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Archive for 26 abril 2015

ALCALDE CARMONA

El perfil más clásico y eficaz del alcalde es el de aquel que no espera los problemas en el despacho, sino que los recibe a pie de calle. El alcalde es el político que toma el pulso de su gente allí donde vive la gente. A un alcalde no le cuentan las dificultades en un gabinete, porque es el primero en conocerlas. Y el alcalde no construye las soluciones en un laboratorio, sino al lado y de la mano de quienes han de practicarlas y disfrutarlas.

Gallardón tenía más ínfulas de emperador que de alcalde. Botella huye de la calle mientras la calle le reprocha su lejanía. Y Aguirre siempre fue populista tan solo del pueblo más selecto. Antonio Miguel Carmona tiene madera de alcalde, indudablemente. Conoce las inquietudes y los anhelos de cada esquina de la ciudad, y no por haberlas leído en informe alguno, sino por haberlas visto, tocado y sufrido en directo.

Dice la leyenda carmonista que en su agenda figuran a veces actos simultáneos no por error, sino por la capacidad del futuro alcalde de Madrid para atender varios asuntos a un tiempo, logrando además que cada concernido se sienta objeto de una atención singular y especial. Cercanía, empatía, diálogo, participación… Son los atributos de un alcalde dedicado al interés de la mayoría de la gente, antes que al provecho de la selecta minoría de siempre.

¿Y el programa?, preguntan a veces. El programa lo tiene en su cabeza. Cada demanda, cada cifra, cada fecha, cada interlocutor, cada compromiso, cada decisión… Solo hay que descargarlo del disco duro de su memoria de alcalde. ¿El resumen? Una ciudad a la medida de sus habitantes, antes que a la medida de sus negocios. Una ciudad justa.

Carmona es economista, pero de los economistas que ven los ojos, la cara y el corazón que se esconde tras cada estadística. Es de los economistas que no miden las mejoras o los retrocesos en el PIB o en el IBEX, sino en la calidad del empleo de los jóvenes, o en los servicios públicos que disfrutan los mayores, o en la igualdad real que experimentan las mujeres, o en las oportunidades que la ciudad brinda a sus niños y niñas.

Por eso dice que su M-30 es la igualdad, y que su Palacio de Cibeles es una red de escuelas infantiles, y que su Teatro Real son las escuelas de música para cada barrio. El desahucio de cada día no es una curva hacia arriba o hacia abajo para el economista Carmona, sino un enemigo, como los fondos buitre que se enriquecen malcomprando y malvendiendo las viviendas públicas que debieran albergar a los más necesitados.

Y aspira a ser alcalde de su ciudad, Madrid, pero ya se siente alcalde de todos y de todas las que llegan a Madrid, las que viven, o pasan, o sufren, o se alegran en Madrid. Vengan de donde vengan. Suele decir que cualquiera es madrileño y madrileña en cuanto pisa la T-4 de Barajas, o la estación de autobuses, o la terminal del AVE en Atocha, o la carretera de Extremadura. No afirma Madrid frente o contra otros. Afirma Madrid con todos los otros y con todas las otras. Madrid y España, sí. Con mayúsculas.

Puede que ni él mismo se esté dando cuenta, pero ya está ejerciendo como el alcalde que Madrid lleva tiempo necesitando.

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EMERGENTES, PERO NO MUY SOLVENTES

Todas las formaciones políticas que se presentan a unas elecciones merecen respeto y consideración, las más nuevas y las menos nuevas. Y todas las formaciones políticas merecen también el mismo análisis crítico sobre sus propuestas y sobre su comportamiento en campaña, los supuestamente emergentes y los ya emergidos, por igual. Porque unos y otros se presentan ante la ciudadanía como formaciones preparadas para asumir la representación y el gobierno de los asuntos colectivos.

Como es lógico, la pulsión de cambio en la sociedad española, conforme se aproxima la hora de la verdad electoral, va perdiendo componentes puramente emocionales y va ganando en su consideración más racional. La ciudadanía valora cada vez más la propuesta que la protesta, y va estimando en mayor medida la solvencia en la articulación de soluciones viables que la habilidad dialéctica en las tertulias televisivas.

Los dirigentes de los nuevos partidos han puesto de manifiesto recientemente algunos comportamientos cuestionables. Por ejemplo en Andalucía. Tras presentarse ante la ciudadanía como auténticas alternativas de gobierno respetuosas con la democracia, están ignorando el resultado inequívoco de las urnas andaluzas y están obstaculizando la pronta formación del gobierno que ha de servir al interés general. Además, en el afán de ganar bazas de poder cuanto antes, fomentan el transfuguismo masivo de militantes y de cargos de unos a otros, a la más vieja usanza política, por cierto.

La “democracia del click” con que algunos pretenden dar lecciones de participación transparente genera tantas sospechas de juego poco limpio que hasta sus protagonistas se han visto obligados a anular algunos de sus resultados notorios. Yerran cuando hacen y también, a veces, cuando hablan, como cuando aseguran estar dispuestos a suministrar a los andaluces cañas de pescar en lugar de peces, como si se tratara de un territorio tercermundista… El propio Jefe de Estado debió sorprenderse un tanto cuando uno de los líderes emergentes aprovechó su primer encuentro público para regalarle unos dvd sobre la serie americana de moda.

Más serio es el cuestionamiento que merecen sus propuestas programáticas. Algunas porque son de ida y vuelta, como el establecimiento de la renta mínima universal o la jubilación a los 60 años. Otras por poco meditadas, como la denuncia del Tratado de Lisboa y el euro. También las hay sumamente injustas, como la idea de Podemos de eliminar las pensiones de viudedad que reciben miles de mujeres sin recursos en España, con el argumento de que ya cobrarían la renta universal, a la que previamente se había renunciado…

Un debate a fondo requiere la oferta electoral de Ciudadanos para legalizar la prostitución, cuando todos sabemos que la compra-venta de favores sexuales en nuestro país, además de vejatoria para todo ser humano, se fundamenta en buena medida en el tráfico y la explotación de mujeres víctimas de redes mafiosas. También es rechazable la obsesión del economista de cabecera de esta formación por el contrato único, que equivale necesariamente al contrato único precario. Y ha de cuestionarse la apuesta por la “sanidad mixta” en detrimento de la sanidad pública garante de equidad. Y la coincidencia con el PP al limitar la prestación sanitaria a los inmigrantes. Y las reticencias a la paridad hombre-mujer en las candidaturas. Y la fijación de un IVA homogéneo, forzando la subida de impuestos sobre el consumo de productos de primera necesidad, como alimentos y medicinas….

Insistamos, por tanto, en la legitimidad de todas las opciones políticas, por novedosas e inexpertas que resulten, pero analicemos con cuidado si tras tanta novedad emergente existe en realidad algo más que mucha ambición y poca solvencia.

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ESTILO GABILONDO

La elección de Ángel Gabilondo como candidato a la Presidencia de la Comunidad de Madrid está generando unos efectos que van más allá de la obvia ventaja en las expectativas electorales del PSOE. El estilo propositivo, integrador y respetuoso del profesor Gabilondo ha elevado sustancialmente el nivel del debate político en nuestra región. Hasta tal punto ha sido asumido este cambio en la política madrileña que otras formaciones políticas se han visto obligadas a elegir perfiles similares en sus propias candidaturas.

El “estilo Gabilondo” consiste en anteponer el debate en torno a lo que interesa a la ciudadanía por encima de los habituales debates estériles entre los propios partidos. Se trata de analizar los problemas y los retos a los que se enfrenta la sociedad antes que examinar con ánimo crítico las conductas de los rivales políticos. Y se trata de plantear propuestas para solucionar los problemas de los ciudadanos y las ciudadanas antes de ensayar cada día nuevos golpes certeros sobre la mandíbula del adversario electoral.

Gabilondo entiende, con mucha razón, que a menudo la ciudadanía contempla entre sorprendida y hastiada los absurdos reprochatorios que se lanzan unos dirigentes políticos contra otros, mientras parecen olvidar que se les eligió no para pelearse entre ellos sino para resolver los problemas de quienes les pagan. Si aquello del “y tú más” siempre fue reprochable, lo es en mayor medida cuando muchos madrileños y madrileñas están sufriendo los rigores de la crisis y de los recortes, a la espera de una solución que no acaba de llegar.

El estilo del candidato socialista consiste también en fundamentar las propuestas políticas en principios y en valores antes que en la acostumbrada puja electoralista. Gabilondo suele hablar de un modelo económico compatible con la justicia social. Habla de empleos con derechos. Habla de políticas públicas para asegurar la equidad social. Habla de instituciones justas al servicio del interés colectivo. Habla de cambios en las políticas y en las formas de hacer política. Y a partir de ahí desgrana su programa concreto en cada área de Gobierno.

Durante demasiado tiempo, la política madrileña se ha asemejado a una especie de mercadeo de ofertas con las que impresionar al electorado. Si tu pones siete hospitales, yo pondo ocho. Si tú prometes colegio y centro de salud, yo prometo colegio, centro de salud, universidad, hospital y centro aeroespacial. Si tú ofreces bajar este impuesto, yo bajo este, el otro y el de más allá. Como es lógico, muchos ciudadanos contemplaban este espectáculo entre escépticos y hartos. Resulta mucho más interesante y enriquecedor tratar sobre modelos de región y acomodar las propuestas concretas a estos grandes modelos diferenciadores.

Gabilondo comenzó su andadura como candidato hablando de honestidad. Creo que ha sido el único candidato de la historia de las elecciones en España que ha logrado poner en pie a un auditorio con una cita de Kant apelando a la honestidad como prioridad en el quehacer político. Pero jamás ha hecho uso de este a priori como un arma arrojadiza. Es más, ha reprochado las conductas deshonestas en todas las filas, incluidas las más cercanas. Solo así será creíble el político que se compromete a una gestión transparente y limpia, además de eficaz. Este discurso es mucho más inteligente y efectivo que cualquier auto-tribunal para candidatos.

Los socialistas estamos orgullosos de hacer campaña con “estilo Gabilondo”. Y estamos convencidos de que el beneficio no se quedará solo en nuestra orilla, sino que alcanzará, y ya está alcanzando de hecho, al conjunto de la política madrileña.

 

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