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Archive for 31 enero 2015

LA RESPONSABILIDAD DE SYRIZA

Syriza ha asumido una gran responsabilidad con el gobierno griego. No solo carga con el compromiso de devolver dignidad y calidad de vida a la ciudadanía de Grecia. El resultado de su desafío alestablishment europeo repercutirá sobre el conjunto de la ciudadanía en el viejo continente. Veremos si para bien o para mal.

El partido de Tsipras obtuvo un respaldo electoral masivo en Grecia al conectar con el rechazo popular a las imposiciones bárbaras de la Troica. También se benefició por la incomparecencia de la socialdemocracia en la oposición al gobierno nacional que aplicaba aquellas imposiciones. La alianza contra natura del PASOK con la derecha de Nueva Democracia ha dejado expedito para Syriza el campo de la contestación popular al austericidio.

La coalición de izquierda radical Syriza, que así reza la traducción literal de su nombre, protagonizó una campaña muy emocional. Condena sin paliativos a Merkel, a la nomenklatura de Bruselas, al BCE, a sus “delegados” en el Gobierno griego… Garantía contundente de acabar con la dura condicionalidad de las ayudas europeas. Negativa tajante a pagar las deudas pendientes en los términos pactados. Recuperación automática del gasto público y las políticas de bienestar….

La emocionalidad de la campaña ha empujado al éxito en la jornada electoral, pero limita mucho el margen de negociación con los acreedores, y arriesga una pronta frustración entre la ciudadanía griega con consecuencias imprevisibles.

Los primeros pasos del Gobierno de Syriza han sido contradictorios. El primer Consejo de Gobierno confirmó todas las promesas de campaña, desde la subida drástica del salario mínimo hasta el aseguramiento sanitario de 300.000 griegos sin cobertura, pasando por la recontratación de miles de funcionario. Eso sí, sin aclarar el origen de los fondos con que pagar todo esto. Pero, al mismo tiempo, Tsipras tardó apenas unas horas en firmar una coalición de Gobierno difícil de explicar y de entender con un partido de derechas, nacionalista, xenófobo, clerical y antiturco, al que otorgó nada menos que el crucial ministerio de Defensa.

Un Gobierno integrado exclusivamente por hombres, sin una sola mujer, tampoco resulta coherente con las expectativas de radicalidad democrática. De entrada, ha dejado fuera a más de la mitad de la población. Con todo, preocupan sobremanera sus coqueteos con la Rusia filoimperial de Putin, y el boicot a los consensos europeos para frenar la escalada expansiva y belicosa del Kremlin.

Resulta previsible cierta resistencia en las instituciones de la Unión Europea para ceder de entrada a los planteamientos del Gobierno de Syriza, cuando se presentan de forma dura y exigente, junto al chantaje implícito de su acercamiento al adversario común en Rusia. Alguien puede interpretar en Bruselas que cualquier margen ofrecido a las posturas exigentes del populismo griego supondría un aliento para otros movimientos populistas en el resto de Europa.

En consecuencia, sería razonable que el nuevo Gobierno griego, con una legitimidad democrática incontestable, actuara con responsabilidad dentro y fuera de su país. Reclamando con firmeza un marco viable de relaciones con los acreedores financieros, compatible con las posibilidades de desarrollo y la recuperación de la dignidad de los nacionales griegos. Y, a la vez, ofreciendo colaboración a las instituciones europeas para contribuir a la estabilidad y el desarrollo común. Tsipras haría bien en atender antes a la mano tendida de los socialistas Shultz, Hollande y Renzi, que a los cantos de sirena del peligroso zar de las rusias.

A muchos nos ha sorprendido también que el empeño lógico de Syriza por reformar el sistema de gastos en Grecia, reestructurando el pago de las deudas y atendiendo necesidades sociales de la población, no se haya acompañado por un propósito público tan decidido para mejorar su sistema de ingresos, con planes de activación económica y con estrategias firmes contra el fraude fiscal. El futuro de Grecia no depende tan solo de la recuperación del gasto, sino también de la recuperación de los ingresos públicos.

Respecto a los paralelismos interesados entre la situación de Grecia y de España, cabe parar los pies a los oportunistas. Ni España ha sufrido el rescate brutal de Grecia, a pesar de nuestros muchos problemas. Ni el PSOE es el PASOK, porque aquí no hay pactos contra natura, y los socialistas somos referencia clara de alternativa. Ni Podemos es Syriza, aunque solo sea porque estos últimos se califican de izquierdas, sin indefiniciones populistas, y tienen una experiencia institucional, de oposición y de gobierno, que les faculta para gobernar. Esperemos que para bien…

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¿RECUPERACIÓN PARA EL 10% O PARA EL 90% DE LOS ESPAÑOLES?

Todo parece indicar que se abre un nuevo contexto económico con oportunidades de crecimiento. La caída en el precio del petróleo, el bajo coste de la deuda, el tipo de cambio del euro favorable a la exportación y las nuevas estrategias expansivas del BCE parecen animar algo la economía. También es cierto que se mantienen  incógnitas relevantes en torno a la baja productividad, los altos niveles de deuda y los riesgos de deflación. No obstante, si la ansiada recuperación fuera un hecho en nuestro país, como todos deseamos, la gran pregunta sería: ¿quién se va a beneficiar? ¿el 10% que ya se benefició de la crisis? ¿o el 90% que la sufrió?

Como viene siendo habitual durante los últimos años, el liderazgo de las ideas progresistas nos llega de Norteamérica. Ha sido Obama, el Presidente de los muy capitalistas Estados Unidos, quien ha pronunciado las frases que, al parecer, ningún gobernante europeo de izquierdas se atreve a pronunciar: “¿Aceptaremos una economía que solo beneficia a unos pocos espectacularmente?”, “A todos los que rechazan subir el salario mínimo, les digo: si crees que se puede mantener a una familia con menos de 15.000$ al año, pruébalo”, “Es hora de un mayor reparto de las cargas entre los ricos y las clases medias”. Son las ideas “post-capitalistas” y de la “economía para la igualdad” que defienden Piketty en Francia y Pedro Sánchez en España.

Las claves en el reparto de la pretendida recuperación son dos, al menos. Primero, la clave fiscal. Los nuevos márgenes que proporciona el contexto económico europeo pueden utilizarse para rebajar impuestos a las rentas altas y a las grandes empresas, como ya anuncia el PP en España. O pueden utilizarse para impulsar planes públicos de creación de empleo y para recuperar derechos sociales perdidos en las clases medias trabajadoras durante la etapa de los fuertes recortes. O más enriquecimiento para unos pocos, o más empleo y calidad de vida para las mayorías.

La segunda clave estará en la calidad de los empleos. Si la recuperación se lleva a cabo con la actual legislación laboral en España, los nuevos contratos de trabajo serán cada vez más temporales, más precarios y con menos salarios. La reforma laboral de 2012 ha provocado la sustitución progresiva de contratos indefinidos a tiempo completo por contratos temporales y a tiempo parcial con carácter involuntario. Los salarios han caído a niveles de hace 30 años. Más de la mitad de las horas extras realizadas no se cobran. La explotación y la pobreza laboral son realidades cada vez más extendidas. O la recuperación se acompaña de una nueva legislación laboral, con más garantías para los derechos de los trabajadores, o solo se beneficiarán los de siempre.

Por eso importa la recuperación, pero importa tanto o más quién gobernará la recuperación, cómo, con qué objetivos y, sobre todo, para quién. El PP ha facilitado que los más poderosos se beneficiaran de la crisis, a costa de la mayoría. Nada hace pensar que pudieran cambiar de criterio en una eventual recuperación. Podemos solo aspira a hacer saltar el sistema por los aires, porque han llegado a la conclusión de que cuanto peor le vaya a la mayoría y más se generalice el cabreo, mejor irán sus expectativas electorales. En consecuencia, la mayor esperanza para las clases medias trabajadoras está en un gobierno socialdemócrata que propicie un aprovechamiento justo e igualitario de la recuperación económica.

Posiblemente ya no esté en juego tan solo un mayor o un menor nivel de contestación social ante las desigualdades. Puede que hayamos pasado esa fase. Ahora nos jugamos la legitimidad del modelo económico vigente y del sistema democrático que nos ha proporcionado derechos y libertades. Porque cada vez hay más gente dispuesta a reventar el sistema si el sistema revienta la esperanza de la mayoría.

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¿HAY UNA PULSIÓN AUTODESTRUCTIVA EN EL CARÁCTER DE LOS ESPAÑOLES?

Nunca he sido partidario de esas teorías que interpretan la historia a partir de supuestas constantes en el carácter de los pueblos. Primero porque los pueblos son de carácter plural y mutable. Y segundo porque la simplificación de los condicionantes de cada etapa histórica no suele conducir a análisis veraces y útiles.

No obstante, hay que reconocer cierta razón argumental a quienes hablan de una pulsión autodestructiva muy recurrente en la historia reciente de los españoles. Y es que pueden reconocerse pautas repetidas en la historia de los dos últimos siglos que nos llevan unas veces a un loable afán constructivo, para caer con posterioridad en otro afán no menos intenso por destruir lo construido.

La historia de nuestro siglo XIX es en buena medida la historia de un continuo tejer y destejer el manto de Penélope. En sus comienzos, los españoles tejimos con ardor un espíritu nacional y una Constitución con derechos y libertades muy avanzados para la época. Si bien nuestro Fernando VII pasó pronto de ser “El Deseado” para consolidar el nuevo régimen, a convertirse en “El Felón” que nos retrotrajo a la peor versión del viejo régimen.

El final de siglo fue algo parecido: de la esperanza de “la gloriosa” al “desastre del 98”. El siglo XX también fue pendular. Del impulso democratizador y europeizador de la República al drama de la Guerra Civil y los cuarenta años del oprobio franquista.

Pareciera que este constante ir y venir hubiera tenido su fin con la Transición Democrática y el consenso constitucional en torno a unas reglas del juego político y unos derechos de ciudadanía aceptados por todos. De hecho, los últimos 36 años han configurado la anomalía histórica de una convivencia en paz y con libertades sostenida en el tiempo.

Sin embargo, pareciera también que ese viejo demonio escondido en nuestro ADN pugnara por volver a hacerse presente para cumplir el funesto designio de la autodestrucción. ¿Cómo interpretar si no el empeño irracional de muchos por denostar “régimen cerrojo del 78”? ¿O cómo explicar que sean precisamente los nacionalismos periféricos que más han avanzado en la consecución de sus reivindicaciones de autogobierno quienes nos aboquen al precipicio de la secesión y la ruptura?

No hay base racional para los discursos que invitan a arrojar por la borda toda la institucionalidad construida con mucho sacrificio desde 1978 para disfrutar por fin de unas condiciones de democracia y de bienestar equiparables a las de los vecinos europeos a los que siempre envidiamos. ¿Qué régimen añoran quienes buscan destruir “el régimen del 78”? ¿Prefieren el otro “régimen”? ¿El anterior? ¿De qué “cerrojo” hablan? ¿Del que les permite dar rienda suelta ahora a sus ideas, a diferencia del que llevó a las cunetas, a las tapias de los cementerios o al exilio forzoso a quienes antes opinaban con libertad?

¿Y qué razón asiste a quienes denuncian “la opresión centralista” desde las instituciones más descentralizadas de la historia de España? ¿Qué reclamación “soberanista” bien fundada puede hacerse hoy en el Estado con más competencias transferidas de toda Europa? ¿Cuánta independencia puede exigirse hoy al Estado español cuando ni el Estado español ni ninguno otro ejerce independencia alguna en un contexto de globalización creciente en los problemas y en las soluciones?

¿Y si no hay razón tras estas pulsiones, qué es lo que hay? ¿Ansia desnuda de poder? ¿Afán de cargarse al adversario aun al precio de cargárselo todo? ¿O es cierto aquello de la pulsión irracional autodestructiva?

Sea como sea, solo cabe mantener la esperanza de que el electorado español actúe durante este decisivo año electoral con la racionalidad y la sabiduría de que ha hecho gala durante la vigencia de este bendito “régimen”, con todas sus mejoras pendientes, porque “podemos” temer que la alternativa sería mucho peor.

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FANATISMOS DEL SIGLO XXI

El asesinato bárbaro de doce personas en la redacción de una revista francesa “en nombre de Alá” vuelve a poner de manifiesto la vigencia plena en nuestros días de los mismos fanatismos religiosos que asolaron Europa durante la Edad Media. Los tres individuos que masacraron la sede de “Charlie Hebdo” manifestaron hacerlo para “vengar a Mahoma”, según testigos presenciales. Varios siglos después, los actos y sus motivaciones, de la espada al kalashnikov, o de la hoguera a la bomba, son exactamente los mismos que protagonizaban nuestros antepasados en los múltiples conflictos religiosos que segaron millones de vidas durante los oscuros tiempos medievales. Solo que ya no estamos en el medievo sino en el siglo XXI, y que los seres humanos creíamos haber avanzado algo en términos de triunfo de la razón sobre la ignorancia, la superstición y la barbarie.

La tragedia de París ha tenido un amplio eco en los noticiarios europeos, pero episodios como el de la capital francesa, y aún peores, se producen a diario en Iraq, en Afganistán, en Siria, en Líbano, en Pakistán, en Libia, en Camerún… Los seguidores de una religión perpetran matanzas sobre los seguidores de otra religión. A veces, incluso, los seguidores de una religión matan también a los seguidores de la misma religión pero en una versión diferente. Mujeres sepultadas en vida bajo disfraces denigrantes por mandato religioso. Niñas asesinadas por atreverse a ir al colegio contra la interpretación delirante de un texto escrito hace siglos. Jóvenes raptadas y “convertidas”. Adúlteros lapidados. Homosexuales perseguidos y ejecutados por contravenir supuestamente un mandato divino… Todo en nombre de una concepción de Dios y del mundo que se adopta con un grado terriblemente anacrónico de fanatismo y de intolerancia. En el siglo de internet y de la robótica. Como si no hubiéramos avanzado un palmo.

Aquellas guerras medievales de religión, cruzadas e inquisiciones incluidas, encubrían las más de las veces otras competencias de naturaleza bastante mundana, como el reparto del poder y de las riquezas. Quienes manejaban los conflictos se aprovechaban del general analfabetismo que favorecía la incultura, la superstición y el gregarismo. Además, muchos de los europeos envueltos en aquellos conflictos irracionales participaban más por obligación hacia sus dueños y señores que por auténtica convicción religiosa. Y todavía aún el fanatismo religioso pesca a muchos sus adeptos entre los ignorantes y los excluidos. Pero hoy el acceso a una cultura mínima es más fácil incluso en los últimos confines del planeta. Y entre los reclutados por los sacerdotes de la muerte aparecen demasiado a menudo personas con un bagaje intelectual y social que debería resultar incompatible con esos gritos de París de “Muerte en nombre de Alá”.

Los bárbaros de París parece que mataban en nombre de una interpretación radical de la religión islámica, pero ni ahora ni a lo largo de la historia cabe atribuir la barbarie en exclusiva a los seguidores de esta confesión. Durante siglos, en Europa se ha matado también y mucho en nombre del Dios de los cristianos. Y durante estos días proliferan los incendios provocados por fanáticos anti-islámicos en mezquitas suecas, francesas o alemanas. Hace pocos años, un militante de extrema derecha, tan loco o tan poco loco como los de París, masacró a 85 jóvenes izquierdistas suecos en Utova (Suecia) “para frenar la colonización islámica”. Muchos alemanes, por cierto, se muestran inquietos por la creciente movilización islamófoba en algunas ciudades de su país.

También es verdad que hay fanáticos que no necesitan motivaciones tan elevadas como un Dios o una religión para liarse a golpes con el prójimo. La ribera de nuestro río Manzanares fue testigo hace bien poco de un asesinato bárbaro en nombre de un fanatismo futbolístico. A mí me gusta un equipo de futbol, y si a ti te gusta otro, te apaleo hasta matarte. La misma barbarie con excusa distinta.

Los asesinos de París han intentado asimismo amedrentar a la sociedad y hacer callar a sus medios de expresión. Tampoco es nuevo. Los integristas y fanáticos no solo afirman su identidad, sino que buscan acallar las demás, por las buenas o por las malas. Las conquistas de la libertad de expresión y la libertad de prensa forman parte de los derechos humanos más elementales y merecen una defensa cerrada frente al fanatismo irracional.

Respétense todas las religiones y a todos los religiosos que se conducen con respeto a las creencias y a los derechos de los demás. Pero combatamos el fanatismo religioso ¿La receta? No es sencillo. Pero primero es preciso no dejarse amilanar en la defensa de los derechos humanos, el derecho a creer y a no creer, el derecho a expresarse en libertad. Segundo, perseguir a los fanáticos delincuentes con razón, con proporción y con la ley en la mano. Y siempre educación, cultura y democracia. Porque educación, cultura y democracia siempre fueron los mayores amigos del progreso en la Humanidad y los peores enemigos de los fanáticos de la sinrazón.

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EL RELATO DE 2015

George Lakoff viene teorizando desde 1996 en torno a los marcos conceptuales en los que se desarrolla el debate político de nuestros días. La tesis de su conocidísimo libro “No pienses en un elefante” atribuye el éxito de una estrategia de comunicación política a la habilidad para situar el debate propio y el de los oponentes en un contexto conceptual propicio, a partir del cual estructurar un discurso coherente y eficaz. Según Lakoff, la lingüística cognitiva nos enseña que si piensas, discutes y propones en el marco analítico y emocional del elefante acabarás asumiendo las tesis del elefante, que es el símbolo del Partido Republicano en los Estados Unidos.

Lo que Lakoff denominaba “marcos conceptuales” o “visiones del mundo” en 1996, en España lo llamamos ahora “el relato”. ¿Y cuál será el relato que triunfará en el crucial año político que ahora comienza? De la respuesta a esta pregunta dependerá muy probablemente el resultado de las sucesivas elecciones catalanas, municipales, autonómicas y generales que nos esperan en unos meses y, lo que es más importante, el devenir de nuestras instituciones más relevantes.

Un “relato” eficaz ha de ofrecer una explicación sencilla y entendible de la realidad que aprecian los ciudadanos, de sus características y, sobre todo, de sus causas. A continuación es preciso señalar un culpable para los problemas. Un culpable fácilmente identificable y ajeno, por supuesto. Y, por último, hay que plantear una salida a modo de propuesta, en términos coherentes con lo anterior y de ejecución lo más simple posible.

En la actualidad hay tres grandes relatos en dura lid en nuestro país. El elefante del Gobierno se llama sacrificio y recuperación. Los socialistas manirrotos dejaron España al borde de la quiebra y el rescate. Todavía sufrimos las consecuencias de la “herencia socialista”. Gracias a la labor de un Gobierno eficaz y a los sacrificios de muchos españoles, la situación se está remontando: la economía vuelve a funcionar, se crea empleo y “la crisis es historia”. Ahora no podemos volver atrás. Para consolidar la recuperación no pueden volver a gobernar los socialistas despilfarradores. Tampoco cabe arriesgar la estabilidad votando a los radicales de Podemos. Y, desde luego, no puede apoyarse a quienes buscan romper España. Solo el PP garantiza la recuperación económica, la estabilidad política y la unidad del país.

Podemos tira del manual populista más tradicional para construir un relato simple y eficaz. Nosotros sabemos que ustedes están sufriendo mucho. ¿Saben cuál es la razón de su sufrimiento? Unos cuantos sinvergüenzas de la política de siempre y del dinero de siempre nos explotan y nos engañan. Son la casta. Mientras ellos disfrutan de privilegios y corruptelas, la gente sufre. Solo hay una salida. Echarlos a todos y que gobierne el pueblo, la ciudadanía auto-organizada. Es decir, Podemos. Este relato tiene una derivada en Cataluña: el populismo nacionalista, que sustituye la casta por España.

Hay un relato más. Claro que la gente sufre. La crisis ha castigado duramente a los españoles. Pero la causa de la crisis está en las políticas de la derecha europea. Y la derecha en el Gobierno español ha aprovechado la crisis para robar derechos y libertades a la gente, en su trabajo, en su sanidad, en su educación, en la atención a la dependencia, incluso en su derecho a manifestarse. La derecha ha gobernado para beneficiar al 10% de la población mientras el 90% de las clases medias y trabajadores perdía derechos y bienestar. La salida no puede estar en el PP, porque el PP es causante y cómplice de la crisis. Y tampoco puede estar en Podemos, porque sus líderes se limitan a hacer el discurso de la ira y el desahogo. Para recuperar los derechos perdidos no bastan la ira y el desahogo. Hacen falta propuestas viables, experiencia de gobierno, buenos equipos. Hace falta socialismo reformista.

El relato más veraz es, sin duda, el último citado. Pero, ¿será el que se imponga? Por desgracia, la veracidad no es la primera condición para el triunfo de nuestro elefante. En teoría, resultaría difícil que el Gobierno consiguiera demostrar su compromiso con los derechos y el bienestar de la gente, cuando no ha cejado de practicar recortes y retrocesos durante los tres últimos años. Y debería resultar complicado también que los populistas generaran confianza mediante la receta simple de decir a cada cual lo que quiere escuchar, y de ir cambiando el programa conforme parezca resultar conveniente. Hoy de izquierdas, mañana de centro. Hoy españolista, mañana independentista. Hoy no pagamos la deuda, mañana sí. Hoy prometemos la renta universal, mañana no. Hoy jubilamos a los 60, mañana a los 65.

Pero el triunfo de uno u otro marco conceptual, como nos enseña Lakoff, no depende de su apego a la realidad ni de su solvencia propositiva. Depende sobre todo de los recursos que se pongan en juego para tratar de imponerlo. La derecha tiene los grandes medios de comunicación a su favor, la mayoría de los privados y casi todos los públicos, comenzando por una RTVE que ya se ha puesto las pinturas de guerra. Los populismos tienen a su favor parte de los medios privados que ven en su ascenso un buen método para fraccionar a la izquierda y debilitar al PSOE. Y cuentan también con el enfado legítimo de muchas personas de buena fe, que tanto en España como en el resto de Europa se están dejando seducir por el canto de sirena de la protesta radical sin opciones para solucionar los problemas.

El relato del progresismo reformista no tiene la ventaja de los apoyos mediáticos más poderosos, ni tiene a favor el viento de la ira popular. Por tanto, sus defensores deberán hacer uso intensivo de las herramientas más tradicionales de la izquierda que aspira a gobernar para cambiar la realidad: la empatía con los que sufren, la argumentación racional, la comunicación directa, el debate abierto, el esfuerzo pedagógico, la persuasión inteligente… Todo ello con mucho trabajo de calle y con mucha humildad sincera. Reconociendo los errores cometidos. Reivindicando también una hoja de servicios repleta de conquistas positivas para las clases medias y trabajadoras. Y, sobre todo, proponiendo alternativas de futuro, propias, sugerentes y viables para mejorar la vida de la gente. Sin dogmatismos estériles, pero con los valores de siempre: la igualdad y la libertad.

Alea Iacta Est. Ojalá gane el mejor. Trabajaremos para ello.

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