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Archive for the ‘Internacional’ Category

El lema más recurrente del ultraderechista Wilders en la reciente campaña para las elecciones parlamentarias en los Países Bajos ha sido “los holandeses primero”. Coincide de manera literal con sus correligionarios Trump, -América primero-, Le Pen –los franceses primero-, Farage –los británicos primero-, Hofer –los austríacos primero-, y así en otros muchos países.

Más allá de la falta de originalidad que muestran en sus discursos, todos estos aspirantes a caudillo constituyen a la vez un reflejo soez y un acelerante notorio para el deterioro que vive una buena parte de la política global.

El recurso exitoso al “nosotros primero” evidencia, en primer lugar, una perversión clara en los valores colectivos. Se trata de anteponer groseramente los intereses propios a cualesquiera otros, relegando o despreciando algunos de los principios que han fundamentado nuestra civilización, como la solidaridad, la fraternidad o la búsqueda de la equidad.

Este “nosotros primero” puede plasmarse en un egoísmo primario, o en el rechazo al diferente, o incluso en las actitudes más xenófobas. No es un recurso nuevo para los populismos fascistoides. Señalar al distinto como falso culpable de los males propios constituye una fórmula habitual tanto en el nazismo de los años 30 como en los nacionalismos exacerbados de cualquier época.

El planteamiento es en este siglo XXI, además, de un anacronismo absurdo. Esgrimir un “nosotros” idílicamente puro, sin mezclas ni mestizajes, a salvo de contaminaciones externas, resulta una quimera increíble en la era de la globalización de las relaciones sociales, la interdependencia de las naciones y el uso masivo de internet. Si hay algo que caracteriza al siglo XXI es el mestizaje imparable, y positivo, entre los seres humanos.

Y aparte de pervertido en términos de valores y anacrónico en su concepción, aquello del “nosotros primero” es empobrecedor. Porque la autarquía es empobrecedora. El desarrollo económico y el progreso social no llegan de la mano del aislamiento, sino del intercambio y del enriquecimiento mutuo. Las economías más competitivas y las sociedades más exitosas no son las que levantan muros y cierran fronteras, sino las que más conocen, más aprenden y más se interrelacionan con las demás.

Pero también es contraproducente. ¿Alguien piensa realmente que alguna frontera o algún muro podrán detener a los miles de millones de perdedores de la globalización en su voluntad de participar de la fiesta de los ganadores? Nadie podrá levantar un muro tan alto. O hay un reparto más o menos equitativo de los canapés, o los hambrientos saltarán las vallas y arrancarán las bandejas de las manos más pudientes. Y puede ser pacífico. O no.

Finalmente, aquel “nosotros primero” resulta peligroso. Porque al parecer ya son pocos los que tienen presente la motivación más relevante que llevó a los líderes de las naciones vencedoras de la segunda gran guerra a inventarse la integración europea.

El motivo más crucial no tenía un carácter económico, como parece pensarse ahora. No se trataba solo, ni siquiera principalmente, de abrir mercados comunes para dinamizar el comercio mutuo y generar prosperidad. Se trataba ante todo de asegurar la paz. Evitando precisamente la tentación del “Alemania primero”, el “Italia primero”, el “Rusia primero” o el “Gran Bretaña primero” que nos llevó a donde nos llevó.

Combatamos por tanto la peligrosa regresión del “nosotros primero” que se enarbola exitosamente en buena parte de Europa. Con los mejores valores, con mucho sentido común. Y con una buena lección de historia.

Primero la paz. Primero la fraternidad. Primero la solidaridad. Primero el progreso colectivo. Oiga.

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simancas230316

Por desgracia, los europeos no acabamos de descubrir la barbarie terrorista. Cada nuevo acto de violencia masiva e irracional logra postrarnos en un humillante estado de shock, pero no se trata de una sensación nueva. En la reciente historia de Europa hemos sufrido el terrorismo religioso, fascista, anarquista, anticapitalista, nacionalista, separatista, yihadista… Responden a nombres diferentes, presentan excusas diversas, pero son una misma realidad: el fanatismo criminal que amenaza nuestras comunidades libres.

El fanatismo criminal no es nuevo, por tanto, pero la globalización social y mediática proporciona una nueva dimensión a sus actos. Corresponde a los poderes públicos que organizan nuestras sociedades combatir este viejo-nuevo fenómeno con armas actualizadas y eficaces. Pero sin cambiar el modo de vida que hemos elegido conforme a los valores mayoritarios en Europa. Combatir el terrorismo sin caer en el miedo cerval y sistémico, sin renunciar a nuestras sociedades abiertas y democráticas, y sin precipitarnos por el abismo de la revancha populista, racista y xenófoba, porque esto derrotaría a Europa en mucha mayor medida que las bombas de unos descerebrados.

Nuestra primera misión debiera consistir en no hacer el juego a los sociópatas asesinos magnificando sus acciones. Los terroristas de Bruselas no “han dado muestras de una gran fortaleza”, ni “despliegan una extraordinaria inteligencia táctica”, ni “sincronizan a la perfección sus acciones”, y desde luego han hecho daño, pero no “han destrozado el corazón de Europa”.

En la era de internet y la movilidad global no hace falta más que un ordenador, una conexión a la red y algunos contactos en la criminalidad de baja estopa para montar unos artefactos explosivos. Su colocación en el aeropuerto y el metro durante la hora punta no demuestran una fortaleza o una inteligencia especiales, sino la bajeza moral y el desprecio por la vida propios del fanático criminal.

En España conocemos bien la naturaleza del terrorismo y, tras décadas de mucho sufrimiento, hemos demostrado saber combatirlo y vencerlo. Una condición previa inexorable consiste en aislar al enemigo sin caer en la trampa de sus justificaciones falaces. El enemigo de la sociedad española fue siempre el fanatismo asesino de ETA, no las ideas separatistas de una parte de la sociedad vasca que ETA utilizaba como excusa para su actividad mafiosa. Y el enemigo de la sociedad europea no es el islamismo, ni los musulmanes que se consideran amenazados en su religión, en su identidad o en su aislamiento dentro de las grandes urbes europeas. El enemigo es ISIS y los  locos que logra fanatizar para inmolarse en nuestras calles.

El nacionalismo radical vasco que no encontraba cauce político para sus reivindicaciones era caldo de cultivo para la enfermedad etarra, y la marginación social o “guetización” de una parte de la sociedad de origen musulmán en algunas urbes europeas está sirviendo como cantera potencial para el virus yihadista. La apertura democrática demostró la falacia del supuesto “problema vasco”, y la consecución de una sociedad europea abierta, tolerante, multicultural e inclusiva debe frustrar también el reclutamiento de nuevos incautos para las filas del fanatismo islamista.

El resto de la receta no es un secreto. Si los criminales manejan recursos para sus fines homicidas, la sociedad debe manejar más recursos para prevenir sus acciones, para ponerles en manos de la justicia, y para encerrarles por el tiempo debido para protegernos de sus locuras. Reforzar a los cuerpos de seguridad, los servicios de inteligencia y el aparato de fiscales y tribunales. Intensificar la colaboración internacional para evitar que la movilidad de los criminales se convierta en impunidad para sus actos. Y cubrir a las víctimas de la sinrazón terrorista con el máximo apoyo social posible y visible.

El dolor es humano y es inevitable. Pero es preciso limitar las reacciones de aparente estupor y vulnerabilidad ante las acciones terroristas. Es imprescindible reivindicar nuestro modo de vida, sin alterar los tradicionales valores de las sociedades europeas como sociedades abiertas, plurales, tolerantes y democráticas. Y es necesario fortalecer nuestros poderes públicos para someterles a la acción de la justicia.

Vamos a vencerles.

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EUROPA ES SOLIDARIDAD O NO ES NADA

La controversia pública entre deudores y acreedores en Grecia esconde debates de fondo sobre el futuro de Europa que van mucho más allá de un conflicto financiero puntual. En torno a la crisis griega se está dilucidando la propia naturaleza del proyecto de construcción europea.

¿Ha de ser Europa tan solo un espacio para el libre comercio y la libre circulación de capitales? ¿O queremos que Europa sea también un espacio de ciudadanía compartida para el progreso común? La alternativa a la austeridad fracasada, ¿ha de llegar desde la apelación a un neo-nacionalismo populista o ha de venir desde el tradicional reformismo socialdemócrata?

Cada día resulta más evidente que la derecha europea ha renunciado al ideario pro-europeo de los padres fundadores Adenauer y Schuman, y comulga ya de forma concluyente con los planteamientos más neoliberales y euroescépticos, desde los discursos en Gran Bretaña hasta la práctica cotidiana en Alemania, Francia y los países ricos del norte continental.

La pregunta es la siguiente: ¿A quiénes interesa una Europa limitada al libre mercado? ¿Quiénes pueden sentirse identificados, cómplices o partidarios de una Europa que solo busca el beneficio del capital, que provoca desigualdades crecientes en su seno, y que ignora las dificultades de sus socios más vulnerables?

La derecha europea pretende que ser europeo equivalga tan solo a facilitar las operaciones financieras y comerciales de los grandes conglomerados empresariales del norte, al tiempo que se establece un cordón sanitario para que las consecuencias sociales más inconvenientes se queden tan solo en el sur, y que allá se las apañen sus sufridores.

Esta visión de Europa defiende la articulación de instrumentos comunes para asegurar la vigencia del negocio común que beneficia a unos pocos, al tiempo que esgrime la soberanía nacional para justificar las limitaciones drásticas para el ejercicio de solidaridad que se reivindica desde las poblaciones más perjudicadas por el sistema.

Pero, ¿a quiénes interesa esta Europa? ¿Cuánto tiempo podrá mantenerse si los interesados son pocos? Quienes nos apuntamos al proyecto europeo desde el sur geográfico y desde la izquierda ideológica lo hicimos para compartir metas de progreso común y herramientas de solidaridad para alcanzar esas metas.

El horizonte del progreso común requiere de un demos propio en Europa, y de cierto grado de soberanía compartida, y de cierta unidad política y social para hacer digerible la unidad mercantil y monetaria, y de cierta solidaridad expresada mediante la mutualización de las deudas y la activación de planes comunes para asegurar una vida digna a todos los europeos, por ejemplo.

¿Qué hay de todo esto? ¿Y qué diferencia hay entre el nacionalismo económico de Merkel y el nacionalismo populista de Tsipras? ¿Acaso la una o el otro defienden algo que vaya más allá del “qué hay de lo mío”?

La salida definitiva de la crisis económica y la continuidad del sueño de la Europa del progreso común no vendrá ni del nacionalismo economicista liberal ni del neo-nacionalismo populista.

Hoy, solamente el reformismo socialdemócrata, en el sur al menos, mantiene vivo el proyecto de una Europa comprometida con los valores de la solidaridad y la justicia social, más allá del dinero y de las banderas nacionales. Pero este proyecto tiene aún pendiente su formulación práctica, coherente y movilizadora, frente a neo-liberales y neo-populistas. Este es el reto.

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FANATISMOS DEL SIGLO XXI

El asesinato bárbaro de doce personas en la redacción de una revista francesa “en nombre de Alá” vuelve a poner de manifiesto la vigencia plena en nuestros días de los mismos fanatismos religiosos que asolaron Europa durante la Edad Media. Los tres individuos que masacraron la sede de “Charlie Hebdo” manifestaron hacerlo para “vengar a Mahoma”, según testigos presenciales. Varios siglos después, los actos y sus motivaciones, de la espada al kalashnikov, o de la hoguera a la bomba, son exactamente los mismos que protagonizaban nuestros antepasados en los múltiples conflictos religiosos que segaron millones de vidas durante los oscuros tiempos medievales. Solo que ya no estamos en el medievo sino en el siglo XXI, y que los seres humanos creíamos haber avanzado algo en términos de triunfo de la razón sobre la ignorancia, la superstición y la barbarie.

La tragedia de París ha tenido un amplio eco en los noticiarios europeos, pero episodios como el de la capital francesa, y aún peores, se producen a diario en Iraq, en Afganistán, en Siria, en Líbano, en Pakistán, en Libia, en Camerún… Los seguidores de una religión perpetran matanzas sobre los seguidores de otra religión. A veces, incluso, los seguidores de una religión matan también a los seguidores de la misma religión pero en una versión diferente. Mujeres sepultadas en vida bajo disfraces denigrantes por mandato religioso. Niñas asesinadas por atreverse a ir al colegio contra la interpretación delirante de un texto escrito hace siglos. Jóvenes raptadas y “convertidas”. Adúlteros lapidados. Homosexuales perseguidos y ejecutados por contravenir supuestamente un mandato divino… Todo en nombre de una concepción de Dios y del mundo que se adopta con un grado terriblemente anacrónico de fanatismo y de intolerancia. En el siglo de internet y de la robótica. Como si no hubiéramos avanzado un palmo.

Aquellas guerras medievales de religión, cruzadas e inquisiciones incluidas, encubrían las más de las veces otras competencias de naturaleza bastante mundana, como el reparto del poder y de las riquezas. Quienes manejaban los conflictos se aprovechaban del general analfabetismo que favorecía la incultura, la superstición y el gregarismo. Además, muchos de los europeos envueltos en aquellos conflictos irracionales participaban más por obligación hacia sus dueños y señores que por auténtica convicción religiosa. Y todavía aún el fanatismo religioso pesca a muchos sus adeptos entre los ignorantes y los excluidos. Pero hoy el acceso a una cultura mínima es más fácil incluso en los últimos confines del planeta. Y entre los reclutados por los sacerdotes de la muerte aparecen demasiado a menudo personas con un bagaje intelectual y social que debería resultar incompatible con esos gritos de París de “Muerte en nombre de Alá”.

Los bárbaros de París parece que mataban en nombre de una interpretación radical de la religión islámica, pero ni ahora ni a lo largo de la historia cabe atribuir la barbarie en exclusiva a los seguidores de esta confesión. Durante siglos, en Europa se ha matado también y mucho en nombre del Dios de los cristianos. Y durante estos días proliferan los incendios provocados por fanáticos anti-islámicos en mezquitas suecas, francesas o alemanas. Hace pocos años, un militante de extrema derecha, tan loco o tan poco loco como los de París, masacró a 85 jóvenes izquierdistas suecos en Utova (Suecia) “para frenar la colonización islámica”. Muchos alemanes, por cierto, se muestran inquietos por la creciente movilización islamófoba en algunas ciudades de su país.

También es verdad que hay fanáticos que no necesitan motivaciones tan elevadas como un Dios o una religión para liarse a golpes con el prójimo. La ribera de nuestro río Manzanares fue testigo hace bien poco de un asesinato bárbaro en nombre de un fanatismo futbolístico. A mí me gusta un equipo de futbol, y si a ti te gusta otro, te apaleo hasta matarte. La misma barbarie con excusa distinta.

Los asesinos de París han intentado asimismo amedrentar a la sociedad y hacer callar a sus medios de expresión. Tampoco es nuevo. Los integristas y fanáticos no solo afirman su identidad, sino que buscan acallar las demás, por las buenas o por las malas. Las conquistas de la libertad de expresión y la libertad de prensa forman parte de los derechos humanos más elementales y merecen una defensa cerrada frente al fanatismo irracional.

Respétense todas las religiones y a todos los religiosos que se conducen con respeto a las creencias y a los derechos de los demás. Pero combatamos el fanatismo religioso ¿La receta? No es sencillo. Pero primero es preciso no dejarse amilanar en la defensa de los derechos humanos, el derecho a creer y a no creer, el derecho a expresarse en libertad. Segundo, perseguir a los fanáticos delincuentes con razón, con proporción y con la ley en la mano. Y siempre educación, cultura y democracia. Porque educación, cultura y democracia siempre fueron los mayores amigos del progreso en la Humanidad y los peores enemigos de los fanáticos de la sinrazón.

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¿QUÉ FUE DE LA ECONOMÍA REAL?

El debate en torno a las consecuencias de la hiper-financiarización de la economía puede resultar extraordinariamente complejo y obtuso. Sin embargo, algunos episodios de nuestra realidad económica cotidiana pueden contribuir a su esclarecimiento.

El caso Odyssey y el famoso tesoro de “Las Mercedes” puede ser uno de los más evidentes. Como todo el mundo sabe, aquella empresa norteamericana se hizo hace unos años con los restos del galeón español hundido en el año 1804. El procedimiento fue evidentemente ilegal, el Estado español recurrió a la Justicia y, como era de prever, la empresa fue condenada a devolver el tesoro y asumir una dolorosa condena.

¿Por qué actuaron los gestores de Odyssey de una manera tan aparentemente contraria a sus propios intereses? La explicación no estaba en el tesoro, ni en su valor, ni en las normas que regulan el rescate de pecios en el mundo. La explicación estaba en la Bolsa de valores. Las imágenes de la recuperación del tesoro español duplicaron el valor de las acciones de Odyssey en un solo día, de cuatro a ocho dólares. Los propietarios vendieron las acciones y ganaron varios millones de dólares. Varios años después, la empresa sufrió un varapalo judicial, perdió el tesoro y las acciones retrocedieron hasta los dos dólares.

El caso del tesoro de “Las Mercedes” tiene su continuidad durante estos días en las concesiones privadas de servicios públicos sanitarios en la Comunidad de Madrid. Tales concesiones han caído en manos de grandes fondos de inversión internacionales, que igual se posicionan en empresas caza-tesoros que en hospitales oncológicos. Tan solo les importa el porcentaje garantizado de retorno para sus inversiones. Los fondos van entrando y saliendo de las embotelladoras de cola, de las productoras pornográficas o de las suministradoras de análisis clínicos, sin asumir más compromiso que el de maximizar la rentabilidad para sus depositantes. Les da igual que tal rentabilidad pueda obtenerse vendiendo tabaco o ahorrando fármacos en el tratamiento del cáncer de pulmón.

La película “El lobo de Wall Street”, de Martin Scorsese y basada en las memorias del famoso bróker Jordan Belfort, resulta más aleccionadora sobre los riesgos del casino financiero global que cualquier sesudo informe econométrico. Los nuevos triunfadores de la economía capitalista no son los que fabrican el utensilio más útil o los que prestan el servicio más eficaz. Quienes se enriquecen de manera descomunal ahora son los que especulan con títulos financieros a menudo sin relación alguna con la economía real. El tal Belfort montó un imperio fantástico traficando con millones de “acciones a centavo” de empresas desastrosas o ficticias. Y hay miles de Belforts en las principales capitales financieras del mundo viviendo de grandes castillos de naipes que en su caída arrastran a la pobreza a millones de criaturas.

La actividad financiera es imprescindible para el funcionamiento de la economía real, tanto privada como pública. Empresarios y administraciones necesitan de financiación para ejercer sus funciones. El problema llega cuando la economía financiera se superpone, condiciona y acaba destruyendo a la economía real. En nuestro país, las finanzas suponen ya el 300% del PIB, y en otras economías llegan a multiplicar el producto interior por diez, por cincuenta y hasta por cien. Los grandes problemas de la financiarización superlativa de la economía en el siglo XXI devienen de su carácter fuertemente especulativo, su globalización imparable, la falta de reglas en su funcionamiento, y la nula fiscalidad a la que está sometida.

El tradicional negocio bancario de préstamos se ha transformado en un gigantesco casino de apuestas sobre el valor artificial de productos a menudo ficticios. Los créditos hipotecarios sin comprobar de una pequeña entidad se convierten en títulos financieros que se compran y se venden cada día de Nueva York a Frankfurt y Singapur. Y cuando se descubre que el producto no tiene nada detrás que lo sostenga, el sistema entra en crisis, convierte títulos calificados con triple AAA en papel mojado, los bancos cierran, las empresas quiebran, los empleados van a la calle, no se pagan impuestos, no se prestan servicios públicos…

Este coctel terrible provocó en 2008 el estallido de la crisis económica que ha ocasionado durísimas recesiones en todo el mundo y que ha arrojado al desempleo y la pobreza a centenares de millones de personas. Por entonces, de Sarkozy a Warren Buffett y el mismísimo G-20 pusieron el grito en el cielo reclamando “un paréntesis para la economía de mercado” y nuevas reglas para evitar la catástrofe. Pero el pánico pasó, los de siempre pagaron la factura, y la fiesta continuó. Hoy estamos engordando el mismo monstruo que nos devoró hace seis años, y cuando la tragedia se repita nos volveremos a preguntar en qué hemos fallado.

La socialdemocracia europea debiera asumir la responsabilidad de llamar la atención sobre los riesgos de la economía financiarizada y sin reglas que amenaza nuestro desarrollo y nuestro bienestar. Recuperemos la función esencial del sector financiero, reduzcámoslo a su dimensión lógica, aseguremos su control político y normativo al servicio del interés general, sometámoslo a reglas, prohibamos la especulación criminal y establezcamos una fiscalidad justa sobre sus beneficios.

O lo hacemos o acabaremos dando la razón a quienes se empeñan en hacernos ver que no hay más solución para el sistema que reventar el sistema.

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El Gobierno se niega una y otra vez a comparecer en el Parlamento para explicar las razones y las condiciones de la recién iniciada privatización de AENA Aeropuertos. ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Para quién? Los españoles merecemos algunas respuestas en torno a un proceso que en el mejor de los casos pondrá en manos privadas un sector estratégico para nuestra economía, y que en el peor de los casos supondrá el cierre de aeropuertos con resultados económicos negativos pero que contribuyen a vertebrar el territorio y a garantizar nuestro derecho a la movilidad.

Fomento se remite al Decreto 13/2010 del anterior Gobierno socialista para legitimar la venta del capital de AENA. Sin embargo, aquella norma perseguía unos objetivos que hoy no se mantienen. Se trataba entonces, lisa y llanamente, de vender patrimonio público para obtener una financiación que el Estado no lograba adquirir en los mercados. Hoy no es el caso, porque la prima de riesgo se ha reducido mucho y los tipos de interés vigentes en el mercado son más asumibles.

Aquel Decreto facultaba al Gobierno para vender hasta el 49% del capital de AENA a la par que blindaba la continuidad de la red aeroportuaria española, la primera del mundo en número de viajeros y la más eficiente, precisamente por la combinación de aeropuertos-cauce y aeropuertos-hubs o distribuidores. Hoy esta red está en peligro, puesto que el documento de la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia que informa la privatización aconseja la fractura de AENA en “tres o cuatro lotes”.

Entonces se planteaba también la gestión individualizada, vía concesión incluso, de los aeropuertos con más tráficos, en clave de estímulo a la competencia y a cambio de un canon que facilitara la financiación de la red en su conjunto. En el proceso actual, sin embargo, la CNMC promueve directamente la privatización total de todos los aeropuertos, y el Gobierno se ha reservado vía Real Decreto Ley 8/2014 la capacidad de enajenar o cerrar cualquier instalación aeroportuaria, con tan solo un informe previo de la Comisión Delegada para Asuntos Económicos (en caso de aeropuertos con valor superior a los 20 millones de euros) o del Secretario de Estado de Fomento (para todos los demás).

La norma de 2010 buscaba una participación más activa y determinante de las administraciones y agentes económicos territoriales en la gestión de los aeropuertos, con objeto de mejorar su eficiencia. Pero el Gobierno actual ha limitado tal participación a los tradicionales comités de rutas, que colaboran desde hace años en la búsqueda de nuevos mercados foráneos, y unos inespecíficos comités de coordinación sin competencia decisoria alguna.

Los argumentos a favor del proceso privatizador vigente que aluden a la “sostenibilidad” de las cuentas de AENA o a la mejora de su “competitividad” tampoco son aceptables, toda vez que la propia dirección de la empresa pública y el Ministerio de Fomento vienen presumiendo desde hace meses de sus “magníficos resultados de explotación”, de la “viabilidad de su deuda” y de contar con “los aeropuertos más competitivos de Europa”.

Finalmente, no podrá esgrimirse como motivo para la privatización la posibilidad que se abre para una política de moderación en las tarifas aeroportuarias, largamente demandada por los agentes del sector. De hecho, Fomento y AENA llegaron hace escasas fechas a un gran acuerdo con los operadores más habituales de nuestros aeropuertos para congelar esas tarifas durante este año y para moderar los crecimientos futuros.

En consecuencia, si la privatización de AENA no persigue financiar al Estado en condiciones ventajosas, ni blindar la red aeroportuaria, ni optimizar la eficiencia con gestiones individualizadas, ni fomentar la participación territorial, ni mejorar las cuentas de AENA, ni aumentar su competitividad, ni moderar sus tarifas, ¿por qué se afronta la privatización parcial de AENA? O mejor aún: ¿a quién o a quiénes se pretende favorecer privatizando parcialmente nuestra red aeroportuaria?

En realidad el Gobierno se resiste a admitir que estamos en la primera fase de una estrategia que conduce a la privatización total de AENA y al desmantelamiento de la vigente red de aeropuertos de interés general del Estado. Esta es la verdad. ¿Por qué pensamos así?

En primer lugar, porque la consulta realizada oficialmente por la dirección de AENA Aeropuertos al Consejo Consultivo de Privatizaciones del Estado (CCP) preveía la venta final de hasta el 60% de su capital, según consta en el informe emitido por esta entidad el día 21 de octubre de 2013. La enajenación del 49% es pues tan solo un primer paso en el camino de poner la empresa pública en manos privadas de forma mayoritaria.

En segundo lugar, porque a diferencia del proceso iniciado en 2010 y abortado por el Gobierno del PP, ahora no se buscan solo financiadores externos para AENA, sino que se explicita la conformación de un “núcleo estable” de accionistas privados con intereses en el sector, a los que se invitará a compartir la “planificación estratégica” de la compañía, según palabras pronunciadas públicamente por el propio Presidente de AENA Aeropuertos, tras confirmar que la primera empresa interesada “y bienvenida” para formar parte de este núcleo estable es la línea aérea de bandera irlandesa Ryanair, conocida por sus prácticas irregulares.

En tercer lugar, porque el artículo 22 del mencionado Real Decreto Ley 8/2014 otorga al Gobierno la posibilidad de “cerrar o enajenar, total o parcialmente, cualquiera de las instalaciones o infraestructuras aeroportuarias necesarias para mantener la prestación del servicio aeroportuario en cualquier aeropuerto de la red de interés general”, siendo este un requisito sine qua non para hacer atractivo el proceso de privatización de AENA ante eventuales inversores nacionales o internacionales, para los que la obligación de sostener económicamente las instalaciones menos rentables podría suponer un factor disuasorio.

Y en cuarto lugar, porque el también mencionado Informe de la CNMC, que marca al Gobierno la ruta a seguir para privatizar AENA, establece de manera diáfana la necesidad de romper la red aeroportuaria española en varios lotes, con la finalidad de salvar las reticencias de la Comisión Europea, nada proclive a sustituir monopolios públicos por monopolios privados. El mismo informe recomienda la privatización directa e individualizada de los aeropuertos rentables, y el cierre de los menos rentables, a no ser que las administraciones territoriales se comprometan a aportar fondos propios para su mantenimiento, cuando hasta ahora toda la red se autofinanciaba compensando los beneficios económicos de unas instalaciones con las pérdidas de las demás.

Para que los españoles y sus representantes tengan claras las consecuencias de la aplicación de estas medidas, resulta interesante relacionar los aeropuertos y helipuertos con resultados económicos negativos en el ejercicio 2013 y que, por tanto, corren serio riesgo de supervivencia conforme a los planes del Gobierno y la CNMC: Albacete, Algeciras, Almería, Asturias, Badajoz, Burgos, Ceuta, Córdoba, A Coruña, Madrid-Cuatro Vientos, Granada-Jaén, El Hierro, Jerez, Logroño, La Gomera, León, Madrid-Torrejón, Menorca, Málaga, Melilla, Huesca, Pamplona, Reus, Sabadell, Salamanca, Murcia-San Javier, San Bonet, Santander, Santiago, Valladolid, Vigo, Vitoria y Zaragoza.

Romper la red aeroportuaria, privatizar los aeropuertos y cerrar los aeropuertos con resultados económicos negativos constituye una barbaridad de consecuencias extraordinariamente negativas para la economía y la sociedad española en el cortísimo plazo. Los aeropuertos suponen un sector de relevancia estratégica para el desarrollo económico de un país que tiene en el turismo su industria principal, y en el que ocho de cada diez visitantes eligen estas instalaciones como puerta de entrada. La red aeroportuaria constituye, asimismo, un factor clave en la vertebración del territorio y una garantía básica para el ejercicio del derecho fundamental a la movilidad, especialmente en las islas.

Valorar los aeropuertos españoles exclusivamente en términos de resultados de explotación individual es de una irresponsabilidad mayúscula. Una AENA privada sería una AENA fraccionada y sin la red que le proporciona hoy una ventaja competitiva ampliamente envidiada en el mundo. Una AENA privada y fraccionada estaría avocada a cerrar sus instalaciones menos rentables, porque esa sería la exigencia lógica de un accionariado exento de obligaciones con el interés general. Y una AENA con aeropuertos amenazados de cierre avocaría a invertir preciosos recursos públicos de comunidades autónomas, diputaciones, cabildos y ayuntamientos para su mantenimiento, cuando hoy tal aportación no es necesaria.

Los españoles no necesitamos una AENA fraccionada y privatizada, sino una red de aeropuertos de interés general bajo titularidad pública y con gestión eficiente, para que pueda contribuir de manera decisiva en la consecución de los propósitos comunes del crecimiento económico, la creación de empleos de calidad y el progreso social del país. Esto es lo que demandamos del Gobierno.

La Ministra de Fomento debe comparecer cuanto antes en el Parlamento, como se le ha solicitado, para explicar por qué y a quiénes pretende beneficiar con este proceso privatizador contrario al interés general. Se encontrará con un Grupo Socialista preparado para acordar una planificación estratégica que mejore la competitividad y la eficiencia de nuestros aeropuertos, en el marco de una AENA pública y no sometida a más interés que al interés de todos los españoles.

 Artículo publicado en Público.es el 26-07-2014

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LA INSOPORTABLE ESPIRAL PALESTINA

Nos hemos acostumbrado a contemplar en los noticiarios el drama palestino-israelí como si se tratara de un fenómeno natural inevitable e interminable. Y antes que nosotros se acostumbraron nuestros padres y nuestros abuelos. Cerca de 70 años después de que los británicos abandonaran Palestina, árabes y judíos continúan enzarzados en una guerra cruel ante la indiferencia cansina de la comunidad internacional que tanto contribuyó a su inicio. En este último episodio ya han muertos más de cien criaturas, miles han tenido que huir de sus casas y todos los analistas vaticinan una pronta ofensiva terrestre israelí que agravará la situación. A todo esto, el secretario general de la ONU se ha limitado a una mera “llamada a la contención”, que resulta tan patética como grotesca.

Las consecuencias de este largo conflicto constituyen una vergüenza para toda la Humanidad y la mayor constatación del fracaso en las instituciones que han de velar por el cumplimiento de la legalidad internacional. Son ya millones los muertos, los torturados, los encarcelados y secuestrados, los amenazados, los refugiados, los exiliados y los desplazados. Hombres, mujeres y niños, muchos niños inocentes. Además, la guerra palestino-israelí es foco constante de inestabilidad en todo el mundo, y un factor clave para la legitimación de miles de grupos radicales que practican el terrorismo en los cinco continentes. Parece mentira que en pleno siglo XXI, la comunidad internacional siga impávida ante el devenir terrible de una guerra basada en la religión y los límites territoriales.

El territorio palestino forma parte de la cuna de la Humanidad y sus civilizaciones. Ha sido ocupado sucesivamente por los imperios romano, otomano y británico. Y en él han convivido tradicionalmente gentes de creencias y condiciones diversas. Al terminar la Segunda Guerra Mundial y anunciar los británicos su marcha, unos soñaban con la gran nación panárabe que resarciera de una humillante subordinación histórica, y otros soñaban con la patria judía que pusiera fin al éxodo milenario y a la persecución terrible de los pogromos y los campos de exterminio. Pudieron optar por mantener la convivencia en un Estado común, o pudieron acordar la creación de dos Estados distintos bien avenidos. Pero decidieron sustituir la negociación por las armas, y tanto los británicos como la ONU se limitaron a formular declaraciones sin acordar y se desentendieron del problema.

Las razones y las culpas están muy repartidas. Los árabes tienen razón en resistirse a ser prisioneros en su propia tierra, pero tienen la culpa de no reconocer el derecho de los israelíes a contar con un Estado propio y seguro. Los judíos tienen razón al reclamar el fin de los zarpazos terroristas, pero tienen la culpa de haber desencadenado contra los palestinos una violencia equiparable a la que en tantas ocasiones se vio sometido sobre su propio pueblo. Y ante el bloqueo en las relaciones palestino-israelíes, lastradas por décadas de sufrimientos y odios mutuos, la principal responsabilidad para resolver el conflicto está en la comunidad internacional.

La comunidad árabe, los Estados Unidos, Europa y el resto de actores internacionales con capacidad de presión sobre unos y otros, deben forzar un alto el fuego inmediato, desplegar fuerzas de interposición, abrir una negociación eficaz y obligar a la adopción de un acuerdo que pasa inevitablemente por dos Estados con fronteras seguras. Las Naciones Unidas han de pilotar este proceso y su Consejo de Seguridad debe ser garante en el cumplimiento de los acuerdos.

Sé que es fácil de decir y muy difícil de llevar a cabo. Pero resulta intolerable que la incapacidad de unos, los intereses espurios de otros, sumados al odio alimentado tras décadas de sufrimiento mutuo en Palestina, permitan el triunfo indefinido de la violencia sobre la razón y el entendimiento. Si ellos solos se muestran incapaces, tenemos que ayudarles entre todos.

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