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Archive for 26 septiembre 2014

ARRIOLISMO

“Es cosa de Arriola”. Este es el comentario habitual entre los dirigentes del PP cuando tienen que explicar una decisión llamativa o un cambio brusco de criterio. Porque Arriola es quien dicta en última instancia la estrategia del Gobierno y del PP. Por eso resulta imposible identificar a la derecha española con alguna de las corrientes europeas de pensamiento político. El PP no es conservador, ni demócrata-cristiano, ni liberal, ni centrista. El PP es “arriolista”.

¿En qué consiste el “arriolismo”? En ser dogmático en lo que importa, y oportunista en todo lo demás. La ideología arriolista defiende intereses antes que ideas, intereses económicos fundamentalmente. Cuando estos intereses están en juego, se hace lo que hay que hacer, con el mayor sigilo y disimulo posibles. Como en la privatización de AENA, como en el rescate de los peajes, como en la amnistía fiscal o en la rebaja de los impuestos a las rentas altas. Y cuando la cosa tiene menos importancia para los poderes económicos, se trata de evitar la movilización de la mayoría social con valores progresistas. Si cuela, bien. Si no es así, marcha atrás. Como en el aborto.

Este ha sido el error de cálculo de Gallardón. Rajoy es más arriolista que Aznar, y si el gurú, encuesta en mano, le recomienda batirse en retirada, Rajoy se retira. Porque lo primero es lo primero, y lo primero es mantener el poder para hacer lo importante. Y si Arriola le susurra que no se involucre en la coalición internacional frente al Estado Islámico, porque despertaría los recuerdos de la guerra iraquí, pues Rajoy deja a un lado el atlantismo del PP. Y si hay que mirar hacia otro lado mientras se casan hombres con hombres y mujeres con mujeres, pues a rabiar Rouco Varela, que ya le ha resuelto lo que importa con la Ley Wert.

El arriolismo resulta política y electoralmente rentable al PP a corto plazo, pero es un desastre para el país, para la democracia y para la política misma. Una de las razones más importantes tras la desafección ciudadana hacia la política democrática tiene que ver precisamente con la impostura, la simulación, el engaño y la preeminencia de los intereses espurios en el comportamiento de algunos políticos. Pero la doctrina arriolista está haciendo un daño muy especial en dos cuestiones relevantes: el auge independentista en Cataluña y el impulso del populismo en parte de la izquierda política.

¿Por qué el Gobierno se empeña en el inmovilismo tautológico de “la defensa de la ley” como reacción única al desafío secesionista en Cataluña? Porque Arriola ha calculado que el PP gana más con el asunto sin resolver que con el asunto resuelto. Cuanto mayor y más creíble sea la amenaza de la ruptura de España, más se movilizará el electorado de la derecha para evitarlo. Cuanto más miedo despierte el soberanismo de Mas y Junquera en España, más posibilidades tiene el Gobierno de que su electorado olvide los recortes en los servicios, el empobrecimiento general y la pérdida de derechos. En realidad, Rajoy, Arriola, Mas y Junquera participan de una espiral irracional que ya está teniendo un coste muy alto en términos de deterioro de la convivencia para todos los españoles.

¿Y por qué los aliados mediáticos de la derecha colaboran de manera tan entusiasta en la promoción de los portavoces de la izquierda populista? Porque Arriola ha calculado que el PP gana más teniendo en frente una izquierda fraccionada, cainita y sin credibilidad como gobierno. Si hay un espantajo que moviliza al electorado de la derecha tanto como la amenaza secesionista, es la izquierda radicalizada, populista y antisistema. Resulta infalible. El PSOE no infunde miedo al electorado de centro derecha, sino animadversión en unos casos y respeto desde la discrepancia en otros. El chavismo a la española, sí.

Seguramente, a Arriola se le pasa a veces por la cabeza que podrían arrepentirse ante un Parlamento demasiado fraccionado y una oposición sin capacidad para atender los asuntos de Estado. Pero la prioridad es acabar con el adversario al que realmente temen: un Gobierno socialista capaz de afrontar reformas a favor de la igualdad y el progreso. Y lo primero es lo primero.

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ESCOCIA Y EL PROGRESO HISTÓRICO RACIONAL

El desenlace del debate entre unionistas y segregacionistas en Escocia apunta al sentido racional del progreso histórico. La evolución lógica de los espacios públicos tiende hoy a la integración antes que a la segregación.

Sostenía Max Weber que la política consiste en la transformación racional del medio social al servicio de las personas. Si los desafíos a los que se enfrentan las personas son cada día más globales, si sus problemas adquieren también una dimensión supraestatal, y si los espacios públicos en los que se desarrollan las relaciones económicas y sociales no entienden ya de fronteras, ¿no será más lógico integrar que fraccionar la organización de esos espacios públicos? ¿No apunta la razón a que seremos más eficaces en espacios integrados que en espacios segregados?

Pero el debate escocés no se ha limitado a la razón y la eficiencia de los espacios públicos. También se ha debatido sobre identidades, sobre identidades múltiples y sobre identidades excluyentes. En un mundo crecientemente globalizado hemos de acostumbrarnos a la simultaneidad y la convivencia de las identidades. Cuando la vida de las personas se desarrollaba fundamentalmente en la aldea, las identificaciones eran escasas y difícilmente mutables. Hoy todos nos identificamos a la vez con nuestro barrio, nuestra ciudad, nuestra región, nuestra nación, nuestro continente, nuestras ideas, nuestro partido, nuestra música, nuestro equipo deportivo…

Los nacionalismos soberanistas insisten en que solo una de las identidades simultáneas ha de ser la predominante, por exclusión de las demás. Y obligan a las personas a elegir y rechazar identidades. ¿Por qué un ciudadano de Edimburgo no puede sentirse a la vez escocés, británico y europeo? ¿Por qué forzarle a elegir su “escocidad” y a rechazar su “britanidad”? ¿Por qué acusar de falta de patriotismo o compromiso nacional a quien no quiere renunciar a ninguna de sus identidades? ¿Por qué no facilitar la convivencia permitiendo a cada cual sentirse como le dé la gana?

La experiencia escocesa suscita un tercer debate interesante. Tiene que ver con la defensa de la política que intelectuales como Bernard Crick han planteado frente a los nacionalismos, frente a las ideologías totalitarias y, paradójicamente, frente a la mismísima democracia. Porque la política es la actividad que promueve el diálogo, el entendimiento y el pacto para cimentar la convivencia. Aquellos que anteponen lo que entienden como “interés de la nación” sobre cualquier idea ajena no facilitan la convivencia, sino que la ponen en riesgo. Al igual que aquellos otros que enarbolan ideologías con recetario total para la organización del espacio compartido, sin dejar hueco para ingredientes ajenos.

Hoy en día, sin embargo, puede que los mayores riesgos para el ejercicio racional de la política vengan de quienes dispensan el voto inmediato como receta única para curar todos los males. Antes que demócratas debieran calificarse de “mayoritaristas”, porque defienden la aplicación instantánea del resultado plebiscitario para resolver cualquier debate. El mayoritarismo está más cerca del populismo que de una democracia de calidad. Si cada debate debe iniciarse con una votación y si cada decisión colectiva debe resolverse con una mayoría simple, ¿dónde queda el lugar para la exposición de propuestas, para el contraste de ideas, para la discusión constructiva, para la persuasión, para la rectificación, para la renuncia en aras del acuerdo, para el consenso amplio en torno a un conjunto de decisiones aceptadas por todos?

Generalizando este método de decisión resultaría imposible redactar una Constitución como base para la convivencia. Si cada artículo se somete a un referéndum antes que a un debate y a la posibilidad de un acuerdo sobre el articulado global, muchas decisiones se adoptarán por mayorías alternativas del 51% frente al 49% restante, y ni unos ni otros se sentirán identificados con el resultado final. ¿No será mejor hablar y acordar racionalmente un punto de encuentro sobre el que pueda pronunciarse positivamente un 80% o un 90%?

Desconfiemos de aquellos que antes de darnos la mano y abrir la boca nos están exigiendo una votación. La política es mucho más que una votación. La democracia también.

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LOS POPULISMOS FAVORECEN AL PP

Todas las opciones políticas que aceptan las reglas del juego democrático son plenamente legítimas. Los populismos también. Pero los demás estamos igualmente legitimados para valorar las características y efectos de tales opciones. Y debe saberse que en España hoy la práctica del populismo por parte de algunos actores políticos está favoreciendo objetivamente a la derecha política y económica. ¿Por qué si no los terminales mediáticos de los grandes poderes económicos se convierten en sus principales altavoces cuando llegan las elecciones?

El término populista no se emplea aquí de forma gratuita o con ánimo descalificador. Se trata de la conclusión obvia en un análisis sencillo. Populista es aquel que simplifica lo complejo para despertar el aplauso fácil. Populista es el que exacerba los problemas que dice denunciar. Populista es quien acusa y protesta sin comprometerse con una propuesta viable. Y populista es aquel que, además, persigue un propósito espurio o distinto al que explicita.

Muchos ciudadanos sienten decepción, rabia e impotencia ante las consecuencias de la crisis. Las clases medias y trabajadoras no crearon la crisis, pero están sufriendo sus peores efectos en términos de paro, pobreza y desigualdad. El populismo no hace diagnósticos útiles ni plantea soluciones a esta situación. Se limita a reflejar aquella rabia, a estimularla y a darle cauce mediante un voto de protesta.

A veces cuentan parte de la verdad, y a veces mienten. Como cuando achacan los problemas a una casta de políticos privilegiados, indiferenciados en sus ideas y en sus hechos, y todos corruptos por igual. O cuando descalifican la transición democrática como una farsa, o cuando tachan la Constitución de 1978 como una carta otorgada por el dictador. O cuando descalifican la gestión de los Gobiernos socialistas en sanidad, educación, pensiones y derechos civiles como una estrategia para domesticar a las clases populares. Es mentira.

No nos representan, dicen. Ellos sí, claro, aunque obtengan muchos menos apoyos electorales. Que se vayan, reclaman. Como si fuera tan fácil. Como si los problemas fueran a resolverse sin más con el recambio de unos cuantos representantes políticos. Saben que no es cierto.

Muchos dedos acusadores, pero ni una sola propuesta viable. Plantean multiplicar los salarios, rentas públicas para todo el mundo, más y mejores pensiones. Pero no dicen cómo financiar este gasto. Una fiscalidad más justa, guerra a al fraude, dicen. Pero nunca concretan qué impuestos, con qué tipos y cómo destapar y perseguir el fraude en mayor medida que hicieron los gobiernos socialistas. Mano dura a la corrupción. Claro, pero ¿qué medidas específicas implementar para prevenirla y perseguirla, más allá de lo que estamos haciendo y proponiendo otros? Exigen no pagar las deudas del Estado, pero si no vuelven a prestarnos, ¿cómo financiaremos entonces los gastos futuros?

No les gustan los modelos políticos y económicos de Europa ni los de Norteamérica. Y ciertamente tienen muchos defectos. Por eso algunos planteamos reformas. Pero nunca explican cuáles son sus referencias. O no las tienen, y eso haría sospechar sobre la viabilidad de sus planteamientos. O sí las tienen y prefieren no decir la verdad.

Muchos de los portavoces del nuevo populismo en las tertulias televisivas tienen un pasado conocido como asesores de los regímenes bolivarianos en Venezuela, Bolivia y Cuba. ¿Es ese su modelo? Venezuela es uno de los países más desiguales del mundo, la inflación está disparada, escasean los productos más básicos, están recuperando cartillas de racionamiento, tienen el índice de criminalidad más alto del continente, los medios de comunicación desafectos son perseguidos, y los líderes de la oposición encarcelados… No creo que estén en condiciones de proponer esto seriamente para nuestro país.

¿Por qué decimos que favorecen objetivamente a la derecha? Porque están logrando lo que la derecha política y económica viene intentando sin éxito desde Fukuyama: acabar con la diferenciación derecha-izquierda en el debate político. Los neoliberales prefieren hablar de lo que funciona frente a lo que no funciona, y de los que saben frente a los que no saben. Y ahora, los nuevos populistas les ofrecen una variante: la casta de los políticos contra el pueblo, o el sistema frente a los que se oponen al sistema, o el régimen opresor ante los sufridores del régimen. Se acabó la derecha y se acabó la izquierda. Un chollo para quienes siempre vieron una amenaza en la política, en los políticos, en lo público y en todo aquello que aspira a regular el ámbito privado y a defender los intereses colectivos.

Favorecen a la derecha porque obtienen sus votos de la izquierda, denigrando a sus representantes tradicionales como parte de la casta opresora. Porque fraccionan el voto de la izquierda, posibilitando las victorias electorales de la derecha. ¿O es casual que el PP promueva precisamente ahora la elección directa como alcaldes de los cabezas de la lista más votada? Y favorecen a la derecha porque estimulan y aglutinan el voto del PP. No hay nada que incite más al votante del PP para olvidar sus dudas y acudir a la urna que el espantajo de la izquierda radical y populista. El voto conservador del miedo. En bandeja, a Rajoy y compañía.

Lo peor es que lo saben. No son ignorantes. Se presentan como nuevos, pero la mayoría han pegado muchos tiros ya en esto de la política y saben de qué va el juego. Han militado en el PSOE, en Izquierda Unida, en los diversos comunismos… Saben lo que quieren. Unos, los menos, quieren dar rienda suelta a un antisocialismo tan primario como antiguo. Otros, los más, pretenden sustituir esta “casta” por otra “casta”. La de ellos. Que no será más democrática y no será más útil a los ciudadanos. Todo lo contrario. Pero será la suya.

La izquierda reformista ha cometido muchos errores, de análisis, de estrategia y de hechos. Por acción y por omisión. Por protagonismo y por complicidad. Y está purgando sus culpas. Pero ni hemos sido lo mismo que la derecha, ni lo somos, ni lo seremos. Y todo lo bueno que los ciudadanos pueden esperar de la izquierda vendrá de la mano de aquellos que prefieren los cambios reales a las revoluciones imaginarias, los programas paulatinos a las fórmulas mágicas, el reformismo útil al populismo inútil.

En eso estamos.

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Las personas que, en gran número, se han manifestado por las calles de Barcelona, de manera cívica y pacífica, merecen todo el respeto, al igual que sus reivindicaciones. Ahora bien, la función de una fiesta nacional, como lo es la Diada catalana, es la de celebrar lo que los nacionales tienen en común; su lengua, su cultura, sus instituciones, su historia. Las fiestas nacionales, en definitiva, se establecen para fomentar la unidad y la concordia entre los integrantes de la nación.

Sin embargo, las últimas Diadas responden más a un propósito nacionalista que a un propósito nacional. En su afán por apropiarse de la representación totalitaria de la nación, convierten los símbolos de la nación en símbolos nacionalistas y transforman la fiesta nacional en fiesta nacionalista. Si, además, como es el caso, los nacionalistas están embarcados en una aventura independentista, la fiesta nacionalista se transmuta en fiesta independentista. La triste conclusión es que una fiesta que debería ser de todos, se convierte en la fiesta de una parte, excluyendo todos los demás de la celebración.

El independentismo es una doctrina legítima , cuando se plantea de forma democrática. Hay argumentos emocionales y racionales para apostar por la independencia, aunque yo no los comparta y aunque a mí me parezcan argumentos menores ante los que apuntan a la unidad. Sin embargo, la legitimidad y la razón independentista se pierden cuando se intenta ganar adeptos con argumentos falaces. Porque no es cierto que los numerosos problemas de los ciudadanos catalanes tengan como causa principal el supuesto maltrato infligido por el estado español, como se dice. En realidad, en Cataluña le ha ido mejor que a la gran mayoría de las otras comunidades españolas en este marco común. Y para agravios hirientes, los perpetrados por exMolt Honorable.

Y engañan aquellos que prometen ríos de leche y miel , Eldorado y Jauja para todos los catalanes después de la independencia. En este mundo globalizado, la dimensión es una ventaja competitiva, y el aldeanismo se castiga con poca misericordia. Tampoco dicen la verdad los que esgrimen el derecho de autodeterminación (o derecho a decidir) como un derecho natural, existente en todas las democracias del mundo. No es así. Ni California, ni Baviera, ni Padania, ni Borgoña disponen de esta facultad, para que el derecho a modificar la integridad de los estados se reserva, lógicamente, al conjunto de la población de los estados que conforman, como sujetos de soberanía.

Se equivocan, por tanto, los que identifican nación con nacionalismo y nacionalismo con independentismo. Como también lo hacen los que persiguen la división en estos tiempos de convergencia global. Como se equivocan, por cierto, los que se empeñan en ignorar el grave problema del desafecto que muchos catalanes sienten hacia el proyecto común de España. Los socialistas españoles y los socialistas catalanes somos conscientes del problema y estamos comprometidos a una solución que pase por el diálogo y el lugar de encuentro federal. Ojalá la próxima Diada sea una Diada para unir y no para dividir.

Publicado en NacióDigital.cat 11-09-2014

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ASIGNATURAS PARA SEPTIEMBRE

Paro, desafección y separatismo. El Gobierno suspendió las tres asignaturas principales del curso en junio, y todo apunta a que volverá a suspender en septiembre, para desgracia de los españoles, que sufrirán las consecuencias.

La principal tarea encomendada al Gobierno de España es, desde el inicio de la crisis, la reversión en la escalada del paro, el empobrecimiento y la desigualdad. Rajoy y su aparataje mediático procura hacer calar el mensaje de que “la crisis quedó atrás”, a partir de datos macroeconómicos muy discutibles, como el raquítico crecimiento del segundo trimestre (0,6%), la reducción de la prima de riesgo (en torno a los 130 puntos básicos) o el tirón estacional de las contrataciones.

Sin embargo, la realidad que sufren los españoles habla de un desempleo desmesurado (el mayor de la zona euro), una precariedad laboral creciente, una pobreza rampante entre clases medias y trabajadoras y unas desigualdades en progresión geométrica. No hay argumentario macroeconómico ni propaganda oficialista que pueda desmentir el sufrimiento de millones de hogares en nuestro país.

Las previsiones, además, no son nada halagüeñas. La Europa de la austeridad se estanca en su núcleo duro franco-alemán, y las supuestas “raíces vigorosas de la recuperación” a las que alude Rajoy no son sino las mismas bases frágiles sobre las que se asentó el fallido “milagro español” de principios de siglo: una demanda interna lastrada por la deuda, un turismo eminentemente playero y una construcción puramente especulativa, al calor de la escasa retribución del dinero. No. Ni Europa saldrá de la crisis con la austeridad, ni España saldrá de su agujero con más adosados y más chiringuitos.

El Gobierno solo aprobará esta asignatura preparando el examen de una manera radicalmente distinta. Promoviendo en Europa la flexibilización en los objetivos del déficit, adaptando los objetivos de su política monetaria a la creación de empleo, impulsando la actividad económica con inversión pública, devaluando la moneda común y aplicando un plan de recate social para combatir la precariedad creciente. Eso en Europa, y en España más le valiera atender la propuesta de Pedro Sánchez en orden a afrontar la “transición económica” pendiente, soportando el nuevo crecimiento sobre una apuesta decidida por la investigación, la innovación y el conocimiento.

La segunda asignatura, la de la desafección ciudadana hacia la política, también lleva camino de quedar pendiente para el próximo curso. Cada vez más españoles están más hartos de corruptelas y sinvergonzadas, y la mayoría de los discursos oficiales les suenan a autojustificaciones y excusas para no hacer nada. Ciertamente no es un problema solo español, porque ahí están los resultados electorales de los populismos anti-política en Francia, Alemania, Reino Unido e Italia, por ejemplo.

Desde la oposición, y concretamente desde el PSOE, se han hecho propuestas valientes y útiles, para prohibir la financiación empresarial a los partidos, para limitar los aforamientos, para impedir los indultos indecentes, para bloquear las puertas giratorias, para asegurar el funcionamiento democrático de los partidos… Pero la respuesta del Gobierno no ha podido ser más decepcionante. Rajoy acaba de lanzar una especie de ultimátum: o los demás partidos tragan con la reforma electoral destinada a blindar a los alcaldes del PP, o que se vayan olvidando de regeneraciones y limpiezas.

La mal llamada “elección directa de los alcaldes” va camino de convertirse en una engañifa descomunal, a la altura tan solo del famoso “derecho a decidir” patrocinado por el independentismo catalán. De entrada, es mentira que el PP esté proponiendo que los ciudadanos elijan directamente a sus alcaldes. Lo que propone realmente el PP es que los ciudadanos sigan eligiendo a los concejales y, partiendo del hecho de que las derechas suelen concentrarse en una lista y las izquierdas suelen dividirse en varias, conceder automáticamente la alcaldía y la mayoría del pleno municipal al partido que obtenga más votos.En consecuencia, el PP intenta vender como más democrático un procedimiento que automatiza la proclamación como alcalde del cabeza de una lista votada por el 40% del censo, al tiempo que impide la conformación democrática de mayorías programáticas entre los representantes del 60% del mismo censo.

La desafección solo remitirá cuando los ciudadanos comprueben que sus representantes les representan realmente, y cuando las instituciones afronten un rearme ético y cívico creíble, diciendo lo que se piensa y haciendo lo que se dice, asumiendo procedimientos democráticos en su funcionamiento interno, incorporando una financiación limpia, renunciando a aforamientos sospechosos, erradicando indultos inexplicables, expulsando a los sinvergüenzas, eligiendo cargos por competencia antes que por afinidad, volando las puertas giratorias… Y todo esto no se discursea. Se hace o no se hace.

La asignatura separatista se suspende adrede. La derecha nacionalista catalana y la derecha nacionalista española se retroalimentan mutuamente en su escalada de pulsos y baladronadas. Unos se pintan la cara con la estelada, y otros se pintan la cara con la rojigualda, al tiempo que unos y otros se olvidan de lo que importa a catalanes y españoles en general. Lo de este verano ha sido una competición de tautologías absurdas. Mientras Mas y Junqueras defendían que “democracia es votar”, Rajoy respondía que “democracia es respetar la Ley”. Pero en realidad los unos saben que democracia no es votar todo lo que a uno se le ocurra, y los otros saben que democracia es la ley pero es algo más que la ley. A estas alturas, muchos pensamos que el “problema catalán” no se resuelve porque su falta de resolución ayuda a movilizar los electorados de la derecha catalana y de la derecha española.

Esta asignatura solo se resolverá cuando unos, otros y todos nos pongamos a hacer política de verdad, que no es un mero intercambio de eslóganes y amenazas, sino mucho más. Hay un descontento evidente en buena parte de la sociedad catalana, y en el resto de la sociedad española, por los fallos e insuficiencias en el modelo territorial vigente. Este descontento está afectando a los afectos y a la convivencia misma. Y hacer uso de estos sentimientos para obtener rendimientos políticos y electorales, como están haciendo muchos, allí y aquí, es de una inconsciencia y de una irresponsabilidad mayúscula. Sentémonos en serio, analicemos los problemas y apliquémosles soluciones útiles y compartidas. El camino del progreso en Cataluña, en España y en Europa no pasa por la discordia y la segregación, sino por el entendimiento y la unión federal.

Puede que Rajoy y los suyos sean los que se presenten al examen, pero me temo que los suspensos los vamos a pagar todos…

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