisión con los trabajos apenas iniciados, a pesar de que buena parte de su discurso descansa precisamente en la necesidad de hacer frente a los desafíos del modelo territorial español. La discusión sobre el orden de comparecientes, que han utilizado como coartada, camufla apenas la pretensión oportunista de seguir apareciendo como l’enfant terrible de la política española, sin complicidad alguna con las formaciones más tradicionales.

Este episodio tiene lugar apenas una semana después del espectáculo ofrecido por el partido naranja en el propio Pleno del Congreso, a cuenta del debate sobre la prisión permanente. Uno tras otro, los portavoces de todos los grupos mostraron su asombro e incredulidad ante el viraje de 180 grados que llevó a Ciudadanos desde la firma con el PSOE en 2016 de un compromiso para la “derogación inmediata” hasta la propuesta actual de cadena perpetua y endurecida. Al calor del dramatismo que genera la actualidad, claro está.

Sin salir del Congreso de los Diputados, hemos de tomar nota de otra contradicción flagrante. Cada fin de semana, Rivera y los suyos ofrecen grandes lecciones sobre regeneración y calidad democrática. Algunos lunes, incluso, denuncian las limitaciones de nuestra legislación electoral y reclaman reformas para que la representación del pueblo se parezca más al propio pueblo. Sin embargo, el afán hiper-democrático se agota inexorablemente cada martes, cuando Ciudadanos une sus votos al PP para vetar la tramitación siquiera de todas las proposiciones de ley que firman los partidos de la oposición. No sea que adquieran algo de protagonismo.

El contraste entre el discurso y los hechos del partido naranja en relación a la calidad de nuestra democracia se extiende a otras instituciones. Sin ir más lejos, aquí en Madrid, y durante los tres últimos años, Ciudadanos ha tenido cada día la oportunidad de elegir entre dos tipos de Gobierno: o el Gobierno continuista del PP de Gonzalez y Granados, de Gurtel, Púnica y Lezo, o el Gobierno de Ángel Gabilondo. Pero Rivera no ha tenido duda nunca de a quien arropar cuando se trata de dirimir el poder en el centro político, económico y financiero de España. Calidad democrática aparte, desde luego.

Incluso en Cataluña, epicentro de su movimiento, el partido Ciudadanos mantiene una actitud guiada antes por la maximización permanente de sus intereses electorales que por la solución al enredo fenomenal causado por el desafío secesionista.

La firme voluntad oportunista de Rivera, Arrimadas y compañía se demuestra claramente en la secuencia de sus reivindicaciones y renuncias en torno al poder. Cuando la reivindicación de la presidencia de la Generalidad catalana tan solo equivalía a una toma de postura incómoda para sus rivales constitucionalistas, Ciudadanos reclamó una moción de censura en el Parlamento catalán. Sin embargo, ahora que la candidata de Ciudadanos cuenta con la legitimidad, nada menos, de encabezar el partido más votado en Cataluña, ni tan siquiera acepta que se insinúe la posibilidad de intentar una investidura.

El teatrillo que la derecha naranja interpreta en cada rueda de prensa, buscando el cuerpo a cuerpo con la derecha azul, puede resultar entretenido, incluso convincente para algunos incautos. A la hora de la verdad, por el contrario, cuando se analizan los posicionamientos realmente determinantes para el poder, el poder de verdad, el poder económico, financiero y mediático, el partido de Rivera no se aparta ni un milímetro de lo que se espera de un partido de orden, del orden conservador. Ahí están los presupuestos, y la reforma laboral, y la subida del 0,25% en las pensiones, y la ley Wert…

¿Populismo? En España es de color naranja intenso.

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El impulso formidable que experimenta el movimiento feminista está logrando visibilizar las peores consecuencias de la discriminación que sufren las mujeres respecto a los hombres, incluso en sociedades, como la nuestra, que han constitucionalizado el derecho a la igualdad y que han desarrollado una legislación garantista al respecto.

Por tanto, los síntomas del machismo están identificados, denunciados y condenados socialmente. La sociedad está sensibilizada y las instituciones multiplican las iniciativas destinadas a atajar agresiones y discriminaciones, a proteger a las víctimas, a castigar a los culpables de machismo irredento.

Pero los síntomas persisten. Las expresiones viejas y nuevas del machismo siguen ahí, incluso se acentúan en algunos aspectos entre las nuevas generaciones. Las relaciones de pareja siguen siendo desequilibradas. Las responsabilidades que se asumen en el seno del hogar continúan siendo desiguales. Ellas tienen más paro, asumen los peores contratos, cobran menos y sufren los mayores obstáculos en sus carreras profesionales. El acoso, la agresión física, el feminicidio, apenas retroceden.

¿Por qué? Porque las enfermedades no remiten con el tratamiento de los síntomas. Las denuncias, las campañas, las leyes, los recursos públicos, coadyuvan a aliviar la sintomatología del machismo, pero no lo curan.

La raíz del machismo a extirpar está en un ancestral reparto de funciones entre hombres y mujeres que subordina a las segundas respecto a los primeros. Los hombres ejercen la autoridad y la fuerza; son los encargados de proveer de bienes; son los responsables de aportar seguridad. Las mujeres ejercen un papel gregario y eminentemente afectivo; asumen la función clave de la maternidad; son las responsables de los cuidados y el confort.

Esta distribución desigual de roles tiene su reflejo en las relaciones de pareja. Si ellos entienden que la sociedad les atribuye el mando, la seguridad y la provisión de recursos, resultará difícil de aceptar que ellas pretendan ejercer su autonomía, ignorar el mando e, incluso, abandonarles cuando la relación no les satisfaga. Y si ellas asumen como natural la subordinación, por muchas campañas y muchas leyes que hagamos, la discriminación se mantendrá incólume.

El juego de roles sociales repercute directamente sobre las condiciones laborales y el desarrollo profesional de unos y otros. Si las mujeres tienen atribuida la función del cuidado de la familia, asumirán los contratos que resulten más compatibles con el ejercicio de la maternidad y la atención a la prole. Y esos son los contratos más precarios, con los peores salarios. Si la prioridad de la mujer ha de ser el cuidado familiar, ellas son las más proclives a ralentizar, interrumpir o renunciar a las mejores carreras profesionales…

Si ellos son los que mandan, los portadores de la fuerza y los garantes de la seguridad, resulta explicable que algunos hombres sucumban a la psicopatología de creerse con derecho a someter y agredir a las mujeres. La violencia de género tiene una raíz que va más allá de la superioridad física. La raíz está también en la enfermedad del machismo.

En consecuencia, hemos de celebrar cada victoria del feminismo en la visualización de la desigualdad de las mujeres. Hay que festejar cada derrota del machismo en la consideración social, en la iniciativa legislativa, en la disposición de políticas y de recursos. Pero si queremos afrontar el fondo del problema, su causa última, hay que ir mucho más allá.

La tarea no puede limitarse al activismo social o a la institucionalidad política. La tarea tiene más que ver con la transformación de las creencias sociales más básicas, con el cambio cultural más íntimo, con los principios y valores sobre los que se asienta la convivencia. Hasta que no nos convenzamos todos y todas, ellos y ellas, de que las funciones sociales han de ser compartidas por igual, sin desigualdades ni discriminaciones, sin prevalencias ni gregarismos, el machismo seguirá rigiendo nuestras vidas.

Este ocho de marzo ha sido un aldabonazo. Ojalá llegue hasta el corazón del machismo. Y acabe con él.

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La dirección y la militancia del Partido Socialdemócrata Alemán (SPD) merecen todo nuestro respeto, adopten la decisión que adopten en relación a la formación de Gobierno en su país. Sin duda, la propuesta de gran coalición formulada por Martin Schulz, y respaldada por la mayoría de su dirigencia, responde a una interpretación bien intencionada del interés general. Y, probablemente, los frutos de ese Gobierno conjunto serían muy estimables a corto plazo, para los alemanes y para el conjunto de los europeos. Sin embargo, no es una buena idea.

La socialdemocracia alemana tiene una historia muy respetable de grandes contribuciones a la consolidación de las ideas progresistas, a la internacionalización de los derechos de los trabajadores, a la construcción efectiva del modelo europeo del bienestar social, y a la propia materialización de la Europa unida. Sus planteamientos y sus decisiones merecen, pues, atención, consideración y respeto por parte de los hermanos socialistas en España.

Ningún socialista español ni europeo puede albergar dudas respecto a las motivaciones que han llevado a Schulz y compañía por el camino de la nueva Grosse Koalition (GroKo). Las ventajas que conlleva el acuerdo son evidentes para la estabilidad política y económica de su país, para la conquista de nuevos derechos sociales y laborales y, desde luego, para la fortaleza del eje franco-alemán en el liderazgo del proceso de integración europea, amenazado por factores tan relevantes como el brexit y el avance de los populismos eurófobos.

No obstante, el daño que puede ocasionar la prolongación de esta alianza anti-natura es muy considerable en términos de calidad de la democracia. Y la legitimidad, el prestigio y el crédito de las instituciones democráticas resultan fundamentales, no solo para el desarrollo social y económico, sino para la propia convivencia incluso. La gran coalición puede ser rentable en la perspectiva inmediata, pero podría resultar demoledora a largo plazo para Alemania y para el conjunto de Europa.

La democracia requiere para su funcionamiento normalizado y creíble de un Gobierno legítimo y de una oposición igualmente legitimada para ejercer de alternativa. La presencia simultánea en el ejecutivo de la derecha de Gobierno y de la izquierda de Gobierno cumple la primera condición, pero niega la segunda. Porque no hay alternativa creíble en la extrema derecha alemana ni en los pequeños grupos parlamentarios que conforman verdes, liberales o radicales. Por ahora, al menos y afortunadamente.

Las diferencias ideológicas deben plasmarse en programas políticos diversos y en opciones alternativas de Gobierno. Tales diferencias pueden dejarse a un lado en contextos extraordinarios de emergencia nacional, pero no pueden desdibujarse de manera permanente. Si las opciones distintas se convierten en opciones indistinguibles e intercambiables, el juego democrático pierde su carácter competitivo y la ciudadanía se aleja.

Los consensos en política son positivos y deben fomentarse, especialmente en relación a las propias reglas del juego democrático, al funcionamiento de las instituciones y los grandes asuntos de Estado, como la política exterior o la lucha contra el enemigo terrorista. Pero más allá de los consensos básicos, la controversia entre partidos distintos con ideas distintas no solo no es negativa sino que resulta enriquecedora y democráticamente saludable.

Si no se produce competencia entre los partidos del sistema, la competencia ideológica y política se dará a los ojos de la ciudadanía entre los partidarios del sistema y su única alternativa: los movimientos anti-sistema. Se está otorgando de esta manera el título de alternativa auténtica y efectiva a la extrema derecha, eurófoba y populista. El desgaste propio de toda acción de Gobierno alimentará ahora necesariamente a la alternativa de la extrema derecha alemana, con los riesgos inherentes al efecto contagio para el resto de Europa.

Es cierto que Merkel tenía difícil sumar otras opciones de apoyo mayoritario para un nuevo Gobierno en el Parlamento alemán, pero hay alternativas a la reedición de la GroKo. ¿Por qué no atreverse a formar un Gobierno minoritario con apoyos externos alternativos? Un Gobierno CDU-CSU podría obtener respaldo externo estable del SPD en todos aquellos asuntos en los que estuviera en juego la estabilidad institucional, la fortaleza del desarrollo económico y la integración europea. Para otros objetivos relacionados con el modelo económico y social, Merkel podía buscar apoyos en liberales o verdes, por ejemplo.

Este escenario quizás resultara más incómodo y trabajoso para la Canciller, pero así es como se gobierna en buena parte de Europa. En España, sin ir más lejos. Es cierto que aquí la cosa no funciona bien, pero la causa no está en la falta de una mayoría absoluta en el Parlamento -una auténtica rareza en la Europa democrática, por otra parte-, sino en la ausencia de ideas, en la falta de liderazgo y en la nula capacidad para el diálogo y el acuerdo que muestran Rajoy y los suyos. En otros lares, las minorías mayoritarias gobiernan con eficacia razonable. Aquí lo hizo Zapatero.

En definitiva, todo el respeto para la socialdemocracia alemana y la difícil decisión que tiene por delante, pero no podemos dejar de advertir sobre los graves riesgos en que incurrirá si antepone el sentido de la responsabilidad más inmediata a la previsión inteligente para su futuro… y el nuestro.

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