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Archive for 20 junio 2015

RADICALIDADES

Rajoy vuelve a errar en la estrategia de descalificar a sus oponentes políticos como radicales. La sarta de improperios que ha dedicado a los nuevos gobiernos fruto de acuerdos progresistas casi no tiene fin: sectarios, estrafalarios, extremistas, a las órdenes de Venezuela, contrarios a la voluntad democrática de los españoles, contratos de adhesión con radicales…

Tales calificativos muestran tres cosas, al menos. Primero, un estado de nerviosismo impropio de un dirigente político con la trayectoria de Rajoy. Segundo, unas convicciones democráticas cuestionables, puesto que todos y cada uno de los gobiernos aludidos por el Presidente lo son por decisión de la ciudadanía.

Y tercero, la estrategia se le volverá en contra: la beligerancia de Rajoy tapará y compensará buena parte de los errores cometidos por los nuevos gobiernos, y evidenciará aún más el aislamiento que ha llevado al PP a la oposición en la mayoría de las instituciones.

La dirección del PP demuestra no haber entendido nada de lo ocurrido el 24 de mayo. La mayoría de los españoles han optado por el cambio. El cambio consiste en un giro hacia la izquierda de la centralidad política en el país. Y el cambio reclama nuevas formas en la política, con más diálogo, más acuerdo, más transparencia y más garantías frente a la corrupción.

No será por la radicalidad en su lucha contra los desahucios, o en sus exigencias de limpieza en los contratos, por lo que la ciudadanía cuestionará a las nuevas fuerzas políticas que se han situado al frente de instituciones muy relevantes. Podrán cuestionarlas por sus incoherencias y por sus insolvencias.

No es coherente, por ejemplo, que Carmena y Podemos consideren ahora su programa electoral en Madrid como simples “sugerencias”, que renuncien al prometido banco público sin explicación o que justifiquen por la “falta de tiempo” la apertura veraniega de comedores escolares, que sí van a promover para este mismo verano muchos Ayuntamientos socialistas, también recién constituidos.

Tampoco es coherente mantener en su cargo a una concejala imputada por la Justicia o a varios concejales protagonistas de declaraciones públicas impropias no ya de un responsable público, sino incluso de una persona mentalmente equilibrada. No es coherente que la nueva política promueva la limpieza de los colegios mediante cooperativas de madres.

Y no es coherente nada de esto porque quienes cometen tales errores se han caracterizado durante los últimos meses por un altísimo nivel de exigencia política y moral a todos los demás. “En política el perdón se conjuga dimitiendo”, sostenía hasta hace bien poco un significado dirigente de Podemos.

Ahora bien, estas incoherencias y estas insolvencias manifiestas no facultan al Presidente del Gobierno para practicar el discurso del miedo y para tachar a cientos de alcaldes y concejales, elegidos democráticamente, como radicales peligrosos al servicio de Venezuela.

Puestos a identificar radicalidades peligrosas, el propio Rajoy es responsable principal de unas cuantas. En estos días hemos conocido, por ejemplo, que el número de millonarios ha crecido en España un 40% desde el inicio de la crisis, al tiempo que el presupuesto con el que las familias salen adelante cada mes disminuía un 15%. Esto es radicalmente injusto.

Radical ha sido la reforma laboral que ha condenado a la precariedad laboral y a salarios de miseria a millones de españoles. Radical ha sido el copago farmacéutico para los pensionistas o la muerte por inanición de la Ley de la Dependencia. Y radical ha sido el escándalo de los tesoreros del PP llevándose los millones de sus mordidas a Suiza. Todo esto es bastante más radical que las incoherencias, las insolvencias y las torpezas de Carmena y compañía.

En todo caso, nuestros Ayuntamientos, nuestros Gobiernos autonómicos y nuestro país no necesitan ni las radicalidades de unos ni las insolvencias de otros, sino un cambio seguro y solvente en el sentido al que apuntan los principios y los intereses de la mayoría: políticas progresistas en instituciones limpias y abiertas. Claro que esto se inventó hace mucho tiempo. Se llama socialdemocracia, y en España tiene un activo con más de 130 años de historia.

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¿NUEVA POLÍTICA?

Una de las grandes incógnitas del nuevo tiempo que se abre en la política española a partir de las elecciones del 24 de mayo tiene que ver con el comportamiento de los nuevos partidos. ¿Hasta qué punto estos nuevos partidos representan nuevas formas y nuevos contenidos en el quehacer político de nuestro país?

Hasta ahora, sin embargo, las prioridades y las actitudes de los nuevos partidos no representan con carácter general una “nueva política” sino que, más bien, están reproduciendo viejos tics bajo nuevas siglas y nuevos nombres propios. Están por ver las consecuencias que esta frustración provoque en el escenario político del futuro más próximo.

Las aproximaciones a los acuerdos para la formación de los gobiernos autonómicos y municipales han tenido más bien poca novedad. Las estrategias de los partidos nuevos han estado más marcadas por el poder que por los contenidos programáticos. A Rivera y a Iglesias se les ha escuchado pocas referencias al empleo, a la educación o a la sanidad.

El discurso de los nuevos líderes se ha referido más bien a cuestiones más ajenas a la preocupación inmediata de la ciudadanía, como los métodos de elección de candidatos, la composición de los consejos consultivos o los “giros” más o menos abstractos que deben protagonizar los demás

Llama la atención especialmente que aquellos que más insistían en su desprecio por los “sillones”, como Ciudadanos, se hayan estrenado en el Parlamento madrileño obteniendo un sillón privilegiado, la Vicepresidencia Primera de la Asamblea, que no les correspondía como cuarta fuerza en número de votos. Aún no sabemos a cambio de qué han obtenido este sillón. Pero nos lo imaginamos.

También resulta chocante la conducta de aquellos que asumen con naturalidad que otros partidos les apoyen para liderar los cambios allí donde son primera o segunda fuerza, como ha ocurrido en los Ayuntamientos de Madrid o de Valencia, pero que, sin embargo, se niegan a sumar apoyos para favorecer el cambio donde son tercera o cuarta fuerza, como en Gijón, por ejemplo.

La contradicción entre los discursos de la regeneración democrática y el apoyo al PP madrileño es demasiado patente. Mientras PP y Ciudadanos votaban una y otra vez en bloque en la Asamblea de Madrid el pasado 9 de junio, la Guardia Civil entraba en varios Ayuntamientos regentados por el partido de Aguirre y Cifuentes en el marco de la operación Púnica. Alguno de los alcaldes concernidos estaba presente en aquellas votaciones como diputado electo del PP.

El escaso rigor con que se ha estrenado el primer vicepresidente del Parlamento madrileño, renunciando a un coche oficial que no le correspondía, tampoco es cosa nueva. Como no lo es el transfuguismo de cargos de otros partidos que nutren Ciudadanos y Podemos. O la renuncia patente a la paridad de género en el equipo de gobierno que la señora Carmena se ha apresurado a anunciar, incluso antes de cerrar un acuerdo con quienes han de votarle para ser alcaldesa.

El mandato de la “nueva política” acaba de comenzar y todos merecen un margen de confianza. Ahora bien, mucho de lo que estamos viendo en estos días no es precisamente nuevo…

 

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¿ALGUIEN SE ACUERDA DE LA CIUDADANÍA EN ESTOS PACTOS?

La primera pista llegó con aquella condición tan llamativa que un partido “emergente” planteó como “línea roja” para facilitar la formación de gobiernos regionales: que se celebren elecciones primarias en los partidos.

Enseguida aparecieron más “líneas rojas” en el mismo sentido: “Antes de empezar a hablar, Gallardón y Leguina deben salir del Consejo Consultivo de Madrid”.

Y la confirmación llegó de la mano de esos titulares tan del gusto de los gurús más “cool” en la nueva comunicación política: que si los gobiernos “no saldrán gratis” y que si tal o cual partido debe “dar un giro de 180 grados”.

Imagino la profunda decepción que habrán sufrido millones de españoles ante exigencias tan originales por parte de quienes se presentaron a sí mismos como baluartes de la “nueva política” y de la “regeneración democrática”.

¿Que celebremos primarias? ¿Que Gallardón y Leguina dejen de percibir sueldo público en un Consejo Consultivo para percibirlo en la Fiscalía o en el Instituto de Demografía? ¿Que no sé quién gire no sé cuántos grados de no sé dónde a nadie sabe qué lugar?

¿Y qué hay de los 600.000 mil parados que tenemos en Madrid? ¿Qué hay del 90% de madrileños que solo alcanzan a firmar contratos precarios? ¿Qué hay de los 250.000 trabajadores pobres de Madrid? ¿O de la sanidad en riesgo de privatización? ¿O de la educación recortada? ¿O de la dependencia jibarizada?

Los acuerdos entre fuerzas políticas son una necesidad derivada de los resultados electorales y de la ausencia de mayorías en Ayuntamientos y Parlamentos autonómicos. Pero la finalidad de los acuerdos no puede limitarse a los cálculos tacticistas de unos y otros de cara a las siguientes elecciones.

Gabilondo lo ha denunciado a su modo y tiene toda la razón. “Hay que hablar de la ciudadanía antes de las elecciones, y también después de las elecciones”. Porque pareciera que muchos de los que apelaban al interés de la ciudadanía hasta el 24 de mayo, solo atienden ahora al interés de su propia imagen pública o al interés de su partido en la lucha por la Moncloa.

¿Alguien ha escuchado a alguno de estos líderes emergentes hablar sobre las políticas activas de empleo necesarias en Madrid? ¿O sobre la necesidad de fortalecer la atención primaria para descongestionar las urgencias sanitarias? ¿O sobre la pertinencia de rebajar las tasas universitarias para el próximo curso?

Ni una palabra. Solo primarias, personajes ilustres con los que hacer titulares y frases huecas de puro marketing. Y después nos quejamos de la desafección a la política.

En Madrid algunos estamos empeñados en hacer realidad el cambio que los madrileños han votado muy mayoritariamente. Tenemos un candidato honesto y capaz para encabezarlo. Se llama Ángel Gabilondo. Y quizás podamos sacarlo adelante, si algunos comienzan a pensar antes en el futuro de la ciudadanía madrileña que en su propio futuro.

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