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Archive for 28 agosto 2014

SOLO HAY UNA SALIDA: AMBICIÓN REFORMISTA

La socialdemocracia europea atraviesa una etapa crítica, que va más allá de los tradicionales ciclos de alternancia hegemónica entre fuerzas conservadoras y progresistas, y que amenaza seriamente su futuro como opción creíble de gobierno en los principales países del continente. Desde hace más de una década, la derecha tiene en sus manos el timón ideológico, político y económico de Europa, y la izquierda, con la excepción de Italia, aparece claramente relegada (España), subsidiaria (Alemania) o rendida (Francia).

Los males de la socialdemocracia combinan una importante falta de confianza interna con un descrédito social muy considerable. ¿Por qué? Fundamentalmente por dos razones: las complicidades de los gobiernos socialistas con las recetas neoliberales que han generado desigualdad y pérdida de derechos entre las clases medias y trabajadoras; y la falta de ambición y de imaginación para plantear un modelo económico alternativo y confrontado, a partir de los valores progresistas de la igualdad, la libertad y la justicia social.

Esta doble estrategia perdedora de la concomitancia con la derecha y la renuncia a la batalla ideológica ha llevado a buena parte de los tradicionales electores progresistas a contemplar tan solo dos opciones políticas con identidad propia: el merkelismo y el bolivarianismo, por simplificar. La derecha de la ortodoxia austericida y la desigualdad, o la izquierda de la ensoñación populista, la protesta y la renuncia a gobernar. O la derecha del programa injusto o la izquierda sin programa factible. ¿El resultado? Una derecha cada vez más fuerte, y una izquierda cada vez más fraccionada y acomplejada.

¿Cuál es la salida? La izquierda debe recuperar su ambición reformista. La derecha busca la hegemonía del mercado y la renuncia a lo público. La izquierda radical y populista responde con la hegemonía de lo público y la renuncia al mercado. La primera opción conduce a sociedades desiguales e injustas, pero la segunda opción conduce a sociedades empobrecidas y sin libertad. La socialdemocracia reformista ha de defender una economía social de mercado, con reglas para salvaguardar el interés general frente al interés privado, y con derechos para garantizar condiciones de igualdad, bienestar y dignidad al conjunto de la población.

La ambición reformista requiere de eso, de ambición y de reformismo. Valentía y determinación para romper con el capitalismo especulativo y depredador que está haciendo retroceder un siglo a la población europea en términos de derechos de ciudadanía. Y reformismo para acometer cambios profundos y eficaces a la vez que progresivos y viables, con los que recuperar esos derechos perdidos, en el marco de una Europa competitiva, desarrollada y justa.

La Unión Europea ha de afrontar un cambio en su modelo productivo, reduciendo la financiarización de la economía y confiando la mejora de la competitividad y el crecimiento a la apuesta por el conocimiento, la innovación y la investigación. Más industria, más avance tecnológico, más servicios de calidad, y menos dependencia de los trasiegos financieros puramente especulativos. Una economía que asigne recursos desde el juego del mercado, pero una economía planificada, regulada y dirigida desde lo público. Sin miedo a gobernar los oligopolios bancarios o energéticos para asegurar la prevalencia del interés colectivo.

Los socialistas hemos de ser taxativos sin claudicaciones en la defensa de los derechos sociales y laborales. La mejora de la competitividad y el crecimiento económico no pueden sustentarse sobre la precarización de sueldos y condiciones laborales, o sobre la reducción del gasto social, porque esa competitividad es ineficiente y ese crecimiento es inviable a medio plazo. No perseguimos un Estado de Bienestar a la medida del modelo económico vigente, sino un modelo económico a la medida del Estado de Bienestar irrenunciable. Está probado ya que las sociedades más justas e igualitarias se corresponden con las economías más eficientes. Y este objetivo está asociado a una fiscalidad suficiente, progresiva y homologada en Europa, en la que paguen todos los que tienen que pagar, paguen más los que más ganan y más tienen, y en la que se persiga con contundencia penal el crimen del fraude y los paraísos fiscales.

La izquierda del siglo XXI debe contemplar los derechos ambientales, de género y de no discriminación a la misma altura que los tradicionales derechos sociales y económicos. La lucha contra el cambio climático, por la preservación ambiental y el desarrollo sostenible es una lucha que corresponde protagonizar a las fuerzas de izquierda en el mundo. La plena igualdad entre hombres y mujeres es una meta insoslayable, y el combate a las discriminaciones hacia el diferente por razones de procedencia, etnia, religión o identidad sexual ha de situarse en el frontispicio de cualquier programa progresista creíble. La conquista de la paz, la cooperación internacional y el comercio justo son también horizontes irrenunciables para el progresismo.

La recuperación del crédito para la política de izquierdas tiene un requisito previo: la recuperación del crédito para la política misma. Este es un propósito a perseguir casi en exclusiva por la socialdemocracia, porque la derecha siempre primará el poder no democrático de la economía sobre el poder democrático de la política, y porque la izquierda populista ha encontrado en la denigración de la política un granero de votos a explotar en el corto plazo, ignorante de que la estrategia de la no-política conduce a la hegemonía permanente de la derecha. Y para recuperar el crédito de la política, la política debe cambiar, con más transparencia, más participación democrática, más rendición de cuentas y,sobre todo, con más exigencia moral. La ambición reformista deberá ser especialmente imaginativa y valiente en este campo.

Mateo Renzi acaba de asumir la presidencia rotatoria de la Unión Europea con una frase de alcance: “Tenemos que volver a encontrar el alma de Europa, para devolvernos el sentido que tiene estar juntos”. Dos lecturas pueden extraerse, al menos, de esta afirmación. Europa no puede limitarse a un ámbito de libre mercado en el que los poderes económicos maximicen ganancias a costa del empobrecimiento y la pérdida de derechos de la población. La Unión se inventó para ganar derechos, no para perderlos. Y el auténtico europeísmo consiste en identificar metas comunes para la gran mayoría de los europeos, en aplicar las políticas que nos permitan conquistar esas metas, y en conjurarnos como pueblo europeo para avanzar juntos hacia el desarrollo y el progreso. Y la socialdemocracia es la fuerza más europeísta de Europa, porque la socialdemocracia es consciente de que, en la era de la globalización, su programa de igualdad y justicia se aplicará a escala global o no se aplicará.

Claro que hay salida: más ambición reformista y más valentía para llevarla a cabo.

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