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Archive for 25 septiembre 2013

MERKEL SE IMPONE Y LA IZQUIERDA DESISTE EN ALEMANIA

Resulta muy significativo que mientras la izquierda suma más escaños que la derecha en el nuevo Parlamento alemán, todo el mundo dé por hecho que socialdemócratas y verdes renunciarán a formar gobierno y que Merkel repetirá irremediablemente como canciller. También ha sido elocuente la decisión del SPD de elegir como candidato precisamente a uno de los cómplices más notorios de la lideresa alemana en la definición de su política económica, dado que Steinbrück fue su primer Ministro de Hacienda en el gobierno de coalición que precipitó el peor resultado electoral en la historia de la socialdemocracia en el año 2009.

El régimen alemán es un régimen parlamentario, no presidencialista, y CDU-CSU no ha obtenido la mayoría de los votos ni la mayoría de su representación. La izquierda suma el 42,7% de los apoyos, frente al 41,5% de la derecha. Hay más diputados de la izquierda y del ecologismo (319) que de la derecha demócratacristiana y socialcristiana (311). Pero no quieren gobernar. ¿Por qué? Porque hace tiempo que perdieron la batalla ideológica, y ahora dan por perdida la batalla política, lamentablemente.

Merkel y la derecha alemana han impuesto sus coordenadas ideológicas tanto en su tierra como en el conjunto de Europa. La estabilidad económica es el objetivo primero y prioritario. La estabilidad económica exige sacrificios: derechos laborales a la baja, salarios reducidos, desigualdad creciente, fiscalidad laxa, prestaciones sociales en cuestión… Las economías que cumplen sobreviven, con más subempleo y menos derechos, eso sí. Las economías díscolas se precipitan por el agujero de la insolvencia financiera, la recesión, el paro galopante, el ajuste draconiano…

La derecha lleva este programa en su ADN. Lo frustrante es que la mayor parte de la izquierda europea también lo ha asumido, y parece resignada a no hacerle frente con una alternativa propia. La diferenciación produce vértigo, por eso el SPD elige como candidato propio al ministro de Hacienda de Merkel. Por eso las diferenciaciones son de matiz: haremos lo mismo, pero con menos crueldad… Y por eso los ciudadanos acaban votando al original antes que a la mala copia.

¿Qué le espera a Europa con otra ración de Merkel? Más de lo mismo. Se desbloquearán algunas de las medidas aplazadas a cuenta de los intereses electorales de la “jefa”, pero las recetas variarán poco en su contenido. La austeridad seguirá imponiéndose sobre la reactivación en el mantra de Bruselas. Las “reformas competitivas” apuntarán indefectiblemente a la devaluación salarial y el recorte de derechos sociales. Y aquello de “la solución requiere más Europa” irá traduciéndose paulatinamente del alemán como “Europa soy yo”.

La socialdemocracia europea debe tomar buena nota de lo sucedido en Alemania. Cuando se renuncia a la batalla de las ideas, se pierden las batallas políticas y se pierden las elecciones. El capitalismo especulativo que domina Europa no requiere de matices ni de barnices, sino de una auténtica alternativa desde la izquierda. Crecimiento especulativo, no. Desarrollo equitativo, sí. Trabajo precario a cambio de renuncia social, no. Avance social y empleo con derechos, sí.

Si la izquierda sigue presentándose a las elecciones con programas ajenos, líderes disfrazados y un vértigo absurdo por la heterodoxia económica, los nubarrones alemanes se extenderán por toda Europa.

Pero hay otra manera de ver las cosas. Ahí están los datos: la izquierda alemana ha sumado más votos y más escaños que la derecha, aunque renuncien a gobernar.

Aquí no renunciaremos, desde luego.

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CATALUÑA, FUERA DE EUROPA

La Comisión Europea ha explicado con toda claridad que una eventual secesión de Cataluña dejaría a sus habitantes fuera de la Unión Europea. La reacción del independentismo dominante en aquella comunidad ha sido sorprendente, tachando esta simple descripción de la normativa vigente como “una amenaza inaceptable” y “una polémica interesada”. El portavoz del gobierno autonómico ha planteado incluso que “Este no es el debate. El debate es el derecho a decidir”. El nivel de engaño y manipulación al que se está sometiendo a la sociedad catalana es extraordinario y merece una denuncia muy contundente.

La pertenencia o no a la Unión Europea resulta muy relevante en el debate sobre la separación de Cataluña. Desde luego que sí. Y quienes procuran ocultar, relegar o simplemente negar los argumentos en torno a las consecuencias prácticas de la ruptura de Cataluña con el resto de España actúan de forma tan torticera como irresponsable. La expresión de ideas independentistas y el planteamiento de estrategias para la separación son legítimos cuando se llevan a cabo de forma abierta y veraz, pero no lo son tanto cuando se impone una dialéctica maniquea que niega la razón y busca excitar los sentimientos de rechazo hacia quienes opinan de manera diferente.

Los independentistas hacen proselitismo mediante interpretaciones falaces de la historia, señalando mendazmente a los españoles como culpables de la mayor parte de los problemas que sufre la sociedad catalana, y pronosticando un horizonte idílico de más que dudosa consecución tras el divorcio definitivo entre Cataluña y el resto de España. Ante tal ofensiva no cabe la resignación falsamente prudente o el silencio cómplice. Lo prudente es contestar con claridad, denunciar las mentiras y argumentar con razones a favor de la continuidad de Cataluña en España y en Europa. Porque la primera batalla de este conflicto tendrá lugar en el campo de las convicciones y de las emociones, antes que en las normas y los procedimientos. Y esta primera batalla será la más decisiva.

No es verdad que la historia común haya sido una historia de explotación y de imposiciones. La sociedad catalana ha sufrido como ha sufrido el resto de los españoles, y ha prosperado de la mano del resto de los españoles, y en mayor medida que el resto de los españoles. Los catalanes pasan por dificultades, que son achacables en parte a errores propios y en parte a un contexto cada día más globalizado y difícil de gobernar, pero que no pueden atribuirse ni remotamente a la voluntad “expoliadora” de madrileños, andaluces o cántabros. Y la aventura de la independencia no es una iniciativa fácil de realizar, no existe garantía alguna en torno a su éxito, y no puede ignorarse, desde un mínimo de responsabilidad, el calibre extraordinario de las incertidumbres y los inconvenientes que conllevaría su conclusión efectiva. Con muchos matices, pero esta es la verdad. Y hay que contar la verdad a los catalanes.

Quienes sostienen que la consecución de la independencia será fácil a corto plazo, mienten. No será así, porque nuestro ordenamiento jurídico no lo permite, porque la soberanía española que puede cambiar ese ordenamiento jurídico no está por la labor, y porque el Estado hará cumplir el ordenamiento jurídico vigente.

Quienes mantienen que las ventajas políticas y fiscales de la independencia proporcionarán recursos al gobierno independiente para financiar profusamente empleo y bienestar, mienten. No será así, porque los costes inherentes a una eventual independencia, en términos de mercados reducidos, salida del euro e inseguridad jurídica, por ejemplo, superarán con mucho las hipotéticas ventajas fiscales de la operación.

Y quienes dicen que el inconveniente de quedar fuera de la Unión Europea resulta inocuo y fácilmente reversible, mienten. No será así, porque las normas de la Unión resultan diáfanas. El territorio segregado se sitúa automáticamente fuera de la UE y un eventual reingreso quedará al albur de una nueva negociación, con el apoyo necesariamente unánime de todos los países miembros. Y hay muchos países en la Unión que no se apresurarán a premiar las estrategias secesionistas, en atención a su propia realidad territorial.La salida de la UE conlleva levantar fronteras, establecer aranceles y utilizar pasaportes para viajar de Barcelona a Zaragoza, a Burdeos o a Munich. Estar fuera de la Unión supondrá para las empresas catalanas perder la ventaja del mercado común, y supondrá para la sociedad catalana renunciar al cosmopolitismo y la riqueza cultural que conlleva la libre circulación de los europeos en el territorio común. Desde luego que es importante, y negar su importancia es engañar.

La profundización de la democracia no pasa por el engaño del “derecho a decidir”. Todos decidimos cada día. Los catalanes también. En el marco de las competencias y los procedimientos que establece el ordenamiento jurídico del que nos hemos dotado democráticamente, como ha de ser en un Estado de Derecho. Lo que el independentismo camufla como el “derecho a decidir” no es sino el ejercicio de la autodeterminación y el soberanismo para una parte concreta del territorio español. ¿O es que van a reivindicar también el derecho de un municipio leridano a decidir su independencia de Cataluña? ¿O van a reconocer el derecho de un ciudadano barcelonés a decidir si paga o no paga impuestos a la Generalidad? Arrogarse la capacidad de decidir la propia soberanía ya es un ejercicio de soberanismo. La defensa de la independencia es una ideología legítima. El engaño y la manipulación no lo son.

No cabe negar, sin embargo, que existen problemas objetivos de encaje institucional entre Cataluña y el conjunto de España. Tampoco pueden obviarse los problemas subjetivos del desencuentro emocional que algunos vienen sembrando con éxito desde hace tiempo. Hemos de reconocer que han sido eficaces en el fomento de la desconfianza mutua. Hay que solucionar estos problemas. Desde el PSOE se ha propuesto el acuerdo para reformar la Constitución en clave federal y redefinir las condiciones de la convivencia. Se trata de una oferta razonable, que no merece el desprecio como respuesta. Pero con todo, sin quererlo, el desprecio puede admitirse. El engaño no.

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LA HORA DEL PARTIDO SOCIALISTA EN MADRID

Durante las últimas jornadas se han acumulado varias noticias que muestran con claridad el declive económico, social e institucional que sufre la Comunidad madrileña. Al fiasco olímpico deben sumarse el varapalo judicial a la privatización de hospitales y el final del liderazgo aeroportuario de Barajas en favor de El Prat. Todo ello escasos días después de la celebración del Debate sobre el Estado de la Región más bronco y estéril que se recuerde.

Resulta evidente que Madrid necesita un golpe de timón para que su economía adquiera liderazgo y posibilidades de crear empleo, para que su sociedad recupere equidad y calidad de vida, y para que sus instituciones sirvan definitivamente a los madrileños antes que a la perpetuación del partido en el poder. Y también resulta diáfano que el PP ya no está en condiciones de afrontar este cambio necesario. En consecuencia, esta es la hora en la que el Partido Socialista está llamado a asumir sus responsabilidades en Madrid.

La creación de la Comunidad de Madrid hace ahora treinta años no respondió a un ejercicio de afirmación identitaria o a una fuerte reivindicación de autogobierno. Las razones esgrimidas entonces, y que hoy consideramos válidas, tuvieron que ver más con la gestión eficiente de los servicios públicos y con el aprovechamiento de sinergias propias para favorecer un desarrollo interesante, tanto en el plano económico como en la esfera social y cultural. Por tanto, la Comunidad de Madrid tiene razón de ser en la medida en que promueve su economía y su empleo con estrategias específicas, y en la medida en que gestiona su sanidad y su educación de manera satisfactoria. Nada de esto ocurre ahora.

No cabe atribuir la responsabilidad del fracaso olímpico a los gobiernos del PP en exclusiva, aunque sus dirigentes no ahorraron críticas a Zapatero con ocasión de los rechazos anteriores. No obstante, los déficits de Madrid en cuanto a solvencia económica y pujanza internacional han influido indudablemente en la decisión del COI. Las apuestas de la derecha para el modelo productivo regional han ido combinando el “laissez faire” de la presidenta ultraliberal y el faraonismo errático de su predecesor. Madrid renunció a la planificación territorial, al fomento de la industria, a la significación por el I+D+i, al protagonismo de sus universidades, al estímulo de sus creadores culturales, al liderazgo de su idioma universal…

El PP jugó el futuro de Madrid en la ruleta de la especulación inmobiliaria, las grandes obras públicas a cargo de endeudamiento y algunas ocurrencias a modo de voluntarismo pseudomágico. Ayer se habló del “Parque de la Warner” y hoy se habla de “Eurovegas”. Es lo mismo, escaparate vistoso antes de las elecciones y ruina segura para después. El resultado está a la vista de todos: ralentización económica, paro desbocado y relegación internacional. Dice el PP que Madrid está mejor que otras regiones de España. Faltaría más. Madrid parte de una ventaja que no ha sabido aprovechar y que debiera permitir su comparación, no con Teruel o Lugo, con todos mis respetos, sino con las demás regiones capitales de Europa. Pero no es el caso. El “sorpasso” histórico del aeropuerto de El Prat sobre Barajas en el ranking de pasajeros durante este mes de agosto resulta muy significativo también.

El campo de los servicios es aún más desolador. La enseñanza pública pierde recursos, calidad y equidad a manos de una política que tiene como lema principal “que cada cual llegue tan lejos como le pueda llevar el dinero de su familia”. Los servicios que han de cuidar de la salud de las personas llevan patas arriba desde que algunos, los de siempre, asumieron que la burbuja inmobiliaria había estallado y que el presupuesto de la sanidad pública podía convertirse en el nuevo botín a saquear. Por su parte, los recortes y las “externalizaciones”, que en realidad son lo mismo, están convirtiendo los otrora ejemplares servicios sociales madrileños para mayores y discapacitados, por ejemplo, en un cruel ejercicio cotidiano de “sálvese quien pueda”.

El deterioro institucional tuvo su último episodio lamentable en un Debate sobre el Estado de la Región con fecha y horario pensados para que nadie viera ni escuchara. Y algo de justificación hay que reconocer a quienes así lo aplicaron, porque poco hubo de provecho para ver y escuchar. El gobierno renunció a ofrecer una sola iniciativa para salir del marasmo y dedicó su entusiasmo al propósito lamentable de zaherir personalmente al líder de la oposición. En este contexto, los intentos de tal oposición para centrar los análisis en los problemas reales y para hacer propuestas interesantes tenían pocas posibilidades de obtener algún rendimiento a modo de conclusión efectiva y útil. Parece, sin embargo, que el que sí tuvo reflejos para aprovechar algo fue el presidente extremeño Monago, al copiar literalmente la loable iniciativa de Tomás Gómez para ofrecer una nueva paga extra a los pensionistas más desfavorecidos.

En tal escenario, la sociedad madrileña solo dispone de un instrumento con capacidad para superar este declive, para definir un proyecto que asegure progreso justo en la comunidad, y para aglutinar el esfuerzo de una mayoría en su consecución. Ese instrumento es el Partido Socialista de Madrid, que ya está trabajando para merecer el encargo y para llevarlo a efecto. Con la humildad de quienes se saben merecedores del reconocimiento por lo bien hecho, y merecedores también de la crítica por lo que se podría haber hecho mejor. Pero con la honestidad de quienes se saben en línea con los valores de la mayoría, y dispuestos para el trabajo duro de la mano del resto de la sociedad.

El PSM cuenta con una dirección política, unos grupos institucionales y miles de militantes y seguidores. Todos debemos ser conscientes de la responsabilidad que nos corresponde. Y cada cual desde nuestro puesto, por relevante o modesto que sea, hemos de sobreponer el cumplimiento de tal responsabilidad sobre cualquier otro propósito o sentimiento. Desde la fortaleza que proporciona la unidad, la energía que suministra un objetivo legítimo, y el estímulo que ofrece el saberse útil en un proyecto común. Tomás Gómez y su equipo dirigen el partido y son la referencia en la Comunidad de Madrid. Jaime Lissavetzky y sus concejales pilotan el grupo municipal en la capital. Cada municipio cuenta con su alineación democráticamente elegida. A ellos corresponde señalar el camino y repartir tareas.

La sociedad madrileña necesita un programa de cambio para el progreso. Necesita un proyecto que genere complicidades y alianzas movilizadoras como nunca antes. Y necesita equipos honestos, eficaces y plurales para conquistar su propio futuro. No es esta una tarea para una sola organización, ni mucho menos. Se necesitarán muchas manos unidas con fuerza para cumplir los objetivos de interés común. Y corresponde al Partido Socialista de Madrid dar un paso al frente. Esta es su hora. El 2015 está ahí mismo.

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HUMANITARISMO A CAÑONAZOS EN SIRIA

El desenlace de la crisis siria resulta de gran interés en la presente era post-Iraq, porque supondrá un precedente crucial para las futuras actuaciones de los gobiernos que se autoproclaman representantes de “la comunidad internacional”. ¿Se mantendrá el criterio del respeto a la legalidad internacional que emana del acuerdo en Naciones Unidas o volverá a imponerse la ley del más fuerte?

Los únicos hechos contrastados hasta ahora consisten en la matanza de cientos de seres humanos en Siria por medio de agentes químicos por identificar. Algunos gobiernos responsabilizan de la masacre al régimen de Al Asad, sin que hayan presentado públicamente prueba alguna. Otros gobiernos niegan la autoría de Al Asad, y la gran mayoría desconoce qué ha ocurrido realmente. Los inspectores de la ONU aún no han emitido conclusiones y se duda de su capacidad para un veredicto definitivo sobre la autoría. No obstante, las Administraciones de los Estados Unidos y de Francia han dado a conocer su decisión unilateral de “responder con contundencia” al “traspaso de esta línea roja moral” en el incumplimiento de la legalidad internacional, mediante una “acción limitada” de bombardeos selectivos sobre instalaciones del gobierno sirio.

Estos hechos generan inmediatamente una catarata de cuestionamientos bien fundamentados. ¿Por qué la matanza de cientos de inocentes con gas constituye una transgresión moral mayor que la matanza de cientos de inocentes a bombazos o a machetazos? ¿Qué legitimidad tienen quienes proclaman “líneas rojas” en Siria pero no lo hacen con las agresiones de Israel en Gaza, por ejemplo? ¿Por qué hay que dar más fiabilidad a las acusaciones de la CIA y el Mossad contra Al Asad que a las exculpaciones de los servicios secretos rusos? ¿Cabe responder a una ilegalidad internacional con una acción ilegal sin respaldo de Naciones Unidas? ¿Por qué tanta prisa para el cañoneo de Siria sin esperar al informe de los inspectores de la ONU? ¿Ayudará a las víctimas inocentes de la guerra siria el bombardeo de los barcos americanos y franceses? ¿Contribuirá este bombardeo a finalizar una guerra que ha generado ya más de dos millones de refugiados que malviven en campamentos improvisados en países ajenos?

Los engaños masivos en la justificación de la guerra de Iraq han procurado una desconfianza general hacia las motivaciones de los gobiernos que suelen adjudicarse el papel de líderes de la “comunidad internacional”. Y, desde entonces, poco se ha hecho en la ONU, en Washington, en Londres o en París, para vencer esa desconfianza. Más bien al contrario. La reiteración de las imágenes de las víctimas del supuesto gas sarín tan solo conduce a aumentar las sospechas sobre una nueva manipulación en la opinión pública global. Cuando los intereses de Israel se ven amenazados surgen las “causas nobles” para el cañoneo. Cuando los intereses amenazados son otros, las cancillerías nobles se refugian en la legalidad internacional y el bloqueo útil del Consejo de la ONU. Unas matanzas se condenan y magnifican mientras otras matanzas se silencian o justifican. Los terribles dictadores de hoy eran recibidos con himnos y desfiles hasta ayer mismo. Esta semana nos damos golpes de pecho por mil víctimas de un supuesto gas, pero la semana próxima, tras los cañonazos, volveremos a olvidarnos de las cien mil víctimas que caerán por las bombas supuestamente legales y morales.

Claro que hay que reaccionar ante la matanza de inocentes. En Siria y en todos los lugares donde se produzca. Ahora y mañana también. Cuando convenga a Israel y cuando no convenga a Israel. Pero hay que hacerlo conforme a la legalidad internacional, bajo mandato de las Naciones Unidas, y con un propósito legítimo, que vaya más allá del cañoneo puntual de los baluartes militares de aquellos a los que la CIA y el Mossad señalan hoy circunstancialmente como enemigos, pero que mañana pueden ser sus aliados contra otro enemigo circunstancial. La acción de la comunidad internacional debería hacerse sobre el terreno, no a distancia. Con fuerzas de interposición para parar la guerra, no con bombas para generar más sufrimiento. Con corredores humanitarios para proteger a la población, no con explosiones para provocar más muertos y más heridos. Dedicando recursos a alimentar a los hambrientos y a curar a los heridos, no a engordar el reparto de dividendos de las empresas armamentísticas. Pero para esto sí se exigirá un acuerdo en el Consejo de Naciones Unidas.

Que hagan esto o que hagan lo que les venga en gana, como siempre. Pero por favor, que nos ahorren la verborrea falaz de las “líneas rojas morales” y “el afán de proteger a las víctimas”. Ya nos conocemos sus “razones humanitarias”…

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