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Archive for 24 diciembre 2015

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Los españoles, en su gran mayoría, se han mostrado partidarios del cambio, pero el PP ha vuelto a ser el primer partido, y la fragmentación extraordinaria de la representación en el Parlamento hace muy difícil tanto un nuevo Gobierno presidido por Rajoy, como un Gobierno alternativo conformado por las fuerzas de la oposición.

La valoración del electorado sobre los cuatro años de Gobierno del PP es muy contundente: el partido del Gobierno pasa de 186 a 123 diputados, pierde más de cuatro millones de votantes y 16 puntos porcentuales de apoyo. No hay precedente en la historia democrática española de una caída tan dramática en el respaldo a un Gobierno que parte de una mayoría absoluta en el Parlamento.

Los españoles han manifestado con claridad su oposición mayoritaria a una política económica que persigue el crecimiento por la vía de la precarización laboral y el recorte de los derechos sociales. La ciudadanía ha expresado también su rechazo contundente a la corrupción sistémica que lastra al partido de Rajoy, y a la falta de reacción del Presidente, tanto en términos de control como en términos de responsabilidad.

Los electores han votado cambio frente a continuidad, y el sentido ideológico del cambio ha sido inequívocamente progresista. La segunda fuerza electoral sigue siendo el PSOE. La tercera fuerza es un Podemos que se declara ajeno a la dialéctica izquierda-derecha, pero al que la gran mayoría de su electorado sitúa incluso más a la izquierda que el PSOE.

El reflejo institucional de la votación es de una complejidad sin precedentes en los 37 años de vigencia de nuestra Constitución. La representación ciudadana aparece más fragmentada que nunca. Posiblemente se conformen nueve o diez grupos parlamentarios.

La iniciativa para intentar la formación de un Gobierno corresponde legítimamente al candidato del partido más votado; es decir, a Mariano Rajoy. No lo tiene nada fácil, puesto que cuenta de entrada con el voto en contra de más de la mitad de los diputados: PSOE, Podemos, IU y nacionalistas. Salvar esta oposición parece extraordinariamente complejo, si no imposible.

Si Rajoy fracasa, nuestro régimen parlamentario ofrece la oportunidad a quienes se presentan como alternativa; es decir, a Pedro Sánchez. Tampoco sería fácil, porque la naturaleza, los programas y las condiciones expuestas por los demás grupos que promueven el cambio son de una heterogeneidad difícilmente superable.

En un análisis más pormenorizado del resultado de cada formación, el PP merece dos apuntes aparentemente contradictorios: sus apoyos se desploman, pero sigue siendo el primer partido en votos, bastante destacado sobre los demás. La escasa vocación para el diálogo y los acuerdos que han exhibido Rajoy y los suyos durante estos cuatro años van a pasarles factura a la hora de intentar sumar apoyos para una eventual investidura. Si lo logran, tendrán una nueva oportunidad para corregir errores. Si no lo logran, es posible que pasen una larga temporada en la oposición.

El PSOE retrocede en votos y escaños, pero resiste bien en un contexto con dificultades extraordinarias. Segunda fuerza parlamentaria, primera fuerza del cambio, 90 diputados y más de 5,5 millones de votos constituye un bagaje aceptable para un partido que salió del Gobierno con una gran contestación social hace solo cuatro años, y que ha tenido que bregar en un escenario con dos nuevos partidos de gran proyección social y de extraordinario apoyo  mediático.

Durante los últimos meses, el espacio socialista era el espacio a conquistar por casi todos, y Pedro Sánchez era el enemigo a batir por casi todos. El PP trabajaba por deteriorar la imagen del PSOE, porque el PSOE es su alternativa natural. Podemos, Izquierda Unida y Ciudadanos han pescado con ahínco en los caladeros del centro izquierda, donde tradicionalmente se sitúa el PSOE. Los apoyos mediáticos de la derecha se han repartido los papeles: unos promocionaban directamente al PP, mientras otros beneficiaban indirectamente al PP, promocionando a quienes disputaban el espacio político al PSOE.

Los resultados del PSOE son especialmente positivos en los ámbitos de tradicional voto socialista, como Andalucía y Extremadura. Y son especialmente negativos en las áreas urbanas como Madrid, Barcelona y Valencia, donde la estructura socialista es más débil y donde los llamados “emergentes” han sabido conectar mejor con las nuevas demandas de participación política. El Partido Socialista ya ha iniciado un proceso de renovación e impulso a su actividad en estas zonas urbanas, pero habrá de intensificar y mejorar mucho su trabajo al respecto.

Al PSOE solo le cabe respetar en un primer momento la iniciativa de Rajoy para intentar la investidura, con el voto socialista en contra, desde luego. Y solo con posterioridad a un eventual fracaso de Rajoy, cabría establecer consultas para valorar una eventual alternativa. Esta alternativa sería muy difícil en todo caso, por la multiplicidad y diversidad de las fuerzas del cambio. Y sería imposible si la condición esgrimida por algunos fuera, por ejemplo, abrir la puerta al secesionismo catalán.

El resultado de Podemos es meritorio, teniendo en cuenta su corta trayectoria política. No obstante, sus dirigentes no alcanzan ni de lejos el propósito explicitado durante toda la campaña de “conquistar los cielos”, superar al PSOE y llegar a la Moncloa. Ciudadanos ha sido otro de los grandes perdedores del 20 de diciembre. Los apoyos mediáticos fabricaron el espejismo del triple empate e, incluso, de un Ciudadanos aspirante a encabezar el Gobierno. Pero la realidad de las urnas ha llevado a Rivera al cuarto puesto con apenas 40 escaños.

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simancas111215

Se está dando cierta perversión en el desarrollo de esta campaña electoral. En lugar de debatir sobre problemas y sobre soluciones desde las diversas posiciones ideológicas, algunos se empeñan en limitar los debates a un supuesto conflicto entre “lo viejo” y “lo nuevo”. Pero no todo lo viejo es negativo, y no todo lo nuevo merece una confianza acrítica.

De hecho, hay partidos nuevos con ideas y propósitos muy viejos. Ciudadanos, por ejemplo, hace planteamientos en lo económico y en lo social que resultan tan antiguos como contraproducentes. Es un partido nuevo el que propone el contrato único que universaliza la precariedad laboral, y el que pretende equilibrar déficits autonómicos mediante copagos en la sanidad y en la educación, y el que busca subir el IVA a los alimentos básicos y los medicamentos. Son ideas de un partido nuevo, pero son ideas viejas, y de derechas.

Ciudadanos y su líder Rivera, a pesar de ser “nuevos”, han dado muestras también de unos valores muy antiguos en lo referido a la lucha por la igualdad entre mujeres y hombres. Por una parte niegan el “derecho” de la mujer a decidir sobre su propio cuerpo y su propia maternidad. Y, por otra parte, han planteado en su programa electoral acabar con la tipificación del delito de violencia de género con penas agravadas. Nuevo partido, nuevo líder, pero las ideas son de un machismo muy añejo.

Podemos tiene un problema parecido, no tanto en los contenidos ideológicos de sus propuestas como en sus objetivos, sus estrategias y sus actitudes. Sus programas son cambiantes, poco concretos y generalmente referidos al socorrido “lo que diga la gente”. Dicen que no son ni de izquierdas ni de derechas, lo que equivale a pedir el voto como una especie de cheque en blanco. Votadme y ya veremos, parecen expresar.

No obstante, en sus propósitos son muy claros. Conforme los dirigentes de Podemos van asumiendo que ellos no ganarán las elecciones, su objetivo es que tampoco las gane el PSOE. Se trata de un anti-socialismo primario. No es original ni nuevo, pero muy agresivo. Por cada crítica que hacen a la gestión de la derecha, hacen tres o cuatro al PSOE y a su candidato. Reeditan aquella vieja idea de la “pinza” de Anguita y Aznar contra el PSOE de Felipe González. Prefieren que siga gobernando el PP de los recortes y los copagos antes que permitir un cambio progresista liderado por el PSOE. Partido nuevo, planteamiento viejo.

El PSOE es un partido de 136 años, pero es un partido con valores estables y programas y equipos renovados. Los principios no cambian. Son los de la gran mayoría de los españoles: la igualdad, la libertad, la justicia social, la profundización democrática, el europeísmo, el reformismo modernizador… Pero las reformas a plantear en cada etapa son distintas, y responden a las necesidades y las demandas de la sociedad española momento a momento.

El reformismo modernizador llevó al PSOE a protagonizar junto a otras fuerzas la Transición Democrática y el consenso constitucional. En los ochenta le llevó a liderar la incorporación de España a las comunidades europeas y a poner en pie el Estado de Bienestar. En los años dos mil, ese mismo impulso reformista condujo al Gobierno socialista a ampliar derechos sociales y libertades civiles.

La sociedad española necesita nuevamente un cambio. El nuevo impulso reformista debe llevarnos a un modelo de crecimiento justo, con buenos empleos y bienestar para la mayoría. El nuevo reformismo está llamado a consolidar los derechos sociales recortados durante la crisis. Y tenemos pendiente la puesta al día de la Constitución de 1978  y su modelo territorial. Son reformas muy importantes, que requieren de un partido con valores, con determinación, con ideas claras y con experiencia de Gobierno.

Solo hay un partido en España capaz de afrontar estas reformas progresistas con solvencia. Y solo hay un partido en España capaz de evitar otro cuatrienio de derechas, de recortes, de mentiras y de corruptelas generalizadas. Es el PSOE.

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simancas031215

En democracia todos los votos son legítimos y respetables, pero si medimos su utilidad en función de lo que aportan a la posibilidad del cambio progresista en este país, el voto más útil es, sin duda, el voto al PSOE.

Siempre decimos que las próximas elecciones son las más importantes. En esta ocasión, además, es cierto. Por eso es necesario invitar a todos los ciudadanos a meditar bien y a no tomarse a la ligera esta decisión.

El 20 de diciembre se pone en juego el modelo de crecimiento que va a plantearse para nuestra economía y nuestra sociedad durante las próximas décadas. Puede consolidarse el modelo vigente, que persigue la competitividad por la vía de la precariedad laboral y la devaluación de los derechos sociales. No es un modelo original. Es el propio de las economías más débiles, más desiguales y más injustas.

Los socialistas aspiramos a provocar una inflexión en nuestro modelo de crecimiento para perseguir la competitividad en la mejora de la educación y la formación continua, en la apuesta por la ciencia y la innovación, en la reindustrialización del país, en el estímulo a la mayor envergadura de las empresas, a su internacionalización y a su digitalización. Este es el modelo propio de las economías más sólidas, más equitativas y más justas, con buenos empleos y con bienestar generalizado. Es la recuperación justa.

O un crecimiento para beneficio de unos pocos, como hasta ahora, o un crecimiento para beneficio de las mayorías. Esta es la decisión.

Está en juego también la posibilidad de llevar a cabo el nuevo impulso reformista que necesita España para lograr una democracia más moderna y más limpia.

Nuestras instituciones han prestado un gran servicio a los españoles, homologando nuestros derechos y libertades a los propios de las sociedades avanzadas de nuestro entorno, con todos sus problemas. Pero las sociedades avanzan y cambian. La ciudadanía demanda ahora una política más abierta y participativa, unas instituciones más transparentes y con más garantía de limpieza, y unos partidos democráticos en su funcionamiento, que rindan cuentas por sus aciertos y sus errores.

Se equivocan quienes dicen que todo está mal y todo hay que tumbarlo, y se equivocan también quienes dicen que todo está bien y no hay que cambiar nada. Hace falta una reforma modernizadora en nuestras instituciones, que incluya una reforma constitucional para blindar los derechos sociales amenazados por los recortes, para federalizar y hacer más eficiente nuestro modelo territorial, para mejorar la transparencia de todo el espacio público y luchar eficazmente contra la corrupción.

Todo esto está en juego.

La derecha política y económica es consciente del gran castigo electoral que sufrirá inexorablemente el PP. Y ha jugado a promocionar opciones supuestamente progresistas distintas al PSOE, a fin de evitar una gran mayoría de cambio en torno al partido que siempre lideró las grandes reformas de progreso en España. Incluso ha promovido una nueva marca blanca de ideología e intenciones derechistas para recoger parte de lo que perderá su marca original.

Pero la ciudadanía ha de saber que solo el PSOE puede ganar al PP, y que la disgregación del voto progresista acabaría beneficiando a la derecha, y consolidaría a Rajoy en el poder. El voto a Podemos o a IU, aún bienintencionado, puede ser un voto inútil en el propósito del cambio hacia el progreso y la equidad social.

Nadie puede dudar que Ciudadanos acabaría votando la investidura del candidato del PP si entre los dos sumaran una mayoría suficiente, porque eso es exactamente lo que ha hecho hasta ahora allí donde ha tenido la opción de elegir, como en la Comunidad de Madrid, en Murcia, en La Rioja o en Castilla-León.

Solo aglutinando la gran mayoría del voto de cambio progresista en torno al PSOE se puede parar a la derecha y hacer posible el gobierno de cambio. Este es el voto más útil.

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