Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for 29 enero 2018

Durante estos días se han divulgado dos informaciones que de forma aislada golpean duramente la conciencia colectiva, pero que asumidas de manera simultánea constatan el fracaso definitivo del modelo social instaurado por la hegemonía derechista en España.

El trasiego de “arrepentidos” del PP por los tribunales de Justicia, más que revelador, está resultando impúdico. El exsecretario general del PP valenciano, Ricardo Costa, ha sido el último. El otrora referente de la todopoderosa derecha levantina no ha buscado eufemismos para reconocer que su partido se financiaba con “dinero negro” procedente de mordidas empresariales.

En paralelo, y con ocasión de la tradicional reunión de poderes económicos en Davos, la ONG Oxfam-Intermón ha dado a conocer algunos datos reveladores sobre la situación socioeconómica de España tras la gestión de la crisis por el Gobierno Rajoy. Hasta el 28% de la población española se encuentra en riesgo de pobreza, por percibir menos del 60% de los ingresos medios y por carecer de acceso seguro a los elementos materiales que proporcionan una vida digna.

Entretanto, la Legislatura vigente, que nació tarde y mal, languidece en su agonía. El Presidente no tiene más plan que aguantar y aguantar, a la espera de que los problemas se resuelvan por sí mismos o acaben pudriéndose ante la resignación general. Sin programa y sin equipo creíble, el Gobierno no gobierna y bloquea cualquier iniciativa de la oposición, haciendo uso abusivo y fraudulento de la prerrogativa constitucional del veto presupuestario.

Paradójicamente, el sustento más seguro y eficaz para Rajoy es Puigdemont. La función cómica cotidiana de ex honorable contribuye a camuflar jornada tras jornada las peores consecuencias de la acción y la inacción del Gobierno español. La amenaza secesionista frena, además, los reprochatorios al PP en la medida en que tiene la responsabilidad de dirigir la supervivencia misma del Estado de Derecho.

El enfado y la frustración de la ciudadanía son perfectamente comprensibles. Los problemas se acumulan sin solución, los escándalos se suceden sin asunción de responsabilidad y las instituciones parecen inermes para ofrecer respuestas. Es el caldo de cultivo ideal para que prosperen populistas y oportunistas, morados o naranjas.

Los “arrepentidos”, además, parecen sucederse sin fin. La semana pasada fue el empresario Marjaliza el que reconocía las comisiones millonarias que se repartía con el exsecretario general del PP madrileño, Francisco Granados. Antes de ayer fueron Correa, Crespo y el “bigotes” quienes describían sin sonrojo el saqueo del presupuesto público. Ayer era Pedro J. Ramírez el arrepentido por solicitar siete veces el voto al PP, tras las revelaciones de sus “cuatro horas con Bárcenas”. Y ahora es Costa el que deja en evidencia a toda la cúpula popular.

Y si los escándalos de corrupción no paran, en paralelo tampoco lo hacen las evidencias del crecimiento de la desigualdad y la injusticia social en nuestro país. El mencionado informe Oxfam refleja también que España es el quinto país de Europa en cuanto a desigualdad de ingresos, solo por detrás de algunos países del este. Y cerca del 14% de los asalariados españoles viven en la pobreza, dada la precariedad de sus contratos y lo eximio de sus sueldos.

O paramos esto pronto o el daño producido sobre la credibilidad de nuestras instituciones democráticas será pronto tan profundo como irreversible.

Anuncios

Read Full Post »

La ideología supremacista avanza ganando exposición pública y adeptos por doquier, a veces de manera explícita y en ocasiones con sutileza. Y es preocupante, porque a lo largo de la historia de la Humanidad este pensamiento ha dado lugar a algunas de las tragedias más terribles.

El supremacismo parte de la convicción falaz de que unos seres humanos son superiores a otros en virtud de su etnia, de su credo religioso, de su nacionalidad, de su género o de su identidad sexual. Tal convicción suele tener su raíz en la ignorancia o el miedo, y suele conducir al intento de dominación sobre aquellos a los que se considera inferiores. Las consecuencias de tales conductas, como es lógico y ha sido dolorosamente comprobado, alteran gravemente la convivencia en paz y en democracia.

Durante el último tramo del siglo XX, el mundo parecía vacunado ante la amenaza supremacista. El drama de los seis millones de judíos asesinados por el supremacismo ario, la lucha por los derechos civiles en Norteamérica, los zarpazos agónicos del régimen del apartheid… estaban demasiado recientes como para que alguien intentara revivir aquellas locuras con algún eco. Pero el tiempo pasa, la memoria es frágil y los locos son persistentes.

Otra enseñanza de la historia del siglo XX, además del peligro que supone el avance de estas ideas, está relacionada con la actitud que adoptan los demás, los que no comparten ni la convicción supremacista ni el propósito consiguiente de dominación. Y la historia nos cuenta que la actitud silente, permisiva, tibia o neutral, bien sea por prudencia, por miedo o por pereza, conduce irremediablemente al desastre.

Ha de preocuparnos mucho el supremacismo zafio y grosero del Presidente de los Estados Unidos, que descalifica a los inmigrantes latinos como salidos de “agujeros de mierda”, y que insiste en erigir ese monumento al racismo y la inhumanidad que sería el muro previsto en la frontera mexicana.

Ha de preocuparnos sobremanera el avance de los supremacismos nacionalistas en varios países de Europa. Desde el supremacismo que ganó el Brexit en el Reino Unido hasta el que ha logrado gobernar en Austria o en Hungría, el que ha obtenido buenos resultados en Alemania, Francia u Holanda y, más recientemente, el que pretende ganar las elecciones en algunos territorios de Italia. ¿Cómo estarán las cosas en la Lombardía para que lidere las encuestas un señor que alerta del supuesto peligro que la inmigración africana supone para “la supervivencia de la raza blanca”?

Preocupante ha sido el supremacismo religioso que llevó al cristianismo a cometer tantas barbaridades, en nuestro país especialmente. Y preocupante es el supremacismo yihadista que siembra terror y muerte en los cinco continentes. Como preocupante es la respuesta supremacista que el Estado judío de Israel aplica sobre sus propios vecinos, a pesar de su propia historia.

Un supremacismo profundamente arraigado en nuestra cultura es el machismo. La convicción de la superioridad del hombre sobre la mujer, está detrás de los crímenes que llamamos violencia de género, y también sobre la multiplicidad de desigualdades, discriminaciones e injusticias que las mujeres padecen desde el principio de los siglos.

Y supremacismo es también la estigmatización y persecución de las personas homosexuales en todo el mundo, en España en menor medida que la media, reconozcámoslo. La idea de que el amor que un ser humano siente por un semejante, sea cual sea su género, pueda ser tachado de ilegítimo o ilegal por otro ser humano, es pura falacia supremacista.

Pero hay expresiones más sutiles del supremacismo, ante las que hemos de estar especialmente alertas, por su capacidad de camuflaje.

¿O no es supremacismo ignorar la muerte por aplastamiento de esas seis mujeres porteadoras en la frontera ceutí, mientras lloramos con razón cada asesinada por el machismo autóctono?

¿No es supremacismo pasar de puntillas sobre el drama de cientos de criaturas muertas junto a nuestras playas del Mediterráneo, con el único pecado de intentar escapar de la guerra o la miseria? ¿Sentimos o no sentimos menos cerca estas muertes que las de los europeos blancos atropellados vilmente en Barcelona, en Niza o en Londres?

¿Y, salvando las distancias, no es supremacismo claro ese llamamiento de Ernest Maragall en el Parlamento catalán de que “Este país siempre será nuestro”? ¿Por qué si no el secesionismo catalán solo encuentra aliados en Europa dentro del ultraderechismo xenófobo?

Tengamos muy presentes las causas del triunfo supremacista en la terrible historia europea del siglo XX, y procuremos no cometer los mismos errores. Al supremacismo se le combate primero identificándolo, desenmascarándolo y denunciándolo, haciéndole frente.

Al supremacismo, como a todas las ideas que parten de la ignorancia y el miedo, se le vence con educación y con cultura. Y a los supremacistas se les gana restándoles el caldo de cultivo de la desigualdad y la injusticia social en el que se cuece la frustración y la ira de muchos ciudadanos de bien.

Pues vamos a ello.

Read Full Post »

Bastó que Pedro Sánchez apuntara someramente durante un desayuno informativo las claves de la apuesta socialista por garantizar pensiones dignas, para que se desataran las críticas instantáneas y furibundas desde la derecha, la explícita y la fáctica. Que si demagogia, que si revanchismo, que si seguidismo podemita…

Era lógico y previsible. Por varias razones. Hablar del sistema de pensiones es hablar del modo de vida de nueve millones de españoles y de quienes de ellos dependen. Muchos votos. Hablar de solidez en el sistema público de pensiones supone afectar intereses económicos muy privados y muy relevantes. Y si quien habla es alguien con serias posibilidades de convertirse en el próximo Presidente del Gobierno de España, los nervios se disparan.

Y esto irá a más. Porque el PSOE está empeñado en sumar voluntades para ganar las próximas elecciones, y quiere hacerlo desde una izquierda de gobierno, pero una izquierda valiente. Tan valiente como para ponerse al lado de los pensionistas de hoy y de mañana, a pesar de las diatribas, las campañas orquestadas y las apuestas evidentes de los poderes fácticos por la derecha vieja o nueva, azul o naranja, tradicional o transformista.

¿Por qué? Porque el PSOE es esto, precisamente. Desde hace 140 años, los socialistas han hecho frente a quienes tachaban de demagogia la jornada semanal de 40 horas, las vacaciones pagadas, la sanidad universal, la educación gratuita, las ayudas a la dependencia… y las pensiones dignas. Ese es el papel del partido de la igualdad, del partido constructor del Estado de Bienestar en España, del partido del crecimiento justo, del partido que defiende los derechos de aquellos a los que nunca defendieron ni defenderán esos poderes fácticos.

Porque, ¿cuál es el propósito y la estrategia de la derecha en materia de pensiones? Hablando claro: se trata de crear las condiciones que lleven a reducir el gasto público en prestaciones. ¿Las  razones? A menor gasto público, menos impuestos para los que más deben contribuir. Y a menos atractivo en las pensiones públicas, más negocio para quienes comercializan las pensiones privadas.

¿Cómo lo hacen? Cuando gobiernan los suyos, como ahora, disparan el déficit de la Seguridad Social recortando sus ingresos y esquilmando el Fondo de Reserva: cuotas reducidas por la precariedad salarial, reducciones de cuotas empresariales, cobertura de parados a la baja… Y una vez el déficit se convierte en estructural, avivan el discurso sobre lo “insostenible” de nuestro sistema de pensiones. “Algo habrá que hacer…”. ¿Qué? Recortar las prestaciones, desde luego.

En resumen: la derecha plantea encontrar un sistema de pensiones a la medida de su sistema económico, fiscal y laboral.

El PSOE, por el contrario, plantea buscar un sistema económico, fiscal y laboral a la medida del sistema de pensiones dignas al que no estamos dispuestos a renunciar.

La propuesta de Pedro Sánchez que tanto ha asustado a los poderes fácticos tiene dos objetivos: asegurar prestaciones dignas a los pensionistas y equilibrar las finanzas de la Seguridad Social.

Lo primero se logra derogando la reforma impuesta por el PP en 2013, que ha convertido a España en el único país europeo que no vincula la subida de las pensiones ni con precios ni con salarios. Hay que garantizar el poder adquisitivo de las pensiones haciendo que suban conforme al coste de la vida, acabando con el límite del 0,25% que empobrece día a día a los pensionistas.

El segundo propósito se logra racionalizando gastos y aumentando ingresos. Los gastos a racionalizar son los gastos administrativos que se cargan indebidamente a las cuentas de la Seguridad Social, y los regalos millonarios que se hacen a muchos empresarios en forma de reducciones de cuotas.

Y los ingresos a aumentar han de llegar por varias vías: derogando la reforma laboral que tira a la baja los salarios (y sus cotizaciones); intensificando la labor de la Inspección de Trabajo y Seguridad Social para evitar fraudes; destopando cotizaciones; y con impuestos, sí, porque los impuestos están para cumplir objetivos de interés social, como el de ofrecer un digno descanso a quienes llevan toda la vida trabajando duro.

El planteamiento del PSOE es valiente, pero es riguroso. Los números salen. Los ejemplos de lo que se quiere hacer aquí se pueden encontrar en nuestro entorno europeo. ¿Mucho gasto? Ahora gastamos en pensiones poco más del 11% del PIB, y hay margen hasta el 14 o el 15% de Italia, Francia o Alemania. ¿Impuestos con compromiso finalista? ¿Incluso a la banca? Lo hacen los británicos sin que se hunda la City. Lo hacen los franceses sin que quiebre la República y su grandeur…

La batalla será dura. Pero ¿qué batalla de las que merecen la pena no ha sido dura para el PSOE en sus 140 años de historia?

Que vayan preparando sus adjetivos para las propuestas que quedan, en lo laboral, en la educación, en la sanidad, en el ingreso mínimo… Van a necesitarlos todos.

Read Full Post »

Soy consciente de que dicho así, política para las personas, corro el riesgo de que el lector despache esta tribuna, incluso antes de leerla, como una obviedad, una tautología o una boutade más en este principio de año tan dado a los deseos buenos e improbables. Sin embargo, creo que no hay reivindicación más justa para la política de hoy, y creo que no habría consecución más revolucionaria para la política de mañana.

Cualquiera de los analistas conspicuos que pueblan las tertulias televisivas y radiofónicas ha podido probablemente constatar en estas fiestas hasta qué punto se produce un divorcio absoluto entre los titulares de la política protagónica y las preocupaciones de las personas de carne y hueso con las que ha compartido celebración. 

Ni la unidad del Estado amenazada, ni el sorpasso de Rivera a Rajoy, ni la depresión de Pablo Iglesias, ni la escalada del PIB o del IBEX, ni los misterios del Popular, han formado parte, muy probablemente, de las conversaciones de fuera del plató televisivo o del estudio radiofónico. Política y personas son hoy, por desgracia, auténticas realidades paralelas. Casi un oxímoron, por paradójico que resulte. 

Tomando los titulares que ha dado la política durante 2017, casi podemos anticipar los debates que la política dará durante 2018. Se hablará del bucle separatista en Cataluña, de su alter ego en Tabarnia, y de quién se llevará el gato al agua en la financiación de los gobiernos autonómicos. Se hablará de la competición entre partidos y, aún más jugoso, de la pelea intra partidos.

Se hablará de las conspiraciones en la corte de Rajoy, de la última encuesta/apuesta de los poderes financieros por su héroe naranja, del neo-estalinismo circular de Iglesias y sus confluencias a la baja, de los pulsos de Sánchez y sus barones a propósito de las candidaturas para 2019, del capítulo enésimo en la temporada enésima de las corruptelas de la derecha capitalina… 

Y se hablará del PIB recuperado, del IBEX musculado y de la EPA remontada. Tendremos presupuestos sí, presupuestos no, presupuestos depende, con pagos sí, pagos no, y pagos depende a los socios presupuestarios. Nos contarán que vendemos un trocito más de nuestra Bankia, un trocito más de nuestra AENA, y un trocito más de las autopistas que mal vendimos, que bien compramos y que volveremos a mal vender… 

Pero ni en uno solo de todos estos titulares más que probables aparecerá persona alguna, de las que necesitan de la política y de las que, por desgracia, poco esperan de la política. Esas personas son las que sufren desempleo con demasiada duración, y las que sufren empleos mal pagados, y las que sufren servicios públicos deteriorados, y las que sufren prestaciones y subsidios recortados… 

Son los mayores con pensiones que pierden año a año poder de subsistencia, mientras aumentan los copagos, se alargan las listas de espera en la sanidad y se multiplican las facturas de la luz. Son los jóvenes traicionados por el sistema que les prometió un proyecto de vida a cambio del esfuerzo en su formación, y que se ven forzados a elegir entre precariedad o exilio, sin plantearse siquiera un futuro más allá del próximo contrato de tres días… 

Son las mujeres convencidas de que las promesas de igualdad legal se han convertido en la trampa de la desigualdad letal. Porque el pronóstico de una vida emancipada respecto al deber del cuidado familiar se ha convertido en el diagnóstico de una vida multiplicada por el mismo deber del cuidado familiar y la creciente desventaja en el entorno laboral. Y mientras tanto siguen sufriendo desigualdad y discriminación, cuando no acoso, agresión y asesinato.

Y son los niños, a los que roba el futuro el empobrecimiento de sus padres. Y los propios pobres, desmentidos cada día por los titulares de la recuperación virtual, pero enterrados cada día en el pozo de la desigualdad real. Y los refugiados ignorados, y los inmigrantes encarcelados, y los diferentes discriminados… 

Pero qué aburrida puede resultar la política cuando habla de los problemas aburridos de las personas aburridas… 

Sí. Algunos estamos empeñados en eso, en la política de las personas, por insólito que resulte en los discursos celebrados de algunos políticos, en los titulares rutilantes de la prensa, en los totales exclusivos de la radio o en las tertulias-trifulcas de la televisión.

Ese es nuestro improbable buen propósito para el año nuevo.

Read Full Post »