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Archive for the ‘Inmigración’ Category

 

El mundo vive un cambio de época que va mucho más allá de una simple época de cambios. La mayor parte de las actividades humanas, tanto en el espacio público como en el privado, mutan y se mundializan, abriendo todo tipo de oportunidades y de incertidumbres a la vez. Y el cambio afecta desde las relaciones económicas a la participación en los asuntos colectivos, pasando por la naturaleza de las instituciones familiares y religiosas o el disfrute de la cultura y el ocio. Lo solemos llamar proceso de globalización y revolución tecnológica.

Al mismo tiempo que se amplían los horizontes de progreso para la Humanidad en prácticamente todos los ámbitos, también se disparan las inseguridades y los miedos. Estos últimos devienen de la ausencia de reglas con que ajustar tales cambios a los límites del bien común. Sin normas y sin límites, las fuerzas que operan en la globalización y la revolución tecnológica tan solo se atienen a la ley del más fuerte. Y La ley del más fuerte siempre ocasiona desigualdades e injusticias por doquier.

La derecha ignora los miedos en su carrera por maximizar el beneficio económico en pocas manos, por lo que acrecienta sus causas y estimula sus consecuencias. Los populismos utilizan las injusticias para azuzar los miedos, prometer lo imposible y encaramarse rápidamente en un poder generalmente arbitrario y déspota.  La izquierda socialdemócrata debiera asumir la responsabilidad de responder a las nuevas incertidumbres con nuevas reglas transnacionales, con las que someter aquellos cambios a los valores, los intereses y la voluntad de las grandes mayorías. Pero la izquierda deambula entre la división y la desorientación.

Los populismos responden a aquellos miedos primarios con falsas soluciones igualmente primarias. Ante el miedo a la fuga de empresas propias, un muro. Ante el miedo a la llegada de productos foráneos más competitivos, un muro. Ante la amenaza de los migrantes económicos o refugiados, un muro. Ante el desafío del terrorismo internacional, un muro. Ante el desdibujamiento de las identidades propias, un muro. Ante el mestizaje cultural, un muro… El populismo promete resolver todo levantando nuevos muros, cuando el auténtico progreso para la Humanidad siempre llegó sobre los puentes.

Ese es el gran debate. O los muros populistas o los puentes progresistas. O los muros que aíslan y empobrecen, o los puentes que favorecen el encuentro y el mutuo enriquecimiento. Y el puente hoy es la política en la dimensión propia del siglo XXI de la globalización y la revolución tecnológica: la política global. Si el espacio público compartido se ha globalizado, las ideas, los planes, las reglas, las normas, la acción política y la ordenación de ese espacio debe ser también global.

Solo así podremos combatir con eficacia las desigualdades, las injusticias y los miedos. Solo así podremos promover una globalización para el progreso. Esta es la utopía socialista para el siglo XXI. Si consiguiéramos superar tanta división y tanta desorientación…

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simancas230316

Por desgracia, los europeos no acabamos de descubrir la barbarie terrorista. Cada nuevo acto de violencia masiva e irracional logra postrarnos en un humillante estado de shock, pero no se trata de una sensación nueva. En la reciente historia de Europa hemos sufrido el terrorismo religioso, fascista, anarquista, anticapitalista, nacionalista, separatista, yihadista… Responden a nombres diferentes, presentan excusas diversas, pero son una misma realidad: el fanatismo criminal que amenaza nuestras comunidades libres.

El fanatismo criminal no es nuevo, por tanto, pero la globalización social y mediática proporciona una nueva dimensión a sus actos. Corresponde a los poderes públicos que organizan nuestras sociedades combatir este viejo-nuevo fenómeno con armas actualizadas y eficaces. Pero sin cambiar el modo de vida que hemos elegido conforme a los valores mayoritarios en Europa. Combatir el terrorismo sin caer en el miedo cerval y sistémico, sin renunciar a nuestras sociedades abiertas y democráticas, y sin precipitarnos por el abismo de la revancha populista, racista y xenófoba, porque esto derrotaría a Europa en mucha mayor medida que las bombas de unos descerebrados.

Nuestra primera misión debiera consistir en no hacer el juego a los sociópatas asesinos magnificando sus acciones. Los terroristas de Bruselas no “han dado muestras de una gran fortaleza”, ni “despliegan una extraordinaria inteligencia táctica”, ni “sincronizan a la perfección sus acciones”, y desde luego han hecho daño, pero no “han destrozado el corazón de Europa”.

En la era de internet y la movilidad global no hace falta más que un ordenador, una conexión a la red y algunos contactos en la criminalidad de baja estopa para montar unos artefactos explosivos. Su colocación en el aeropuerto y el metro durante la hora punta no demuestran una fortaleza o una inteligencia especiales, sino la bajeza moral y el desprecio por la vida propios del fanático criminal.

En España conocemos bien la naturaleza del terrorismo y, tras décadas de mucho sufrimiento, hemos demostrado saber combatirlo y vencerlo. Una condición previa inexorable consiste en aislar al enemigo sin caer en la trampa de sus justificaciones falaces. El enemigo de la sociedad española fue siempre el fanatismo asesino de ETA, no las ideas separatistas de una parte de la sociedad vasca que ETA utilizaba como excusa para su actividad mafiosa. Y el enemigo de la sociedad europea no es el islamismo, ni los musulmanes que se consideran amenazados en su religión, en su identidad o en su aislamiento dentro de las grandes urbes europeas. El enemigo es ISIS y los  locos que logra fanatizar para inmolarse en nuestras calles.

El nacionalismo radical vasco que no encontraba cauce político para sus reivindicaciones era caldo de cultivo para la enfermedad etarra, y la marginación social o “guetización” de una parte de la sociedad de origen musulmán en algunas urbes europeas está sirviendo como cantera potencial para el virus yihadista. La apertura democrática demostró la falacia del supuesto “problema vasco”, y la consecución de una sociedad europea abierta, tolerante, multicultural e inclusiva debe frustrar también el reclutamiento de nuevos incautos para las filas del fanatismo islamista.

El resto de la receta no es un secreto. Si los criminales manejan recursos para sus fines homicidas, la sociedad debe manejar más recursos para prevenir sus acciones, para ponerles en manos de la justicia, y para encerrarles por el tiempo debido para protegernos de sus locuras. Reforzar a los cuerpos de seguridad, los servicios de inteligencia y el aparato de fiscales y tribunales. Intensificar la colaboración internacional para evitar que la movilidad de los criminales se convierta en impunidad para sus actos. Y cubrir a las víctimas de la sinrazón terrorista con el máximo apoyo social posible y visible.

El dolor es humano y es inevitable. Pero es preciso limitar las reacciones de aparente estupor y vulnerabilidad ante las acciones terroristas. Es imprescindible reivindicar nuestro modo de vida, sin alterar los tradicionales valores de las sociedades europeas como sociedades abiertas, plurales, tolerantes y democráticas. Y es necesario fortalecer nuestros poderes públicos para someterles a la acción de la justicia.

Vamos a vencerles.

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SUELO PÚBLICO PARA ENSEÑANZA PÚBLICA

Posiblemente no se nos ocurra ninguna acción de gobierno más miserable que aquella que hace del derecho a la educación de nuestros hijos una simple moneda de cambio para el mercadeo y las corruptelas de esas moscas ventajistas que revolotean siempre alrededor del poder.

Y esto es lo que la Justicia ha descubierto en la inefable conducta de Francisco Granados, consejero del Gobierno madrileño del PP durante muchos años, y sus no menos inefables socios en el macro-caso de corrupción que la policía bautizó como “Púnica”.

Suelo público a precio de saldo. Construcción del colegio a cargo de una empresa de la trama. Garantía de concierto y financiación pública a cargo de la Comunidad de Madrid. Tal era, al parecer, el pack infame con que Granados, Marjaliza y compañía se enriquecían a costa de los recursos destinados a asegurar la formación y la igualdad de oportunidades de nuestros hijos.

Más de dos millones de metros cuadrados de suelo público regalados a las empresas de los amiguetes, mientras se negaba la construcción del instituto público imprescindible, mientras se demoraba sin rubor la ampliación del colegio saturado, mientras se recortaban los recursos precisos para atender las necesidades de los más débiles, mientras se justificaba la no apertura de los comedores escolares para los más pobres durante las vacaciones…

El reproche ya no es solo político, por penoso. El reproche debe ser moral, porque deberían avergonzarse hasta el extremo quienes acumulan millones en Suiza a costa del futuro de los niños y las niñas de su comunidad.

Ahora se entiende aquella enmienda apresurada que presentó el Partido Popular durante la última fase de la tramitación de la LOMCE en el Congreso. La iniciativa facultaba a las Administraciones para ceder suelo público a las empresas privadas de la educación. El PP estaba legalizando las prácticas vergonzantes de sus cargos en Madrid.

Solo cabe exigir primero una investigación a fondo de los hechos, en sede judicial y en sede parlamentaria. Segundo, la restitución de todo lo robado a la educación pública, para dedicarlo a la mejora de la enseñanza de todos y todas. Tercero, la vigilancia para que los centros así concertados cumplan la ley, escolarizando a niños y niñas con necesidades especiales y renunciando al cobro de contribuciones “voluntarias” a las familias.

Cuarto, retirada inmediata del concierto a los centros que segreguen a los niños de las niñas, contraviniendo el principio de la igualdad de género. Quinto, derogación de la LOMCE en cuanto exista una mayoría parlamentaria comprometida para ello. Y sexto, y más importante, garantía a los ciudadanos de Madrid de que el próximo Gobierno del cambio solo destinará suelo público a la enseñanza pública.

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FANATISMOS DEL SIGLO XXI

El asesinato bárbaro de doce personas en la redacción de una revista francesa “en nombre de Alá” vuelve a poner de manifiesto la vigencia plena en nuestros días de los mismos fanatismos religiosos que asolaron Europa durante la Edad Media. Los tres individuos que masacraron la sede de “Charlie Hebdo” manifestaron hacerlo para “vengar a Mahoma”, según testigos presenciales. Varios siglos después, los actos y sus motivaciones, de la espada al kalashnikov, o de la hoguera a la bomba, son exactamente los mismos que protagonizaban nuestros antepasados en los múltiples conflictos religiosos que segaron millones de vidas durante los oscuros tiempos medievales. Solo que ya no estamos en el medievo sino en el siglo XXI, y que los seres humanos creíamos haber avanzado algo en términos de triunfo de la razón sobre la ignorancia, la superstición y la barbarie.

La tragedia de París ha tenido un amplio eco en los noticiarios europeos, pero episodios como el de la capital francesa, y aún peores, se producen a diario en Iraq, en Afganistán, en Siria, en Líbano, en Pakistán, en Libia, en Camerún… Los seguidores de una religión perpetran matanzas sobre los seguidores de otra religión. A veces, incluso, los seguidores de una religión matan también a los seguidores de la misma religión pero en una versión diferente. Mujeres sepultadas en vida bajo disfraces denigrantes por mandato religioso. Niñas asesinadas por atreverse a ir al colegio contra la interpretación delirante de un texto escrito hace siglos. Jóvenes raptadas y “convertidas”. Adúlteros lapidados. Homosexuales perseguidos y ejecutados por contravenir supuestamente un mandato divino… Todo en nombre de una concepción de Dios y del mundo que se adopta con un grado terriblemente anacrónico de fanatismo y de intolerancia. En el siglo de internet y de la robótica. Como si no hubiéramos avanzado un palmo.

Aquellas guerras medievales de religión, cruzadas e inquisiciones incluidas, encubrían las más de las veces otras competencias de naturaleza bastante mundana, como el reparto del poder y de las riquezas. Quienes manejaban los conflictos se aprovechaban del general analfabetismo que favorecía la incultura, la superstición y el gregarismo. Además, muchos de los europeos envueltos en aquellos conflictos irracionales participaban más por obligación hacia sus dueños y señores que por auténtica convicción religiosa. Y todavía aún el fanatismo religioso pesca a muchos sus adeptos entre los ignorantes y los excluidos. Pero hoy el acceso a una cultura mínima es más fácil incluso en los últimos confines del planeta. Y entre los reclutados por los sacerdotes de la muerte aparecen demasiado a menudo personas con un bagaje intelectual y social que debería resultar incompatible con esos gritos de París de “Muerte en nombre de Alá”.

Los bárbaros de París parece que mataban en nombre de una interpretación radical de la religión islámica, pero ni ahora ni a lo largo de la historia cabe atribuir la barbarie en exclusiva a los seguidores de esta confesión. Durante siglos, en Europa se ha matado también y mucho en nombre del Dios de los cristianos. Y durante estos días proliferan los incendios provocados por fanáticos anti-islámicos en mezquitas suecas, francesas o alemanas. Hace pocos años, un militante de extrema derecha, tan loco o tan poco loco como los de París, masacró a 85 jóvenes izquierdistas suecos en Utova (Suecia) “para frenar la colonización islámica”. Muchos alemanes, por cierto, se muestran inquietos por la creciente movilización islamófoba en algunas ciudades de su país.

También es verdad que hay fanáticos que no necesitan motivaciones tan elevadas como un Dios o una religión para liarse a golpes con el prójimo. La ribera de nuestro río Manzanares fue testigo hace bien poco de un asesinato bárbaro en nombre de un fanatismo futbolístico. A mí me gusta un equipo de futbol, y si a ti te gusta otro, te apaleo hasta matarte. La misma barbarie con excusa distinta.

Los asesinos de París han intentado asimismo amedrentar a la sociedad y hacer callar a sus medios de expresión. Tampoco es nuevo. Los integristas y fanáticos no solo afirman su identidad, sino que buscan acallar las demás, por las buenas o por las malas. Las conquistas de la libertad de expresión y la libertad de prensa forman parte de los derechos humanos más elementales y merecen una defensa cerrada frente al fanatismo irracional.

Respétense todas las religiones y a todos los religiosos que se conducen con respeto a las creencias y a los derechos de los demás. Pero combatamos el fanatismo religioso ¿La receta? No es sencillo. Pero primero es preciso no dejarse amilanar en la defensa de los derechos humanos, el derecho a creer y a no creer, el derecho a expresarse en libertad. Segundo, perseguir a los fanáticos delincuentes con razón, con proporción y con la ley en la mano. Y siempre educación, cultura y democracia. Porque educación, cultura y democracia siempre fueron los mayores amigos del progreso en la Humanidad y los peores enemigos de los fanáticos de la sinrazón.

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AHOGADOS EN LA FRONTERA

La contemplación del drama de decenas de seres humanos muriendo por agotamiento o por puro pánico mientras intentan ganar la costa a nado, produce consternación y rabia. Ahora bien, las reacciones que pretenden interpretar esta tragedia en términos de mera dificultad administrativa o de simple problema de seguridad, provocan escalofríos.

Eran 15 personas. No eran animales. Se trataba de 15 personas que pretendían algo tan lógico y legítimo como tener una vida mejor. No eran terroristas ni delincuentes. Llegaban a nado, con las manos desnudas, pidiendo auxilio para salvar sus vidas. No iban armados, ni eran una amenaza para nadie.

Pero se les disparó con pelotas de goma para ahuyentarlos. En lugar de auxiliar a unos semejantes inocentes, que llegaban exhaustos a nuestras playas, en riesgo de morir, se les bombardeó con material antidisturbios. Con toda seguridad, a una ballena desorientada se le hubiera tratado con más humanidad.

Este es el mundo que nos estamos dando y que estamos dejando a nuestros hijos. Un mundo que mueve el dinero sin cortapisas, por encima de fronteras, regulaciones y culturas. Pero un mundo que rechaza al ser humano desgraciado con cuchillas y pelotazos. Los suizos acaban de votar fronteras abiertas para el dinero criminal, pero fronteras cerradas para el pobre y el parado.

Con todo, lo peor ha sido la explicación. Ni un lamento, ni una disculpa. Ni mucho menos una dimisión. “Teníamos un problema y lo hemos solucionado”, se dijo hace un tiempo. “Si queréis les recibimos con un comité de azafatas”, se ha dicho ahora. “Tendríais que preocuparos por los guardias lastimados”, se nos insulta.

Primero ocultaron la verdad de los disparos. Y como la verdad acabó abriéndose paso, la negaron. Mintieron con crueldad. Y después justificaron con desvergüenza. No es la política migratoria, no es el control de las fronteras, no es la seguridad, y no es la consideración hacia la Guardia Civil. Son 15 seres humanos muertos por el comportamiento criminal de quien ordenara dispararles en lugar de auxiliarles.

Se ha dicho con razón que si hubieran sido 15 blancos, ricos y con DNI, ahora estaríamos ante una crisis extraordinaria. Incluso si hubieran sido 10, o 5, o 2, o uno. Con un solo blanco ahuyentado a pelotazos mientras nadaba exhausto hacia una playa, se hubiera montado una buena. Pero eran negros, pobres e indocumentados. Fueron 15, pero hubiera dado igual que fueran 30 o 60.

¿Regulaciones y controles migratorios? Sí, pero con legalidad, con respeto a los derechos humanos. Con humanidad. Mejor aún: con cooperación al desarrollo, para que ningún ser humano, negro o blanco, se vea impelido a tirarse al mar para escapar del hambre y la miseria.

Rectifiquemos. Pronto. Y no por razones de legalidad, que sí. Y no por razones de política o de moral, que también. Rectifiquemos por razones de supervivencia. Porque el día que todos los negros, pobres e indocumentados pierdan la paciencia, no nos salvarán ni todas las concertinas ni todas las pelotas del mundo.

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El avance de las fuerzas políticas ultraderechistas en Europa ha dejado de analizarse en términos anecdóticos. El fascismo suma adeptos y conquista espacios de influencia crecientes.

En Francia, Le Pen supera en expectativas de voto al mismísimo Sarkozy ante las elecciones presidenciales del próximo año. En Italia, el Gobierno de Berlusconi es títere de la xenófoba Liga Norte y promueve en el Senado la derogación de la ley que prohíbe la apología fascista. En Holanda, Bélgica, Suecia y Austria los nazis están instalados firmemente en las instituciones.

Y para completar el panorama, parece que el rival republicano de Obama en Estados Unidos puede ser Mike Huckabee, un ultraconservador creacionista que aplaude la famosa ley fascista de Arizona.

Si crecen los partidos ultras es porque sus ideas calan crecientemente entre la población. Como hace cien años, el caldo de cultivo para el resurgimiento fascista está formado por la crisis económica, el deterioro social, el temor al paro y la culpabilización del diferente. Ahora no se trata tanto de los judíos como de los rumanos, los magrebíes o los subsaharianos. Se manipula el miedo de la gente, se enciende su ira y se apunta al inmigrante. La enfermedad es tan asquerosa como entonces, y se contagia a gran velocidad.

El fascismo nunca desapareció del todo, pero hasta hace bien poco existía un gran consenso social y político para ponerle coto. Ese consenso ha quebrado. Una parte de la derecha contempla hoy el odio al inmigrante como un caladero interesante y legítimo para pescar votos. Y una parte de la izquierda procura mirar hacia otro lado. Se evita combatir las ideas xenófobas por miedo a ir contracorriente y pagarlo en las elecciones.

Cuarenta años de franquismo no han vacunado a España. El fascismo también avanza aquí, aunque aún no haya surgido un partido capaz de aglutinarlo o un líder con suficiente atracción mediática. Pero sus ideas, sus consignas y sus propuestas están prendiendo en muchas de nuestras ciudades.

Por eso cada vez más Ayuntamientos se niegan a empadronar a los inmigrantes. Por eso se multiplican las instituciones que prohíben el uso del burka, aunque no haya burkas en kilómetros a la redonda. Por eso en estas elecciones municipales y autonómicas hay muchos candidatos que hacen bandera de la “mano dura” con la inmigración, “que se integren o que se vayan”, “los españoles primero”.

De poco sirve recordar que muchos españoles fuimos también emigrantes en busca de techo, comida y dignidad. Resulta difícil explicar que los inmigrantes vinieron porque les llamamos para ocupar los empleos que nosotros no queríamos. Que hicieron su trabajo, que pagaron sus impuestos, que nos ayudaron a crecer. Que ellos no tienen la culpa de la crisis, porque ellos no dirigían el casino financiero que nos trajo este lío. Ellos solo servían las mesas y limpiaban el suelo por un sueldo módico.
Y que ahora merecen respeto, con iguales deberes y con iguales derechos que todos los demás. Ni más ni menos.

Hay momentos para los cálculos electorales. Y hay momentos para la decencia, vayan los votos donde vayan. Tenemos la obligación moral de parar al fascismo. Antes de que sea tarde. Otra vez.

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Algunas formaciones políticas catalanas parecen competir en estos días por la fórmula más estrambótica con la que llamar la atención de un electorado apático. En lugar de esforzarse por plantear análisis certeros y propuestas razonables, unos y otros protagonizan una deriva irracional que está causando perplejidad y vergüenza en la sociedad catalana. A los habituales argumentarios victimistas y excluyentes del nacionalismo, se unen ahora proclamas abiertamente xenófobas y racistas, en una consonancia preocupante con las corrientes ultraderechistas de Centroeuropa.

Durán, que pasa por ser el líder político nacional con mejor valoración demoscópica, ha alertado sobre los males anejos a la alta tasa de fecundidad de las mujeres inmigrantes. A Durán no le gustan los niños catalanes que nacen de madres no catalanas. No cabe mayor argumento racista que este. Yo nací en Alemania de madre extranjera, y nunca olvidaré los discursos semejantes al de Durán que oía de niño en boca de los herederos del nazismo. Eran los mismos que colocaban letreros con la leyenda “Verbotene Eintragung für Türken und Spaniern” (“Prohibida la entrada a turcos y españoles”) que los niños morenitos leíamos en las puertas de algunos establecimientos alemanes y que nuestros padres españoles no alcanzaban a explicarnos. Nunca pensé que volvería a escuchar mensajes equiparables en mi propio país.

El inefable Puigcercós tardó poco en sumarse a la fiesta con la profundidad de análisis que suele caracterizarle. El dirigente independentista solo sabe afirmar su catalanidad insultando a los no catalanes, y en el difícil esfuerzo de lograr un nuevo titular entre tanta extravagancia ya no tilda a andaluces y extremeños tan solo de indolentes, vagos y aprovechados. Ahora también son defraudadores y delincuentes fiscales. Pero hay más. Ante la lógica indignación de los aludidos, ofreció una nueva vuelta de tuerca al delirio: al parecer estamos ante un “pacto de hierro” entre sevillanos, madrileños y vitorianos para fastidiar a los catalanes. Y todavía se preguntará por qué nadie les toma en serio y por qué su partido se desploma en las encuestas.

El presidenciable Mas no ha querido perder tampoco la estela del ejercicio constante de histrionismo en que se ha convertido la campaña catalana, esgrimiendo el cansino discurso de “la Cataluña ordeñada”, proponiendo “independencia cultural” para los catalanes (como si la cultura no fuera hoy sinónimo de globalidad), y exigiendo un concierto económico en su comunidad equiparable al vasco. La consecuencia directa del cumplimiento de tal propuesta, y su lógica extensión inmediata a las comunidades andaluza, valenciana y madrileña, de entrada, sería la frustración de los principios constitucionales de solidaridad entre las regiones de España y de igualdad entre sus ciudadanos, amén de la inviabilidad inexorable del Estado. ¿Es esto lo que buscan en realidad?

Alicia “Croft” Camacho destila la sutileza propia de la derecha de siempre. Si el mensaje a trasladar es el de “caña a los inmigrantes”, para qué andarse con eufemismos. En consecuencia, el PP catalán ha ideado un video-juego en el que triunfa el jugador que más inmigrantes irregulares “caza”. Lo más dramático es que el formato está ideado especialmente para los más jóvenes. ¿Y es este el bagaje de valores que queremos incorporar a nuestros jóvenes? ¿Así queremos construir una sociedad necesariamente diversa? ¿Invitando a los jóvenes a cazar al extranjero o al diferente?

En esta ensalada de despropósitos, aunque salvando las distancias, debo añadir la publicación del libro “España, capital París”, cuyo autor es un socialista catalán llamado Germá Bel. Imagino que con la intención de aportar racionalidad al convulso debate electoral catalán, a este insigne profesor, de meritoria labor en otros menesteres y en otras ocasiones, solo se le ha ocurrido el intento de legitimar los excesos victimistas del nacionalismo con una teoría delirante sobre el diseño de las infraestructuras españolas.

Bel ilustra a sus lectores incluso con “pruebas históricas irrefutables” que datan de los planes de los mismísimos Reyes Católicos, para “demostrar” poco menos que cada camino, cada carretera y cada línea de ferrocarril que se ha ejecutado en España durante los últimos quinientos años solo ha tenido como intención aislar y perjudicar a Cataluña y a los catalanes. ¡Todo un libro para esto! Y en todo el libro no ha habido espacio para reflejar la verdad meridiana de que Cataluña es, con Madrid, la comunidad española con mejores infraestructuras de transporte, y que, por ejemplo, Cataluña ha sido desde 2004 la región con más inversión ejecutada del Estado. Pero ¿para qué estropear con la verdad una teoría conspirativa tan extraordinaria?

Entre tanta irracionalidad y tanta llamada a la víscera, es cierto que la campaña de Montilla y el PSC está incorporando al debate electoral en Cataluña el nivel de seriedad, rigor y de propuestas positivas que cabe esperar en un contexto de tantos problemas para sus ciudadanos. Espero y confío en que tengan los frutos

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