Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for 20 diciembre 2014

¿QUÉ FUE DE LA ECONOMÍA REAL?

El debate en torno a las consecuencias de la hiper-financiarización de la economía puede resultar extraordinariamente complejo y obtuso. Sin embargo, algunos episodios de nuestra realidad económica cotidiana pueden contribuir a su esclarecimiento.

El caso Odyssey y el famoso tesoro de “Las Mercedes” puede ser uno de los más evidentes. Como todo el mundo sabe, aquella empresa norteamericana se hizo hace unos años con los restos del galeón español hundido en el año 1804. El procedimiento fue evidentemente ilegal, el Estado español recurrió a la Justicia y, como era de prever, la empresa fue condenada a devolver el tesoro y asumir una dolorosa condena.

¿Por qué actuaron los gestores de Odyssey de una manera tan aparentemente contraria a sus propios intereses? La explicación no estaba en el tesoro, ni en su valor, ni en las normas que regulan el rescate de pecios en el mundo. La explicación estaba en la Bolsa de valores. Las imágenes de la recuperación del tesoro español duplicaron el valor de las acciones de Odyssey en un solo día, de cuatro a ocho dólares. Los propietarios vendieron las acciones y ganaron varios millones de dólares. Varios años después, la empresa sufrió un varapalo judicial, perdió el tesoro y las acciones retrocedieron hasta los dos dólares.

El caso del tesoro de “Las Mercedes” tiene su continuidad durante estos días en las concesiones privadas de servicios públicos sanitarios en la Comunidad de Madrid. Tales concesiones han caído en manos de grandes fondos de inversión internacionales, que igual se posicionan en empresas caza-tesoros que en hospitales oncológicos. Tan solo les importa el porcentaje garantizado de retorno para sus inversiones. Los fondos van entrando y saliendo de las embotelladoras de cola, de las productoras pornográficas o de las suministradoras de análisis clínicos, sin asumir más compromiso que el de maximizar la rentabilidad para sus depositantes. Les da igual que tal rentabilidad pueda obtenerse vendiendo tabaco o ahorrando fármacos en el tratamiento del cáncer de pulmón.

La película “El lobo de Wall Street”, de Martin Scorsese y basada en las memorias del famoso bróker Jordan Belfort, resulta más aleccionadora sobre los riesgos del casino financiero global que cualquier sesudo informe econométrico. Los nuevos triunfadores de la economía capitalista no son los que fabrican el utensilio más útil o los que prestan el servicio más eficaz. Quienes se enriquecen de manera descomunal ahora son los que especulan con títulos financieros a menudo sin relación alguna con la economía real. El tal Belfort montó un imperio fantástico traficando con millones de “acciones a centavo” de empresas desastrosas o ficticias. Y hay miles de Belforts en las principales capitales financieras del mundo viviendo de grandes castillos de naipes que en su caída arrastran a la pobreza a millones de criaturas.

La actividad financiera es imprescindible para el funcionamiento de la economía real, tanto privada como pública. Empresarios y administraciones necesitan de financiación para ejercer sus funciones. El problema llega cuando la economía financiera se superpone, condiciona y acaba destruyendo a la economía real. En nuestro país, las finanzas suponen ya el 300% del PIB, y en otras economías llegan a multiplicar el producto interior por diez, por cincuenta y hasta por cien. Los grandes problemas de la financiarización superlativa de la economía en el siglo XXI devienen de su carácter fuertemente especulativo, su globalización imparable, la falta de reglas en su funcionamiento, y la nula fiscalidad a la que está sometida.

El tradicional negocio bancario de préstamos se ha transformado en un gigantesco casino de apuestas sobre el valor artificial de productos a menudo ficticios. Los créditos hipotecarios sin comprobar de una pequeña entidad se convierten en títulos financieros que se compran y se venden cada día de Nueva York a Frankfurt y Singapur. Y cuando se descubre que el producto no tiene nada detrás que lo sostenga, el sistema entra en crisis, convierte títulos calificados con triple AAA en papel mojado, los bancos cierran, las empresas quiebran, los empleados van a la calle, no se pagan impuestos, no se prestan servicios públicos…

Este coctel terrible provocó en 2008 el estallido de la crisis económica que ha ocasionado durísimas recesiones en todo el mundo y que ha arrojado al desempleo y la pobreza a centenares de millones de personas. Por entonces, de Sarkozy a Warren Buffett y el mismísimo G-20 pusieron el grito en el cielo reclamando “un paréntesis para la economía de mercado” y nuevas reglas para evitar la catástrofe. Pero el pánico pasó, los de siempre pagaron la factura, y la fiesta continuó. Hoy estamos engordando el mismo monstruo que nos devoró hace seis años, y cuando la tragedia se repita nos volveremos a preguntar en qué hemos fallado.

La socialdemocracia europea debiera asumir la responsabilidad de llamar la atención sobre los riesgos de la economía financiarizada y sin reglas que amenaza nuestro desarrollo y nuestro bienestar. Recuperemos la función esencial del sector financiero, reduzcámoslo a su dimensión lógica, aseguremos su control político y normativo al servicio del interés general, sometámoslo a reglas, prohibamos la especulación criminal y establezcamos una fiscalidad justa sobre sus beneficios.

O lo hacemos o acabaremos dando la razón a quienes se empeñan en hacernos ver que no hay más solución para el sistema que reventar el sistema.

Read Full Post »

¿POR QUÉ RAJOY BLOQUEA LA REFORMA DE LA CONSTITUCIÓN?

Cada vez hay más opiniones a favor de una reforma de la Constitución de 1978. No un proceso constituyente, como plantean quienes buscan la demolición del vigente sistema democrático. La mayoría se decantaría por una reforma limitada, muy reflexionada y a partir de un consenso equivalente al de los años 70. Una reforma que confirme los éxitos del texto original y que avance en aquellos aspectos que requieren una actualización sensata y ampliamente acordada. Como han hecho en más de cincuenta ocasiones los alemanes con su propia Constitución, por ejemplo.

Rajoy está bloqueando una iniciativa que comparten la gran mayoría de los actores políticos del país, los medios de comunicación con uno u otro color, los especialistas universitarios, los analistas de la política… y la mayoría de los españoles, a juzgar por los estudios de opinión. Pero el PP de Rajoy es un elemento imprescindible para llevar a cabo esta empresa, por razones de coyuntura institucional, que podrían cambiar tras las próximas elecciones, y por razones de legitimidad política, que no cambiarán tras las próximas elecciones.

¿Por qué se opone Rajoy a esta reforma? Las razones explícitas no se sostienen. Dice que nadie ha hecho una propuesta cerrada, cuando sabe que cualquier propuesta cerrada unilateralmente quedaría inmediatamente descartada para forjar el consenso necesario. Dice que la reforma supondría ceder ante los independentistas, cuando nadie sensato está proponiendo una reforma para darles la razón en sus reivindicaciones. Dice que haría peligrar la estabilidad política y la recuperación económica, cuando es muy probable que la recuperación de la credibilidad de todo el sistema político y económico vigente dependa en buena medida de la capacidad que tengamos para emprender un cambio de la envergadura de la reforma constitucional.

Y Rajoy dice que no hay consenso, cuando sabe que los consensos se establecen tras el diálogo y no antes. No obstante, hay razones implícitas que pueden estar pesando más en el ánimo del presidente del Gobierno. Puede que entienda que la reforma de la Constitución supone una baza electoral para algunos partidos. Pero tal baza podría anularse fácilmente asumiendo de forma colectiva el propósito de acometer la reforma durante la próxima legislatura. Y puede que interprete que cualquier cambio para poner la Constitución al día, conforme a los valores y la voluntad mayoritaria de la ciudadanía española, pase inevitablemente por consolidar derechos y libertades. Y puede que no esté de acuerdo. Y aquí sí hay un problema.

Hay razones puramente funcionales para cambiar la Constitución. Razones de incardinación funcional en las instituciones europeas, y de distribución funcional de competencias entre administraciones, y de asegurar una financiación funcional y estable para comunidades y ayuntamientos, y de dar lugar a un Senado funcional, y de garantizar funcionalmente derechos que antes no existían… Y hay motivaciones también puramente políticas para el cambio. Muchos españoles necesitan una razón para reconciliarse con un sistema que les defrauda. La bandera del cambio no puede quedar en manos de los populismos podemistas o independentistas, que tanto da, porque ellos no promueven el cambio sino el derrumbe sin alternativa viable. Y sí, una Constitución renovada ayudaría a conquistar voluntades en Cataluña para la causa del proyecto común, diga lo que digan Mas y Junqueras.

Quienes más han pensado en los contenidos del cambio apuntan tres direcciones muy razonables. Primero, consolidar derechos fundamentales que hoy son simples principios rectores: la sanidad, las pensiones, los servicios sociales, las rentas básicas, la atención a la dependencia. Segundo, culminar el diseño autonómico en clave federal, aclarando competencias, estabilizando la financiación, reconociendo diversidades y garantizando la igualdad de derechos. Y tercero, mejorar la calidad de nuestras instituciones democráticas, asegurando la democracia interna en los partidos, planteando nuevos cauces de participación cívica, aumentando la transparencia y la rendición de cuentas en los poderes públicos…

No se trata de cambiar la Constitución para que la sociedad española vuelva a las andadas, tras 36 años de convivencia exitosa. Se trata de afrontar un nuevo proyecto colectivo con el que asegurar, al menos, otros 36 años de éxito.

Read Full Post »

EL TRIUNFO DE LA POLÍTICA “PRESSING CATCH”

La mayor parte de la ciudadanía percibe hoy en España la actividad política a través de programaciones televisivas al modo de los clásicos combates “Pressing Catch”. Se trata de espectáculos ofrecidos por las principales cadenas de TV en tiempo de máxima audiencia de fin de semana en los que varios contendientes intercambian golpes dialécticos, con un componente relevante de teatralización y con el objetivo explícito de sumar la mayor audiencia posible.

Como todo espectáculo televisivo, estos programas miden su éxito o su fracaso en términos de share o cuota de pantalla. El espacio triunfa si mantiene frente al televisor a un número de espectadores mayor que los programas de la competencia, independientemente de que el debate o la entrevista hayan ayudado o no a aclarar o a resolver uno u otro asunto de interés social. Si el programa no obtiene los números esperados, se cambia por otro, sea un nuevo “pressing catch”, político o deportivo, sea un concurso, una película o un karaoke.

Claro está, la agenda de los temas a tratar se decide entre los especialistas en audiencias televisivas, y no entre quienes puedan conocer en mayor medida la naturaleza de los problemas sociales y políticos de interés general. Por eso prácticamente no se habla de la calidad de los empleos, de los problemas de muchas familias para pagar las matrículas universitarias de sus hijos o de las ayudas menguantes a las personas dependientes, por ejemplo. Los temas con más impacto mediático son los escarceos amorosos del presidente extremeño, las andanzas de Nicolás o la competencia de monólogos estériles entre Rajoy y Mas, por ejemplo también.

Los protagonistas de los debates tampoco se eligen por su especial conocimiento de los asuntos a tratar, por su representatividad o por su capacidad pedagógica. Generalmente son siempre los mismos contendientes, con un entendimiento lógicamente limitado sobre los diversos temas que se ven obligados a comentar, pero con un gancho mediático acreditado. Los perfiles más atractivos son los que no rehúyen la confrontación dialéctica efectista y los que ayudan a mantener un clima de tensión a lo largo del programa, independientemente de la calidad o el interés en el contenido de sus aportaciones. Y me incluyo, por lo que pueda tocarme.

El rigor en las exposiciones o el grado de matización en los posicionamientos tienen siempre las que perder frente a la frase impactante, tenga o no sentido. En el espectáculo no caben las intervenciones a título reflexivo, la manifestación de la duda o el reconocimiento de la propia ignorancia ante un asunto concreto. Todos los contendientes están obligados de facto a saber de todo lo que se trata, a tener una posición firme al respecto y a pelearla con uñas y dientes frente a los demás.

El debate no es un ejercicio de diálogo, sino de lucha. Los intercambios no son de datos, de argumentos o de propuestas. Los intercambios son a base de golpes: un desmentido instantáneo, una acusación directa, una metáfora ingeniosa, una buena rima. Ahora te golpeo yo y luego me golpeas tú, a mayor gloria del share.

En consecuencia, rara vez un participante logra encadenar tres frases seguidas sin que otro luchador le interrumpa. Los golpes deben ser rápidos y directos a la mandíbula, o al bajo vientre, si puede ser. Quien se toma un tiempo para ofrecer la explicación previa a la opinión o la propuesta, está perdido. Acabará besando la lona y escuchando la cuenta atrás del moderador para declarar la derrota por K.O. Porque no se trata de convencer. Eso es lo de menos. Se trata de vencer.

Como en todo buen espectáculo de “pressing catch”, estos debates se desarrollan con un ambiente debidamente teatralizado. Los presentadores dramatizan la cuestión a tratar, con recopilaciones impactantes sobre lo dicho o acontecido a lo largo de la semana. Los luchadores llevan sus frases preparadas. Y hasta el público ha de colaborar en ocasiones aplaudiendo o murmurando, a partir de las indicaciones oportunas del regidor en plató. Así lo presencié yo personalmente en un combate televisivo sobre la polémica de los controladores aéreos.

Y, a veces, cuando un modesto representante de los ciudadanos en el Congreso de los Diputados dedica horas a documentarse, a entrevistarse con expertos y a preparar una propuesta en una comisión, no tiene más remedio que preguntarse por la repercusión de su trabajo en comparación con el combate televisivo que el próximo fin de semana contemplarán millones de españoles desde el salón de su casa, murmurando por lo bajo: “¡Vaya panda!”.

Read Full Post »