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Archive for 29 octubre 2017

El pensamiento nacionalista es por definición un pensamiento excluyente. Antes que por afirmar la identidad propia, se caracteriza por negársela a los demás, a los distintos, a “los de fuera”. Cuando este pensamiento es minoritario, la convivencia se tensa. Cuando se extiende por contagio emocional, la convivencia se rompe. De ahí la contundencia de aquella frase de Stefan Zweig sobre “la peste” de Europa, tan oportunamente reproducida en estos días.

La acción política que se deriva del pensamiento nacionalista no subraya los valores de la sociedad o la cultura propia, sino que se afana por distinguir esta de las demás. Yo soy catalán y tú no lo eres. El nacionalismo político amplifica los agravios cuando los hay y los inventa cuando no los hay, porque la victimización es el combustible emocional con el que alimenta el afecto entre los supuestos asediados y el desafecto ante los falsos asediadores.

La utilidad electoral de este clima inflamable es evidente. La dialéctica entre el nosotros y el ellos es tan clara como falsa. Nosotros somos los de aquí y ellos son los de allí. Y todos los que veis aquí que no comulgan con mis ideas en realidad trabajan para los de allí. Son falsos catalanes, malos patriotas, traidores o fascistas. Eso sí, la defensa de la patria exige adhesión incondicional y acrítica hacia quienes la lideramos, porque lo contrario supone ponerse de lado de los falsos catalanes, de los malos patriotas, de los traidores y de los fascistas.

El pensamiento nacionalista es a la vez simple y peligroso. Pero también resulta cansinamente anacrónico y reaccionario. En un mundo que globaliza sus relaciones económicas, su fenomenología social y su acervo cultural, restringir los espacios públicos y limitar las identidades es como poner puertas al campo. Las identidades son cada vez más libres, más compatibles y más compartidas. El futuro es el mestizaje. La pureza nacional, como la racial, son conceptos y expresiones de un pasado que no volverá, que no ha de volver.

Yo soy leganense, y soy madrileño, y son castellano, y soy español, y soy europeo, y soy todo a la vez. Unos días me levanto más madrileño que español, pero me acuesto encendidamente europeo. Otros días me siento ciudadano del mundo o no siento más identidad que la que me une a todos aquellos que sufren injusticias, vivan donde vivan, hablen la lengua que hablen y tengan la nacionalidad que tengan.

Mi identidad es algo propio, que forma parte de mi libertad, y sobre la que nadie tiene derecho a imponer o a recortar. Y lo catalán forma parte de mi identidad, porque ese es mi sentimiento y esa es mi voluntad. Las romanzas de Albéniz y las Paraules D’Amor de Serrat son carne de mi carne musical. Las poesies de Maragall, El caso Savolta de Mendoza o El embrujo chino de Marsé fueron parte de mi despertar a las letras. El park Guell de Gaudí es paisaje de mi memoria infantil, como lo es el Pirineo leridano o la Costa Brava. El éxito de Barcelona 92 lo viví como mi éxito, el éxito de mi patria…

Pero, ¿quiénes son Puigdemont, Forcadell o Junqueras para amputar mi identidad? ¿Quiénes son los de las esteladas para negar esa parte de mí? ¿Cómo se atreven a llamarme extranjero en mi propio país? ¿Cómo pretenden hasta negarme el derecho a opinar y a votar si mi país sigue siendo mi país o si lo rompen, lo fraccionan y separan la parte que ellos quieren para sí solos?

Europa nació precisamente para superar la barbarie nacionalista. El nacionalismo es excluir y Europa es compartir. El nacionalismo es frontera, separación y debilidad, mientras Europa es la fuerza de la unidad. El nacionalismo es pasado y Europa es el futuro.

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Durante estos días ha visitado España el escritor bosnio Velibor Colic, con motivo de la promoción de su último libro, Manual de Exilio. La evocación de sus terribles experiencias como combatiente huido de la guerra de los Balcanes ha estremecido a muchos, entre los que me encuentro.

Para expresar la aversión al nacionalismo causante de tantos desastres en Europa, Colic suele utilizar la imagen de sus paseos vespertinos entre las ciudades de Estrasburgo (Francia) y Kehl (Alemania). Son apenas diez minutos sobre el Pont du Rhin y su maravilloso paisaje. Y es inevitable el recuerdo de las tres guerras y los millones de muertos ocasionados desde 1870 por la ideología terrible que trazó una frontera de rencores absurdos entre ambas ciudades.

Quien esto escribe nació precisamente en esa pequeña villa del oeste germano y he de coincidir con el pensamiento de aquel desertor del drama balcánico, reconvertido hoy en testigo legítimo y fiel de los peligros que encierra la bestia del nacionalismo exacerbado. Colic distingue entre los políticos que resuelven problemas y los políticos que los crean, y advierte contra el resurgir de los segundos en muchos países de Europa.

Y en esta misma semana, mientras el nacionalismo catalán perseveraba en su afán por socavar la convivencia democrática en Cataluña, hemos sido una mayoría los diputados, catalanes y no catalanes, en protagonizar al menos dos buenos ejemplos de la otra política, la que persigue soluciones para la gente. Porque en esta semana se han aprobado en el Congreso sendas iniciativas para garantizar el registro veraz de la jornada laboral y para recuperar el subsidio destinado a desempleados mayores de 52 años.

Reconozco que ambas conquistas no cuentan con el glamour de esos grandes conceptos de la independencia y la república. Admito también que nuestro logro carece de la épica de esas otras reivindicaciones, como la autodeterminación y el pueblo en pie. Incluso asumiré que no hay comparación posible entre defender una simple proposición de ley y la emoción de cantar els segadors frente a un enemigo cierto, aunque sea ciertamente inventado.

No obstante, espero que muchos entiendan mi satisfacción en el día de hoy por pertenecer a ese colectivo de políticos que aspiran con toda modestia a mejorar la vida de sus representados, sin apelar necesariamente a sus vísceras, sin dibujar fronteras de separación y sin instar a que nadie odie a nadie.

Eso es. Esta semana hemos dado un paso firme contra la explotación de muchos empleados con jornadas de trabajo que no se contabilizan, que no se reconocen, que no se pagan y por las que no se cotiza. Y esta semana hemos sumado muchas voluntades para que los parados más vulnerables, aquellos que han sobrepasado los 50 años de edad y no logran encontrar empleo, cuenten con el respaldo del Estado para asegurarles una vida digna, a ellos y a sus familias.

Hoy no llego a casa con el alma henchida por el flamear de las banderas y el tronar de los himnos. Pero dormiré con la conciencia tranquila por haber contribuido humildemente a que muchos de mis semejantes vivan un poco mejor, vivan donde vivan, hablen la lengua que hablen y sientan la bandera que sientan.

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La situación ocasionada por el desafío separatista en Cataluña sigue siendo de una gravedad extraordinaria, pero parecen abrirse ventanas de oportunidad que deben aprovecharse con inteligencia y generosidad por parte de todos.

Las consecuencias del conflicto se están sufriendo ya no solo en el anormal desenvolvimiento de las instituciones democráticas, sino en la vida económica y en la propia convivencia cívica. Si los problemas no entran pronto en fase de solución, los costes a pagar en términos de retroceso económico y conflictividad social pueden ser importantes e irreversibles, tanto en Cataluña como en el resto de España.

Por eso, conviene no atender los cantos de sirena que invitan a mantener posiciones maximalistas o “contundentes”, por muy puestas en razón que parezcan. Entre solución y victoria conviene apostar por la primera. Si podemos ganar todos o casi todos, en lugar de que pierdan unos cuantos, por más que lo merezcan, intentemos hacerlo.

Lo vivido el martes 9 de octubre en el Parlamento catalán resultó más cercano al esperpento valleinclaniano que a una sesión propia de una institución democrática en la Europa del siglo XXI. Se proclamaron resultados de votaciones sin verificación independiente. Se declaró una independencia mediante un pseudo-acto de firma extra-parlamentaria. Se suspendió una declaración que no se había producido…

No obstante, la confusión del momento ofrece la oportunidad de recuperar la razón legal, la razón democrática y la razón política. Si no está claro qué fue lo que ocurrió en el Parlamento catalán en aquella jornada, requiramos una respuesta clara a sus hacedores. Esto es lo que ha hecho el Gobierno de manera acordada con el PSOE, y ojalá los dirigentes independentistas aprovechen ese hueco para volver a la legalidad, a la democracia y a la política.

Rajoy y Pedro Sánchez han posibilitado una salida positiva a la encrucijada en la que nos hayamos, por responsabilidad fundamental del Gobierno catalán en rebeldía frente a la ley y al sentido común. Requerimiento a la Generalidad sobre su ajuste al ordenamiento legal vigente, y ofrecimiento simultáneo de diálogo para encontrar juntos una nueva organización territorial que ofrezca satisfacción con carácter general.

Se entiende menos la actitud de Rivera y de Iglesias, porque ambos dos están dando muestras de no entender la gravedad del momento institucional. Uno y otro, desde posiciones diversas y antagónicas, parecen buscar rendimiento electoral a corto plazo en un escenario que requiere altura de miras y preeminencia del interés colectivo.

La posición de ley y diálogo que está manteniendo Pedro Sánchez, y a la que se ha sumado Rajoy en las últimas jornadas, es la posición de centralidad que necesita la institucionalidad española en estos momentos. Y su desarrollo requiere, al menos, de cuatro fases.

Primero y ante todo, la recuperación del imperio de la ley, el sometimiento general al cumplimiento de las normas, para después cambiarlas si se quiere. Segundo, emprender un diálogo con voluntad de transacción y no solo de intercambio de posiciones inamovibles e improperios. Tercero, consecución de un acuerdo para establecer una nueva organización territorial del Estado, que incluya un nuevo encaje de Cataluña en la España federal y en la Europa federal. Y cuarto, una doble votación, en toda España primero y en Cataluña después para ratificar los acuerdos alcanzados mediante referéndum.

Este camino no será fácil de transitar, ni tan siquiera de emprender. Pero cualquier alternativa será mucho peor, para todos.

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Durante uno de los infinitos debates televisivos que hemos mantenido en estos días a propósito del conflicto en Cataluña, una diputada partidaria del referéndum separatista me espetó la conocida frase de “Hay que acabar con el régimen del 78”. En aquel momento y en aquel formato solo acerté a contestar lo siguiente: “Gracias al régimen del 78 estás hoy sentada aquí defendiendo tus ideas en libertad. Tenlo en cuenta antes de despreciarlo”.

Al cabo de las horas llegué a la conclusión de que aquella frase peyorativa sobre el 78 resumía en buena medida tanto el propósito como la estrategia de quienes hoy plantean el desafío independentista en Cataluña. Se trata efectivamente de liquidar el pacto de convivencia que los españoles alcanzamos durante la Transición Democrática.

El denostado por algunos “régimen del 78” constituye ciertamente una anomalía histórica en España. Durante los dos últimos siglos la norma ha sido el conflicto civil permanente, el cainismo político, el uso y abuso de pronunciamientos y golpes al margen de la ley…, cuando no directamente el intercambio de bombas y machetazos.

Y con todos sus defectos y limitaciones, aquel esfuerzo del 78 nos ha proporcionado durante cuarenta años un marco razonable para la convivencia en paz. Pero, al parecer, algunos han decidido que ya está bien, que es hora de volver a lo realmente nuestro, que toca cerrar el paréntesis del “régimen del 78” y reencontrarnos con nuestro auténtico ser histórico.

Aquello “del 78” supone nada menos que el reconocimiento a la soberanía popular, el respeto obligado al Estado de Derecho, la igualdad ante la ley, la garantía de derechos y libertades homologables en Europa, la mayor descentralización territorial de nuestra historia y nuestro entorno…

Los separatistas y sus acólitos desprecian estos lugares comunes de la democracia con consignas tan primarias como peligrosas, tan falsas como contagiosas: “Las calles siempre serán nuestras”, “el pueblo está por encima de las leyes”, “el derecho a decidir es previo a cualquier Constitución”, “somos un solo pueblo”, “no nos moveremos ni un solo milímetro”, “que se vayan”…

Y la pregunta es: ¿con qué vamos a sustituir el despreciado régimen del 78? ¿Con el nacionalismo étnico de Puigdemont? ¿Con el patriotismo depredador de los herederos de Pujol? ¿Con la revolución inane de los rufianes? ¿Con el neo-anarquismo de las CUP? ¿Con el sálveme yo y que arda Roma de Colau? ¿Qué proyecto alternativo de convivencia ofrecen los enterradores del régimen del 78?

¡Claro que quedaron cosas por hacer! ¡Desde luego que aquel Título VIII de la Constitución del 78 es manifiestamente mejorable! Y sin duda está pendiente de redefinir el encaje de Cataluña en una España y en una Europa federal. Hay demandas justas pendientes de atender en el sentimiento identitario de los catalanes. Hay mucho por mejorar en la organización territorial, en el respeto al autogobierno, en la financiación justa…

Pero estos propósitos legítimos no pueden perseguirse mediante la voladura del Estado de Derecho y la convivencia democrática. Estos objetivos justificados no pueden servir de coartada para quienes simplemente pretenden subvertir las normas que protegen los derechos de todos y romper unilateralmente un país con mucha historia en común.

Tienen razón los que exigen “votem”, pero también la tienen quienes ofrecen “parlem”. Y puede que la única manera de resolver este conflicto pase por “parlem” antes que “votem”, por dialogar y acordar entre quienes tienen la voluntad honesta de superar las diferencias, y por votar todos juntos después el fruto del diálogo y del acuerdo.

La única mediación que hace falta es la de la buena voluntad, el diálogo sincero y el uso de la razón. La razón en democracia pasa siempre por respetar la ley. Y, por suerte para nuestra democracia y nuestros derechos, hoy la ley es la ley del 78.

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Mientras el escenario español se atasca con el mono-tema del falso referéndum separatista en Cataluña, la política europea debate cómo afrontar el desafío que supone la entrada en el Parlamento alemán de casi un centenar de diputados partidarios del nacionalismo extremo, el odio racial y la eurofobia.

El nacionalismo exacerbado es una enfermedad que no cesa de crecer en los principales países de Europa, si bien con formulaciones y amenazas de distinta naturaleza y alcance. Los populismos nacionalistas en Alemania, Francia, Holanda, y también en Cataluña, coinciden en señalar a un colectivo al que culpar falsamente del sufrimiento asociado a la crisis, sean inmigrantes, sean élites políticas en general o sea “el Estado español”.

Y la respuesta debe ser tan contundente en la denuncia de su manipulación como eficaz a la hora de resolver los problemas de fondo que alimentan su discurso y sus apoyos sociales. Estos problemas de fondo son perfectamente identificables: la desigualdad y la pobreza crecientes que ocasiona la globalización liberalizada; y las limitaciones de participación efectiva que evidencia el modelo democrático vigente.

Por eso resulta tan frustrante por limitada la respuesta que están ofreciendo los grandes líderes europeos ante la magnitud del desafío. La pragmática Merkel parece contentarse con construir una nueva coalición de Gobierno que mantenga con socios distintos la misma inercia perniciosa de los últimos años. Y el grandilocuente Macron ha dibujado un “sueño europeo” sin más concreción que un “comisario del euro”, un “fondo monetario europeo” y una “fuerza conjunta de intervención militar”.

La inercia obtusa de Merkel y la artificiosidad pacata de Macron solo lograrán aumentar la frustración de millones de europeos y el caldo de cultivo para nacionalistas, populistas y eurófobos.  Y  a todo esto, ¿dónde está la izquierda europea? ¿Qué propone para salvar el reto re-nacionalista y para relanzar el auténtico sueño europeo?

Los europeos no avanzaremos en la construcción de un “demos” propio y no lograremos contrarrestar la movilización emocional que proporcionan los nuevos nacionalismos con el tran-tran de Merkel y las propuestas limitadas de Macron. El sueño europeo necesita de planteamientos más ambiciosos e ilusionantes.

¿Por qué no impulsar, una Agencia Tributaria Europea que comience a regular y a recaudar impuestos suficientes y progresivos de manera homogénea, acabando con la elusión, el dumping y los paraísos fiscales de facto? ¿Por qué no financiar con esos fondos un Estado de Bienestar Europeo que garantice a todos los europeos unos adecuados servicios sanitarios, educativos y de lucha contra la pobreza?

¿Por qué no establecer un Estatuto de los Trabajadores Europeos que garantice un salario mínimo común y unas condiciones laborales homogéneas de obligado cumplimiento por todas las empresas, frente a la pobreza laboral rampante? ¿Por qué no un sistema de pensiones conjunto y una política común de vivienda que proporcione seguridades nuevas a mayores y jóvenes en Europa?

¿Por qué no avanzar en la mejora de la calidad de nuestras democracias? ¿Por qué no proporcionar más apertura, más transparencia y más participación ciudadana efectiva en los procesos de decisión que atañen a la colectividad? ¿Por qué no aportar más legitimidad democrática a los centros europeos de decisión?

Estas medidas sí ayudarían probablemente a frenar en seco las veleidades neo-nacionalistas y sí restarían fundamentación al discurso eurófobo. Esto sí sería de verdad un sueño europeo. Con este tipo de medidas se podrían vislumbrar claramente las ventajas de la Europa federal a la que parece aspirar la (aún) mayor parte de la representación política europea.

¿Alguien se atreve siquiera a soñarlo?

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