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NINGUNA “CULTURA” PREVALECE SOBRE LOS DERECHOS HUMANOS

NINGUNA “CULTURA” PREVALECE SOBRE LOS DERECHOS HUMANOS

Nada hay tan antiguo en la filosofía moral como la dialéctica entre universalistas y relativistas. Siempre ha habido defensores de una moralidad objetivable, universal y de legítima imposición. Y siempre se ha escuchado a quienes esgrimen que, en realidad, cada valor moral resulta válido para un lugar y una circunstancia concreta, pudiendo ser diferente e igualmente legítimo para otro sitio y otro tiempo.

Esta controversia ha reverdecido con ocasión de la victoria de los talibanes en la guerra de Afganistán y la consecuente imposición de sus normas y reglas de convivencia, inspiradas, según ellos mismos, en una interpretación rigurosa del Corán. Los universalistas han denunciado, por ejemplo, el maltrato y discriminación de la mujer y de los homosexuales allí. Los relativistas reclaman respeto por la “cultura autóctona” y rechazan la importación obligatoria de la “cultura occidental”.

Es evidente que no se pueden imponer creencias, convicciones, experiencias, costumbres o formas de vida con carácter general a cualquier sociedad, por interesantes y válidas que resulten a sus creyentes y practicantes. No se debe siquiera demandar que cualquier nación o “cultura” renuncie, sin más, a su identidad y asuma identidades ajenas.

Es censurable, incluso, el discurso de quienes, como hizo recientemente el expresidente Aznar, reclaman “claridad moral a Occidente”, interpretando como tal la implantación universal de los valores religiosos del cristianismo e, incluso, de la ideología neoliberal que sacraliza el mercado y su famosa “mano invisible” en la organización del espacio público.

Ahora bien, existen unos principios morales indeclinablemente vinculados a la integridad y la dignidad del ser humano. Estos principios morales objetivos sí merecen el carácter de universales y sí pueden y deben ser de cumplimiento obligado y exigible en cualquier lugar y circunstancia, sin relativismo alguno. Son los principios expresados en la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Se trata del derecho a la vida, a la libertad, al trato igualitario, a la no discriminación por razón de sexo, raza, orientación sexual, ideología o religión. No hay “cultura”, tradición, costumbre o carácter nacional que legitime o justifique la vulneración de los derechos humanos.

Adela Cortina plantea a este respecto una distinción entre la ética de mínimos y la ética de máximos. La primera asegura una sociedad justa. La segunda busca la felicidad de sus practicantes. La ética de mínimos es de obligado cumplimiento, porque afecta a los derechos propios y ajenos. La ética de máximos es relativa, por cuanto somos diversos en nuestro concepto y nuestro camino hacia el mayor bienestar personal.

Por tanto, no se puede discriminar a la mujer o perseguir al homosexual al amparo de “nuestra cultura”, “nuestra religión” o “nuestra nacionalidad”. Es moralmente ilegítimo y censurable discriminar a las mujeres, aquí y en Afganistán, por igual. Es éticamente ilegítimo y condenable discriminar a los homosexuales, aquí y en Rusia, por igual.

De hecho, la garantía de los derechos humanos en todo el mundo, en cada país, bajo cada religión o ideología, debiera constituir una de las batallas más relevantes y prioritarias para cualquier activista en defensa del progreso político, social y cívico.

La prevalencia de los derechos humanos ha de defenderse allende nuestras fronteras y también en el ámbito doméstico. Porque negar la violencia de género, cuando cada pocos días se mata a una mujer por ser mujer, es una vulneración de los principios éticos más elementales. Como lo es también la mercantilización del cuerpo de las mujeres que llamamos prostitución, al menos a juicio de quien esto escribe.

También se vulneran los derechos humanos cuando se niegan los delitos de odio hacia los homosexuales, o cuando se promueve la censura parental en los colegios a la hora de educar en valores de respeto a la diversidad.  O cuando se señala a los menores inmigrantes como presuntos criminales por razón de su raza o procedencia…

La diversidad de opiniones enriquece el debate social y favorece la convivencia democrática. El relativismo moral absoluto, no. Hay principios morales universales, más allá de cualquier diversidad política, ideológica y cultural. Se llaman derechos humanos, y hay que defenderlos en todo lugar, en todo tiempo y a toda costa.

LA POLÍTICA NO ES UNA CACERÍA

LA POLÍTICA NO ES UNA CACERÍA

Cada vez en mayor medida, la acción política se está convirtiendo en una especie de cacería, en la que los éxitos no se miden en función de los problemas resueltos, sino en función del número de enemigos heridos y abatidos.

A este respecto fue muy significativo el mensaje de Pablo Casado a la dirección de su grupo parlamentario con ocasión de la última remodelación del Gobierno: “Felicidades. Os habéis cargado a siete ministros”.

Como era evidente, los cambios en el ejecutivo no tenían relación alguna con la tarea de oposición del PP, pero en esa felicitación quedaron claros los criterios con los que el jefe de la oposición valora el trabajo de sus diputados.

Quienes así actúan persiguen la destrucción del contrincante antes que la prevalencia de sus propias ideas y propuestas. En consecuencia, desprecian el diálogo y la argumentación como herramientas en favor de la descalificación y el descrédito. Porque no se trata de convencer al de enfrente, sino de vencerle, de tumbarle, de destruirle en suma.

No es una concepción nueva de la tarea política. Carl Schmitt, filósofo alemán y militante nazi, ya teorizó sobre la inexorable dinámica amigo-enemigo durante el terrible siglo XX europeo. En tal marco teórico, la política no busca la persuasión del que piensa diferente, ni el pacto de cesión mutua con el distinto. Persigue su deslegitimación primero, y su eliminación definitiva.

Hay quienes aún hoy se sienten muy cómodos en esta dinámica. Desde luego, requiere menos inteligencia y esfuerzo que la práctica del diálogo, la argumentación y el entendimiento. Además, no tiene costes para con los correligionarios. No hay que persuadirles sobre la necesidad de entender a otros que pueden tener parte de razón, de ceder ante otros en pos del bien común, de pactar con otros en interés de todos…

Ahora bien, la política entendida como cacería no resuelve problemas. Antes al contrario, suele agravarlos. Así no se enriquecen los debates en torno a cómo organizar el espacio público compartido; más bien se empobrecen. Y, desde luego, de este modo no se mejora la convivencia, sino que se enerva y deteriora.

No han pasado aún dos meses desde el nombramiento de Félix Bolaños como ministro de la Presidencia, y tanto PP como Vox ya le han tachado de “totalitario” y “apuñalador”, exigiendo su cese inmediato. Prácticamente no se han molestado en responder a sus argumentos, porque el propósito nunca fue contrastar ideas, sino deslegitimar y destruir al ministro cuanto antes y por cualquier vía.

He sido testigo durante años de las campañas orquestadas contra la vicesecretaria general del PSOE, Adriana Lastra, que a su condición de socialista añade la de mujer, en el punto de mira de los “cazadores”. Rara vez la derecha dedicó esfuerzo a replicar sus discursos, ricos generalmente en ideas sobre la igualdad, las políticas públicas o la memoria democrática. Casi siempre la atacaron con saña aludiendo a circunstancias personales, a su atuendo…

También le ocurre a José Félix Tezanos, el presidente del CIS. Pocas veces se detuvieron a analizar y criticar sus objetos y métodos de investigación científica, porque se trata de uno de los científicos sociales con más experiencia y mejor reputación internacional de nuestro país. Pero eso sí, le persiguen con falsas querellas, peticiones injustificadas de dimisión, e innumerables descalificaciones personales, incluidas mentiras tan flagrantes y repetidas como la de haber acusado de “tabernarios” a los dirigentes del PP.

Se hace con Marlaska, con Ábalos, y con Pedro Sánchez, por supuesto. Se hizo con Felipe González, con Alfonso Guerra, con Zapatero… Se ha perseguido sin piedad ni recato a Pablo Iglesias, a Irene Montero, a sus familias… Me ha pasado a mí. Y seguramente podrán ponerse algunos ejemplos también de dirigentes de la derecha que han sido objeto de dinámicas semejantes. Bastantes menos, seguro.

Nunca rozaron siquiera la consideración que quienes conocemos a Adriana, a Félix o a José Félix sentimos por ellos, pero sí hacen daño al buen funcionamiento de nuestras instituciones, a la noble tarea de la política, a la convivencia misma.

A veces ocurre que algunos responsables políticos nos encontramos con adversarios de otras formaciones en la calle, en espacios públicos o fuera del entorno institucional. Y, como es lógico, nos saludamos con educación, incluso con cordialidad y afecto, preguntando por circunstancias personales, por la salud, por la familia… Y si lo hacemos en presencia de personas ajenas a este ámbito de la trifulca política, suelen mirarnos con estupor, incapaces de entender que haya algún resquicio para la relación normal entre personas que comparten este oficio…

La política, la política democrática sobre todo, consiste en encontrarse y entenderse entre distintos para mejorar la vida de todos. Quienes la entienden y la practican como la caza del enemigo, se envilecen ellos y nos empobrecen un poco a todos. Ojalá cada vez más seamos conscientes de ello.

SCHOLZ Y LA REVOLUCIÓN DEL RESPETO

SCHOLZ Y LA REVOLUCIÓN DEL RESPETO

La socialdemocracia alemana ha sido tradicionalmente fuente de inspiración para el conjunto de los socialistas europeos. Y en estos tiempos de transformaciones líquidas, de significantes sin significados y de tartufismo político sin medida, el candidato del SPD a la cancillería se ha atrevido a centrar su campaña en una idea revolucionaria: el respeto.

Se trata de una idea simple, clara y directa. Por tanto, muy eficaz. El respeto cuenta con una acepción doble: respeto como consideración y respeto como cuidado. La consideración nos lleva al entendimiento. Y el cuidado conduce a la cohesión. Esa es la sociedad que propone Scholz, la sociedad del respeto, el entendimiento y la cohesión.

La iniciativa debe valorarse en el contexto del debate político vigente, basado sobre todo en las identidades férreas, en las divisiones insuperables, en las confrontaciones permanentes… En los discursos políticos de hoy, la diatriba certera vende más que la llamada al diálogo; el “mantenella y no enmendalla” puede al esfuerzo de cesión mutua; y la apelación al miedo o al odio supera generalmente a cualquier querencia por el bien común.

Hacer política desde el respeto consiste en explicar las decisiones y argumentar las discrepancias. El respeto exige buscar soluciones a los problemas en lugar de incidir en los problemas para evitar las soluciones. Por tanto, alude al esfuerzo para el entendimiento en vez de la búsqueda constante del rendimiento que proporciona el conflicto.

El respeto en política es fomentar la participación, ejercer la transparencia y rendir cuentas. Es lo que el Gobierno de España procura, por ejemplo, en los informes semestrales de “Cumplimos” que presenta el Presidente en las ruedas de prensa de navidad y verano. Es lo que significa la Mesa de diálogo abierta con la Generalidad catalana. Es lo que supone la Comisión Parlamentaria sobre el precio de la luz que se constituirá próximamente en el Congreso.

La política respetuosa es la que no ofende la inteligencia de la ciudadanía proponiendo acabar con los impuestos que dependen de la administración que yo dirijo para, simultáneamente, reclamar recursos a las administraciones que dependen de los demás, para que sean ellas las que tengan que elevar sus propios impuestos.

La política del respeto impediría, por ejemplo también, facilitar la renovación de las instituciones democráticas cuando las mayorías democráticas me favorecen, pero bloquear esa renovación imprescindible cuando las mayorías ya no me vienen bien.

Pero la campaña de Scholz no limita la idea del respeto a las formas, sino que la aplica también a los contenidos programáticos de su oferta política. También lo hacemos aquí, aunque hasta ahora no lo hayamos expresado con este concepto tan revolucionario.

Trabajar por una recuperación económica que llegue a todos y a todas, de manera justa, es trabajar por una sociedad respetuosa y cohesionada. Ese es el sentido de la financiación de los ERTES que salvan empleos, de la subida de las pensiones por ley, de la instauración del Ingreso Mínimo Vital, de la elevación del salario mínimo…

Una política centrada en el respeto es la que procura la modernización de la economía y de la sociedad, evitando las brechas nuevas y las de siempre. Se trata de afrontar las grandes transiciones pendientes, como la ecológica y la digital, combatiendo a la vez las brechas tradicionales entre privilegiados y excluidos, entre hombres y mujeres, entre mayores y jóvenes. Y estando muy atentos, además, a las nuevas brechas entre urbanitas y rurales, entre digitales y analógicos…

Defender lo público como garantía de dignidad frente al “sálvese quien pueda”. Confiar en la ciencia en lugar de los bulos. Ofrecer a los jóvenes políticas públicas de vivienda, y cuidados a los mayores, e igualdad y libertad a las mujeres… Todo esto es respeto.

La idea se está formulando desde la socialdemocracia alemana. Pero los socialistas españoles llevamos mucho tiempo aplicándola. Y vamos a seguir haciéndolo.

ESPAÑA NECESITA CONFIANZA

ESPAÑA NECESITA CONFIANZA

Todo parece indicar que afrontamos la fase final de la mayor crisis sufrida en nuestro país desde la recuperación de la democracia. Los daños ocasionados por la pandemia han sido muy graves, pero la sociedad española ha reaccionado con un grado encomiable de entereza, civismo y solidaridad.

Los retos que encaramos ahora son extraordinarios, en consecuencia. Proteger la salud de los españoles, recuperar la economía y los empleos, afrontar las transiciones pendientes en lo ambiental y lo digital, garantizar que nadie queda esta vez atrás, combatir las amenazas sistémicas del machismo, del odio, de la polarización social…

Retos extraordinarios para los que necesitamos de herramientas muy especiales. Hace falta un marco institucional adecuado y leyes habilitantes, desde luego. Los recursos son imprescindibles, claro: recursos económicos suficientes y recursos humanos con la formación adecuada.

Leyes, dinero, equipos… Todo esto es fundamental. Pero hay una condición más para hacer frente a todos estos desafíos con posibilidades de éxito. Se trata de una condición menos material o crematística, pero tan importante o incluso más, si cabe. La confianza.

La sociedad española ha de confiar en sus capacidades para resolver problemas y para encontrar soluciones. En primer lugar, porque puede hacerlo. Estamos preparados. Contamos con las instituciones, los recursos, la voluntad y los valores que requieren los retos mencionados. En segundo lugar, porque es preciso.

Confianza necesitan los inversores nacionales e internacionales para apostar por nuestro país. Es lo que precisan los empresarios grandes y pequeños ante las oportunidades que se les presentan. Es lo que habilita a los consumidores para decidirse a dar destino a sus ahorros. Porque con estas confianzas se dinamiza la economía y se crean puestos de trabajo.

Pero confianza es también lo que requieren las familias para adoptar decisiones, lo que buscan los jóvenes para atreverse a volar solos, y a lo que aspiran instituciones y entidades de la sociedad civil para dar pasos hacia adelante en términos de derechos, de bienestar…

La confianza ayuda a conquistar el futuro. La confianza lleva a la esperanza. La desconfianza, por el contrario, retiene, ralentiza, paraliza, imposibilita el progreso. La desconfianza lleva a la desesperanza.

Pero ganar confianza no solo es cosa del Gobierno, sino de todos. El Gobierno ha de mostrar voluntad, adoptar las decisiones adecuadas, asegurar las condiciones que la favorecen. Pero conquistar confianza para la sociedad española exige el esfuerzo de Gobierno y oposición, de las fuerzas políticas, de las administraciones autonómicas y locales, de los actores sociales…

¿Significa esto que los actores políticos y sociales han de renunciar al control y la crítica? Desde luego que no. Antes al contrario. Ganar confianza requiere exigir diálogo permanente, perseguir el entendimiento entre diferentes, extremar el control eficiente, asegurar la crítica leal y constructiva.

El control eficiente y la crítica constructiva son perfectamente compatibles con la voluntad de afianzar la confianza en la sociedad y en sus instituciones. Es más, son mutuamente imprescindibles.

Lo que no cabe en un país que necesita confiar en su presente y su futuro es la deslealtad hacia el interés general. Lo que es preciso erradicar es la estrategia de oposición basada en la “tierra quemada”, en el propósito de que al país le vaya mal para desencadenar el desgaste del Gobierno. Lo que no es admisible es el boicot al bien común para obtener ventaja política o electoral.

Los retos que tenemos por delante son demasiado importantes para afrontarlos con mirada estrecha e interés egoísta.

Finalizar el proceso de vacunación. Consolidar la recuperación económica. Aprovechar los recursos europeos para modernizar nuestro aparato productivo. Ganar justicia y eficiencia en las políticas públicas. Subirnos a la locomotora de las grandes transformaciones en marcha, la ecológica, la digital, la igualdad entre mujeres y hombres. Actualizar nuestro modelo territorial en clave federal y solidaria…

Ganar confianza es ganar futuro. Y solo depende de nosotros. ¿Es mucho pedir? No creo.

¿Y SI INTENTAMOS ENTENDERNOS?

¿Y SI INTENTAMOS ENTENDERNOS?

El nivel de desencuentro y confrontación que se está alcanzando en la política española no tiene parangón en nuestra historia reciente ni en el contexto europeo más cercano.

Y más allá de los problemas que tal clima provoca en el funcionamiento de las instituciones democráticas, el mayor riesgo consiste en que acabe dando lugar también a un serio deterioro de la convivencia misma.

Durante estos cuarenta años de democracia constitucional se han dado controversias y enfrentamientos políticos, a veces muy duros, a propósito del modelo educativo, de la fiscalidad, de la lucha contra la corrupción, de la ampliación de derechos civiles…

El escenario es significativamente distinto en la actualidad. Porque los desencuentros ahora se producen en los cimientos mismos de nuestro sistema democrático.

Ante la mayor crisis de nuestras vidas, en plena lucha contra un enemigo inesperado y brutal, como lo está siendo la COVID-19, no ha habido forma de mantener un mínimo frente común, aunque solo fuera para salvar vidas.

La política exterior, que siempre fue materia generalmente ajena al partidismo, es hoy campo de batalla, hasta el punto de que se cuestionan los merecimientos de nuestro país para recibir las ayudas europeas, y se niega apoyo al Gobierno ante una agresión extranjera sobre nuestras fronteras.

A la par que se lanzan terribles reprochatorios sobre supuestos incumplimientos de la letra de la Constitución por parte del Gobierno y sus apoyos, se niega la negociación siquiera para cumplir el mandato constitucional de renovar sus instituciones básicas.

La deriva radicalizante alcanza al revisionismo histórico. Delante del jefe de la oposición se justifica el golpe de 1936 contra la democracia constitucional, con la complacencia como única respuesta.

Se ha llegado a decir que en España no se vota libremente, poniendo en cuestión lo más sagrado en democracia, la legitimidad misma de la representación política.

En este contexto, además, se van normalizando algunos valores que en absoluto merecen ser normalizados. La ultraderecha fomenta impunemente el odio contra los menores extranjeros. También niega la violencia de género ante la terrible secuencia mortal de cada día. Y se acepta como normal que los ultras sigan la estela del homófobo Orban en nuestros colegios…

Significativa fue, por poner un ejemplo de esta semana, la estrategia evidenciada por la oposición durante el último pleno parlamentario del curso. El objetivo no era aprobar o rechazar las normas propuestas en función de su contenido, su orientación ideológica o el respaldo social que hubieran merecido.

La impresión que recibimos muchos de los presentes es que se buscaba hacer daño al Gobierno, tumbando alguno de los decretos a convalidar, independientemente de sus consecuencias para los españoles afectados. De hecho votaron en contra del decreto que combate la temporalidad en el empleo público, que la propia oposición dice querer combatir.

La confrontación ha llegado a tal extremo, en cuanto a su gravedad y alcance, que algunos historiadores consideran que hoy no hubiera sido posible acordar la Constitución que garantiza nuestra convivencia en paz y libertad desde el año 1978.

Este nivel de desencuentro entre quienes representan a la sociedad española, con mandato de priorizar el interés general, resulta negativo en cualquier circunstancia. Pero lo es especialmente en el presente contexto de grave crisis sanitaria, económica y social.

Atravesamos una crisis sin precedentes que, a la vez, se nos presenta como una oportunidad histórica para situar a nuestro país en la senda del desarrollo próspero y justo. Los recursos que se van a movilizar para modernizar nuestra economía y acometer las grandes transformaciones de nuestro tiempo, la ecológica, la digital, la igualdad de género, proporcionan una ocasión única y esperanzadora a los españoles.

El entendimiento entre las fuerzas políticas aportaría confianza, seguridad y garantías de éxito a este esfuerzo para conquistar el mejor futuro.

El Gobierno nació con voluntad inequívoca de diálogo. De hecho, solo el diálogo y el pacto posibilitaron aquella investidura ajustada. Esa vocación por el encuentro y el acuerdo se ha mantenido en todo este tiempo. Por eso se han aprobado cerca de cuarenta leyes y cincuenta decretos, muy importantes algunas de ellas.

El Gobierno renovado hace escasas fechas se presenta con más vocación aún, si cabe, para la búsqueda del entendimiento a fin de afrontar retos colectivos. Ese es el objetivo de la ronda de contactos emprendida por Félix Bolaños, ministro de Presidencia.

La primera reacción ha sido cordial, al menos. Ojalá esta buena disposición inicial se transforme en voluntad sincera de colaboración al inicio del próximo curso parlamentario. Habrá muchas oportunidades. En los presupuestos para 2022, por ejemplo.

Sería interesante. Para el Gobierno, desde luego. Para el país, sin duda alguna.

LA DERECHA PONE EN RIESGO 450 MIL VIDAS

LA DERECHA PONE EN RIESGO 450 MIL VIDAS

Porque fueron 450 mil las vidas que salvó el Estado de Alarma durante las fases más cruentas de la pandemia.

Y porque serán 450 mil las vidas que se arriesgarán cuando un futuro Gobierno tenga que afrontar con nuevos obstáculos una eventual pandemia futura.

El dato procede de un estudio riguroso del Imperial College de Londres.

Esta es la principal consecuencia del recurso interpuesto por la ultraderecha y aplaudido por el PP. Y se muestran contentos por su proeza, además.

¿Y cuál era el propósito de los recurrentes y sus palmeros? Dar un paso más en la estrategia de deslegitimar al legítimo Gobierno de España.

Es decir, para dañar políticamente al Gobierno de su país, debilitan al Estado en plena lucha contra un enemigo mortal, y ponen en riesgo centenares de miles de vidas de españoles.

Esta es la derecha que tenemos.

En esta ocasión, casi ni disimulan.

Resulta evidente que la iniciativa no estuvo motivada por la oposición de la derecha al establecimiento de aquel primer Estado de Alarma recurrido. La prueba es diáfana: tanto PP como Vox votaron a favor de su prórroga en el Congreso.

La justificación de Casado, “invitando” al Gobierno a pactar “una reforma de la ley de 1986” se puede enmarcar en la línea de declaraciones patéticas con que nos regala últimamente: desde la denuncia de que los ministros se nombran ahora “a dedo”, hasta el cuestionamiento de que en España se vote “libremente”.

Si a ojos del TC, todo un Estado de Alarma amparado en el artículo 116 de la Constitución no ampara el confinamiento, ¿cómo va a hacerlo una simple ley de salud pública? Eso, patético.

La paradoja más escalofriante tiene que ver con la alternativa que se plantea a resultas del recurso de Vox: el Estado de Excepción.

Al grito de “¡Gobierno autoritario!”, “¡Queremos libertad!”, están invitando a futuros gobiernos impelidos a futuros confinamientos para que declaren un Estado que faculta a “la autoridad gubernativa” a “detener a cualquier persona durante 10 días”, a “disponer registros domiciliarios sin orden judicial”, a “intervenir toda clase de comunicaciones”…

Vox y PP facultan, por tanto, a un futuro Gobierno llamado llamado a combatir pandemias a “suspender todo tipo de publicaciones, emisiones de radio y televisión, proyecciones cinematográficas y representaciones teatrales…”, incluso “secuestrar publicaciones”, como periódicos, libros o revistas.

La contradicción no puede ser más ridícula por su parte.

Hemos de agradecer, en todo caso, al líder del PP que evitara cualquier duda respecto a la intencionalidad de este recurso tan celebrado, cuando lo vinculó directamente con su negativa a renovar los órganos constitucionales caducados.

Si ellos no gobiernan el Estado, todo vale para tumbar al Gobierno. Incluso sabotear al Estado, boicotear la Constitución y dar la espalda al interés general.

El Tribunal Constitucional que ha dictado la sentencia en cuestión tiene una vacante desde hace meses. La votación ha sido de 6 a 5. ¿Qué hubiera ocurrido con la vacante cubierta?

No sabemos.

Como tampoco sabemos cuáles hubieran sido las últimas decisiones del Consejo General del Poder Judicial o del Tribunal de Cuentas de haberse cumplido los plazos constitucionales para su renovación.

Pero hay al menos dos cosas que sí sabemos.

Sabemos que a los españoles les asiste el derecho constitucional de contar con órganos constitucional renovados.

Y sabemos que el PP obtiene beneficio político quebrantando la Constitución y vulnerando los derechos de los españoles.

Hoy sabemos más, incluso. Son capaces hasta de poner vidas en peligro.

PLANTEMOS CARA A LOS ODIADORES

PLANTEMOS CARA A LOS ODIADORES

Se veía venir. Según el Portal Estadístico de Criminalidad del Ministerio del Interior, las agresiones relacionadas con los delitos de odio han aumentado un 45% desde el año 2013.

Hace unos días asesinaron a Samuel al grito de “¡Maricón de mierda!”. Y los casos de violencia homófoba se multiplican. Se incrementan también los ataques racistas y xenófobos, especialmente a los menores. Los asesinatos de mujeres por parte de sus parejas machistas sufren una escalada escalofriante.

El último paso ha sido el de poner una diana en el pecho del editor de una revista satírica.

Estamos ante la escalada de los odiadores. Se puede ignorar. Se puede relativizar. Pero el problema va a ir a más, porque los odiadores encuentran inspiración, eco y legitimación en los discursos de un partido con representación e influencia: Vox.

El problema va a ir a más, porque aumenta su sensación de impunidad y se están envalentonando.

No es la primera vez que ocurre. Pasó en la Europa de los años treinta del siglo XX, con el fascismo y el nazismo. Pasó aquí en los años previos al golpe de 1936 y la instauración de la dictadura franquista. Está pasando en otros países.

Nuestra convivencia democrática es un tesoro, pero no es irreversible. Si no se protege y no se defiende, se puede perder. Porque tiene enemigos.

O les plantamos cara o corremos el riesgo de la que la historia se repita.

La estrategia de los odiadores es clásica. Aprovechan el sentimiento de temor e incertidumbre ante los problemas y las amenazas que conlleva una crisis grave, como la que vivimos ahora.

Los odiadores no buscan causas y soluciones. Se limitan a señalar culpables. Falsos culpables.

Los culpables de los problemas son los diferentes a ti, aquellos que por ser distintos despiertan incomprensión, miedo y rechazo. Además, son los más fáciles de señalar.

Los que vienen de fuera. Los que tienen un color distinto de piel. Los que hablan otro idioma. Los que tienen otra orientación sexual. Las que reclaman una relación distinta entre hombres y mujeres. Los que se visten diferente. Los que piensan distinto.

Y, desde luego, los gobernantes que lo permiten y los periodistas cómplices.

Los odiadores encauzan emociones, nunca razones. Para excitar emociones bastan símbolos y consignas. Las razones son más complejas, porque requieren datos, hechos, argumentaciones.

Exigen un poder homogéneo y fuerte. Si tenemos las cosas tan claras, ¿para qué necesitamos tantos partidos, tantos debates, tanto tiempo perdido? Líder y masa, el esquema fascista.

No solucionan problema alguno, claro. Los agravan. Destruyen nuestros derechos y libertades. Y quiebran la convivencia en paz y en libertad. Matan, como ocurrió con Samuel.

Su objetivo último hoy es el mismo de los nazis y fascistas del siglo pasado: la sociedad homogénea en sus valores retrógrados y el poder autoritario. Tienen referentes de antes y de ahora, como Orban o Putin.

En la Alemania de los años veinte, los bien pensantes se reían de aquel señor gritón, bajito y con bigotín. Se llamaba Hitler. En la Italia de ese tiempo, muchos despreciaban el lenguaje zafio y cuartelero de Mussolini.

Aquí, casi nadie supo prever que “Franquito, el cuquito”, como le llamaban en las altas jerarquías políticas, acabara siendo Caudillo de España durante 40 años.

Los líderes fascistas son peligrosos. Y su infantería combina atributos con alto riesgo de incendio para la convivencia. Primero, la ignorancia. La ignorancia es fundamental para asumir acríticamente los bulos y las consignas irracionales.

Después, la intolerancia. El ignorante rechaza lo que no conoce. Y, por último, la violencia. El fascista teme, rechaza y arremete lo que ignora con el arma más básica e instintiva, la violencia.

También era de esperar el ataque a los periodistas, como el sufrido por el editor de El Jueves.

Los odiadores no pueden admitir que haya periodistas que discutan abiertamente sus consignas. Admitir la discrepancia requiere demasiada elaboración mental. El humor satírico exige de cierto grado de inteligencia, incluso. Si no estás con ellos, estás contra ellos. Esto es mucho más fácil de interiorizar.

No cabe minusvalorar o relativizar el peligro que entrañan. Ni mirar hacia otro lado. Que le pregunten a la familia de Samuel. O a los inmigrantes agredidos. O a los huérfanos de las mujeres asesinadas por el machismo que ellos niegan.

Es preciso plantarles cara. Denunciando sus ataques. Contestando sus mentiras. Haciendo uso contundente de las armas del Estado de Derecho, de la policía, de la fiscalía, de la Justicia, de la cárcel.

El delito de odio forma parte del Código Penal. Aplíquese, con todas las garantías precisas, pero con toda la contundencia precisa también.

Vox representa el discurso del odio en España. Pero el PP es cómplice en la medida en que les justifica, les blanquea y pacta con ellos. Ayuso ha llegado a cuestionar las “acusaciones sin motivo, sin pruebas” hacia los asesinos del “chico de Galicia”.

En Francia y Alemania, la derecha conservadora ha trazado un cordón sanitario frente a ultras y odiadores. Aquí, el PP les incorpora al Gobierno de Murcia y pacta con ellos en Madrid y Andalucía. Hay que denunciar esta complicidad cada día.

Decía Mari Twain que la historia no se repite pero rima. Y hay rimas terribles. No las menospreciemos.

MILITANTES, SÍ

MILITANTES, SÍ

En estos días se convoca el 40 Congreso del PSOE y centenares de miles de hombres y mujeres socialistas reafirman el orgullo de formar parte de un proyecto político importante.

Pero un Congreso socialista es algo más, incluso, para esas personas. También es la emoción de pertenecer a una comunidad de valores, y a una gran familia unida en su compromiso de servicio a nuestros semejantes.

Los militantes socialistas somos conscientes de que este sentimiento es tan difícil de explicar como de entender para muchas personas.

¿Cómo describir la emoción que suscita en un socialista los acordes de un himno obrerista escrito hace 140 años? ¿Cómo justificar la omnipresencia en nuestras casas del retrato de un viejo tipógrafo autodidacta?

¿Cómo reseñar la dedicación de miles y miles de hombres y mujeres a sus asambleas, a sus ponencias, a sus enmiendas, a sus debates, sacrificando tiempo y recursos de sus otras familias?

De hecho, la militancia política no solo genera incomprensión en muchas personas. También provoca recelo. ¿Hacer política? ¿Más allá del interés personal? ¿Perder autonomía? ¿Ser cómplices de decisiones ajenas? ¿Participar del juego oscuro y sospechoso del poder? ¿Cuál es la intención oculta?

Para los descreídos, la respuesta acerca de los militantes que ejercen y cobran de un cargo público es evidente y autoexplicativa. Pero, ¿y los demás? ¿Y esos que son la inmensa mayoría? Algo andarán buscando.

Esta ocasión es tan buena como cualquier otra para dar contestación a tales dudas.

Ser militante responde a una motivación doble, racional y emocional.

Hacemos política porque nos queremos concernidos acerca de lo que ocurre a nuestro alrededor, acerca de lo que viven, disfrutan, sufren, necesitan y esperan otros hombres y mujeres.

Hacemos política militante porque, además, nos queremos comprometidos, con unos principios, con unas ideas, con un esfuerzo de cambio, con el progreso colectivo.

Y hacemos política militante en el PSOE porque este es el partido que ha hecho avanzar a la sociedad española durante el último siglo y medio. Es el partido que desde hace más de cien años tira de la historia de España hacia adelante.

También hay motivos de índole puramente sentimental, emotiva.

Emociona recibir el testigo de la generación de socialistas que conquistaron la democracia. Para mejorar esa democracia con nuevas conquistas de derechos. Y pasar luego el testigo a la futura generación de socialistas llamada a seguir progresando.

Como dicen las feministas, porque fueron, somos, y porque somos, serán.

Emociona compartir ideario, tarea, símbolos, con otros miles de socialistas que se emocionan como nosotros.

Y emociona sentir el orgullo de comprobar la firma del PSOE en todas y cada una de las páginas más brillantes de la historia de España.

De las conquistas obreras del finales del siglo XIX a los gobiernos progresistas de la República. De la lucha antifranquista al logro de la Transición Democrática. De la universalización de la sanidad a las pensiones dignas. De las leyes de igualdad a la educación equitativa. Del final del terrorismo al derecho de eutanasia…

Un libro reciente del historiador Gutmaro Gómez, titulado “Hombres sin nombre”, ilustra de manera pormenorizada cómo las direcciones socialistas caían una tras otra, y se reponían una tras otra, durante la represión franquista. Hombres y mujeres anónimas que tributaron sacrificio de exilio, cárcel, tortura y muerte, para mantener en pie este partido, su legado, su misión. Cómo no emocionarse.

Hay quien se extraña, y hasta frunce el ceño, por la insistencia emocionante de los socialistas al conmemorar cada 5 de agosto, sin faltar nunca, el fusilamiento de nuestras Trece Rosas. Asesinadas por ser y sentirse socialistas en el verano de 1939.

Sí, nos emociona, porque su lucha era la lucha de los socialistas de antes, de los de entonces, de los de ahora, de los de mañana y de los de siempre.

Y emociona ver la emoción de ese militante que reconoce el rostro de otro militante, más público quizás, más protagonista, por ser ese su papel en esta organización de iguales, y pide una foto, una firma, un testimonio de ese compromiso emocionante.

Y emociona que te muestren el viejo carnet arrugado que tu abuelo mantuvo escondido durante décadas para proteger a la familia. Escondido pero vivo, oculto pero palpitante.

Y ese veterano que pide como última voluntad la bandera con la pluma, el libro y el yunque sobre su féretro…

Nuestros adversarios se admiran a veces, y se lamentan, por la capacidad de los militantes socialistas para errar y corregir, para tropezar y seguir, para caer y levantarse. Una y otra vez. Sin rendirse, sin parar.

Para ser partido en el triunfo y en el poder, y seguir siendo partido en la derrota y en la oposición. Y seguir teniendo partido en cada sitio y en cada momento.

Donde hay alcalde, el alcalde. Donde no, un concejal. Donde no hay concejal, un maestro, un tendero, una vecina… Donde hay Casa del Pueblo, allí está la sede. Donde no hay Casa del Pueblo, la sede está en la casa de cada socialista. Nos fundaron en el cuarto clandestino de una pequeña fonda de la calle Tetuán. Sabemos adaptarnos.

¿Hay otras maneras de vivir? Sí. Y hay otros valores. Y hay otras maneras de hacer política. Y otras maneras de sentir.

Esta es la nuestra.

Militantes socialistas.

UN PAÍS ENCARRILADO

UN PAÍS ENCARRILADO

La derecha se empeña en dibujar un panorama de inestabilidad e ingobernabilidad que no se corresponde con la realidad del país.

Casado pide elecciones, Abascal amenaza con otra moción de censura, Arrimadas anuncia el apocalipsis ante el Supremo…

La estrategia de desestabilización por parte de la derecha ha sido permanente desde el inicio mismo de la legislatura. Primero a resultas de la coalición. Después con motivo de la gestión de la pandemia. Más tarde a propósito de la agresión marroquí. Ahora por los indultos…

En realidad, el cuestionamiento de la derecha no tiene tanto que ver con la ilegitimidad de la coalición, de la gestión de la pandemia, de nuestra política exterior o de la pertinencia de los indultos. No se cuestionan tanto las políticas del Gobierno de Pedro Sánchez como la legitimidad misma del Gobierno de Pedro Sánchez.

Por eso mantenemos que la derecha de este país tiene un problema con la democracia, porque muestra una incapacidad patológica para reconocer que quien gana las elecciones tiene derecho a gobernar, aunque no sea de derechas.

La sociedad española atraviesa por graves dificultades, no muy distintas de aquellas a las que se enfrentan el resto de las sociedades de nuestro entorno. Se trata de retos importantes, decisivos, complejos, pero el Gobierno de España los ha encarrilado con esperanzas de éxito bien fundadas.

La superación de la pandemia se afronta con un proceso de vacunaciones rápido y solvente. La recuperación de la actividad económica se nutre de un marco regulatorio propicio y de los recursos millonarios pactados en Europa. Y a diferencia de lo que ocurrió con la crisis financiera de 2008, el escudo social del Gobierno protege con eficacia a los sectores sociales más vulnerables.

También se encarrilan razonablemente algunos de los problemas sistémicos de nuestro país. En relación al conflicto catalán, lo que en 2017 eran graves desafíos al marco constitucional ahora son expectativas razonables acerca del fruto de una mesa de diálogo. Y la posición determinante de España en Europa ha quedado demostrada con la negociación de los fondos, la deuda mutualizada y el apoyo comunitario ante la crisis con Marruecos.

A pesar de la pandemia y sus terribles efectos, la agenda de la ampliación de derechos y libertades no ha parado. En estos días entra en vigor la ley de eutanasia que nos sitúa a la cabeza de los países más avanzados del mundo en el reconocimiento de derechos de última generación.

Pero antes se aprobaron los presupuestos más sociales de la historia, la ley de la educación en igualdad, la ley de protección de la infancia, la ley contra el cambio climático, el ingreso mínimo vital…

Y ya están en fase muy avanzada de tramitación la ley del derecho a la vivienda, la nueva ley de la formación profesional, la ley de la libertad sexual de la mujer, la reforma de las pensiones, el nuevo estatuto de los trabajadores, la ley de memoria democrática…

Se puede entender la frustración en las direcciones de las formaciones políticas de la derecha y sus acompañamientos mediáticos. Todos ellos habían previsto un final de curso bien distinto, sobre todo a partir del triunfo de Ayuso en las elecciones del 4 de mayo.

Se las prometían felices con los problemas que se le acumulaban al Gobierno por los rebrotes del virus, la agresión en la frontera ceutí, las primarias socialistas en Andalucía, y la presunta respuesta negativa de la sociedad española a los indultos de los presos separatistas.

Y ahora no acaban de entender qué ocurre. Por qué no se confirman sus previsiones de contestación pública, de gobierno acorralado y de desestabilización institucional. Por qué no acaban ya con este Gobierno al que no reconocen legitimidad.

Pero siempre fallan en lo mismo. No tienen en cuenta la madurez democrática de la ciudadanía de este país.

Hay problemas, claro. Y hay un Gobierno que los tiene bien encarrilados.

Siéntense y disfruten, señorías de la derecha.

HACIA OTRA MASCULINIDAD

HACIA OTRA MASCULINIDAD

La violencia contra las mujeres por el hecho de ser mujeres existe. Lo llamamos violencia de género, y negar su existencia no solo es muestra de ignorancia, sino causa de complicidad en su persistencia.

Negar la violencia de género y cuestionar la lucha feminista, por tanto, pone en riesgo la integridad y la vida de muchas mujeres.

Es lo que hace habitualmente la ultraderecha. Y es lo que hizo Díaz Ayuso cuando manifestó hace unos meses que “los hombres sufren más agresiones que las mujeres”, y cuando en el reciente debate de investidura acusó al feminismo de “enfrentar a las mujeres con los hombres”.

El pasado martes, Eduardo mató a Consuelo en su domicilio de Madrid. Y más allá de las circunstancias concretas, Eduardo no mató a Consuelo con motivaciones equiparables a cualquier otro asesinato de un hombre por un hombre, o de un hombre por una mujer.

Eduardo mató a Consuelo porque en su concepción de cómo ha de funcionar la sociedad y de cómo se han de distribuir funciones en el seno de la pareja, Consuelo debía subordinarse a su voluntad.

La mató porque en su código moral, el predominio del hombre sobre la mujer está bien y la insubordinación de la mujer hacia el hombre está mal.

Eduardo mató a Consuelo porque en su modelo de masculinidad, el varón tiene derecho a controlar y a gobernar a “su” mujer.

Esta concepción sobre el funcionamiento de la sociedad, este código moral y este modelo de masculinidad, no son una excepción, ni tan siquiera un pensamiento minoritario. Se llama patriarcado, predomina en la mentalidad de los hombres y constituye la raíz misma de la violencia contra las mujeres.

Ortega y Gasset distinguía entre convicciones y creencias en el mundo de las ideas. Las convicciones se tienen, mientras que en las creencias se está. Uno tiene la convicción de que mañana lloverá en su barrio, y uno está en la creencia de que mañana habrá un barrio por el que pasear.

Pues bien, la idea del derecho del hombre al control y la dominación sobre la mujer forma parte de las creencias aún muy mayoritarias en nuestra sociedad.

Y como todas las creencias, la del patriarcado cuenta con fundamentos de aparente racionalidad lógica. Una idea no perdura como creencia general desde la arbitrariedad absoluta.

Existe un aparente fundamento “natural”, relacionado con el hecho general de que el hombre posee más fuerza física que la mujer, y que el liderazgo “natural” corresponde al más fuerte. Por su parte, la mujer da la vida y parece predestinada “naturalmente” a los cuidados de la prole.

También funciona el falso fundamento moral. El hombre domina, pero se trata de un dominio justo, porque a cambio provee y protege a la mujer ante peligros y necesidades.

Y se produce asimismo un fundamento de carácter poético, lírico, hasta épico. Nos emocionamos ante el galanteo masculino, que en su afán de conquista desparrama sobre la mujer infinidad de elogios hasta la exageración. A la mujer no se la mezcla con asuntos groseramente masculinos como el poder o el dinero, pero a la mujer se la corteja, se la colma de regalos, se la adora, se le cede el paso y el asiento, se vela por su honor…

El patriarcado es un constructo social que durante milenios ha prefigurado los modelos de masculinidad dominantes. Rige, determina y condiciona la distribución de roles y las relaciones entre hombres y mujeres. Se reproduce de padres a hijos, y también de madres a hijas. Su presencia inunda el cine, la literatura, la publicidad, las redes sociales, de manera más o menos sutil.

La persistencia de un fenómeno como la prostitución en plenas sociedades desarrolladas y democráticas solo puede explicarse a partir de la creencia patriarcal. Los prostíbulos constituyen hoy antros de esclavismo y vulneración flagrante de los derechos humanos, pero su funcionamiento se percibe como un daño colateral, casi inevitable, permisible en todo caso, porque “así son las cosas de la vida”.

Así son las cosas de la vida cuando la creencia aún generalizada subordina y cosifica a la mujer para el dominio y la satisfacción del hombre.

El patriarcado es un constructo social predominante en las creencias de nuestra sociedad, y tiene consecuencias evidentes y graves en la desigualdad entre hombres y mujeres, en la discriminación de ellas en el trabajo, en las agresiones a su libertad sexual, en el asesinato de las mujeres, en la violencia vicaria sobre sus hijos…

La ley es importante. Pero la ley no basta para combatir la creencia patriarcal. Y sin doblegar la creencia patriarcal, la desigualdad, la discriminación y la violencia contra las mujeres persistirán.

Y cada vez será peor, porque cada día se agrava la colisión entre el patriarcado persistente y la voluntad imparable de liberación que nace y crece entre las mujeres de nuestro tiempo.

Ellas no se conforman y muchos de ellos no lo entienden, porque la insubordinación no cabe en sus creencias.

La lucha feminista es clave para superar esta situación, pero toca a los hombres dar un paso adelante.

Solo hay una solución. Afianzar nuevas ideas. Construir nuevas creencias. Hacia un nuevo modelo de masculinidad.

Se acabó. Aquello del hombre dominante y protector sobre la mujer se acabó. Ese modelo de masculinidad ya no encaja con las aspiraciones de una sociedad que aspira a la igualdad, a la libertad y a la justicia para todos sus miembros, independientemente de su género.

El nuevo modelo de masculinidad no nos hará menos hombres. Al contrario. Será más hombre aquel que sepa compartir con las mujeres de igual a igual la relación de pareja, la familia, el trabajo, la sociedad, el poder… La mitad del mundo.

Hombre, compañero, aliado, y no dueño.

Hay que conseguirlo.