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Archive for 27 octubre 2016

 

simancas271016

Los análisis sobre las divisiones en el seno de la izquierda son tan reiterados que ya se formulan en términos de resignación. Parece como si la izquierda sufriera una especie de trastorno genético que le condena de manera perpetua a sacrificar sus mejores intenciones y oportunidades en la hoguera de los conflictos domésticos interminables.

Da igual que los desafíos sean más o menos graves, y poco importa que las razones, los votos o las posibilidades se muestren de su parte. Siempre habrá un buen lío interno para malograr las mejores expectativas.

Cualquier espectador cotidiano del panorama político español juraría hoy, a la luz del tono y el contenido de los debates, que la derecha disfruta de un apoyo social y electoral muy mayoritario. Sin embargo, los resultados de las últimas elecciones del 26 de junio reflejan unos apoyos bastante equilibrados.

La suma de los votos de las formaciones conservadoras (PP, Ciudadanos, Demócratas catalanes y nacionalistas vascos) pasa de los 11.700.000 votos. Son muchos votos, ciertamente. Ahora bien, ¿cuántos votos sumaron las fuerzas que se dicen progresistas? PSOE, Podemos-IU-Equo-Compromís, En Común, En Marea, ERC, EH, BNG, GBAI, comunistas y demás alcanzaron más de… 11.700.000 votos. Prácticamente los mismos. Eso sí, mucho más atomizados, más divididos y más enfrentados. Conclusión: la derecha resulta más creíble que la izquierda como opción mayoritaria y de gobierno.

No se trata de una debilidad reciente. Las izquierdas españolas han desaprovechado muy pocas oportunidades a lo largo de la historia para desangrarse mutuamente, facilitando la hegemonía política y social de la derecha. Ocurrió durante la Segunda República, se dio durante la Guerra Civil, y también en la oposición a la dictadura franquista.

La Transición Democrática y la Constitución de 1978 supusieron una feliz excepción, para disfrute de la mayoría social en términos de derechos y libertades. Quizás por eso algunos de los más conspicuos representantes de la “nueva política” ya descalifican aquel éxito anómalo como una “traición” y un “candado”.

Y tampoco es un vicio exclusivo de la izquierda española. Vemos a nuestro alrededor cómo se destrozan los laboristas británicos, cómo se navajean los presidenciables socialistas en Francia y hasta cómo la admirada izquierda alemana es incapaz de ponerse de acuerdo para frenar el crecimiento del monstruo neo-nazi.

El reproche a la división esterilizante siempre fue legítimo y oportuno. Pero lo es mucho más ahora. El mundo cambia a gran velocidad. Los grandes poderes económicos están esculpiendo la era de la globalización conforme a sus intereses egoístas y espúreos. Las consecuencias para las grandes mayorías son desastrosas, en calve de desigualdad, empobrecimiento y pérdida creciente de derechos.

Solo una izquierda consciente de sus desafíos y coherente en sus planteamientos puede plantar cara a estos poderes. Solo una izquierda empoderada por la ciudadanía y eficaz en su trabajo político puede conquistar unas reglas justas para una globalización abandonada a la ley de la selva.

Pero henos aquí, enredados en reproches mutuos, en concursos de pureza, en si 11 u 84, en si congresos o gestoras, en si el uno o el otro, en si galgos o podencos…

Llegará un momento en que el reproche se transforme en exigencia de responsabilidad colectiva, o en algo peor… Y entonces lo lamentaremos.

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simancas191016

La vigente situación de bloqueo institucional en el país tiene causas diversas. La principal tiene que ver con la fragmentación inédita en la representación democrática de los españoles. El Congreso de los Diputados ha pasado de contar con dos grupos grandes y varios pequeños, a administrarse con un grupo grande, tres medianos y varios pequeños. La aritmética tradicional en la formación de Gobierno ya no sirve.

A la novedad de la representación inusualmente fragmentada hay que sumar la incapacidad de las fuerzas políticas para agregar intereses y posicionamientos. Durante casi un año, el partido más votado ha sido incapaz de sumar mayorías favorables, ni absolutas ni simples. Y el segundo partido más votado tampoco lo ha logrado. Se pueden analizar las causas y las responsabilidades desde diferentes perspectivas, pero el hecho cierto es este.

Hay un tercer factor coadyuvante en el bloqueo vigente para la formación de Gobierno: las reglas del juego que establece la Constitución. A diferencia de otros regímenes, y a diferencia de lo que ocurre en las normas aplicables en algunas comunidades autónomas de nuestro país, el procedimiento para elegir Presidente del Gobierno de España viene recogido de forma expresa en el texto jurídico máximo, concretamente en el artículo 99 de nuestra Constitución.

Conforme a lo establecido en este artículo, los candidatos sucesivos propuestos por el Rey han de someterse a la votación del Pleno de Congreso, y han de obtener para su investidura una mayoría absoluta en primera votación y una mayoría simple en segunda votación. Por llamamiento, los diputados votan sí, no o abstención en cada oportunidad. Cuando se reiteran las votaciones en las que los noes superan a los síes, como viene ocurriendo durante los últimos meses, la formación de Gobierno se bloquea.

Con este procedimiento, el constituyente quiso asegurar un apoyo inicial robusto para el Presidente que hubiere de formar Gobierno. Y en aquel contexto especial de la Transición Democrática posiblemente se confió sobremanera en la capacidad de entendimiento de los representantes de la ciudadanía, por difícil que resultara el vaticinio de las urnas. A la luz de lo ocurrido en estos últimos meses, se equivocaron. O nos equivocamos ahora al traicionar aquella confianza.

No obstante, en el presente contexto cabe modificar el procedimiento de elección del Presidente del Gobierno para evitar bloqueos futuros. Ya no se podrá aplicar para resolver la investidura ahora pendiente, porque los tiempos no lo permiten. Pero el cambio puede servirnos para impedir que la indeseada situación presente puede darse nuevamente en el futuro.

Existen, además, precedentes útiles en nuestro ordenamiento institucional. Por ejemplo, el procedimiento para elegir Presidente del Principado de Asturias se rige por una ley autonómica, la ley 6/84, que de transponerse al escenario nacional solucionaría en buena medida el problema que estamos analizando.

En virtud de esta ley, los diputados asturianos electos pueden hacer varias propuestas de candidato a la Presidencia de su comunidad autónoma. Solo hace falta el aval de cinco diputados. En una primera votación, los diputados pueden optar por cada uno de todos los propuestos. Si alguno alcanza mayoría absoluta, la confianza se entiende otorgada. Si no es así, se celebra una segunda votación en la que solo concurren los dos candidatos más votados en primera instancia. Se considera investido como Presidente el diputado que obtenga más votos, valiendo la mayoría simple.

En el procedimiento asturiano los diputados no pueden votar negativamente a candidatura alguna. Solo pueden votar positivamente a un candidato o abstenerse. El bloqueo queda excluido, por tanto.

La transposición de este método al ámbito nacional español conlleva ventajas e inconvenientes. Entre estos últimos hay que contar lo dificultoso de afrontar una reforma constitucional, que exigiría un amplio consenso político y social previo. También habría que asumir el riesgo de investir presidentes con un apoyo parlamentario reducido, y la inestabilidad política que ello supone.

Las ventajas, sin embargo, son obvias. Cualquier resultado electoral daría lugar a la elección de un Presidente. Si existe acuerdo entre las fuerzas políticas votadas, habría lugar a Gobiernos con apoyo plural. Si no es así, gobernaría la fuerza más votada, sin que otras fuerzas se vieran requeridas para desbloquear la situación apoyando, activa o pasivamente, la investidura de un Presidente ajeno, en el que no creen.

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simancas131016

Sorprende la simpleza de la mayor parte de los análisis que se están publicando sobre las causas del éxito electoral de políticos aparentemente estrambóticos en lugares diversos del mundo.

Donald Trump ganó las primarias republicanas y se mantiene cerca de la favorita Clinton ante la cita de noviembre en Estados Unidos. Nigel Farage y Boris Johnson convencieron a la mayoría de los británicos para votar el Brexit. Marine Le Pen encabeza los sondeos presidenciales en Francia. Los abiertamente xenófobos Petry y Meuthen lideran la AfD alemana con apoyos crecientes. Duterte gobierna Filipinas a golpe de sicariado e insultos.

Salvando las distancias, en el discurso y en los hechos, el chavismo mantiene apoyos notables entre la población venezolana, a pesar del fracaso evidente de su gestión. El cómico Beppe Grillo y sus aliados del Movimiento 5 Estrellas ganan elecciones en las grandes ciudades de Italia, sin ideología ni programa reconocibles. Y aquí en España, Iglesias y los suyos mantienen un apoyo declinante pero encomiable, no obstante lo confuso y contradictorio de sus planteamientos, en lo económico, en lo territorial y en lo institucional.

La oferta de estos personajes al electorado constituye un mix diverso pero homologable con ingredientes xenófobos, hipernacionalistas y populistas. Todos ellos construyen falsos “nosotros” para confrontar con no menos falsos “ellos”, procurando responder así a las demandas de cambio radical en una parte significativa del electorado.

El “nosotros” suele identificarse con los de “abajo”, los que sufren las injusticias, sin más distinción, atribuyéndose el populista su representación exclusiva. Y el “ellos” se atribuye generalmente a los de “arriba”, a los que perpetran las injusticias y se benefician de ellas. Es decir, todos los demás políticos. En sus palabras y en sus hechos nunca hay respuestas ni soluciones ante las injusticias reales, pero la fórmula funciona ante las urnas.

Los ciudadanos que optan por votar a estos candidatos peculiares no lo hacen tan solo y generalmente por simple inmadurez o desconocimiento, como se dice. No depositan estos votos solamente desde la ira desnuda o el enfado más irracional. Su comportamiento no responde simplemente a la desconfianza hacia la política tradicional o las élites establecidas. No podemos explicar tales comportamientos mediante análisis superficiales sobre el agotamiento de la democracia representativa y las demandas añadidas de participación política…

Muchos hombres y muchas mujeres rechazan las consecuencias de un sistema económico y socio-político dominante, que contribuye a acrecentar las desigualdades entre poderosos cada vez más enriquecidos y amplias capas de la población cada vez más empobrecidas. Rechazan una globalización que sacrifica los derechos y las condiciones de vida de las mayorías en el altar de la competitividad a ultranza. Están en contra de un mercado desregulado y brutal que se doblega ante el poder del dinero y que ignora las justas demandas de las personas.

Y rechazan también de forma creciente a aquellas fuerzas políticas que apoyan, que transigen o que se resignan ante el sistema que les empobrece en derechos y en futuro. Y dan la espalda progresivamente a los partidos que contemporizan con los dumpings empresariales en busca de trabajadores explotados, que justifican la inmoralidad de los taxrulingy los paraísos fiscales para los de siempre,que permiten la explotación de inmigrantes para una competencia a la baja en salarios y condiciones laborales…

No rechazan la razón. Rechazan un guion inaceptable que se les presenta como inevitable. Y apoyan a aquellos que se salen del guion. Por estrambóticos e irracionales que sean.

¿Qué hacer? Desde luego no basta con lamentar la supuesta irracionalidad de los electores que apoyan fórmulas que nos resultan irracionales.

Tendremos que dar respuestas valientes y efectivas a las demandas puramente racionales que laten tras estos votos que se nos antojan absurdos.

Y las respuestas valientes y efectivas no pueden quedarse en el cambio “ibuprofeno”, el cambio que solo se atreve a recetar paliativos para los sufrientes en un contexto aceptado como inalterable. La respuesta debe ser el cambio real del sistema. Si el mercado globaliza la inhumanidad, embridemos al mercado global con reglas al servicio del progreso de la Humanidad.

Frente a las injusticias, la razón política valiente.

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Los debates intensos y controvertidos forman parte de la tradición socialista. En el contexto de crisis política e institucional que sufre nuestro país, cabía esperar también una fuerte controversia en el seno del PSOE en torno a la estrategia a proponer a los españoles. Pero tras el debate y las votaciones, la tradición socialista establece igualmente el empeño general por la unidad y el trabajo destinado al bien común.

En el Comité Federal del PSOE celebrado el primero de octubre se pusieron de manifiesto, de manera más o menos explícita, propuestas distintas sobre cómo abordar las decisiones más inmediatas. Unos apostábamos por encauzar el debate a través de un Congreso inmediato. La mayoría decidió postergar el Congreso para anteponer la agenda institucional del país. Ahora todos hemos de respaldar juntos la posición adoptada democráticamente.

Y hay que seguir trabajando duro, porque hay mucho socialismo pendiente por hacer. La sociedad española necesita de un PSOE refortalecido para la defensa de sus derechos y libertades. Los españoles demandan un PSOE eficaz para mantener la esperanza en un futuro más justo y equitativo. Todos los socialistas están llamados, por tanto, a trabajar conforme a sus valores tanto dentro de la organización como, sobre todo, en el propio seno de la sociedad y en sus instituciones democráticas.

Los retos en España son mayúsculos. Lograr un desarrollo justo con empleos estables y políticas públicas equitativas, tras cinco años de gravísimos recortes practicados por gobiernos derechistas. Regenerar las instituciones y las prácticas encargadas de organizar el espacio público compartido. Hacer frente con esfuerzo e imaginación a la amenaza secesionista y las desconexiones emocionales en determinados territorios. Desenmascarar a los populismos y sus soluciones fáciles y falsas ante los problemas más difíciles.

Los desafíos en el mundo son tremendos también. El partido de la globalización se está saldando con una goleada a favor de los grandes poderes económicos y en contra de los derechos y las condiciones de vida de las grandes mayorías. La exigencia general de respuestas firmes a esta injusticia está alimentando estrategias populistas, hiper-nacionalistas y taumatúrgicas, con gran riesgo para el desarrollo del bien común.

Hace falta socialismo. Más que nunca.

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