LA HORA DEL PARTIDO SOCIALISTA DE MADRID

 

LA HORA DEL PARTIDO SOCIALISTA EN MADRID

Durante las últimas jornadas se han acumulado varias noticias que muestran con claridad el declive económico, social e institucional que sufre la Comunidad madrileña. Al fiasco olímpico deben sumarse el varapalo judicial a la privatización de hospitales y el final del liderazgo aeroportuario de Barajas en favor de El Prat. Todo ello escasos días después de la celebración del Debate sobre el Estado de la Región más bronco y estéril que se recuerde.

Resulta evidente que Madrid necesita un golpe de timón para que su economía adquiera liderazgo y posibilidades de crear empleo, para que su sociedad recupere equidad y calidad de vida, y para que sus instituciones sirvan definitivamente a los madrileños antes que a la perpetuación del partido en el poder. Y también resulta diáfano que el PP ya no está en condiciones de afrontar este cambio necesario. En consecuencia, esta es la hora en la que el Partido Socialista está llamado a asumir sus responsabilidades en Madrid.

La creación de la Comunidad de Madrid hace ahora treinta años no respondió a un ejercicio de afirmación identitaria o a una fuerte reivindicación de autogobierno. Las razones esgrimidas entonces, y que hoy consideramos válidas, tuvieron que ver más con la gestión eficiente de los servicios públicos y con el aprovechamiento de sinergias propias para favorecer un desarrollo interesante, tanto en el plano económico como en la esfera social y cultural. Por tanto, la Comunidad de Madrid tiene razón de ser en la medida en que promueve su economía y su empleo con estrategias específicas, y en la medida en que gestiona su sanidad y su educación de manera satisfactoria. Nada de esto ocurre ahora.

No cabe atribuir la responsabilidad del fracaso olímpico a los gobiernos del PP en exclusiva, aunque sus dirigentes no ahorraron críticas a Zapatero con ocasión de los rechazos anteriores. No obstante, los déficits de Madrid en cuanto a solvencia económica y pujanza internacional han influido indudablemente en la decisión del COI. Las apuestas de la derecha para el modelo productivo regional han ido combinando el “laissez faire” de la presidenta ultraliberal y el faraonismo errático de su predecesor. Madrid renunció a la planificación territorial, al fomento de la industria, a la significación por el I+D+i, al protagonismo de sus universidades, al estímulo de sus creadores culturales, al liderazgo de su idioma universal…

El PP jugó el futuro de Madrid en la ruleta de la especulación inmobiliaria, las grandes obras públicas a cargo de endeudamiento y algunas ocurrencias a modo de voluntarismo pseudomágico. Ayer se habló del “Parque de la Warner” y hoy se habla de “Eurovegas”. Es lo mismo, escaparate vistoso antes de las elecciones y ruina segura para después. El resultado está a la vista de todos: ralentización económica, paro desbocado y relegación internacional. Dice el PP que Madrid está mejor que otras regiones de España. Faltaría más. Madrid parte de una ventaja que no ha sabido aprovechar y que debiera permitir su comparación, no con Teruel o Lugo, con todos mis respetos, sino con las demás regiones capitales de Europa. Pero no es el caso. El “sorpasso” histórico del aeropuerto de El Prat sobre Barajas en el ranking de pasajeros durante este mes de agosto resulta muy significativo también.

El campo de los servicios es aún más desolador. La enseñanza pública pierde recursos, calidad y equidad a manos de una política que tiene como lema principal “que cada cual llegue tan lejos como le pueda llevar el dinero de su familia”. Los servicios que han de cuidar de la salud de las personas llevan patas arriba desde que algunos, los de siempre, asumieron que la burbuja inmobiliaria había estallado y que el presupuesto de la sanidad pública podía convertirse en el nuevo botín a saquear. Por su parte, los recortes y las “externalizaciones”, que en realidad son lo mismo, están convirtiendo los otrora ejemplares servicios sociales madrileños para mayores y discapacitados, por ejemplo, en un cruel ejercicio cotidiano de “sálvese quien pueda”.

El deterioro institucional tuvo su último episodio lamentable en un Debate sobre el Estado de la Región con fecha y horario pensados para que nadie viera ni escuchara. Y algo de justificación hay que reconocer a quienes así lo aplicaron, porque poco hubo de provecho para ver y escuchar. El gobierno renunció a ofrecer una sola iniciativa para salir del marasmo y dedicó su entusiasmo al propósito lamentable de zaherir personalmente al líder de la oposición. En este contexto, los intentos de tal oposición para centrar los análisis en los problemas reales y para hacer propuestas interesantes tenían pocas posibilidades de obtener algún rendimiento a modo de conclusión efectiva y útil. Parece, sin embargo, que el que sí tuvo reflejos para aprovechar algo fue el presidente extremeño Monago, al copiar literalmente la loable iniciativa de Tomás Gómez para ofrecer una nueva paga extra a los pensionistas más desfavorecidos.

En tal escenario, la sociedad madrileña solo dispone de un instrumento con capacidad para superar este declive, para definir un proyecto que asegure progreso justo en la comunidad, y para aglutinar el esfuerzo de una mayoría en su consecución. Ese instrumento es el Partido Socialista de Madrid, que ya está trabajando para merecer el encargo y para llevarlo a efecto. Con la humildad de quienes se saben merecedores del reconocimiento por lo bien hecho, y merecedores también de la crítica por lo que se podría haber hecho mejor. Pero con la honestidad de quienes se saben en línea con los valores de la mayoría, y dispuestos para el trabajo duro de la mano del resto de la sociedad.

El PSM cuenta con una dirección política, unos grupos institucionales y miles de militantes y seguidores. Todos debemos ser conscientes de la responsabilidad que nos corresponde. Y cada cual desde nuestro puesto, por relevante o modesto que sea, hemos de sobreponer el cumplimiento de tal responsabilidad sobre cualquier otro propósito o sentimiento. Desde la fortaleza que proporciona la unidad, la energía que suministra un objetivo legítimo, y el estímulo que ofrece el saberse útil en un proyecto común. Tomás Gómez y su equipo dirigen el partido y son la referencia en la Comunidad de Madrid. Jaime Lissavetzky y sus concejales pilotan el grupo municipal en la capital. Cada municipio cuenta con su alineación democráticamente elegida. A ellos corresponde señalar el camino y repartir tareas.

La sociedad madrileña necesita un programa de cambio para el progreso. Necesita un proyecto que genere complicidades y alianzas movilizadoras como nunca antes. Y necesita equipos honestos, eficaces y plurales para conquistar su propio futuro. No es esta una tarea para una sola organización, ni mucho menos. Se necesitarán muchas manos unidas con fuerza para cumplir los objetivos de interés común. Y corresponde al Partido Socialista de Madrid dar un paso al frente. Esta es su hora. El 2015 está ahí mismo.

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