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Archive for the ‘Economía y Empleo’ Category

Bastó que Pedro Sánchez apuntara someramente durante un desayuno informativo las claves de la apuesta socialista por garantizar pensiones dignas, para que se desataran las críticas instantáneas y furibundas desde la derecha, la explícita y la fáctica. Que si demagogia, que si revanchismo, que si seguidismo podemita…

Era lógico y previsible. Por varias razones. Hablar del sistema de pensiones es hablar del modo de vida de nueve millones de españoles y de quienes de ellos dependen. Muchos votos. Hablar de solidez en el sistema público de pensiones supone afectar intereses económicos muy privados y muy relevantes. Y si quien habla es alguien con serias posibilidades de convertirse en el próximo Presidente del Gobierno de España, los nervios se disparan.

Y esto irá a más. Porque el PSOE está empeñado en sumar voluntades para ganar las próximas elecciones, y quiere hacerlo desde una izquierda de gobierno, pero una izquierda valiente. Tan valiente como para ponerse al lado de los pensionistas de hoy y de mañana, a pesar de las diatribas, las campañas orquestadas y las apuestas evidentes de los poderes fácticos por la derecha vieja o nueva, azul o naranja, tradicional o transformista.

¿Por qué? Porque el PSOE es esto, precisamente. Desde hace 140 años, los socialistas han hecho frente a quienes tachaban de demagogia la jornada semanal de 40 horas, las vacaciones pagadas, la sanidad universal, la educación gratuita, las ayudas a la dependencia… y las pensiones dignas. Ese es el papel del partido de la igualdad, del partido constructor del Estado de Bienestar en España, del partido del crecimiento justo, del partido que defiende los derechos de aquellos a los que nunca defendieron ni defenderán esos poderes fácticos.

Porque, ¿cuál es el propósito y la estrategia de la derecha en materia de pensiones? Hablando claro: se trata de crear las condiciones que lleven a reducir el gasto público en prestaciones. ¿Las  razones? A menor gasto público, menos impuestos para los que más deben contribuir. Y a menos atractivo en las pensiones públicas, más negocio para quienes comercializan las pensiones privadas.

¿Cómo lo hacen? Cuando gobiernan los suyos, como ahora, disparan el déficit de la Seguridad Social recortando sus ingresos y esquilmando el Fondo de Reserva: cuotas reducidas por la precariedad salarial, reducciones de cuotas empresariales, cobertura de parados a la baja… Y una vez el déficit se convierte en estructural, avivan el discurso sobre lo “insostenible” de nuestro sistema de pensiones. “Algo habrá que hacer…”. ¿Qué? Recortar las prestaciones, desde luego.

En resumen: la derecha plantea encontrar un sistema de pensiones a la medida de su sistema económico, fiscal y laboral.

El PSOE, por el contrario, plantea buscar un sistema económico, fiscal y laboral a la medida del sistema de pensiones dignas al que no estamos dispuestos a renunciar.

La propuesta de Pedro Sánchez que tanto ha asustado a los poderes fácticos tiene dos objetivos: asegurar prestaciones dignas a los pensionistas y equilibrar las finanzas de la Seguridad Social.

Lo primero se logra derogando la reforma impuesta por el PP en 2013, que ha convertido a España en el único país europeo que no vincula la subida de las pensiones ni con precios ni con salarios. Hay que garantizar el poder adquisitivo de las pensiones haciendo que suban conforme al coste de la vida, acabando con el límite del 0,25% que empobrece día a día a los pensionistas.

El segundo propósito se logra racionalizando gastos y aumentando ingresos. Los gastos a racionalizar son los gastos administrativos que se cargan indebidamente a las cuentas de la Seguridad Social, y los regalos millonarios que se hacen a muchos empresarios en forma de reducciones de cuotas.

Y los ingresos a aumentar han de llegar por varias vías: derogando la reforma laboral que tira a la baja los salarios (y sus cotizaciones); intensificando la labor de la Inspección de Trabajo y Seguridad Social para evitar fraudes; destopando cotizaciones; y con impuestos, sí, porque los impuestos están para cumplir objetivos de interés social, como el de ofrecer un digno descanso a quienes llevan toda la vida trabajando duro.

El planteamiento del PSOE es valiente, pero es riguroso. Los números salen. Los ejemplos de lo que se quiere hacer aquí se pueden encontrar en nuestro entorno europeo. ¿Mucho gasto? Ahora gastamos en pensiones poco más del 11% del PIB, y hay margen hasta el 14 o el 15% de Italia, Francia o Alemania. ¿Impuestos con compromiso finalista? ¿Incluso a la banca? Lo hacen los británicos sin que se hunda la City. Lo hacen los franceses sin que quiebre la República y su grandeur…

La batalla será dura. Pero ¿qué batalla de las que merecen la pena no ha sido dura para el PSOE en sus 140 años de historia?

Que vayan preparando sus adjetivos para las propuestas que quedan, en lo laboral, en la educación, en la sanidad, en el ingreso mínimo… Van a necesitarlos todos.

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Los resultados de las elecciones autonómicas en Cataluña devuelven el contencioso ocasionado por el desafío separatista al escenario previo al 6 de septiembre, cuando las fuerzas independentistas ejecutaron su golpe a la legalidad y a la convivencia democrática. Aquella ruptura unilateral generó un colapso social, económico e institucional cuyas consecuencias tardarán mucho tiempo en superarse. Las urnas legítimas y libres del 21-D ofrecen una nueva oportunidad a la conjunción PDCat-ERC-CUP para perseguir una nueva relación de Cataluña con el resto de España y de Europa, pero esta vez respetando las reglas del juego de nuestra democracia.

Desde la perspectiva del progresismo español, los resultados electorales en Cataluña son malos, sin apenas matices. El independentismo se vuelve a imponer en escaños sobre las opciones no independentistas; si bien pierde en votos frente al no independentismo, cede la primera plaza y retrocede tanto en diputados como en porcentaje de apoyos respecto a las elecciones de 2015 y, desde luego, respecto a la parodia de votación del 1 de octubre. A la vez, la derecha de Ciudadanos y la antigua Convergencia, coincidentes en el apoyo a la reforma laboral del PP y a sus políticas de recortes, se impone sobre la izquierda; si bien lo hace sobre una estrategia de voto útil en clave de rechazo y apoyo al proceso separatista, respectivamente.

La conclusión es un panorama político e institucional complejo, difícil de gestionar y plagado de riesgos, tanto para la gobernabilidad de Cataluña, como para el reto decisivo de la recuperación económica, en Cataluña y en el resto de España. En consecuencia, se entienden mal las expresiones de alborozo que mostraron algunos en la noche electoral. Ciudadanos es la primera fuerza, pero el independentismo mantiene todas las bazas para gobernar. Puigdemont queda por delante de Junqueras, pero el separatismo que ambos dos representan es derrotado en votos. El PSC avanza, pero poco. Los comunes podemitas pagan su tacticismo con un fuerte retroceso. La CUP se disuelve, porque su radicalidad ya no es nada original en el separatismo. Y el PP se hunde con la sensación de haberle hecho el trabajo sucio a sus rivales más directos.

Hay algo importante por celebrar, sin embargo. Las previsiones de una participación record se confirmaron, y la ciudadanía catalana participó como nunca antes en unas elecciones decisivas para su futuro. Y la jornada se celebró sin apenas incidentes de mención, a pesar de las sombras de duda que intentaron arrojar precisamente aquellos que hace solo unas semanas, el último 1 de octubre, protagonizaron un vodevil sonrojante de votaciones al margen de la ley, sin censo, sin junta electoral, sin resultados verificables y sin garantía democrática alguna.

¿Y ahora? Con toda probabilidad, PDCat-ERC-CUP intentarán hacer valer su exigua mayoría en escaños, que no en votos, para formar Gobierno. Y probablemente lo lograrán, a pesar de las contradicciones internas en ese mundo, que no son menores, en estrategia y en desencuentros personales. Procurarán desarrollar su programa de horizonte separatista pero, eso sí, habrán de hacerlo conforme a la legalidad y sin hurtar sus derechos a la mayoría de ciudadanos catalanes que no votan separatismo. Porque si vuelven a actuar como el 6 de septiembre y los días sucesivos, a la democracia española no le quedará más remedio que defenderse aplicando la Constitución, con toda legitimidad.

Por tanto, el futuro debiera desterrar la unilateralidad separatista de unos, por ilegal, al igual que la cerrazón inmovilista de otros, por contraproducente. Es tiempo de reformas en la organización territorial del Estado, y esas reformas deben acometerse en el marco de la legalidad, pero de manera abierta y valiente. Desde el diálogo, el encuentro y la voluntad de acuerdo. Ahí está la Comisión de Evaluación y Mejora de la Organización Territorial del Estado, propuesta por el PSOE y constituida ya en el Congreso de los Diputados, para albergar los debates. Ojalá funcione.

Dos errores a evitar, por último. Cometerían un error los independentistas incursos en causas judiciales si interpretan los votos como una exoneración de sus responsabilidades ante la ley. Ningún porcentaje de votos faculta a nadie en democracia para saltarse impunemente las normas. Y se equivocarían también los dirigentes de Ciudadanos si intentan cobrarse rápidamente, en cash y en el escenario nacional, el buen resultado obtenido en Cataluña. Aquello ha sido excepcional, porque estaba en juego algo tan relevante y tan previo a la política como la propia convivencia democrática. En España, Ciudadanos ha sido, es y será ante la gran mayoría, tan solo esa media naranja que acompaña dócil y alegremente al PP en sus políticas más injustas de recortes sociales y precariedad laboral.

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El próximo martes 12 de diciembre subiré una vez más al estrado de oradores del Congreso de los Diputados con objeto de reclamar medidas para combatir la desigualdad y la pobreza crecientes en nuestra sociedad. En esta ocasión se trata de exigir el aumento de las pensiones que cobran las viudas más pobres.

Lo haré con la satisfacción del cumplimiento de un deber político y moral. Pero lo haré también consciente de que el rechazo previsible a estas demandas seguirá acrecentando el número de quienes se sienten cada vez más alejados de un sistema que consolida y profundiza las injusticias.

La cuestión es como sigue. Una disposición adicional de la ley de pensiones del año 2011 mandataba al Gobierno para incrementar progresivamente la cuantía de las pensiones de viudedad para mayores de 65 años en riesgo de pobreza. La llegada del PP al Gobierno supuso el aplazamiento de tal medida por razones de equilibrio presupuestario en un contexto de crisis.

Aun siendo discutible la paralización de esta medida en los años duros de recesión económica, lo que resulta absolutamente inaceptable es que las viudas más pobres sigan esperando su aplicación tras varios años de crecimiento económico. Pero así ha sido durante los seis últimos ejercicios. Y el caso es que las viudas más necesitadas cobran hoy casi un 12% menos en sus pensiones de lo que les corresponde según aquella ley de 2011.

Por tanto, la exigencia que planteamos al Gobierno tiene varias razones. La primera es de justicia social, porque los pensionistas en general y las viudas en particular están empobreciéndose gravemente desde que gobierna el PP.

A la inaplicación de la medida mencionada hay que añadir un índice limitado de revalorización anual de pensiones, el 0,25%, que sistemáticamente se queda por debajo de la subida de los precios. Y a esto hay que sumar los copagos farmacéuticos, y la retirada de 400 medicamentos del sistema nacional de salud, y la subida del recibo de la luz un 7%…

La segunda razón tiene que ver con el Estado de Derecho. Si exigimos a la ciudadanía el sometimiento al imperio de la ley, no cabe que el Gobierno se lo salte, por razones espurias además.

Hace escasos días, PP y Ciudadanos respaldaron al Gobierno vetando la tramitación de una propuesta de Ley socialista que obligaba a la Seguridad Social a aplicar inmediatamente la subida de las pensiones de viudedad más bajas. El argumento era el del coste. Al parecer, el coste de 800 millones de euros que podría tener esta medida desequilibraba de una manera insoportable el presupuesto de un Estado que ha rescatado a los bancos con 40.000 millones y que aflorado otros 40.000 millones de dinero negro con una amnistía fiscal vergonzosa.

Y esto me lleva a la razón definitiva para la defensa de la moción del martes 12: la razón de la defensa del sistema democrático. Porque los poderes públicos no pueden adoptar decisiones que sus responsables son incapaces de explicar. ¿Cómo explicar que el Gobierno de una economía que crece a más del 3%, y que rescata autopistas de peaje con miles de millones de recursos públicos, se niega a financiar con 800 millones una subida mínima en las pensiones de las viudas más pobres?

Cuidado con seguir estirando la cuerda de la desigualdad. Un día puede romperse.

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Eran exactamente las 19 horas, 59 minutos y 34 segundos del 20 de noviembre, cuando el Registro General de las Cortes recibió el escrito del Gobierno por el que se vetaba la tramitación de la Proposición de Ley de mejora de la pensión de viudedad. Exactamente 26 segundos antes de expirar el plazo legal.

Esos 26 segundos marcan la diferencia entre dar curso o mandar a la papelera una propuesta de ley presentada por un Grupo de 84 diputados elegidos por la ciudadanía española. Es cierto que el Constituyente otorgó al Gobierno la facultad de evitar la tramitación de iniciativas que desequilibraran la balanza de gastos e ingresos públicos. Y es igual de cierto que este Gobierno hace uso abusivo y fraudulento de tal facultad.

El documento que el Gobierno registró con apenas 26 segundos de margen esgrime un coste presuntamente inasumible y desequilibrante de 858,42 millones de euros para aplicar la medida propuesta. Asegurar, como hace el Gobierno, que un gasto de 858 millones descabalga de manera insuperable un presupuesto de más de 400.000 millones es un insulto a la inteligencia de los españoles. Y frustrar con tal falacia la subida de las pensiones a las viudas con menos recursos constituye una injusticia muy lamentable.

Los demócratas sabemos que la democracia también es aritmética, y sabemos que por muy justa que sea tu idea, si hay más partidarios de rechazarla que de aceptarla, la buena idea no saldrá adelante. Lo que resulta difícilmente asumible desde una cultura democrática es que un Gobierno en minoría logre impedir vez tras vez la tramitación y el debate siquiera de aquellas iniciativas con las que no está de acuerdo.

En el  año escaso que ha transcurrido desde el inicio de esta Legislatura, el Gobierno ha hecho uso del veto a las propuestas de leyes de la oposición en 50 ocasiones, si bien surtió efecto sobre 44 iniciativas. Debe añadirse a esta denuncia, por cierto, la complicidad permanente del grupo parlamentario de Ciudadanos, que martes tras martes, en cada reunión de la Mesa del Congreso, hace paréntesis en su discurso acerca de la regeneración democrática para respaldar los abusos antidemocráticos del Gobierno del PP.

A esta dinámica perversa de los vetos presupuestarios hay que sumar también la táctica dilatoria que PP y Ciudadanos aplican a la limón para ampliar los plazos de presentación de enmiendas en determinadas propuestas de Ley que ya han salvado los demás obstáculos. Algunas de estas dilaciones indebidas superan el año y, además, pueden ir seguidas por las oportunas sesiones de comparecencias y solicitudes de informes varios, que retrasan aún más, e innecesariamente, el trabajo legislativo.

Esto último es lo que está ocurriendo, por ejemplo, con la trascendental iniciativa popular para el establecimiento de una prestación de ingreso mínimo para parados que han agotado las ayudas públicas. Un retraso injustificable.

Finalmente, el fraude se completa con el abuso tradicional que los Gobiernos hacen de su facultad para aprobar Decretos Leyes, y que la doctrina constitucional limita a casos de “extraordinaria y urgente necesidad”. Como es sabido, los Decretos Leyes recortan drásticamente la capacidad de los grupos parlamentarios para influir en la redacción de las normas que entran en vigor.

En poco más de un año, el Gobierno del PP ha llevado al Congreso hasta 25 Decretos Leyes, mientras que tan solo ha tramitado con normalidad y garantías de participación 15 Proyectos de Ley, de los que solo se han terminado de aprobar cinco: los presupuestos generales del Estado y cuatro transposiciones de directivas europeas. Por tanto, cero en iniciativa legal propia bien tramitada.

Estos son tiempos procelosos para la defensa del Estado de Derecho, la legalidad y nuestra Constitución. Y, desde luego, el Gobierno no ofrece precisamente buen ejemplo con tanto veto y tanto decreto injustificado.

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En las elecciones catalanas del próximo 21 de diciembre se adoptarán decisiones que van más allá de la configuración de un Parlamento autonómico. El resultado que ofrezcan las urnas en esta cita determinará buena parte del futuro social, económico e institucional en Cataluña y en el conjunto de España. En consecuencia, resulta previsible una muy alta participación electoral.

El desenlace del procés fallido tiene dos facetas perfectamente distinguibles. Por un lado corresponde actuar a la Justicia, con total independencia. La fiscalía ha observado la comisión de varios delitos muy graves, y en un Estado de Derecho el esclarecimiento judicial de los delitos y la determinación de las responsabilidades pertinentes no se someten a condiciones de oportunidad política. Nadie está al margen o por encima de la ley.

Por otro lado está la faceta puramente política. Y en este sentido, los electores catalanes habrán de escoger qué escenario prefieren para el día 22 de diciembre y los días posteriores. Si optan por considerar esa jornada como un punto y seguido en la escalada independentista que nos ha arrojado al abismo de la quiebra social, la huida de empresas y la excepcionalidad institucional, votarán por algunas de las candidaturas indistinguibles del secesionismo.

Si, por el contrario, la mayoría de los electores entienden que el 21-D es el momento de la revancha, de hacer pagar todos sus desmanes a los independentistas, de dar la vuelta a la tortilla “para que ahora sufran ellos”, puede que la derecha autonomista, PP y Ciudadanos, obtenga un resultado resaltable.

Ahora bien, si de lo que se trata es de reconstruir la convivencia desde el respeto a la legalidad, la mejor opción que tienen los catalanes es la del Partido de los Socialistas de Cataluña. Si la mayoría entiende que lo importante ahora es reconstruir confianzas y afectos para restaurar la institucionalidad catalana, el PSC representa la mejor oportunidad.

Uno de los mayores y más acertados reproches que se le han hecho a Puigdemont, Junqueras y compañía ha sido el de haber dividido a los catalanes, hasta el punto de fracturar la convivencia en el seno de las familias y los entornos de amistad y compañerismo. Para recuperar la posibilidad del reencuentro entre quienes piensan distinto y del diálogo entre los adversarios legítimos, los socialistas catalanes son los más apropiados, por pura vocación.

Dicho de otra manera, si el final de esta triste historia del proceso secesionista ha de pasar por un acuerdo, en el marco de la Constitución y de la ley, reformando si es preciso la Constitución y la ley, lo mejor que le podría pasar a Cataluña el 21 de diciembre es que eligiera a Miquel Iceta como President de la Generalitat.

Es cierto que otros promoverán las torres más altas y las almenas plagadas de arqueros, para defender este y el otro castillo, para enarbolar la bandera más alta. Pero si el futuro pasa por dialogar y acordar la convivencia en común, Iceta y el PSC son la garantía de que habrá puentes en los que encontrarse para dar una oportunidad al diálogo y al acuerdo. Porque la opción socialista en Cataluña no es una opción a la contra de nadie, sino a favor del interés común.

La ciencia política está hablando en estos días, por ejemplo, de la posición del autogobierno catalán y del resto de gobiernos autonómicos españoles en un interesante Índice de Autonomía Regional, con indicadores muy mejorables tanto en lo relativo a la self-rule (autonomía institucional) como en lo relativo a la share-rule (co-determinación de normativas). Profundicemos en lo que es mejor para todos a este respecto. Hay margen, dentro de la legalidad y la garantía de la igualdad de derechos de todos los españoles.

Y no solo cabe hablar de autogobierno en unas elecciones autonómicas. Unos y otros debieran exponer sus programas para hacer frente a los graves problemas que la ciudadanía catalana comparte con el resto de la ciudadanía española, como la precariedad laboral, el aumento de las desigualdades o el deterioro de los servicios públicos que atienden necesidades sociales básicas. Una parte de la izquierda catalana ha renunciado a sus valores de justicia social para abrazar el secesionismo. No es el caso del PSC, cuyo programa social es coherente, justo y moderno.

Las coaliciones previas que están planteando algunos tan solo servirían para prolongar el clima de confrontación identitaria. Solo se sentirían cómodos los más radicales. Dejemos que los catalanes elijan y acierten en libertad. Y tras la desolación de estos últimos años, ojalá el escenario del 22-D invite a reconstruir consensos, bienestar y futuro para todos los catalanes.

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Durante estos días ha visitado España el escritor bosnio Velibor Colic, con motivo de la promoción de su último libro, Manual de Exilio. La evocación de sus terribles experiencias como combatiente huido de la guerra de los Balcanes ha estremecido a muchos, entre los que me encuentro.

Para expresar la aversión al nacionalismo causante de tantos desastres en Europa, Colic suele utilizar la imagen de sus paseos vespertinos entre las ciudades de Estrasburgo (Francia) y Kehl (Alemania). Son apenas diez minutos sobre el Pont du Rhin y su maravilloso paisaje. Y es inevitable el recuerdo de las tres guerras y los millones de muertos ocasionados desde 1870 por la ideología terrible que trazó una frontera de rencores absurdos entre ambas ciudades.

Quien esto escribe nació precisamente en esa pequeña villa del oeste germano y he de coincidir con el pensamiento de aquel desertor del drama balcánico, reconvertido hoy en testigo legítimo y fiel de los peligros que encierra la bestia del nacionalismo exacerbado. Colic distingue entre los políticos que resuelven problemas y los políticos que los crean, y advierte contra el resurgir de los segundos en muchos países de Europa.

Y en esta misma semana, mientras el nacionalismo catalán perseveraba en su afán por socavar la convivencia democrática en Cataluña, hemos sido una mayoría los diputados, catalanes y no catalanes, en protagonizar al menos dos buenos ejemplos de la otra política, la que persigue soluciones para la gente. Porque en esta semana se han aprobado en el Congreso sendas iniciativas para garantizar el registro veraz de la jornada laboral y para recuperar el subsidio destinado a desempleados mayores de 52 años.

Reconozco que ambas conquistas no cuentan con el glamour de esos grandes conceptos de la independencia y la república. Admito también que nuestro logro carece de la épica de esas otras reivindicaciones, como la autodeterminación y el pueblo en pie. Incluso asumiré que no hay comparación posible entre defender una simple proposición de ley y la emoción de cantar els segadors frente a un enemigo cierto, aunque sea ciertamente inventado.

No obstante, espero que muchos entiendan mi satisfacción en el día de hoy por pertenecer a ese colectivo de políticos que aspiran con toda modestia a mejorar la vida de sus representados, sin apelar necesariamente a sus vísceras, sin dibujar fronteras de separación y sin instar a que nadie odie a nadie.

Eso es. Esta semana hemos dado un paso firme contra la explotación de muchos empleados con jornadas de trabajo que no se contabilizan, que no se reconocen, que no se pagan y por las que no se cotiza. Y esta semana hemos sumado muchas voluntades para que los parados más vulnerables, aquellos que han sobrepasado los 50 años de edad y no logran encontrar empleo, cuenten con el respaldo del Estado para asegurarles una vida digna, a ellos y a sus familias.

Hoy no llego a casa con el alma henchida por el flamear de las banderas y el tronar de los himnos. Pero dormiré con la conciencia tranquila por haber contribuido humildemente a que muchos de mis semejantes vivan un poco mejor, vivan donde vivan, hablen la lengua que hablen y sientan la bandera que sientan.

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La recuperación de la economía española se sostiene sobre los pies de barro de la precariedad laboral y la devaluación salarial. Los datos macroeconómicos del crecimiento del PIB, el control del déficit e, incluso, la reducción estadística del paro se convertirán en un mero espejismo de mejoría si no se corrige con rapidez y contundencia el grave problema del empobrecimiento laboral.

Se trata de un problema con una triple dimensión, social, política y económica. La dimensión social es evidente por sus consecuencias negativas en los ingresos de las familias. La dimensión política se deduce del desafecto que el deterioro social genera sobre el propio sistema democrático. Y la dimensión económica tiene que ver con el debilitamiento progresivo de la demanda interna.

Hace tiempo que algunos hemos desistido de participar en las estériles batallas estadísticas. Este Gobierno se ha mostrado capaz de torturar cualquier tabla en beneficio de su discurso económico triunfalista. Por tanto, basta con esgrimir dos argumentos. El primero es objetivo y medible: la caída de la participación de las rentas del trabajo respecto a las rentas del capital. Tres puntos sobre PIB representan 3.000 millones de euros perdidos en salarios desde el inicio de la crisis.

Y el segundo es menos objetivo pero aún más contundente si cabe: la convicción muy mayoritaria, que reflejan todos los estudios de opinión, sobre el retroceso de los salarios más bajos al rebufo de la precarización del mercado laboral. Los tres últimos deciles de la estructura salarial han caído más de un 30% desde el año 2012. Hay siete millones de trabajadores viviendo bajo los umbrales de la pobreza. Otros tantos, sobre todo mujeres con contratos a tiempo parcial, cobran salarios por debajo del sueldo mínimo.

La causa es indudable. La reforma laboral del PP abrió las puertas a un modelo de competitividad basado en la devaluación de salarios y condiciones laborales. La prevalencia de los convenios de empresa sobre los de sector, el desarme de los sindicatos en la negociación colectiva, la facilitación de los descuelgues, el fin de la ultractividad de los convenios… Todos estos instrumentos tenían un fin, abaratar los costes salariales. Y el fin se cumplió.

La caída salarial se suma al aumento de los fenómenos de explotación laboral que el Gobierno consiente y no persigue, como el fraude de las horas que se trabajan y no se pagan, como los falsos autónomos, o lo becarios explotados, o los contratos a tiempo parcial que camuflan jornadas enteras.

Por eso resulta tan indignante escuchar declaraciones de la Ministra de Empleo a favor de “un crecimiento sano de los salarios”. Si los salarios no crecen en este país es por la vigencia de un compendio de normas, dictadas por la propia Ministra y su partido, que tienen como finalidad la propia devaluación salarial. ¿Quieren rectificar? Es fácil. Presenten en el Congreso un decreto de derogación de la reforma de 2012. Lo demás es postureo.

El coste social de los salarios bajos se traduce en un aumento peligroso de la exclusión social y de la pobreza, que afecta ya a más del 20% de la población infantil, por ejemplo. Y es que el drama salarial debe valorarse en el contexto de la caída de las prestaciones por desempleo, que dejan sin ayuda a dos de cada tres parados EPA. Y la pérdida de poder adquisitivo de las pensiones que sostienen a millones de familias. Y los recortes en prestaciones a dependientes, y las becas recortadas, y los copagos sanitarios…

El coste político se comprueba fácilmente entre una juventud cada día más descreída y divorciada del sistema democrático. Que primero optó por desentenderse de la política, que ahora opta por votar a los populismos antisistema, y que mañana puede optar por algo aún peor…

Y el coste económico ha de medirse en un análisis inteligente sobre las fuentes del crecimiento en nuestro país. Hoy los factores exógenos son mayoritariamente decisivos: la política expansiva de las autoridades monetarias europeas; el cambio favorable euro-dólar; el precio barato del petróleo; el tirón ocasional del turismo; un sector exportador en racha…

Pero las economías sólidas han de asentarse sobre algo mejor que un compendio de buenas noticias coyunturales. Ese algo mejor es la demanda interna. Y la demanda interna depende en buena medida de los salarios. ¿Quiénes van a pagar en España por los productos y los servicios de nuestras empresas? ¿Con estos salarios? Muy pocos.

En consecuencia, hay que aconsejar a las organizaciones empresariales que eleven un poco la mirada en su negociación sobre recomendaciones salariales para este año. Elevar los salarios conforme el crecimiento de la economía y de los precios no debiera ser solo empeño sindical. Nos va mucho en ello a todos. A ellos también.

Y hay una agenda legal a desarrollar también en el objetivo de los salarios mejorados.

Hay que establecer el salario mínimo para 2018, tras la subida del 8% arrancada por el PSOE para este año. Deberíamos cumplir cuanto antes el compromiso suscrito en la Carta Social Europea del 60% del salario medio.

Nuestra ley de subcontratas para cumplir el principio de “igual trabajo, igual salario” se votará en septiembre.

A continuación se debatirán propuestas de gran interés para reforzar la negociación colectiva, recuperar la prevalencia del convenio sectorial, reestablecer la ultractividad, luchar contra los fenómenos de explotación laboral…

Ojalá no nos distraigamos demasiado con otros menesteres menos determinantes para la vida real de la gente.

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