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Archive for 26 octubre 2013

La izquierda europea se encuentra ante una disyuntiva de alcance estratégico. Puede limitar el alcance de su proyecto político a una defensa contundente de los derechos sociales y democráticos, en el contexto del modelo socio-económico vigente. O puede forjar su identidad y su oferta a los ciudadanos en una alternativa propia al modelo socio-económico vigente. Los socialdemócratas holandeses y escandinavos parecen haber optado por la primera salida. Los británicos, griegos y portugueses parecen decantarse por la segunda. Franceses y alemanes debaten con crudeza. Y los españoles tenemos una cita para la definición en la inminente Conferencia Política del PSOE.

La vía posibilista resulta más cómoda y menos arriesgada, pero limita drásticamente las opciones de la izquierda para obtener mayorías electorales y formar gobiernos que transformen la sociedad a partir de valores progresistas. La vía alternativa requiere asumir el vértigo de la contestación al oficialismo económico, con el riesgo de estigmatización que conlleva en el establishment, pero abre la perspectiva de mayorías nuevas para hacer políticas diferentes. La encrucijada consiste en ser izquierda para la transformación o ser izquierda para la analgesia. Izquierda para la alternativa, con todas las consecuencias, o izquierda ibuprofeno, para calmar los dolores que ocasiona el neoliberalismo inexorable. Esta es la cuestión.

La Conferencia Política del PSOE, si logra zafarse del debate estéril sobre los calendarios internos, deberá servir para tomar decisiones en este orden. Podemos ser la izquierda que frena la ley Wert, que combate la privatización de la sanidad pública, que vela por las pensiones y defiende el derecho al aborto. Y estaremos cumpliendo una función social importante, en plena sintonía con nuestros principios. Pero quizás no sea suficiente para que los españoles vuelvan a confiar mayoritariamente en la izquierda para gobernar. Puede que los ciudadanos quieran saber qué ofrece la izquierda para el futuro de un país que se desangra con un paro desbocado (25%), con una deuda pública disparada (100%), una desigualdad in crescendo (tres millones de pobres) y un estancamiento económico prolongado. ¿Nos valen las recetas de la derecha, suavizando sus efectos sociales más notorios? ¿O tenemos recetas propias para salir de esta situación?

La derecha tiene un modelo inequívoco. Consolidación fiscal por las bravas, priorización de los rescates financieros, fuerte ajuste del gasto público, ganancia de competitividad por la vía de devaluar salarios y derechos socio-laborales… Es un modelo duro, que exige sacrificios, y que no ofrece garantías de éxito, ni en términos de eficiencia económica ni, desde luego, en términos de justicia social. Pero se ha ganado la categoría de ortodoxia. Es “lo que hay que hacer”. Entre otras razones, porque pocos se han atrevido a llevarle la contraria, ni desde los gobiernos (Francia también), ni desde las oposiciones. Pero ¿hay otra manera de hacer las cosas? ¿Cabe plantear una alternativa? ¿O solo podemos aspirar a recetar vendas y analgésicos para hacer más llevadero el sufrimiento?

Los resultados de una eventual alternativa de fondo desde la izquierda son una incógnita, desde luego. Pero lo que es seguro es que la socialdemocracia europea, si se acomoda a ser el subalterno que dulcifica las políticas de la derecha, se convertirá a medio plazo en una fuerza social y políticamente irrelevante. La historia demuestra que las renuncias ideológicas constituyen el antecedente lógico para las derrotas políticas y los retrocesos electorales. Los ciudadanos siempre prefieren el original a la copia, aunque venga cargada de analgésicos.

¿Cómo construir esa alternativa en Europa? Podemos comenzar proponiendo una docena de medidas serias y valientes para salir de la crisis, con un desarrollo sólido, pero sin renunciar a la igualdad social y al respeto de los derechos de ciudadanía que nos ha costado siglos conquistar. Nada radical, que no hayan defendido economistas de prestigio o que no hayan acreditado con éxito otros gobiernos en otros continentes. Por ejemplo las siguientes:

– Un nuevo Bretton Woods para embridar la economía financiera global desregulada.

– La restructuración de la deuda en las economías más débiles, con el respaldo de la UE.

– La financiación directa de empresas y familias a cargo del Banco Central Europeo.

– Un paquete de estímulos públicos para la inversión productiva a escala europea.

– Una reforma fiscal ambiciosa y armonizada que garantice suficiencia y acabe con el fraude.

– Un programa de apoyo masivo a la educación, la logística y la I+D+i, como alternativa competitiva a la devaluación en salarios y derechos.

– Un plan de industrialización con respaldo a sectores con potencial competitivo.

– Estudiar la oportunidad de una devaluación del euro frente al dólar.

– Establecimiento de fórmulas de reparto del trabajo sin pérdida de derechos.

– Aplicación de la renta básica de ciudadanía a escala continental.

– Ejecución de la regla 1/12 para que ningún empleado cobre en un mes más de lo que otro empleado de la misma empresa llega a cobrar en un año.

– Un programa de bienestar social e igualdad, de ámbito europeo, que asegure la garantía de los derechos sociales básicos y la lucha contra la pobreza y la exclusión.

Además, el abuso del ibuprofeno daña el hígado.

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La izquierda suele caer en la tentación de afrontar las crisis desde el diván del psicoanalista en lugar de hacerlo desde el puente de mando. En lugar de buscar respuestas al qué pasa, suele regodearse en el cuestionamiento del qué nos pasa. Cuando urge atender al qué hacer, se entretiene en aquello de en qué nos hemos equivocado. En definitiva, a veces antepone demasiado ingenuamente la introspección estéril sobre la prospección efectiva.
El último periodo desde las elecciones de 2011 no ha sido excepcional en este sentido. Pasamos la penitencia de la autocrítica y el perdón, cuando nunca era suficiente autocrítica ni suficiente perdón. Pasamos el debate sobre cuan democráticamente debatimos en torno a los métodos más democráticos para elegir a nuestros líderes y órganos democráticos. Y nos quejamos cuando los procesos eran competitivos, por la división interna. Y nos quejamos cuando los procesos no eran competitivos, por la falta de concurrencia.
Tampoco evitamos, claro está, la controversia sobre si somos más o menos pactistas, o si vendemos el alma en el pacto, o si no somos nadie al no pactar. Y ahora toca el debate sobre el calendario de las primarias. Y toca con tanta angustia aparente como antes tocó el cilicio inexorable, la democratización en canal y la necesidad perentoria de exorcizar pactistas.
No tengo ninguna duda de que la gran mayoría de quienes urgen públicamente aquello de “definir ya el calendario de primarias” lo hacen con la mejor intención de servicio al interés general. Sin embargo, creo que es un error. Primero porque vuelve a poner el foco en el “nosotros” y en “lo nuestro”, cuando millones de ciudadanos esperan soluciones a sus problemas gravísimos, con angustia justificada esta vez. En segundo lugar porque la insistencia en nuevos liderazgos lleva inevitablemente al cuestionamiento del liderazgo vigente, que dispone de legitimidad democrática plena, por cierto. Y en tercera instancia porque ofrece una ocasión perfecta al adversario para caricaturizar a la izquierda como un opción dividida y no confiable.
La elección de candidatos y candidatas no es un instrumento para la maniobra orgánica permanente, ni una oportunidad legítima para corregir resultados congresuales. La elaboración de candidaturas es un procedimiento obligado para la participación en un proceso electoral, y la elección mediante primarias de los candidatos y candidatas constituye un buen ejercicio de democracia interna, pero es sobre todo una buena oportunidad para la movilización electoral. Por tanto, los candidatos deben elegirse para las elecciones y en torno a las elecciones. Así se hizo en Francia y en Italia, y no les fue mal. Quienes busquen otra cosa en estos procesos se equivocarán. No está la situación para artificios ni imposturas, por bienintencionadas que sean.
Además, ¿pensamos realmente que las caras determinan los resultados electorales antes que el contexto político y las ofertas programáticas? ¿Es Mariano Rajoy una buena prueba del cartel electoral como factor determinante? ¿De verdad tiene que confiar la izquierda en la baza taumatúrgica de una cara determinada para recuperar el crédito mayoritario de los españoles? ¿No será más importante acertar en las propuestas sobre la recuperación económica, el empleo, la sanidad, la educación o las pensiones amenazadas por la derecha?
En pocos días, la izquierda de gobierno en España celebra una importante conferencia política. Sería deseable que sirviera antes para elaborar ideas de aprovechamiento general que para elaborar calendarios de dudoso aprovechamiento interno. Creo yo.
(Y perdón por la incoherencia inevitable de subrayar el debate que propongo eludir)

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El Congreso de los Diputados ha aprobado la Ley Wert, con los votos exclusivos del PP y con el compromiso explícito de toda la oposición para derogarla en cuanto sea posible. Casi todos coincidimos en que la educación constituye el factor clave para cualquier estrategia de desarrollo económico y de equidad social. Por eso hubiera sido razonable acometer la ley de reforma del sistema educativo desde un mínimo consenso social y político.

No ha sido posible. Y cuando el Gobierno se queda solo en una operación de esta envergadura, la responsabilidad del fracaso no puede derivarse hacia el conjunto de los grupos de la oposición y la propia comunidad educativa. El Gobierno se ha quedado solo porque su iniciativa legislativa niega solución a los problemas reales de la enseñanza, al tiempo que incorpora un contrabando ideológico inaceptable para una sociedad moderna y mayoritariamente progresista como la española.

El ministro Wert fundamenta su ley en argumentos con trampa. Los altos porcentajes de abandono escolar en España han tenido más que ver con la burbuja inmobiliaria y sus oportunidades de trabajo, que con la idoneidad de las normas educativas. De hecho, la crisis y el paro están reduciendo de manera drástica estas cifras. Los informes PISA para escolares y para adultos, a pesar de las interpretaciones manipuladas, reflejan el éxito de las leyes de la democracia en su batalla contra el atraso histórico de nuestra enseñanza. Y no es cierto que falte “esfuerzo” y “excelencia” entre docentes y alumnos. Lo que faltan son recursos para que el esfuerzo y el talento nos salgan más rentables, en lo personal y en lo colectivo.

Desde luego que hay problemas en la educación española. Aún estamos muy lejos de los niveles de calidad y de equidad que se disfrutan en otros países de nuestro entorno. Pero la mejora de la calidad y de la equidad en la educación no se alcanza mediante reválidas y catecismos, como propone la ley Wert, sino con una apuesta realmente estratégica de toda la sociedad, de sus instituciones, de sus empresas y de sus familias para reforzar con más y mejores recursos nuestro sistema. Más docentes, mejores instalaciones, avance tecnológico, enseñanza infantil, idiomas, atención a la diversidad, formación docente… Pero nada de esto hay en la LOMCE.

En la LOMCE solo encontramos una ofensiva ideológica con tres frentes. Primero, la segregación social mediante itinerarios diferenciados y reválidas segregadoras. Un nuevo sistema que premie al estudiante con mayores ventajas de partida y que aparte tempranamente al alumno con más dificultades. Segundo, la preeminencia de lo privado sobre lo público, bajo la coartada de la libertad. Se promueve la enseñanza privada en la norma y en los presupuestos, regalando el suelo público incluso, anteponiendo la “libertad” de las familias con recursos para pagar matrículas privadas, sobre el derecho de las familias con menos recursos a una enseñanza con igualdad de oportunidades para sus hijos.

Y tercero, el adoctrinamiento religioso. Los obispos logran invertir la tendencia laicista que venían imprimiendo las leyes educativas anteriores. Si el camino hasta ahora conducía a más enseñanza de valores constitucionales y a menos peso de la doctrina religiosa, con la ley Wert se elimina la Educación para la Ciudadanía y se recupera el catecismo como asignatura evaluable a efectos curriculares y de beca, con alternativa obligatoria. Mientras los escolares europeos aumentan carga lectiva en idiomas, tecnología y humanidades, los españoles aprenderán a citar de corrido el Ave María.

Esta ley prácticamente no entrará en vigor, porque cualquier mayoría parlamentaria alternativa a la hegemonía absoluta del PP la echará abajo en el año 2015. Pero nos hace perder tiempo y esfuerzo, cuando no nos sobra ni tiempo ni esfuerzo en la apuesta por la mejora de la educación como motor de desarrollo, de progreso y de justicia social.

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Las sociedades latinas son muy dadas a confiar en el pensamiento mágico como respuesta a los grandes problemas. Cuando otras sociedades acuden a la razón o al esfuerzo paciente, los latinos buscamos el atajo del “abracadabra”. Algo de esto sucede en torno a las medidas a adoptar para salir de la crisis y crear puestos de trabajo.

Los gobernantes madrileños nos ofrecen hoy la magia de Las Vegas en la meseta castellana, pero ayer eran los Juegos Olímpicos y antes de ayer era el Hollywood de la Warner o los campos de golf repletos de jeques árabes… También ha ocurrido en Cataluña, en Aragón, en la Comunidad Valenciana… Casinos, parques temáticos, oceanográficos, huertos solares…La propia burbuja inmobiliaria partía de la ensoñación de una escalada permanente en los precios.

Pero las sociedades con economías sólidas y porcentajes altos de empleo no alcanzan el éxito con varitas mágicas o milagros de tres al cuarto. Alemania triunfa por la solidez de su industria y su sistema de bienestar. Los finlandeses no tienen casi paro, porque confiaron en su capacidad para la innovación tecnológica. El “milagro” de Corea del Sur se llama educación, educación y educación.

La superación de la crisis, la creación de empleo estable y la consolidación de una sociedad con bienestar y derechos no nos vendrá dada por los millones de un gánster del desierto de Nevada, sino mediante un trabajo serio, a partir de los factores racionales que contribuyen al desarrollo de verdad, conforme enseña la experiencia. ¿Qué factores? Los siete siguientes, al menos:

  1. No caigamos en la trampa maliciosa de quienes quieren que elijamos entre empleo o derechos. Si quieres empleo, tienes que renunciar a tus derechos laborales y al Estado de Bienestar. No. Competitividad y derechos son las dos caras de una misma moneda. No habrá reactivación sin derechos y sin bienestar.
  2. La planificación pública, la regulación de los mercados, el estímulo de la inversión pública y la fiscalidad suficiente deben dejar de ser los anatemas de la ortodoxia capitalista, para ocupar el espacio que les corresponde en una estrategia inteligente de recuperación.
  3. La mejora de la competitividad no llegará vía devaluación salarial o precarización en las condiciones de trabajo. Siempre habrá alguien que nos gane en ese juego. Apostemos de verdad por la educación, por la I+D+i, por la mejora logística…
  4. Si cada sociedad y cada economía debe buscar su auténtico valor añadido en esta economía global, confiemos en nuestra creatividad. Puestos a soñar, a imaginar y a crear, nadie nos gana. Desde el diseño textil a los videojuegos, pasando por la cultura, la creatividad es un arma cargada de futuro.
  5. Industria. Sí, además de servicios y de construcción, impulsemos la industria. Las economías que mejor han aguantado la crisis y menos empleos han perdido han sido las economías con altos porcentajes de actividad industrial. Aquí había tradición, en Euskadi, en Cataluña, en Madrid, antes de que el ladrillo se lo tragara todo.
  6. Aprovechemos las potencialidades sectoriales. Hay cosas que se nos dan bien y hay sectores en los que tenemos ventajas naturales. Por ejemplo las energías alternativas, y la industria agroalimentaria, y la alta cocina, y la enseñanza del castellano, y la gestión de transportes, y el cuidado de personas mayores bajo un buen clima…
  7. Y quizás haya que ir pensando en repartir ese bien escaso que es el trabajo. ¿Realmente habrá trabajo para todos en la sociedad tecnológica? ¿Podremos seguir organizando la economía y la sociedad bajo el supuesto de que las familias han de obtener su renta del trabajo o del subsidio derivado del trabajo? Eso sí, repartir trabajo sin reducir derechos ni dignidad para las personas.

Quien lea esto podrá repetir aquello del Tenorio: “Largo me lo fiais”. Es cierto, pero a veces las “soluciones” aparentemente más rápidas se transforman rápidamente en nuevos problemas y, por el contrario, el avance lento y seguro nos acerca inexorablemente a la meta. ¿Y mientras tanto?, se nos dirá. Mientras tanto, seguir dando pasos adelante con los pies firmes sobre la tierra. Porque si algo hemos aprendido en estos años es que los saltos en el vacío no llevan a ninguna parte, salvo al agujero.

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