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¿DÓNDE ESTÁ LA FIESTA?

La euforia del Presidente del Gobierno ante los datos de la EPA correspondiente al segundo trimestre de 2014 constituye un insulto a la inteligencia de los españoles y una ofensa para los millones de ciudadanos con graves dificultades sociales. A estas alturas de la historia todos sabemos ya que las crisis del sistema económico capitalista son cíclicas. El sistema se infla, se desinfla y se vuelve a inflar cada dos décadas aproximadamente. Así ocurrió en los años 70, así ocurrió en los años 90 y así acaba de ocurrir. Por tanto, el hecho a valorar no es el de la recuperación inexorable, sino el de las condiciones en que se produce tal recuperación.

Las alharacas del Gobierno suponen un ejercicio de autojustificación y autopropaganda absolutamente deleznables tras cerca de tres años de recortes de derechos cívicos fundamentales y de prestaciones básicas para la dignidad de las familias españolas. La recuperación de los números positivos en el PIB, raquíticos aún, tiene más que ver con la evolución económica general que con la gestión gubernativa en España. Sin embargo, la ralentización de ese crecimiento y las condiciones de precariedad extrema con que millones de españoles saldrán de la crisis económica sí es responsabilidad directa de Rajoy y sus ministros.

La Encuesta de Población Activa (EPA) no es más que eso: una encuesta. La significación de sus resultados debe medirse tras atender a la literalidad de la pregunta que se formula a los encuestados: ¿Durante la última semana ha ejercicio usted algún tipo de trabajo, por cuenta propia o ajena, durante una hora al menos, retribuido con dinero, en especie o de cualquier otra manera o, en caso de haber perdido su empleo, tiene usted expectativas de recuperarlo pronto? Tachar de la lista de desempleados a todas las personas que respondan positivamente a esta pregunta no es más que un ejercicio de autoengaño. Cualquier chaval que haya lavado el coche de un vecino por dos euros o un par de cervezas habrá contribuido a la jactancia de Rajoy y su troupe, involuntariamente claro.

Por desgracia, no hay motivos para celebración alguna en nuestro país. La realidad de nuestro paro, de nuestra desigualdad y de nuestra pobreza resulta tan extraordinariamente grave que debería invitar a un plan de emergencia nacional antes que a una fiesta con cánticos y fanfarrias populares.

Según estos datos oficiales tan cuestionables, aún tenemos más de 5,6 millones de desempleados, un 24,5% de la población activa, el porcentaje más alto de la Unión Europea, con picos por encima del 53% entre los más jóvenes. Cerca de 1,9 millones de familias tienen a todos sus integrantes en el paro y 740.000 familias no reciben ningún ingreso, un 2% más que hace un año. La tasa de cobertura social al desempleo ha descendido en dos años del 70% al 57%, es decir, más del 40% de los parados no recibe ayuda oficial alguna. ¿Cómo puede mostrarse eufórico el presidente del Gobierno de un país con estos datos?

La realidad es que la reforma laboral de este Gobierno ha provocado una devaluación de tal envergadura en los salarios y en las condiciones de trabajo, que hoy tenemos muchos trabajadores pobres. Personas que trabajan con contratos temporales, a tiempo parcial, en el subempleo y la economía sumergida, durante diez horas al día, por quinientos euros al mes, y que no consiguen cubrir los gastos más elementales de su familia: vivienda, comida, vestido, luz, gas… ¿Dónde está la fiesta para estas personas?

El libro “En los límites de la pobreza”, de José Félix Tezanos, Hilde Sánchez Morales, Eva Sotomayor y Verónica Díaz, demuestra que los problemas carenciales y los procesos de empobrecimiento en la población española han llegado ya a sectores de las clases medias y trabajadoras que no habían conocido nunca la pobreza. Nuestra tasa de pobreza está cerca de cinco puntos por encima de la zona euro. La evolución de ingresos medios por hogar ha caído en cerca de 3.000 euros anuales desde la crisis. El gasto en protección social sobre PIB se sitúa cinco puntos por debajo de la media de la zona euro. La población española en riesgo de exclusión social ha crecido en cerca de cinco puntos desde 2008. Así es como estamos saliendo de la crisis.

El índice de Gini, que marca los niveles de desigualdad, ha pasado de 0,322 en 2008 a 0,350 en 2012, hemos retrocedido hasta los parámetros de los años ochenta y ya somos el segundo país más desigual de toda Europa tras Letonia. El 20% con más renta multiplica por siete los ingresos del 20% con menos renta, en una proporción que solo multiplicaba por cinco en el año 2007. La tasa de pobreza infantil ha crecido seis puntos en España desde 2005, mientras decrecía en el conjunto de Europa. Y Cáritas atiende hoy a más del doble de personas en situación de emergencia social que al inicio de la crisis (un millón, por cuatrocientas mil). ¿Le cantamos algo al Presidente del Gobierno para amenizarle la fiesta?

La noticia no es el inicio de la fase nueva en el ciclo de crisis-recuperación-crisis-recuperación del modelo económico vigente. La noticia está en que iniciamos esta fase nueva con más pobreza, más desigualdad y menos derechos. Y esta sí es una responsabilidad directa de quienes nos gobiernan.

No estamos para fiestas. Ni mucho menos.

RETO CATALÁN SÍ, RETO NACIONALISTA NO

En demasiadas ocasiones incurrimos en el error de identificar las necesidades y demandas de la sociedad catalana con las reivindicaciones del nacionalismo catalán, para regocijo de sus dirigentes. Muchos catalanes consideran que no se respeta suficientemente su identidad, que su autogobierno no está bien resuelto, y que su encaje con el resto de España y de Europa requiere de una revisión profunda. Debemos atender este reto con inteligencia.

El desafío nacionalista es cosa bien distinta. La ideología nacionalista es cuestionable y peligrosa. Busca la autoafirmación nacional por exclusión de los demás. Antepone esta afirmación propia sobre cualquier principio de solidaridad o justicia. Traduce siempre los problemas o las faltas de entendimiento como falsos agravios o discriminaciones. Simplifica las identidades múltiples propias de nuestro tiempo en la sola identidad nacional, y convierte esta identificación en un sentimiento de rechazo al extranjero y al diferente.

El nacionalismo de derechas esconde las peores agresiones a la igualdad y la libertad tras la parafernalia de la reivindicación nacional, y no cabe mayor contradicción que el supuesto independentismo de izquierdas, porque si algo identifica a la izquierda es precisamente la superación de las nacionalidades, las fronteras y las banderas para la defensa de los derechos de los más débiles.

Hay quienes fundamentan el inmovilismo en la necesidad de no dar satisfacción a los nacionalistas. No estoy de acuerdo. Porque es cierto que el nacionalismo nunca se dirá satisfecho con una solución u otra, ni con el federalismo, ni con el cambio constitucional, ni tan siquiera con la mismísima independencia. Siempre encontrarán una excusa para seguir fomentando el rencor. La escalada reivindicativa no terminará nunca, porque el día en que los nacionalistas se digan satisfechos con el trato a la identidad nacional perderán su razón de ser.

Debemos mover pieza para atender al reto de la sociedad catalana, no para atender a los desafíos nacionalistas. Y negar la existencia de incomprensiones y de problemas no es un buen camino, porque alimenta el discurso del agravio que esgrimen nacionalistas e independentistas. Sí hay un problema, pero el nacionalismo no es la solución, sino un obstáculo más para la solución.

Puede parecer pretencioso, pero a veces da la sensación de que al único actor político que le importa atender el reto catalán con ánimo de solucionarlo es al Partido Socialista, PSOE y PSC. El nacionalismo se encuentra cómodo en su papel falaz de pretendido defensor exclusivo del pueblo catalán y su supuesto derecho a decidir. El resto de la izquierda catalana también parece cómoda en el papel de figurantes del teatrillo nacionalista. Y la derecha española encuentra en el desafío secesionista un factor de movilización para su electorado, muy descontento por la respuesta a la crisis económica.

La posición del PSOE es muy razonable. Perfeccionemos nuestro Estado Autonómico mediante una reforma de la Constitución. Llamemos Estado Federal a lo que siempre fue tal, y resolvamos las insuficiencias que no pudieron resolverse en el marco del consenso constitucional. Atiéndanse debidamente identidades y singularidades, porque existen, y no hacen daño a nadie si no se convierten en privilegios. Aclaremos las competencias de unos y de otros, y si la lengua ha de gestionarse desde el autogobierno, dejémoslo claro y no permitamos enredos oportunistas desde un ministerio u otro.

Resolvamos de una vez el sistema de financiación territorial, para no dejarlo al albur de los tirones de unos u otros cada pocos años. La financiación de los autogobiernos necesita suficiencia, pero sobre todo necesita seguridad, saber a qué atenerse, poder planificarse a medio plazo al menos. Y establezcamos mecanismos eficaces de colaboración institucional, para hacer realidad los principios constitucionales de autonomía, de cohesión y de garantía de igualdad de derechos para todos los españoles. Aprendamos de lo que funciona y de lo que no funciona. No funciona el Senado español y sí funciona el Bundesrat alemán, como órgano de cooperación federal.

¿Consulta? Claro. Una reforma de estas características debe refrendarse con una consulta popular. Pero no una consulta circunscrita a los catalanes, en torno a un derecho de autodeterminación que no existe en ningún país serio del mundo, ni federal ni no federal. Una consulta en la que participen todos los españoles, porque a todos los españoles afecta el cambio de su Constitución y el perfeccionamiento de su estructura territorial. Una consulta en el marco de la reforma prevista por la Constitución Española. Y esa reforma constitucional conllevará en su momento cambios estatutarios, y los catalanes deberán votar su nuevo Estatuto, claro está.

La cuestión catalana merece una respuesta. Sí, pero una respuesta desde la razón y desde la democracia, no desde el sempiterno y peligroso chantaje nacionalista.

GANA EL PSOE

GANA EL PSOE

La ciudadanía española lleva tiempo demandando una renovación a fondo en las formas y los usos de hacer política. Quiere más apertura, más participación democrática y más transparencia. Con la elección directa de su secretario general a través de una consulta a los militantes de base, el PSOE se ha convertido en el primer partido en darse por enterado de esta demanda ciudadana y en responderla de manera eficaz.

La amplia participación, en torno al 66%, a pesar de las fechas estivales, legitima aún más está iniciativa. La contienda ha sido profusa en propuestas y matices, aún compartiendo los contendientes el mismo proyecto socialista. La campaña ha sido ampliamente seguida por los medios y por los ciudadanos, aportando un soplo de aire fresco en el ambiente un tanto viciado de nuestras organizaciones partidarias. Y la organización de la consulta, aún siendo la primera de estas características, ha sido razonablemente eficaz.

Pedro Sánchez fue coherente en la celebración de su triunfo. “Cambio y unidad” era el lema de su campaña, y cambio con unidad es lo que prometió en su proclamación en Ferraz ante una representación entusiasta de militantes socialistas. En la democracia y en la unidad estará, sin duda, la fortaleza del PSOE ante el nuevo tiempo que se abre. Eduardo Madina y Pérez Tapias estuvieron tan correctos en el respaldo al nuevo secretario general como lo estuvieron en la confrontación democrática de los diez días anteriores. Rubalcaba merece un reconocimiento muy especial por su contribución a la buena marcha y el mejor desenlace de esta aventura.

¿Y ahora qué? El trabajo que tienen ante sí Pedro Sánchez y su nueva dirección es tan apasionante como ímprobo. Recuperar la confianza dentro del partido y recuperar la credibilidad del partido en la sociedad española. Nada menos. La primera vendrá de la mano de la renovación, la modernización, la democracia, la apertura y la unidad. La segunda llegará con un proyecto político coherente con los valores de siempre, la igualdad y la libertad, y a la altura de los retos de una sociedad muy castigada por la crisis, el paro, la precariedad social, el desafío territorial y la demanda de más calidad democrática.

El trabajo será duro, pero el extraordinario respaldo recibido el día 13 ayudará, sin duda, a sumar imaginación y fuerzas para que el nuevo PSOE cumpla con su responsabilidad y configure cuanto antes la alternativa progresista de gobierno que tanto necesita este país.

LA INSOPORTABLE ESPIRAL PALESTINA

Nos hemos acostumbrado a contemplar en los noticiarios el drama palestino-israelí como si se tratara de un fenómeno natural inevitable e interminable. Y antes que nosotros se acostumbraron nuestros padres y nuestros abuelos. Cerca de 70 años después de que los británicos abandonaran Palestina, árabes y judíos continúan enzarzados en una guerra cruel ante la indiferencia cansina de la comunidad internacional que tanto contribuyó a su inicio. En este último episodio ya han muertos más de cien criaturas, miles han tenido que huir de sus casas y todos los analistas vaticinan una pronta ofensiva terrestre israelí que agravará la situación. A todo esto, el secretario general de la ONU se ha limitado a una mera “llamada a la contención”, que resulta tan patética como grotesca.

Las consecuencias de este largo conflicto constituyen una vergüenza para toda la Humanidad y la mayor constatación del fracaso en las instituciones que han de velar por el cumplimiento de la legalidad internacional. Son ya millones los muertos, los torturados, los encarcelados y secuestrados, los amenazados, los refugiados, los exiliados y los desplazados. Hombres, mujeres y niños, muchos niños inocentes. Además, la guerra palestino-israelí es foco constante de inestabilidad en todo el mundo, y un factor clave para la legitimación de miles de grupos radicales que practican el terrorismo en los cinco continentes. Parece mentira que en pleno siglo XXI, la comunidad internacional siga impávida ante el devenir terrible de una guerra basada en la religión y los límites territoriales.

El territorio palestino forma parte de la cuna de la Humanidad y sus civilizaciones. Ha sido ocupado sucesivamente por los imperios romano, otomano y británico. Y en él han convivido tradicionalmente gentes de creencias y condiciones diversas. Al terminar la Segunda Guerra Mundial y anunciar los británicos su marcha, unos soñaban con la gran nación panárabe que resarciera de una humillante subordinación histórica, y otros soñaban con la patria judía que pusiera fin al éxodo milenario y a la persecución terrible de los pogromos y los campos de exterminio. Pudieron optar por mantener la convivencia en un Estado común, o pudieron acordar la creación de dos Estados distintos bien avenidos. Pero decidieron sustituir la negociación por las armas, y tanto los británicos como la ONU se limitaron a formular declaraciones sin acordar y se desentendieron del problema.

Las razones y las culpas están muy repartidas. Los árabes tienen razón en resistirse a ser prisioneros en su propia tierra, pero tienen la culpa de no reconocer el derecho de los israelíes a contar con un Estado propio y seguro. Los judíos tienen razón al reclamar el fin de los zarpazos terroristas, pero tienen la culpa de haber desencadenado contra los palestinos una violencia equiparable a la que en tantas ocasiones se vio sometido sobre su propio pueblo. Y ante el bloqueo en las relaciones palestino-israelíes, lastradas por décadas de sufrimientos y odios mutuos, la principal responsabilidad para resolver el conflicto está en la comunidad internacional.

La comunidad árabe, los Estados Unidos, Europa y el resto de actores internacionales con capacidad de presión sobre unos y otros, deben forzar un alto el fuego inmediato, desplegar fuerzas de interposición, abrir una negociación eficaz y obligar a la adopción de un acuerdo que pasa inevitablemente por dos Estados con fronteras seguras. Las Naciones Unidas han de pilotar este proceso y su Consejo de Seguridad debe ser garante en el cumplimiento de los acuerdos.

Sé que es fácil de decir y muy difícil de llevar a cabo. Pero resulta intolerable que la incapacidad de unos, los intereses espurios de otros, sumados al odio alimentado tras décadas de sufrimiento mutuo en Palestina, permitan el triunfo indefinido de la violencia sobre la razón y el entendimiento. Si ellos solos se muestran incapaces, tenemos que ayudarles entre todos.

LA TRAMPA FISCAL DEL PP

El régimen fiscal vigente en una sociedad constituye el factor más decisivo a la hora de establecer su nivel de justicia social y su capacidad para generar desarrollo y progreso. El grado de cumplimiento de los principios de suficiencia y progresividad determina en buena medida la prosperidad y el bienestar colectivo. En sentido contrario, la insuficiencia en la recaudación, la injusticia en el reparto de las cargas y el fraude fiscal apuntan a la ineficiencia económica y la desigualdad social. Por eso resulta tan importante la reforma fiscal emprendida por el PP.

Rajoy y Montoro impulsan una reforma tramposa en la fiscalidad española. Porque es falso que esta reforma cumpla con el compromiso de bajar los impuestos en España. Porque es mentira que beneficie a los que menos ganan y los que menos tienen. Porque no es cierto que permita cumplir con los objetivos de ajuste fiscal sin nuevos recortes en el gasto. Y porque no ayuda en absoluto a crear empleo, como aseguran.

Durante los dos últimos años y medio, el Gobierno del PP ha subido más de 50 tributos, entre impuestos, tasas, tarifas y copagos, además de establecer una amnistía fiscal para grandes defraudadores fiscales. En conjunto han recaudado más de 30.000 millones de euros extras. En consecuencia, aun admitiendo que esta última reforma suponga una rebaja de 6.000 millones, como plantean desde el Gobierno, el balance en lo que va de legislatura no apunta a la bajada sino a la subida de los impuestos.

Pero es que el incremento impositivo en este tiempo ha sido además profundamente injusto y regresivo, centrado sobre todo en las subidas de la imposición indirecta, como el IVA o los impuestos especiales, y los nuevos copagos, repagos y tarifazos establecidos sobre los medicamentos, el transporte o las matrículas universitarias, por ejemplo.

La última reforma del IRPF se aleja aún más del principio de progresividad fiscal, porque la rebaja de 12 euros mensuales adjudicada a quienes ganan 12.000 euros al año, se corresponde con una rebaja de 270 euros al mes para quienes obtienen 150.000 euros anuales. La fundación FUNCAS de las Cajas de Ahorro concluye que las rentas superiores a los 42.000 euros quintuplicarán los beneficios fiscales a obtener por las rentas inferiores a 10.000 euros. Estamos, por tanto, ante una reforma que ofrece ventajas fiscales insignificantes para rentas bajas, que intensifica el castigo fiscal a las rentas medias y que beneficia significativamente a las rentas más altas.

En relación a la suficiencia en la recaudación, la Comisión Europa ha alertado sobre los efectos de esta reforma en el cumplimiento de los compromisos de consolidación fiscal por parte de España. Este regalo fiscal a pocos meses de las elecciones puede suponer un aumento del déficit público para 2015 en 6.000 millones de euros extras, a sumar a los 20.000 millones que se deducen ya del desfase entre las previsiones de la UE y las del Gobierno español respecto al resultado final de las cuentas del próximo ejercicio. ¿Y cómo se resolverá este desfase? Muy previsiblemente con nuevos recortes en el gasto público destinado a la cobertura social para los más necesitados, sanidad, educación, dependencia…

Montoro parece ser el único ministro de hacienda en el mundo que aún cree en el camelo “Laffer” y esas curvas milagrosas que prometen más recaudación conforme se bajan los tipos impositivos, y que jamás se han cumplido en sitio alguno desde los tiempos de Reagan. El argumento llevado hasta su último extremo auguraría la recaudación máxima cuando los tipos bajaran a cero. Absurdo, claro. La experiencia nos dice, sin embargo, que cuando se bajan los tipos impositivos a los grandes rentistas y los grandes detentadores de riqueza, la recaudación fiscal no sube, sino que baja, poniendo en riesgo la suficiencia y la estabilidad del sistema.

Cuando los tipos bajos se aplican razonablemente en las rentas bajas se propicia el consumo, el ahorro, el crecimiento y la justicia social, pero cuando la alegría fiscal se reparte entre los más pudientes, el dinero escatimado al fisco no se destina a la reinversión productiva o al consumo intensivo en empleo, sino mucho más habitualmente a la especulación y los depósitos en Suiza. Téngase en cuenta.

La última trampa detectada en la reforma de Rajoy y Montoro supone, por vez primera en nuestra historia democrática, la grabación impositiva sobre las indemnizaciones por despido. No cabe medida más regresiva y cruel. Primero promulgan una reforma laboral que facilita el despido y reduce las indemnizaciones, y después decretan una reforma fiscal que cierra el círculo cargando impuestos sobre esas indemnizaciones reducidas. Lamentable.

¿Hay otra manera de hacer las cosas? Desde luego que sí. El PSOE presentó en su última Conferencia Política una alternativa fiscal fundamentada en los principios de la suficiencia, la progresividad y la lucha contra el fraude, que conduciría a aumentar los ingresos sin subir los tipos impositivos a los trabajadores y rentas medias de este país. Esta propuesta consiste en unificar en un impuesto único, el IRPF, la tributación de la renta y el patrimonio, como ya ocurre en Holanda. Se trata de que todos paguen en función de lo que ganan, de lo que tienen y de lo que heredan, a partir de un mínimo exento, tanto si el rendimiento es mobiliario o inmobiliario.

Esta alternativa defiende la igualdad en la tributación de las rentas del trabajo y las rentas del capital, revisa las deducciones fiscales regresivas en el IRPF (como las aportaciones a planes de pensiones), aumenta la progresividad en el Impuesto de Sociedades (eliminando privilegios y deducciones a las grandes corporaciones), incrementa la contribución del sector financiero (gravando sus pasivos y sus bonus), establece un mínimo homogéneo para sucesiones y donaciones en todas las comunidades, suprime las exenciones del IVA en la sanidad y la educación privadas, baja los tipos del IVA en la cultura y los productos higiénicos básicos, revisa el régimen de estimación objetiva para evitar los fraudes…

Claro que hay otra manera de hacer las cosas. Solo hay que querer. Y atreverse.

 

 No es una encrucijada nueva. Cuando la socialdemocracia sufre una crisis, sea de resultados, de proyecto o de liderazgo, suelen abrirse dos caminos. El primero es de tránsito difícil, implica reconstruir una alternativa reformista creíble y su consecución suele llevar a la recuperación de la confianza de las mayorías. El segundo es tentador, supone dejarse arrastrar por la corriente populista, pero acaba alejándose de las mayorías y otorga irremisiblemente el gobierno a la derecha.

La vieja dialéctica entre Bernstein y Kautsky, entre revisionistas y revolucionarios, revive periódicamente coincidiendo con las etapas de mayores dificultades en el seno de la izquierda. La angustia ante la pérdida de los apoyos y las prisas por volver al poder alientan a veces los análisis precipitados y las soluciones aparentemente fáciles.

Entonces parece predominar la voluntad de seguir “la voz de la calle”, que no tiene por qué ser la voz con más razón, ni tan siquiera la voz mayoritaria, sino tan solo la voz que más se hace oír. Resurge la querencia por el “esencialismo”, la vuelta al calor de la radicalidad, aun sacrificando la aplicación práctica de aquellos principios irrenunciables. Y llegan los chivos expiatorios, los culpables a quienes señalar como origen indubitado de todos los males, sea el bipartidismo, la “casta”, la Monarquía o España.

La oferta reformista resulta menos atractiva y más laboriosa. Supone pensar antes que hacer. Requiere conciliar utopías y principios con programas gradualistas y consensos realizables. Exige trabajar los cambios precisos para recuperar atención, respeto, crédito y apoyo, sin atajos que valgan. Exige tiempo y no ofrece garantías de éxito a corto plazo. A cambio, el populismo fácil sí asegura un desenlace inexorable, el que lleva de la polarización a la radicalización, y de ahí a la derrota y la frustración.

El 25-M los electores emitieron una llamada inequívoca al cambio, tanto en los contenidos como en las formas de hacer política. Cerca de seis de cada diez expresaron esta voluntad autoexcluyéndose de las urnas. Más de la mitad de los votantes dieron la espalda a los dos partidos que han vertebrado tradicionalmente la política española. El respaldo a la izquierda aumentó más de dos puntos respecto a 2011 y cerca de nueve puntos respecto a 2009, pero su representación se fragmentó sobremanera.

Los españoles han castigado una institucionalidad tan fracasada en la economía como injusta en lo social y penosa en lo moral. El PP cayó 18,5 puntos en dos años por encabezarla. Y el PSOE ha pagado cara la pertenencia a esa institucionalidad para buena parte de su electorado. Realizó un trabajo esforzado y honesto para fundamentar su apuesta por el cambio con nuevos discursos y nuevos proyectos. Pero tanto el tiempo como el alcance de esos cambios han resultado insuficientes para borrar el recuerdo de las complicidades socialistas con las recetas de la austeridad. En los últimos meses de gobierno se sacrificó la coherencia con la esperanza de conquistar la eficacia y, a los ojos de muchos, acabó perdiéndose tanto la coherencia como la eficacia.

IU creció menos de lo esperado por ese comportamiento esquizoide que le lleva del compromiso institucional en Andalucía al populismo asambleario en Madrid o la connivencia directa con las derechas en Extremadura. Y al calor de las tertulias de televisión, orquestadas para el fraccionamiento de la izquierda, surgió la nueva marca Podemos que, aun sin programa y sin equipos viables, supo recoger el enfado de más de un millón de progresistas.

¿Y ahora qué? Quienes compartimos valores progresistas hemos de decidir qué camino tomar. Si el del reformismo socialdemócrata, o el del populismo radical. Si el de la izquierda para gobernar, o el de la izquierda para manifestarse mientras gobiernan otros. La esperanza o la rabia, en palabras de Renzi. Y no tenemos mucho tiempo, porque en pocos meses llegarán las elecciones más decisivas.

¿Piensa alguien en serio que la abolición inmediata de la Monarquía ha de ser la prioridad de la izquierda para resolver los problemas que más preocupan hoy a los españoles? ¿Nos interesa sustituir la denostada democracia representativa por la democracia “directa” de la asamblea de facultad y las tendencias del Twitter? ¿Podemos confiar en las promesas del bienestar bolivariano con prestaciones sociales infinitas sin un programa que asegure una economía viable y justa?

No. La respuesta no está ni en la vuelta a los sóviets ni en la promesa fácil del nuevo populismo. Tampoco valdrán las grandes coaliciones que traicionan la imprescindible alternativa democrática. La crisis de la izquierda se resolverá con un nuevo proyecto y un nuevo liderazgo de cambio reformista, con la aspiración de ganar la confianza de las mayorías y gobernar la sociedad de hoy conforme a los principios de siempre, la igualdad y la libertad.

La izquierda no será creíble ofreciendo falsos paraísos, sino mostrando ideas y determinación para lograr una sociedad más próspera y justa, con empleos dignos, que ofrezca respuestas a las demandas de más participación y más ejemplaridad en la vida pública.

La izquierda es cambio reformista o no es nada.

Artículo de opinión publicado en El País 01-07-2014

RUBALCABA

RUBALCABA

“En España se entierra muy bien”, dijo recientemente Rubalcaba, en una de esas frases célebres que le han convertido en el mejor comunicador de la política española. La alusión es tan certera como dura: en este país solo se elogia a los políticos cuando anuncian su marcha. Y solo a algunos. Al secretario general del PSOE se le regatearon muchos reconocimientos en activo, y albergo la esperanza, posiblemente vana, de que al menos reciba algo de la gratitud merecida cuando se despide.

La leyenda que acompaña a Rubalcaba habla también de su afán por dominar los tiempos y los símbolos de la tarea política. Por ello podemos concluir que no fue casual que abandonara el último pleno del Congreso caminando junto a Alfonso Guerra, o que dejara claro su próximo destino en la docencia universitaria, o que hiciera coincidir el hecho noticioso de su despedida con el debate incómodo sobre el aforamiento del último rey.

Rubalcaba ha sido responsable fundamental en muchos logros colectivos que dieron lugar a unas cuantas medallas ajenas. Puede que se recuerde a Maravall y a Solana como grandes hacedores de las reformas educativas de la democracia, pero el muñidor perenne de aquellos avances, con un ministro o con otro, se llamaba Alfredo. Y en la historia quedará que ETA dejó las armas bajo mandato de Zapatero, pero hasta él sabe que aquello no hubiera sido posible sin su ministro más listo. Y si hay un ingeniero que ha levantado una y otra vez los frágiles puentes entre Cataluña y Madrid, para que otros pasearan banderas y palmitos, ese ha sido también Rubalcaba.

Eso sí, jamás faltó a una cita bajo los focos cuando se trataba de poner la cara en nombre del partido, del Gobierno o del sistema, especialmente en los momentos en los que las cosas venían mal dadas. Fue él quien daba rostro a las explicaciones de los últimos gobiernos de Felipe cuando “caían roldanes de punta”. Y fue Alfredo el que acudió al grupo parlamentario socialista para defender la reforma del 135 de la Constitución que otros negociaron contra su criterio, consciente de que arruinaría las escasas expectativas electorales de 2011. Y después puso su nombre en las papeletas de aquellos comicios convocados para perder. Y tampoco dijo no cuando muchos le pedimos que volviera a someterse a la picadora interna del PSOE para encabezar el tránsito a la recuperación.

Es hombre de símbolos, sí. Bajó las escaleras del hemiciclo en su último día junto a Alfonso Guerra, respetado rival de antaño y confidente leal en los últimos tiempos, los más difíciles. Un gesto de reconocimiento y de agradecimiento que le honra. Y una reivindicación en clave generacional. La que corresponde a aquellos pocos que dieron lo mejor de sí para que todos pudiéramos quejarnos del pasado, del presente y del futuro, como toda la vida, pero ahora en libertad y en democracia. En su última comparecencia mediática en el Parlamento situó deliberadamente también su destino en la universidad y en la ciencia, que han sido dos constantes prioritarias en su conciencia inquieta y en su trabajo incansable durante toda su vida pública.

¿Fue casual que Rubalcaba lograra colocar en segundo plano de los noticiarios el feo debate sobre el aforamiento del rey abdicado? Si realmente fue casual, no le gustará leer esto. Y si no lo fue, aún menos. Pero la simple sospecha que albergamos muchos lo dice todo sobre su reconocida vocación de servicio al Estado y al interés común. Como también lo dice que el Parlamento entero, de la izquierda a la derecha, de la oposición al Gobierno, de los amigos a los adversarios y los enemigos, se pusiera en pie para aplaudir a este servidor público en su despedida.

Muchas crónicas identifican estos tres últimos años como los peores en la vida política de Rubalcaba. A mi juicio se equivocan de cabo a rabo. El PSOE necesitaba sujeción interna para combatir el riesgo de desbandada y conflicto que suele acompañar al fracaso electoral, y la autoridad política y moral de Alfredo han sido ese cemento imprescindible. Los socialistas necesitaban también de su solvencia y su crédito personal para mantener la influencia pública de un partido con solo 110 diputados y apenas dos gobiernos autonómicos. Y el PSOE ha sido influyente durante este tiempo gracias al trabajo de mucha gente, pero en muy buena medida también gracias a la capacidad y el prestigio de su secretario general.

Ahora muchos le echarán de menos. Desde luego sus amigos y quienes le hemos acompañado en momentos dulces y amargos. Pero muy especialmente sus rivales internos y sus adversarios externos. Los primeros porque ya no podrán confiar en las anchas espaldas de Rubalcaba para sujetar un edificio sometido en demasiadas ocasiones a los empellones del interés personal. Y los segundos porque ya no contarán con ese contrincante temido en la contienda partidaria, pero siempre dispuesto para el auxilio discreto y el acuerdo leal en los momentos más difíciles, cuando está en juego el interés de todos.

Sí. Yo he tenido la suerte y el orgullo de estar ahí. Con Rubalcaba.

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