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Archive for the ‘Economía y Empleo’ Category

Si el populismo consiste en anteponer los criterios de oportunidad sobre los principios, y en la prevalencia de la búsqueda de titulares sobre la búsqueda de soluciones, Ciudadanos es el partido más populista de España.

Los ejemplos con los que ilustrar esta afirmación son abundantes. El más reciente es el abandono de la Comisión para la Evaluación y la Modernización del Estado Autonómico. Se trata de la comisión parlamentaria encargada de analizar las necesidades de nuestro modelo territorial, con el objeto de promover reformas que contribuyan a mejorar tanto la funcionalidad de nuestro Estado como la propia convivencia en una sociedad con identidades plurales.

Ciudadanos ha abandonado abruptamente esta Comisión con los trabajos apenas iniciados, a pesar de que buena parte de su discurso descansa precisamente en la necesidad de hacer frente a los desafíos del modelo territorial español. La discusión sobre el orden de comparecientes, que han utilizado como coartada, camufla apenas la pretensión oportunista de seguir apareciendo como l’enfant terrible de la política española, sin complicidad alguna con las formaciones más tradicionales.

Este episodio tiene lugar apenas una semana después del espectáculo ofrecido por el partido naranja en el propio Pleno del Congreso, a cuenta del debate sobre la prisión permanente. Uno tras otro, los portavoces de todos los grupos mostraron su asombro e incredulidad ante el viraje de 180 grados que llevó a Ciudadanos desde la firma con el PSOE en 2016 de un compromiso para la “derogación inmediata” hasta la propuesta actual de cadena perpetua y endurecida. Al calor del dramatismo que genera la actualidad, claro está.

Sin salir del Congreso de los Diputados, hemos de tomar nota de otra contradicción flagrante. Cada fin de semana, Rivera y los suyos ofrecen grandes lecciones sobre regeneración y calidad democrática. Algunos lunes, incluso, denuncian las limitaciones de nuestra legislación electoral y reclaman reformas para que la representación del pueblo se parezca más al propio pueblo. Sin embargo, el afán hiper-democrático se agota inexorablemente cada martes, cuando Ciudadanos une sus votos al PP para vetar la tramitación siquiera de todas las proposiciones de ley que firman los partidos de la oposición. No sea que adquieran algo de protagonismo.

El contraste entre el discurso y los hechos del partido naranja en relación a la calidad de nuestra democracia se extiende a otras instituciones. Sin ir más lejos, aquí en Madrid, y durante los tres últimos años, Ciudadanos ha tenido cada día la oportunidad de elegir entre dos tipos de Gobierno: o el Gobierno continuista del PP de Gonzalez y Granados, de Gurtel, Púnica y Lezo, o el Gobierno de Ángel Gabilondo. Pero Rivera no ha tenido duda nunca de a quien arropar cuando se trata de dirimir el poder en el centro político, económico y financiero de España. Calidad democrática aparte, desde luego.

Incluso en Cataluña, epicentro de su movimiento, el partido Ciudadanos mantiene una actitud guiada antes por la maximización permanente de sus intereses electorales que por la solución al enredo fenomenal causado por el desafío secesionista.

La firme voluntad oportunista de Rivera, Arrimadas y compañía se demuestra claramente en la secuencia de sus reivindicaciones y renuncias en torno al poder. Cuando la reivindicación de la presidencia de la Generalidad catalana tan solo equivalía a una toma de postura incómoda para sus rivales constitucionalistas, Ciudadanos reclamó una moción de censura en el Parlamento catalán. Sin embargo, ahora que la candidata de Ciudadanos cuenta con la legitimidad, nada menos, de encabezar el partido más votado en Cataluña, ni tan siquiera acepta que se insinúe la posibilidad de intentar una investidura.

El teatrillo que la derecha naranja interpreta en cada rueda de prensa, buscando el cuerpo a cuerpo con la derecha azul, puede resultar entretenido, incluso convincente para algunos incautos. A la hora de la verdad, por el contrario, cuando se analizan los posicionamientos realmente determinantes para el poder, el poder de verdad, el poder económico, financiero y mediático, el partido de Rivera no se aparta ni un milímetro de lo que se espera de un partido de orden, del orden conservador. Ahí están los presupuestos, y la reforma laboral, y la subida del 0,25% en las pensiones, y la ley Wert…

¿Populismo? En España es de color naranja intenso.

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Las convocatorias se suceden, los actos se llenan, las concentraciones se desbordan… Los pensionistas constituyen un colectivo paciente, pero la paciencia parece haberse agotado para un número creciente de ellos. Hasta hace bien poco mostraban un perfil político conservador y poco movilizado. Sin embargo, las cosas están cambiando.

¿Cuál ha sido el detonante? Probablemente no pueda hablarse de un solo factor. Sin duda ha influido mucho la carta recibida por cada pensionista en la que se informa de la subida de la prestación por debajo del aumento del coste de la vida, un año más. Seguro que ha tenido que ver la coincidencia de esa carta con las noticias sobre las celebraciones del Gobierno por el crecimiento de la riqueza nacional. Y con seguridad han afectado las declaraciones de la inefable presidenta de la comisión del Pacto de Toledo, doña Celia Villalobos, reprochando a muchos pensionistas vivir más años de los debidos a costa de la pensión.

Pero la causa del enfado progresivo de muchos pensionistas tiene más fondo y viene de más lejos. Los pensionistas se están empobreciendo clara y gravemente desde la aplicación de los recortes impuestos por el Gobierno del PP entre los años 2012 y 2013, con la excusa de la crisis. Por virtud de aquellos recortes, los pensionistas españoles son los únicos de Europa que no ven aumentar sus prestaciones conforme se incrementan los precios, porque una ley de 2012 limita esa subida al 0,25%. Además, los pensionistas han asumido en este tiempo nuevos gastos como consecuencia de la retirada de la subvención pública a muchos medicamentos, y por causa del aumento de las facturas que corresponden a suministros básicos, como la electricidad o el gas.

No obstante, las preocupaciones muchos pensionistas no se limitan a su propia condición. En cada ocasión que tienen para transmitir preguntas o inquietudes a aquellos que les representamos en las instituciones, un gran número de pensionistas expresan preocupación por el futuro del propio sistema público de pensiones y por cómo afectará el desequilibrio de sus cuentas a las pensiones de mañana, a las propias y a las de sus hijos y nietos.

La derecha política y económica, la azul y la naranja, se equivoca en algo crucial. Para ellos, el éxito de una sociedad puede medirse en décimas del PIB o en puntos de Ibex. Para la gran mayoría de la sociedad española, sin embargo, los avances y los retrocesos tienen mucho más que ver con las condiciones de equidad y de justicia social, con el ejercicio de los derechos, con la atención a las necesidades básicas. El éxito y la dignidad misma de una sociedad se mide por cómo trata a sus miembros más vulnerables. Por ejemplo, a las personas que han trabajado y han cotizado toda la vida con la esperanza de asegurar una vejez sin grandes privaciones.

En su afán por reducir el gasto público, desequilibrar las cuentas de la Seguridad Social y promocionar el negocio de los fondos privados de pensiones, a la derecha se le ha ido la mano. Han buscado, como siempre, convencer a la mayoría de lo “insostenible” de nuestro sistema público de pensiones, intentando engañar respecto a las causas auténticas de su déficit actual: la reforma laboral del PP que tira salarios y cotizaciones; los regalos del PP a los empresarios en forma de reducciones injustificadas en las cotizaciones sociales; los gastos impropios que se cargan a las cuentas de la Seguridad Social; el vaciado del Fondo de Reserva que llegó a 67.000 millones de euros con el último Gobierno socialista. Es decir, causas imputables a la propia derecha.

Tanto empeño han puesto en mostrar las debilidades del sistema, para cercenarlo, para justificar la reducción del gasto, para legitimar nuevos recortes en las prestaciones, para estimular el negocio de las pensiones privadas, que han logrado generar dudas sobre la viabilidad misma de las pensiones públicas.

Y los pensionistas han tomado conciencia de la amenaza. Y se han enfadado. Y se están movilizando para defender lo que es suyo, y es de todos, y forma parte de nuestro modo de vida.

Hay razones para el enfado y para la movilización. Pero desde la garantía de que el sistema público de pensiones es perfectamente viable y tiene todo el futuro que la propia sociedad quiera darle. Con otras políticas, desde luego. Derogando los recortes del PP. Vinculando la subida de las pensiones con el coste de la vida. Equilibrando las cuentas por la vía de recuperar los salarios, racionalizar los gastos impropios, eliminar las reducciones injustificadas en las cotizaciones y aplicar los impuestos necesarios sobre las rentas, beneficios y patrimonios más privilegiados.

Hay soluciones, y llegarán más rápido si sabemos combinar el trabajo institucional que nos toca a los representantes de la ciudadanía, con la movilización justa y legítima de quienes se saben y se sienten llamados a defender en la calle el patrimonio de todos, nuestro Estado de Bienestar.

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Si las sociedades cambian, y cambian las economías y cambian los procesos productivos, resulta inexorable que cambien también los empleos y las relaciones laborales. Ahora bien, el cambio no implica necesariamente precarización. Y si los modelos vigentes de globalización económica y digitalización de los procesos productivos siguen dando lugar a la devaluación constante en los derechos de los trabajadores, es preciso denunciar y promover reformas.

Cada día se dan a conocer nuevas experiencias en la llamada economía digital que mal utilizan la coartada de la novedad, el glamour del emprendimiento o la supuesta modernidad del anglicismo permanente, para hacer negocio a costa de mal contratar o mal pagar a los trabajadores.

En unas ocasiones se trata de desarrolladoras de aplicaciones informáticas. En otros casos son empresas de alquiler de vehículos con conductor o de reparto de comida a domicilio. Solo tienen en común eso: su supuesta novedad, el uso de aplicaciones tecnológicas, los reclamos comerciales en inglés, y la resistencia -a menudo fraudulenta o directamente ilegal- a reconocer y respetar los derechos de sus trabajadores.

Si en la producción tradicional ya existen dificultades para hacer valer los derechos laborales, como consecuencia del desarme provocado por la reforma laboral del PP, en las supuestamente nuevas formas de producción digital las situaciones de explotación se multiplican. Se abusa de la contratación temporal sin causa real. Se generalizan los contratos a tiempo parcial que camuflan jornadas a tiempo completo. Se trabajan horas que ni se reconocen ni se pagan. Se pagan salarios exiguos. Se promueven los falsos autónomos para evitar el respeto a las jornadas de descanso y el pago de cotizaciones sociales…

Son constantes ya las denuncias de repartidores de comida a domicilio que no están contratados como lo que realmente son: trabajadores por cuenta ajena en una empresa que organiza su labor, que les manda y que se niega a reconocer sus derechos laborales. También son frecuentes las quejas de teleoperadores, comerciales o conductores al servicio de plataformas digitales que ganan mucho dinero, pero que se niegan a compartir esas ganancias con un trato digno a los trabajadores que contribuyen a generarlas.

La incorporación de las nuevas tecnologías digitales a las actividades económicas y, por consiguiente, al empleo, no debe interpretarse como un fenómeno perjudicial o negativo, sino que constituye una gran oportunidad para el desarrollo general. Estas tecnologías pueden contribuir al bienestar general, a mejorar la productividad de la economía, a ganar competitividad para las empresas, a liberar a los trabajadores de actividades penosas, a repartir mejor los tiempos de trabajo, a generar más rentas que pueden distribuirse de forma justa…

Pero, como cualquier fenómeno social, la digitalización de los procesos productivos debe gobernarse y debe regularse para garantizar su compatibilización con el interés general y los derechos de los más vulnerables. ¿Cómo hacerlo? Adaptando los modos de producción, intensificando la educación digital desde edades tempranas, asegurando una formación adecuada y permanente de los trabajadores, y cambiando algunas normas…

Es preciso recuperar la exigencia de causalidad para los contratos temporales. Un contrato temporal solo es legítimo y solo debe ser legal si responde a un puesto de trabajo realmente temporal. Es necesario blindar la regulación del trabajo a tiempo parcial para erradicar la explotación mediante horas trabajadas y no reconocidas. Es urgente establecer la obligación del registro de horas trabajadas en todas las empresas. Es de justicia combatir la brecha salarial y de promoción profesional entre hombres y mujeres. Y es preciso fomentar la conciliación de la vida laboral y la vida familiar, para ellos y para ellas.

Existe una institución crucial para ofrecer garantía de cumplimiento en todos estos buenos objetivos: la inspección de trabajo y Seguridad Social. En España contamos de promedio con la mitad de inspectores que la media de la zona euro. La consecuencia es la indefensión de los trabajadores y el abuso de algunos empresarios. Necesitamos más inspectores, mejor gobierno de la inspección y normas que establezcan infracciones claras y sanciones realmente disuasorias.

En una sociedad desarrollada, modernidad y precariedad no han de ser sinónimos, sino antónimos.

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La dirección y la militancia del Partido Socialdemócrata Alemán (SPD) merecen todo nuestro respeto, adopten la decisión que adopten en relación a la formación de Gobierno en su país. Sin duda, la propuesta de gran coalición formulada por Martin Schulz, y respaldada por la mayoría de su dirigencia, responde a una interpretación bien intencionada del interés general. Y, probablemente, los frutos de ese Gobierno conjunto serían muy estimables a corto plazo, para los alemanes y para el conjunto de los europeos. Sin embargo, no es una buena idea.

La socialdemocracia alemana tiene una historia muy respetable de grandes contribuciones a la consolidación de las ideas progresistas, a la internacionalización de los derechos de los trabajadores, a la construcción efectiva del modelo europeo del bienestar social, y a la propia materialización de la Europa unida. Sus planteamientos y sus decisiones merecen, pues, atención, consideración y respeto por parte de los hermanos socialistas en España.

Ningún socialista español ni europeo puede albergar dudas respecto a las motivaciones que han llevado a Schulz y compañía por el camino de la nueva Grosse Koalition (GroKo). Las ventajas que conlleva el acuerdo son evidentes para la estabilidad política y económica de su país, para la conquista de nuevos derechos sociales y laborales y, desde luego, para la fortaleza del eje franco-alemán en el liderazgo del proceso de integración europea, amenazado por factores tan relevantes como el brexit y el avance de los populismos eurófobos.

No obstante, el daño que puede ocasionar la prolongación de esta alianza anti-natura es muy considerable en términos de calidad de la democracia. Y la legitimidad, el prestigio y el crédito de las instituciones democráticas resultan fundamentales, no solo para el desarrollo social y económico, sino para la propia convivencia incluso. La gran coalición puede ser rentable en la perspectiva inmediata, pero podría resultar demoledora a largo plazo para Alemania y para el conjunto de Europa.

La democracia requiere para su funcionamiento normalizado y creíble de un Gobierno legítimo y de una oposición igualmente legitimada para ejercer de alternativa. La presencia simultánea en el ejecutivo de la derecha de Gobierno y de la izquierda de Gobierno cumple la primera condición, pero niega la segunda. Porque no hay alternativa creíble en la extrema derecha alemana ni en los pequeños grupos parlamentarios que conforman verdes, liberales o radicales. Por ahora, al menos y afortunadamente.

Las diferencias ideológicas deben plasmarse en programas políticos diversos y en opciones alternativas de Gobierno. Tales diferencias pueden dejarse a un lado en contextos extraordinarios de emergencia nacional, pero no pueden desdibujarse de manera permanente. Si las opciones distintas se convierten en opciones indistinguibles e intercambiables, el juego democrático pierde su carácter competitivo y la ciudadanía se aleja.

Los consensos en política son positivos y deben fomentarse, especialmente en relación a las propias reglas del juego democrático, al funcionamiento de las instituciones y los grandes asuntos de Estado, como la política exterior o la lucha contra el enemigo terrorista. Pero más allá de los consensos básicos, la controversia entre partidos distintos con ideas distintas no solo no es negativa sino que resulta enriquecedora y democráticamente saludable.

Si no se produce competencia entre los partidos del sistema, la competencia ideológica y política se dará a los ojos de la ciudadanía entre los partidarios del sistema y su única alternativa: los movimientos anti-sistema. Se está otorgando de esta manera el título de alternativa auténtica y efectiva a la extrema derecha, eurófoba y populista. El desgaste propio de toda acción de Gobierno alimentará ahora necesariamente a la alternativa de la extrema derecha alemana, con los riesgos inherentes al efecto contagio para el resto de Europa.

Es cierto que Merkel tenía difícil sumar otras opciones de apoyo mayoritario para un nuevo Gobierno en el Parlamento alemán, pero hay alternativas a la reedición de la GroKo. ¿Por qué no atreverse a formar un Gobierno minoritario con apoyos externos alternativos? Un Gobierno CDU-CSU podría obtener respaldo externo estable del SPD en todos aquellos asuntos en los que estuviera en juego la estabilidad institucional, la fortaleza del desarrollo económico y la integración europea. Para otros objetivos relacionados con el modelo económico y social, Merkel podía buscar apoyos en liberales o verdes, por ejemplo.

Este escenario quizás resultara más incómodo y trabajoso para la Canciller, pero así es como se gobierna en buena parte de Europa. En España, sin ir más lejos. Es cierto que aquí la cosa no funciona bien, pero la causa no está en la falta de una mayoría absoluta en el Parlamento -una auténtica rareza en la Europa democrática, por otra parte-, sino en la ausencia de ideas, en la falta de liderazgo y en la nula capacidad para el diálogo y el acuerdo que muestran Rajoy y los suyos. En otros lares, las minorías mayoritarias gobiernan con eficacia razonable. Aquí lo hizo Zapatero.

En definitiva, todo el respeto para la socialdemocracia alemana y la difícil decisión que tiene por delante, pero no podemos dejar de advertir sobre los graves riesgos en que incurrirá si antepone el sentido de la responsabilidad más inmediata a la previsión inteligente para su futuro… y el nuestro.

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Trabajadores de Opel España salen de la factoría de Figueruelas (Zaragoza).

La sociedad española no puede dejar a millones de semejantes en la cuneta de la marginalidad social

En pocos días, el Congreso de los Diputados constituirá formalmente la ponencia encargada de redactar la Ley que ha de establecer un Ingreso Mínimo para parados sin recursos en nuestro país. Como era de esperar, en su contra se han alzado voces que llaman a la “responsabilidad” del legislador, porque “algo así no nos lo podemos permitir”.

Los argumentos también han sido previsibles: que si “cuesta demasiado”, que si se trata de un estímulo a la “vagancia”, que si supone un “efecto llamada” a la inmigración económica… Para la mayoría de la sociedad española, sin embargo, lo que “no nos podemos permitir” es la realidad de un 28% de españoles sufriendo riesgo de pobreza y exclusión social, como señala Eurostat, en un país, además, cuyo Gobierno presume cada día del crecimiento sostenido del PIB.

Va a costar sobremanera que la tramitación de esta ley concite la debida atención mediática y social, en un contexto casi monopolizado por el bucle de la política catalana o las revelaciones de los arrepentidos en las interminables causas judiciales del PP. No obstante, hay muchas razones para reclamar el foco sobre este asunto. En primer lugar, porque se trata de una iniciativa legislativa popular, llegada al Congreso gracias al esfuerzo y la esperanza de más de 700.000 firmantes.

Segundo, porque sus promotores fueron los sindicatos UGT y CCOO, legítimos representantes de los trabajadores españoles. Y tercero, porque interpela a los poderes públicos para cumplir una obligación moral antes que política: la de luchar efectivamente contra la pobreza y proveer a nuestros semejantes de los medios necesarios para vivir con dignidad.

Quien esto firma tuvo el privilegio de defender en la tribuna del Congreso la toma en consideración de esta propuesta de ley. Y si entonces había razones para admitirla a trámite, hoy, más de un año después, las razones para que entre en vigor son aún más sólidas, tanto en el orden social como en la clave económica e, incluso, en términos puramente democráticos.

Es cierto que la macroeconomía española ha superado la crisis iniciada en 2008. Pero no es menos verdad que el crecimiento del PIB se ha financiado con pobreza laboral y desigualdad social. Las empresas del IBEX multiplican beneficios con porcentajes de dos dígitos, mientras el paro se mantiene por encima de los 3,7 millones de personas, de las que más de la mitad no reciben prestación publica alguna.

De hecho, casi la cuarta parte de los españoles que llevan parados más de dos años no tienen cobertura pública. Son más de 1,5 millones. La cobertura pública a los parados registrados ha pasado del 70% al 58% entre 2011 y 2017. En consecuencia, los hogares españoles con todos sus miembros en paro superan los 1,2 millones y más de uno de cada cinco españoles se sitúa ya por debajo del umbral de la pobreza. Es decir, a medida que arreciaban los costes sociales de la crisis, el Gobierno recortaba el gasto destinado a proteger a sus víctimas.

En términos estructurales, además, todo parece indicar que la economía global y la revolución tecnológica digital se están saldando con un balance de empleo negativo. Todavía son menos los empleos creados que los que se destruyen al calor del avance técnico en los procesos productivos.

Y esto supone un problema grave para unas sociedades que tradicionalmente han vinculado renta con empleo y ayudas públicas con situaciones temporales de desempleo. Si las economías de mercado no son capaces de reducir las tasas de paro, y en tanto no cambiamos el paradigma económico en favor del reparto de los tiempos de trabajo o el fomento de nuevas actividades intensivas en mano de obra, parece razonable generalizar prestaciones de ingresos mínimos como la que nos ocupa.

También hay buenos argumentos de eficacia económica para respaldar esta iniciativa. Está demostrado que las economías que crecen a costa de reducir el poder adquisitivo y la capacidad de ahorro de los trabajadores están condenadas al fracaso a medio plazo. Una prestación pública para hogares sin recursos supone una inyección inmediata al consumo, que se traducirá necesariamente en el aumento de la actividad económica y el empleo. Esta es una línea de pensamiento que ya están asumiendo las autoridades de la Comisión Europea y el FMI a propósito del aumento necesario en los salarios.

Hay una razón democrática también a favor de este tipo de medidas. Porque si una prestación para hogares pobres podría “llamar” negativamente a la pereza o a la inmigración económica ilegal, como aseguran sus detractores, es seguro que la cronificación de las desigualdades y el aumento de la pobreza acabarán “llamando” al auge de los populismos que persiguen derruir el sistema vigente sin asegurar nada mejor.

Está comprobado históricamente que la desigualdad y la pobreza constituyen el auténtico cáncer de la democracia. En consecuencia, aquellos que cuentan afanosamente sus monedas, tal y como hacía el avaro Ebenezer Scrooge en el célebre Cuento de Navidad de Dickens, deberían calcular bien hasta dónde pueden tensar la cuerda de la injusticia social. Porque un día podría romperse…

En la ponencia legal en ciernes podremos discutir y acordar en torno al cuánto, al cuándo y al cómo. Si la ayuda se establece como una nueva prestación no contributiva a cargo de la Seguridad Social, financiada con los presupuestos del Estado, pero gestionada por las Comunidades Autónomas, salvaremos las dificultades competenciales. Si acordamos un calendario de aplicación progresiva, sortearemos también los inconvenientes presupuestarios. Si vinculamos bien la prestación con el marco global de las políticas activas y pasivas de empleo, así como con las rentas autonómicas de inserción, el conjunto podría resultar armonioso y eficaz.

Es mucho dinero, desde luego. Según las fórmulas y los tiempos de aplicación, podríamos hablar de entre 6.000 y 12.000 millones de euros al año. Pero ¿es demasiado? Habría que hacer comparaciones. ¿Comparamos con los más de 60.000 millones del rescate a la banca que nunca se recuperarán? ¿O con los 40.000 millones de dinero negro lavado en la amnistía fiscal de Montoro? ¿O con los 13.000 millones anuales “ahorrados” en prestaciones por desempleo desde 2011? ¿Y cómo de cara resulta la pobreza?

Será difícil, sin duda. Pero tengamos algo claro: lo que realmente no se puede permitir la sociedad española, si aspira a un mínimo de justicia, dignidad y decencia, es dejar a millones de semejantes en la cuneta de la marginalidad social.

Tribuna publicada en EL PAÍS el 6 de febrero de 2018

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La competencia ha sido y es el fundamento de la economía de mercado. Hasta hace algún tiempo, los factores que aportaban competitividad a un producto o un servicio eran, sobre todo, calidad y precio. Sin embargo, la era de la comunicación global está configurando nuevos valores añadidos, cada día más decisivos en la determinación de la conducta del consumidor.

Pongamos un ejemplo ilustrativo. Para su último cumpleaños, mi sobrino de trece años no me pidió como regalo un producto concreto, sino una marca concreta. “Quiero algo de esta marca. Me da igual lo que sea”. La marca en cuestión cuenta con productos tan diferentes como ropa deportiva, zapatillas, mochilas, colonias, material escolar… ¿Qué ofrece la marca, más allá de la calidad o precio en un producto concreto? Ofrece el prestigio, la fama, la imagen, el rol social, el estilo, el estar “in”… que una campaña cuidada (y cara) ha logrado asociar a su logotipo.

No es de extrañar, por tanto, que las empresas impulsoras y beneficiarias de tales marcas globales sea muy celosas en salvaguardar su prestigio. Se trata de optimizar unas estrategias de mercado muy complejas y unas inversiones millonarias, que incluyen diseño, publicidad, patrocinios…

Pero si las estrategias y las tácticas de las empresas vendedoras han evolucionado, puede que también deban hacerlo las estrategias y las tácticas de los consumidores. Y si las empresas ya no se limitan a atraer clientes mediante la calidad y el precio, porque hay posibilidades distintas y más eficaces, puede que los compradores estemos actualizando también algunos de nuestros criterios de elección de alternativas.

Seguiremos atendiendo a la calidad y al precio del producto o servicio en cuestión, desde luego. Muchos incorporarán el factor “fama de marca” para su decisión de compra. Y yo, por ejemplo, cada vez que afronto una adquisición importante, con un gasto de consideración, procuro informarme sobre el comportamiento de las diferentes empresas en relación a cuestiones de interés social. Porque la valoración del prestigio de una marca, para muchos, no ha de limitarse a valorar el acierto de sus campañas de publicidad…

¿Cómo trata cada empresa a sus trabajadores? ¿Ha deslocalizado su producción para explotar trabajadores en países con normativas laborales laxas? ¿Suele aplicar Expedientes de Regulación de Empleo para desprenderse de trabajadores con derechos consolidados y contratar después trabajadores precarios? ¿Cuál es la relación entre los salarios de los directivos y del personal subalterno? ¿Cobran igual mujeres y hombres por igual trabajo?

También cabe indagar en el comportamiento fiscal de las empresas. ¿Pagan sus impuestos donde deben? ¿O practican la ingeniería fiscal para pagar en algún pseudo paraíso fiscal como Irlanda, Gibraltar o Malta? ¿Colaboran en la lucha contra el cambio climático o contaminan sin medida?

Estos criterios pueden formar parte de una estrategia de decisión individual o colectiva. Es decir, yo puedo informarme personalmente sobre algunos de estos datos, o las asociaciones de consumidores pueden trasladar estas informaciones al conjunto de la sociedad. Puedo hacer personalmente mis listados o podemos elaborarlos de forma colectiva, con ayuda, por ejemplo, de los sindicatos…

En definitiva, las empresas afinan cada día más en sus decisiones, y los consumidores también hemos de hacerlo. Porque además de consumidores, somos trabajadores, contribuyentes y ciudadanos con sensibilidad social y ambiental. Y si el prestigio de una marca constituye un factor clave de competitividad para el vendedor, también puede ser un arma interesante para el comprador-consumidor-trabajador-contribuyente-ciudadano.

Si ellos espabilan, espabilemos todos…

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Bastó que Pedro Sánchez apuntara someramente durante un desayuno informativo las claves de la apuesta socialista por garantizar pensiones dignas, para que se desataran las críticas instantáneas y furibundas desde la derecha, la explícita y la fáctica. Que si demagogia, que si revanchismo, que si seguidismo podemita…

Era lógico y previsible. Por varias razones. Hablar del sistema de pensiones es hablar del modo de vida de nueve millones de españoles y de quienes de ellos dependen. Muchos votos. Hablar de solidez en el sistema público de pensiones supone afectar intereses económicos muy privados y muy relevantes. Y si quien habla es alguien con serias posibilidades de convertirse en el próximo Presidente del Gobierno de España, los nervios se disparan.

Y esto irá a más. Porque el PSOE está empeñado en sumar voluntades para ganar las próximas elecciones, y quiere hacerlo desde una izquierda de gobierno, pero una izquierda valiente. Tan valiente como para ponerse al lado de los pensionistas de hoy y de mañana, a pesar de las diatribas, las campañas orquestadas y las apuestas evidentes de los poderes fácticos por la derecha vieja o nueva, azul o naranja, tradicional o transformista.

¿Por qué? Porque el PSOE es esto, precisamente. Desde hace 140 años, los socialistas han hecho frente a quienes tachaban de demagogia la jornada semanal de 40 horas, las vacaciones pagadas, la sanidad universal, la educación gratuita, las ayudas a la dependencia… y las pensiones dignas. Ese es el papel del partido de la igualdad, del partido constructor del Estado de Bienestar en España, del partido del crecimiento justo, del partido que defiende los derechos de aquellos a los que nunca defendieron ni defenderán esos poderes fácticos.

Porque, ¿cuál es el propósito y la estrategia de la derecha en materia de pensiones? Hablando claro: se trata de crear las condiciones que lleven a reducir el gasto público en prestaciones. ¿Las  razones? A menor gasto público, menos impuestos para los que más deben contribuir. Y a menos atractivo en las pensiones públicas, más negocio para quienes comercializan las pensiones privadas.

¿Cómo lo hacen? Cuando gobiernan los suyos, como ahora, disparan el déficit de la Seguridad Social recortando sus ingresos y esquilmando el Fondo de Reserva: cuotas reducidas por la precariedad salarial, reducciones de cuotas empresariales, cobertura de parados a la baja… Y una vez el déficit se convierte en estructural, avivan el discurso sobre lo “insostenible” de nuestro sistema de pensiones. “Algo habrá que hacer…”. ¿Qué? Recortar las prestaciones, desde luego.

En resumen: la derecha plantea encontrar un sistema de pensiones a la medida de su sistema económico, fiscal y laboral.

El PSOE, por el contrario, plantea buscar un sistema económico, fiscal y laboral a la medida del sistema de pensiones dignas al que no estamos dispuestos a renunciar.

La propuesta de Pedro Sánchez que tanto ha asustado a los poderes fácticos tiene dos objetivos: asegurar prestaciones dignas a los pensionistas y equilibrar las finanzas de la Seguridad Social.

Lo primero se logra derogando la reforma impuesta por el PP en 2013, que ha convertido a España en el único país europeo que no vincula la subida de las pensiones ni con precios ni con salarios. Hay que garantizar el poder adquisitivo de las pensiones haciendo que suban conforme al coste de la vida, acabando con el límite del 0,25% que empobrece día a día a los pensionistas.

El segundo propósito se logra racionalizando gastos y aumentando ingresos. Los gastos a racionalizar son los gastos administrativos que se cargan indebidamente a las cuentas de la Seguridad Social, y los regalos millonarios que se hacen a muchos empresarios en forma de reducciones de cuotas.

Y los ingresos a aumentar han de llegar por varias vías: derogando la reforma laboral que tira a la baja los salarios (y sus cotizaciones); intensificando la labor de la Inspección de Trabajo y Seguridad Social para evitar fraudes; destopando cotizaciones; y con impuestos, sí, porque los impuestos están para cumplir objetivos de interés social, como el de ofrecer un digno descanso a quienes llevan toda la vida trabajando duro.

El planteamiento del PSOE es valiente, pero es riguroso. Los números salen. Los ejemplos de lo que se quiere hacer aquí se pueden encontrar en nuestro entorno europeo. ¿Mucho gasto? Ahora gastamos en pensiones poco más del 11% del PIB, y hay margen hasta el 14 o el 15% de Italia, Francia o Alemania. ¿Impuestos con compromiso finalista? ¿Incluso a la banca? Lo hacen los británicos sin que se hunda la City. Lo hacen los franceses sin que quiebre la República y su grandeur…

La batalla será dura. Pero ¿qué batalla de las que merecen la pena no ha sido dura para el PSOE en sus 140 años de historia?

Que vayan preparando sus adjetivos para las propuestas que quedan, en lo laboral, en la educación, en la sanidad, en el ingreso mínimo… Van a necesitarlos todos.

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