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Archive for 27 mayo 2014

25-M: PASO A LA IZQUIERDA

Cualquier lectura objetiva de los resultados de las elecciones del 25 de mayo en España ha de establecer tres conclusiones, al menos. La mayoría ha expresado un fuerte rechazo a la institucionalidad vigente. La querencia por el cambio es imparable. Y el giro que se demanda es un giro a la izquierda. Quien no reaccione al 25-M teniendo en cuenta estas conclusiones se equivocará.

El cambio se demanda para la institucionalidad en Europa, en España y en la mayoría de sus territorios. Las transformaciones requeridas afectan a los contenidos de la política, pero también a sus estructuras, a su funcionamiento, a sus exigencias morales y a sus protagonistas. Y ya no bastan cambios aparentes, sino que han de ser profundos y creíbles. Y cambios hacia la izquierda de los derechos sociales y la apertura democrática.

El conglomerado tecnocrático-financiero de Bruselas errará gravemente si desoye el aviso de buena parte del electorado europeo, con derivas dramáticas hacia la anti-Europa y el populismo imprevisible en Francia, Gran Bretaña, Dinamarca, Holanda, Italia… La austeridad y la devaluación social deben dar paso a una apuesta por el crecimiento con reglas, con equidad social y con derechos. El cambalache típico bruselense ha de transformarse en transparencia y participación democrática. Y la quiebra vigente entre el norte y el sur debiera corregirse con planificación y solidaridad. O esto o Europa no será peor. Sencillamente Europa no será. A corto plazo.

En España ya, la derecha pagará cara la equivocación de celebrar un resultado cómodo más por demérito ajeno que por mérito propio. 18 puntos de caída en poco más de dos años no pueden saldarse con “una reflexión y una encuesta”. No han entendido nada. Perseverar en las recetas ultraliberales que han fracasado en todo el mundo y seguir castigando a los españoles con recortes de derechos y libertades, les llevará a un desastre aún mayor el año próximo. O escuchan y rectifican, o en el año 2015 no les quedará ni tan siquiera el consuelo de haber ganado a Rubalcaba.

La izquierda socialista ha pagado muy caro el precio de su pertenencia a la institucionalidad para buena parte de su electorado natural. Ha pasado tiempo desde que Zapatero no acertara a resolver aquel dilema entre la coherencia y la eficiencia ante la crisis, y que acabó sin coherencia, sin eficiencia y con un fuerte descalabro electoral en la cabeza de todo el PSOE. Desde entonces, el Partido Socialista ha trabajado duro y bien para recuperar el respeto y la confianza de los ciudadanos, con un proyecto propio de una izquierda consecuente y solvente.

Pero el tiempo transcurrido no ha sido el suficiente. Los ciclos de la desafección y la vuelta a la afección nunca duraron dos años en la política española. Además, ni se dio la fortaleza interna necesaria ni hubo ventanas mediáticas dispuestas para comunicar razonablemente ideas y posiciones. Antes al contrario, cuestionamiento permanente dentro y beligerancia en los medios lejanos y, sobre todo, los pretendidamente cercanos. Quizás hubo titubeos, exceso de prudencia, concesiones a la responsabilidad institucional a veces… Puede. La conclusión es que el PSOE no pudo quitarse a tiempo de encima la culpa por la mala gestión pasada, y no pudo ganarse a tiempo el crédito y el apoyo que merecía su esfuerzo honesto por la regeneración y el cambio.

Esa pulsión por la regeneración y el cambio es imparable en el Partido Socialista. Y habrá de eclosionar con un nuevo proyecto a partir de los procesos democráticos que ahora se abren, con el Congreso extraordinario, con las elecciones primarias y con la configuración de alternativas movilizadoras de cara a las trascendentales citas electorales del año 2015.

El resto de la izquierda española, la tradicional y la emergente, han aprovechado el paso cambiado de los socialistas para ampliar su representación de manera importante. Ojalá sirva para enriquecer el debate pendiente en la izquierda española sobre las respuestas a plantear frente a los nuevos retos de la globalización desregulada, el aumento de las desigualdades y las limitaciones del sistema democrático.

Pero haría mal esta izquierda hoy satisfecha conformándose con el retroceso socialista y el avance electoral sin consecuencias institucionales a favor del cambio. Puede ser flor de un día. La cantinela del “son lo mismo” tiene poco recorrido ya, porque no pueden ser iguales quienes gobiernan que quienes hace mucho que ya no gobiernan. Y porque tarde o temprano los electores acabarán reclamando algo más que eslóganes antisocialistas y formulaciones populistas sin rigor ni viabilidad suficientes.

El exitoso programa de Podemos plantea la jubilación a los 60 años, pensiones no contributivas al nivel del salario mínimo con percepción universal, además de una renta básica para todos. Pero en algún momento tendrán que explicar cómo se financiará todo esto, más allá de esas referencias genéricas a “la fiscalidad progresiva” (¿cuánta? ¿a quién? ¿cómo?) y “la lucha contra el fraude fiscal” (¿con qué armas?). Aquello de “establecer mecanismos para combatir la precarización del empleo” también merece algo más de concreción. Lo del “impago de la deuda”, legalizar la “ocupación de viviendas” o acabar de un día para otro con toda la escuela “concertada”, quizás requiera alguna reflexión para una izquierda que aspire a gobernar algún día…

Eso sí, los cantos de sirena para las grandes coaliciones son presagio seguro de naufragio, como en el viaje de Ulises. Naufragio para la izquierda que se lo planteara, y para el propio sistema democrático, que quedaría huérfano de alternativas.

Los españoles han pedido un paso a la izquierda. A una izquierda valiente, coherente y responsable a la vez. No es fácil, pero es lo que toca. Lo que nos toca.

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LA ABSTENCIÓN DE LA IZQUIERDA ES UN VOTO PARA MERKEL

A pocos días para las elecciones, las encuestas siguen pronosticando unos niveles de abstención extraordinariamente altos, especialmente entre los votantes habituales de la izquierda. Y aún siendo explicable esta situación, a causa del contexto de crisis económica e institucional vigente, debemos advertir que sus consecuencias podrían resultar del todo contraproducentes para los principios y los intereses de los propios abstencionistas.

Hay quien dice abstenerse por “desafección” hacia la política hegemónica en nuestro tiempo. Y la paradoja reside en el hecho cierto de que cuanto más crezca el número de críticos abstencionistas, más valor tendrá el voto de quienes se muestran partidarios del statu quo. Quienes reivindican el cambio han de expresarlo y promoverlo con su voto. Lo contrario solo conduce a la consolidación de aquello que se critica.

Otros dicen abstenerse porque “todos son iguales”, y muestren el color que muestren unos y otros partidos en sus carteles, el sentido de las políticas que aplican en los gobiernos resulta muy similar. En realidad, tal semejanza tiene mucho que ver con la doctrina de la “austeridad expansiva” que el stablishmentmerkeliano impone con su mayoría en las instituciones europeas. Y la única manera de permitir un giro hacia estrategias anticíclicas en los gobiernos nacionales consiste en cambiar esa mayoría. ¿Y cómo se cambian las mayorías en democracia? Votando.

Algunos reivindican la abstención en estas elecciones europeas porque Europa ha pasado de sueño a pesadilla. Si algún día fue referencia ideal para el triunfo de las libertades civiles y los derechos de ciudadanía, hoy solo es fuente de recortes y sufrimientos. Pero la salida a esta queja bien fundada no puede estar en la abdicación del poder democrático para cambiar las cosas que tenemos con nuestro voto. Si queremos una Europa distinta, tenemos que conquistarla con el voto.

El riesgo de la abstención mayoritaria va más allá de la contradicción o el perjuicio individual. Cuando los europeístas se retraen, los antieuropeístas se crecen. Y puede darse la circunstancia de que las instituciones ideadas para construir Europa acaben llenas de partidarios de acabar definitivamente con Europa.

Europa comenzó a levantarse desde la legítima intención de sumar fuerzas para ganar la paz y el progreso. Pero no se trata de un proyecto irreversible. Si su Parlamento y su Gobierno actúan desde claves renacionalizadoras e insolidarias ¿para qué queremos esta Europa? Si la quiebra entre el Norte y el Sur se acrecienta y no se corrige desde las élites europeas, ¿qué puede atraer de Europa a un griego, o a un portugués o a un español?

Más aún. Si nos abstenemos aquellos que nos manifestamos críticos con las expresiones políticas predominantes, porque entendemos que no responden a los valores y a los intereses de la mayoría, ¿quiénes obtendrán el refrendo legitimador de las urnas?

Y cuando la política se encuentre en la sima de la desconsideración y el desafecto social, ¿quién ocupará ese hueco en el espacio común que compartimos? ¿Cuánto tardará en llegar un “salvador” que todo lo prometa para acabar robándonoslo todo?

No. Abstenerse no es una buena idea.

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EL PP PREPARA UNA SEGUNDA RONDA DE RECORTES

Resulta lógico, además. Si la primera ronda de recortes, a pesar de la falta de resultados positivos y del dolor infligido, no tiene consecuencias electorales adversas el 25 de mayo, como prevé el PP, ¿por qué no aplicar una nueva vuelta de tuerca?

La presencia permanente de Rajoy en la campaña de las elecciones europeas legitimará al Presidente del Gobierno para interpretar el resultado en términos de plebiscito sobre su gestión en estos dos últimos años y medio. Si el resultado fuera positivo, lo coherente sería perseverar.

Hay más razones para anticipar un segundo ciclo de ajustes en clave ideológica conservadora si el PP obtiene un buen resultado en esta cita. Por convencimiento, y también por necesidad. Si el PP gana las europeas aquí y en Bruselas, Juncker sería muy probablemente Presidente de la Comisión y sus recetas de obligado cumplimiento para España tendrían la marca del control drástico del déficit y el recorte del gasto público.

Además, el diferencial entre las previsiones de déficit para 2015 que establece el Gobierno de España y las cuentas de la Comisión es de dos puntos sobre el PIB, nada menos. Rajoy calcula un 4,5% y Bruselas un 6,5%. Esto anticipa la exigencia europea de nuevos recortes en el presupuesto público español por valor de 20.000 millones de euros.

Las últimas cifras conocidas sobre la evolución de la deuda pública española apuntan en el mismo sentido. Estamos ya en el 97% del PIB. Durante el mandato de Rajoy, los españoles hemos sumado 216.000 euros cada minuto a la deuda estatal. Una Comisión Europea de derechas exigiría invertir esta tendencia con nuevos ajustes.

De hecho, el Programa de Estabilidad 2014-2017 enviado por el Gobierno español a Bruselas compromete una caída del 16% en el porcentaje de PIB dedicado a sanidad (del 6,3% en 2011 al 5,3% en 2017), y un retroceso del 17% en el porcentaje de PIB destinado a educación (del 4,7% al 3,9%). Los números están ahí para que nadie se llame a engaño.

Este mismo Programa de Estabilidad reconoce que la presente será una legislatura perdida para el empleo, porque terminaremos 2015 con una tasa de paro (24%) superior a la que sufríamos a finales de 2011 (22%). Con una cobertura social al desempleo sensiblemente inferior, además (del 70% al 58%, al menos).

Si, por otra parte, el ministro Guindos pretende hacer méritos ante la “jefa” Merkel y sus colegas de la Europa conservadora a fin de que le apoyen para presidir el Eurogrupo, la suerte para los españoles estaría echada.

El PP tiene claro cómo resolver el trilema de Rodrick. Si la globalización es inexorable, y hay que elegir entre consolidar la influencia de los Estados o defender los derechos sociales de los ciudadanos, el PP buscará mejorar la competitividad de nuestro país por la vía de la devaluación social y laboral de su población.

¿Cómo se aplicarán esos nuevos recortes? Una nueva reforma laboral, que abarate aún más el despido, que excluya a los jóvenes del salario mínimo obligado y que ponga en manos del empresario el poder absoluto sobre las condiciones de trabajo y su remuneración. Reducción de las prestaciones por desempleo. Menos profesores y menos becas. Más privatización sanitaria. Derogación definitiva de la ley de la dependencia. Recorte factual de las pensiones, con una actualización permanente por debajo de la inflación. Entre otras medidas.

¿Hay alternativa? Sí, pero pasa necesariamente porque el PP pierda las elecciones del 25 de mayo, y el Partido Socialista pueda impulsar un cambio de las políticas económicas aquí y en Europa. Digo el PSOE porque solo los socialistas europeos tendrían capacidad para hacer virar Europa hacia el crecimiento, los buenos empleos, la solidaridad y el ejercicio de los derechos sociales. Y digo socialistas porque las otras izquierdas carecen de esa capacidad, y en Extremadura están demostrando que podrían anteponer otros intereses a los generales.

Desde luego que hay otra solución al trilema de Rodrick. Gestionar el mercado global con reglas y con derechos, sacrificando el poder y la influencia de los Estados nacionales. Pero solo la socialdemocracia está convencida y está en condiciones para aplicar este programa.

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SÍ SE PUEDEN CREAR BUENOS EMPLEOS EN EUROPA

La línea fundamental en el discurso de campaña de la derecha europea consiste en establecer que sólo existe una política económica posible, que es precisamente la que aplican con convencimiento los gobiernos conservadores, y que también terminan aplicando por necesidad los gobiernos socialdemócratas. El paro elevado, la pérdida de derechos laborales y el aumento de las desigualdades constituyen los daños colaterales e inexorables de esta política única. Especialmente en los países del sur.

Por el contrario, la clave principal del discurso de la izquierda ha de insistir en la falsedad de aquel argumento. Paro, precariedad y retroceso social no son maldiciones bíblicas ineludibles por la población europea, sino la consecuencia directa de una política económica con perfil ideológico marcado en la derecha. Una política que prioriza la rebaja acelerada del déficit sobre los estímulos al crecimiento, el control de la inflación sobre la creación de empleos y la mejora de la competitividad vía devaluación social.

Si se cambian las políticas, cambiarán los resultados de las políticas. Si Europa deja de aplicar los programas económicos neoliberales, tendremos menos paro, menos precariedad y menos desigualdad social. Si las decisiones de la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y las Troycas se llevan a cabo con el objetivo de crear buenos empleos y combatir las desigualdades en el conjunto de Europa, en lugar de atender a los intereses exclusivos de Alemania, las consecuencias de tales decisiones serán indudablemente distintas a las actuales y mucho más positivas.

Cada vez son más los economistas influyentes que desafían el dogma neoliberal del austericidio, y cada vez son más beligerantes las reacciones del establishment conservador frente a estos desafíos. El último episodio lo estamos viviendo a propósito de la publicación de una obra magnífica, por su rigor y por la valentía de su planteamiento: “El capital en el siglo XXI”, de Thomas Piketty. Este economista llama a combatir las desigualdades mediante una política impositiva suficiente y justa. Aún sin haberse publicado el libro en idioma distinto al francés original, ya se ha convertido en anatema “filomarxista” por parte de los comentaristas oficiales.

Sí se pueden crear buenos empleos en Europa. Sí se puede ganar competitividad sin perder derechos laborales. Y sí se puede y se deben combatir las desigualdades sociales con impuestos justos y políticas públicas eficientes. Tan solo hay que tener el coraje de cambiar las políticas que se aplican en Europa.

La Tasa Tobin ha quedado finalmente en una mini-tasa, a aplicar por solo diez países europeos, exclusivamente sobre acciones y derivados, con tipos ínfimos del 0,1 y 0,01, y todo ello a partir de 2016, como muy pronto. Si en lugar de este sucedáneo, tuviéramos la valentía de aplicar una tasa auténtica sobre los tráficos especulativos en las finanzas, podríamos recaudar más de un billón de euros, con los que sostener el Plan Marshall que reactive de manera definitiva la maltrecha economía de la Unión.

Si en lugar de hacer presidente de la Comisión Europea al mayor patrocinador de paraísos fiscales de Europa, el tal Juncker, dedicáramos el poder democrático de la Unión a emerger el billón de euros sumergido hoy en el fango del fraude y la criminalidad fiscal, podríamos rebajar la vergonzosa tasa europea de desempleo, desde el 12% al 6% que disfrutan ya los americanos, por lo menos.

¿Y por qué no aplicar un impuesto europeo a las grandes fortunas?

¿Y por qué no excluir de las tablas de control del déficit público el gasto decisivo en educación e innovación para ganar competitividad auténtica y buenos puestos de trabajo?

Y si damos por hecho que no habrá trabajo para todos en mucho tiempo, ¿por qué no lo repartimos estableciendo una jornada semanal más corta en toda Europa? ¿Y por qué no se asegura al menos un medio de vida digno a los parados y precariados mediante una renta básica europea financiada con aquella tasa Tobin?

Juncker acaba de decir que “no acabo de ver un seguro de desempleo a escala europea”. Claro está, él solo “ve” lo que beneficia a Merkel y los poderes financieros que siempre protegió durante las dos décadas que presidió el Gobierno de ese gran protectorado de dinero negro que fue y quiere seguir siendo Luxemburgo.

Pero las cosas se pueden hacer de otra manera.

Atrevámonos. El 25 de mayo.

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RAJOY ESTÁ “MUY CONTENTO” CON EL PARO EN ESPAÑA

El Presidente del Gobierno ha declarado estar “muy contento” con las cifras de paro que arroja la última Encuesta de Población Activa: 184.000 ocupados menos que el trimestre anterior y 1.200.000 puestos de trabajo perdidos desde que Rajoy llegó a La Moncloa.

La trompetería del Gobierno, del PP, de su candidato Cañete y de los medios afectos no tiene límite. Intentan hacer creer a los españoles antes de las elecciones europeas del 25 de mayo, a toda costa, algo que es radicalmente falso: que España ha superado la crisis y que la recuperación se debe a las reformas emprendidas por este Gobierno.

Al menos tres reproches merece este comportamiento falaz. Primero, porque es un engaño. España no se está recuperando, y los españoles menos aún. Segundo, porque es una falta de respeto a millones de familias que están sufriendo y que sufrirán aún más la crisis y las consecuencias negativas de las políticas erradas del PP. Y tercero, porque el Gobierno alienta la resignación con su discurso. Perded toda esperanza, nos dicen. Esto es lo que hay, y no habrá más. Pero no es cierto.

Vayamos por partes. ¿De qué recuperación están hablando? El PIB decreció en España durante 2013 en un 1,2%, el último trimestre de 2013 cayó un 0,2% y las estimaciones más optimistas para el primer trimestre de 2014 solo alcanzan el 03%-0,4%. Esto no es recuperación. Los economistas siempre han llamado a esto recesión o estancamiento, como mucho.

El porcentaje de paro ha aumentado en el primer trimestre de 2014 hasta el 25,93% y el desempleo juvenil alcanza ya el 56%. Hoy hay 646.000 parados más que cuando el PP llegó al gobierno en 2011. ¿Cómo pueden hablar de recuperación?

Salvo aquí, nadie está interpretando en el mundo las bajas cifras de inflación como una buena noticia, sino como una amenaza seria de deflación y de “japonización” de nuestra economía. La prima de riesgo ha bajado, sí, en todo el sur de Europa y gracias a la actuación del Banco Central Europeo, pero de nada sirve esta ventaja cuando el Gobierno ha elevado la deuda pública española del 70% al 100% del PIB.

Y presumir del elevado patrimonio financiero de los españoles equivale a presumir del miedo de los españoles a consumir y de los obstáculos que sufren los españoles en el acceso al crédito.

¿Le va bien a alguien? Sí, parece que los Bancos multiplican beneficios gracias a los “rescates” pagados con el dinero público que se niega a las políticas que han de garantizar los derechos sociales de los españoles.

La “recuperación” del PP es un timo. En solo dos años han multiplicado el paro, la deuda y los impuestos, mientras dividían los salarios y los recursos dedicados a educación, sanidad y atención social para los más débiles.

Aún más grave que el engaño supone la falta de respeto. No hay derecho a que el Presidente del Gobierno de un país que acaba de anunciar que dos millones de familias no perciben ningún ingreso se muestre tan ufano como para declararse “muy contento”. ¿Muy contento de qué? Muchos españoles se han sentido ofendidos por estas palabras.

Pero el reproche más contundente debemos aplicarlo al discurso de la resignación. No le deis más vueltas, nos dicen. Esto es lo hay: un paro brutal, contratos cada día más precarios, recortes en educación y sanidad. Y daos con un canto en los dientes, porque gobernamos los “güais”. Si no, esto sería aún peor. Perded la esperanza, porque no hay alternativa a la ortodoxia merkelana y austericida.

Es falso. Claro que hay otras maneras de hacer las cosas. En la teoría y en la práctica. Obama se lo demuestra cada día. Allí surgió la crisis financiera, pero allí acabó la crisis y aquí aún la padecemos. ¿Por qué allí la economía crece al 2% mientras en la zona euro nos estancamos en torno al 0,2%? ¿Por qué allí se han creado 8 millones de puestos de trabajo mientras en Europa se destruían 2,5 millones?

Porque mientras Obama apostaba por el crecimiento, la derecha europea nos imponía el control compulsivo del déficit. Porque mientras Obama y su Reserva Federal priorizaban la reducción del paro, la derecha europea se obsesionaba con la inflación. Porque mientras Obama cubría la deuda de Florida y California, la derecha europea castigaba con rescates brutales las deudas de nuestro sur. Porque mientras Obama combatía el fraude fiscal, la derecha europea y su hoy candidato Juncker permitían el florecimiento de paraísos para el lavado de dinero fraudulento en los paraísos fiscales del mismísimo corazón de Europa, en Luxemburgo y Austria.

Claro que hay otra manera de hacer las cosas, y claro que pueden esperarse otros resultados con un programa económico progresista en Europa. El programa de los socialistas europeos, de hecho, supone una enmienda a la totalidad de la política desarrollada por Merkel, Rajoy y sus cómplices durante los últimos años: un Plan Marshall de inversiones públicas para estimular la demanda y el empleo; una troika social para garantizar el cumplimiento de objetivos sociales; la mutualización de las deudas; un calendario de control del déficit que posibilite un gasto importante en I+D+i y políticas industriales activas; la aplicación urgente de la tasa sobre las transacciones financieras; un salario mínimo europeo e igualdad salarial entre hombres y mujeres; la prohibición de los paraísos fiscales…

Trabajemos para que Rajoy no suministre a los españoles otra dosis de su “contento” a partir del 25 de mayo.

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