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Archive for 25 julio 2013

TRAGEDIA A ALTA VELOCIDAD

Ya hemos vivido otras catástrofes con muchos muertos y heridos, pero resulta imposible llevar a cabo una aproximación puramente racional, al menos durante las primeras horas. El impacto del drama humano es terrible. Las imágenes de los cuerpos exangües sobre las vías, los heridos doblegados por el dolor, los supervivientes que deambulan con la mirada perdida, los familiares angustiados tras la información que no acaba de llegar… Nunca estamos preparados para asimilar calamidades de tal alcance.

La primera reacción decente es la solidaridad hacia los que sufren. Los heridos que se debaten entre la vida y la muerte en los hospitales. Las familias que están buscando a sus seres queridos en las listas de fallecidos. Los que aguardan a la puerta de un quirófano la suerte del padre, la madre, el hermano, la esposa o el hijo. Nuestro primer sentimiento está con ellos, con los protagonistas involuntarios de la tragedia.

Inmediatamente nos aferramos al primer motivo para la satisfacción que se nos cruza por delante, que nos apabulla incluso. Aún no habían pasado cinco minutos desde el accidente cuando aparecieron en torno a los vagones decenas de vecinos dispuestos a ayudar, rescatando víctimas, trasladando heridos, consolando a supervivientes, aportando camillas, mantas, agua y alimentos. Los centros de transfusión de sangre se vieron colapsados enseguida por miles de personas dispuestas a echar una mano, de la manera que fuera.

La satisfacción se torna en admiración y gratitud, una vez más, hacia esos hombres y mujeres que integran los cuerpos de atención a las emergencias en este país. Sanitarios, bomberos, policías y técnicos ferroviarios se volcaron desde el primer instante en la atención a los damnificados. Primero con la descoordinación habitual de estas situaciones. Enseguida con la eficacia que dicta la vocación, el adiestramiento y la buena voluntad. Doblando y triplicando turnos, sin descanso. Vaya nuestro homenaje para ellos y ellas, una vez más.

Conforme se van mitigando las emociones, se impone la reflexión lógica. Porque siempre hemos identificado la tecnología más avanzada con la seguridad y la eficiencia. Tenemos el mejor sistema ferroviario, con los mejores recursos técnicos, con los profesionales más reputados. Esta convicción bien fundamentada no encaja con el desastre que acabamos de sufrir. Tenemos que confiar, por tanto, en que la investigación abierta, en la Justicia y en Fomento, nos ofrezca respuestas claras y útiles.

La primera hipótesis sobre las causas del accidente apunta a la velocidad excesiva y al error humano. Es absolutamente necesario esperar a las conclusiones de la investigación para dar por buena esta u otra teoría. Y hemos de constatar los altos niveles de seguridad instalados en las modernísimas infraestructuras ferroviarias de nuestro país, adecuadas, desde luego, a las normas nacionales e internacionales. No obstante, si se confirmara la información, deberíamos ir pensando en cómo reforzar nuestros sistemas de seguridad para reducir aún más aquellos factores de riesgo, el exceso de velocidad y el eventual error humano, a lo largo de todos los trazados de la alta velocidad ferroviaria instalada en nuestro país.

Lo más importante en estos momentos, sin duda, es estar al lado de las víctimas y de sus familiares. Ya nos hemos puesto a disposición del Gobierno para colaborar en lo que fuera preciso. Dejemos trabajar con rigor a la Justicia y a las comisiones técnicas de la Administración para evaluar convenientemente las causas últimas del accidente. Confiemos en las garantías de seguridad que ofrecen nuestras instalaciones y nuestros profesionales.

Y eso sí, cuando llegue el momento pongámonos manos a la obra para evitar, en la medida de lo posible, que vuelva a producirse un accidente tan terrible como el que tuvo lugar en Santiago el pasado 24 de julio, y que jamás escapará a nuestro recuerdo.

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EL PARLAMENTO BLOQUEADO

Una de las consecuencias más relevantes del escándalo Bárcenas reside en la evidencia pública del bloqueo al que está sometido el Parlamento español desde el comienzo de la presente Legislatura. La incapacidad de los representantes de los ciudadanos para forzar la comparecencia del Presidente del Gobierno cuando resulta claramente imprescindible demuestra las serias limitaciones de nuestro sistema político. La mayor parte de los españoles reclaman explicaciones y responsabilidades por un caso de corrupción que afecta a la cúpula de nuestras instituciones democráticas, con grave repercusión internacional, pero el Congreso no puede obligar al Gobierno ni tan siquiera a dar la cara. Algo no funciona.

De hecho, el bloqueo del Parlamento no se limita a sus funciones de control. Efectivamente, la tarea de control se encuentra limitada drásticamente por el veto constante ejercido por la mayoría gubernamental en la Mesa del Congreso. El PP evita incomodidades al Presidente por el caso Bárcenas, como ha venido haciendo durante el último año y medio con la mayor parte de los ministros afectados por irregularidades o protagonistas de medidas impopulares. Las preguntas, interpelaciones o propuestas de los grupos parlamentarios en las comisiones se reducen a la mínima expresión, y se administran en el calendario conforme a los intereses estrictos del Gobierno. Incluso las respuestas a las simples preguntas escritas o las solicitudes ordinarias de información se demoran inexplicablemente o se formulan de manera provocadoramente simple.

Pero está ocurriendo lo mismo en lo relativo a la función legislativa del Congreso. Más del 90% de las normas legales que están aprobando las Cortes Generales se tramitan vía Decreto. Es decir, el Gobierno legisla por urgencia un viernes, y el Parlamento convalida el jueves siguiente con la mayoría absoluta del PP. Con esta fórmula resulta imposible atender las eventuales enmiendas de los grupos parlamentarios o posibilitar acuerdos en torno a cuestiones de interés general. Ellos se lo guisan y ellos se lo comen. Las pocas leyes que se tramitan como proyectos de ley, con participación teórica de los grupos parlamentarios, en realidad no son sometidas a un trabajo cooperativo. Las sesiones de las ponencias legislativas duran cinco minutos. El tiempo preciso para que el representante del Gobierno plantee sus lentejas: o lo tomas o lo dejas. Y, por supuesto, ni las propuestas de ley de los grupos ni las iniciativas populares prosperan de ningún modo.

Durante la última reunión de la Diputación Permanente del Congreso, la mayoría gubernamental tumbó hasta treinta solicitudes de comparecencia e iniciativa de los grupos parlamentarios sobre asuntos legítimos y justificados, relacionados con el empleo, los derechos sociales o los servicios públicos. El paseo cotidiano de la oposición por el registro del Tribunal Constitucional tampoco dice mucho sobre la capacidad de nuestro Parlamento para impulsar leyes y acciones que respeten al menos las reglas del juego más elementales.

En este contexto debe explicarse la propuesta del grupo socialista para presentar una Moción de Censura. Si los cauces normales de control parlamentario están sometidos a un bloqueo antidemocrático, es obligación de los representantes de los ciudadanos buscar y encontrar vías alternativas para lograr las explicaciones y la responsabilidad debida del Gobierno. No es lo más ortodoxo, pero el Gobierno no ha dejado otra salida.

La necesidad de acometer cambios profundos en el funcionamiento del Congreso es muy evidente. Es preciso establecer garantías procedimentales para evitar que las mayorías parlamentarias bloqueen el Parlamento de facto e impidan el ejercicio de sus funciones. Debiera bastar la solicitud de un porcentaje minoritario de diputados o de más de un grupo parlamentario para forzar la comparecencia del Gobierno. Las comisiones de investigación deberían celebrarse automáticamente cuando lo requirieran la cuarta parte de los diputados, por ejemplo. Y debiera ser suficiente también la exigencia de al menos dos grupos para que un decreto se tramite como proyecto de ley, con participación de los representantes de los ciudadanos en su elaboración.

En democracia, las formas son determinantes. Ya estamos comprobando cómo no basta confiar en que las mayorías respetarán siempre las condiciones políticas y éticas más elementales para el funcionamiento normalizado de las instituciones. En consecuencia, habrá que garantizar esas condiciones con los cambios legales y reglamentarios precisos. Porque la situación actual es inaceptable. Y el caso Bárcenas la está convirtiendo incluso en insoportable.

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BÁRCENAS Y EL DERRUMBE MORAL

El caso Gürtel-Bárcenas está siendo estudiado desde muchas perspectivas, en lo político, en lo institucional, y en cuanto a sus consecuencias macroeconómicas incluso. Sin embargo, se han analizado poco las implicaciones de este asunto en términos puramente morales. ¿Cómo está afectando la corrupción política a las referencias morales de la ciudadanía? ¿En qué medida afecta a la consideración general sobre lo que está bien y lo que está mal la constatación de que el partido que gobierna el país se ha estado financiando al margen de la ley durante los últimos veinte años?

La primera aproximación ha de referirse necesariamente a la propia moralidad individual de Bárcenas y los demás implicados en el caso Gürtel. Para cualquier persona que se considere razonablemente decente, las reacciones que despiertan las peripecias de estos personajes varían desde el estupor hasta el asco.

Si consideramos a la ciudadanía en general, más allá de lo establecido en la ley, hoy pueden comprobarse unos límites de trazado difuso entre lo moralmente aceptable y lo moralmente inaceptable. ¿Es aceptable esquivar el pago de impuestos? ¿Puede admitirse el disfrute on-line de un producto sujeto a derechos de autor sin pagarlo? Ya es grave que estas preguntas no tengan una contestación diáfana en buena parte de nuestra sociedad.

Ahora bien, para aquellos que han decidido libremente requerir la confianza de sus conciudadanos con el propósito de administrar el espacio común compartido, la exigencia de rectitud moral ha de ser específicamente estricta. Cuando además de gestionar los intereses particulares, tienes la responsabilidad de hacer valer el interés colectivo, porque así se te ha confiado, la transparencia y el rigor en el comportamiento personal debiera ser un mandato incuestionable.

Por eso resulta especialmente doloso y deprimente comprobar cómo Bárcenas y compañía, de uno u otro color, tras haber traicionado la confianza de sus representados y haber traspasado todos los límites de la decencia personal, aún manifiestan públicamente un comportamiento jactancioso y provocador. “Sí, he robado, ¿y qué?”, parecen decirnos en cada comparecencia pública. Cuando se atrapa a un corrupto en otras democracias más maduras, a veces vemos escenas de arrepentimiento y perdón. Aquí no hay nada de eso.

La incidencia sobre la moralidad colectiva es aún más relevante. Porque con el caso Bárcenas no estamos ante un caso más de conducta personal irregular en el espacio público. No se trata de otro caso aislado de comportamiento reprochable que pueda ser capsulado y cauterizado en términos de excepción. No. Ahora la sociedad española debe asumir la realidad de que el principal partido político del país, que gobierna en el Estado y en la mayor parte de las Comunidades Autónomas y los Ayuntamientos, ha contravenido flagrantemente la ley, se ha financiado con trampas y ha engañado a todos los españoles.

¿Cómo va a reaccionar la ciudadanía española en términos morales? Hay dos grandes alternativas, y ninguna de las dos resulta muy atractiva. La sociedad puede digerir esta noticia, como antes digirió otras muchas parecidas, y aparentemente no ocurrirá nada. Porque el Gobierno aguantará lo que queda de legislatura, porque solo unos pocos irán a la cárcel, porque la agenda de la actualidad es tan dinámica que pronto pasará esta página para centrar la atención en otros asuntos tanto o más llamativos… Pero en realidad sí habrá ocurrido algo. Algo se habrá quebrado definitivamente en la moral pública de nuestro país. Y cuando ya no quedan claras las diferencias entre lo que está bien y lo que está mal, es que la sociedad está enferma, gravemente enferma.

O puede ocurrir otra cosa. Puede que la sociedad española en esta ocasión diga “basta ya”. Esta es la gota que colma el vaso. No estamos dispuestos a aceptar ni un paso más hacia la degradación moral colectiva. Y entonces el país y sus instituciones deberán soportar un cataclismo político e institucional, con renuncias y reformas que tendrán unas consecuencias interesantes a medio plazo, pero que tendrán también unos costes a corto plazo en términos de inestabilidad y desconfianza, en lo político, en lo social, y en lo económico también.

¿Que qué prefiero? Más vale ponerse una vez verde, que cientos de veces colorado. Ya está bien. Esto es insoportable. Caiga quien caiga.

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MANDELA Y EL FIN DE LOS LIDERAZGOS

Mandela se está muriendo. Y corremos el riesgo de que su legado sea empaquetado, etiquetado y despachado para su consumo fugaz por la llamada sociedad global. Mandela se muere, Mandela ha muerto, qué gran pérdida, vendamos cuatro titulares estereotipados, explotemos la marca mientras sea rentable, y a otra cosa sin perder más tiempo.

Pero Mandela es mucho más que otro personaje para el consumo cotidiano de noticias de impacto y de tertulias superficiales. Probablemente estamos ante el último de los grandes liderazgos que han inspirado a la Humanidad en la definición de sus valores y en la organización de sus relaciones sociales y políticas.

Mandela perfeccionó la resistencia activa y no violenta de Gandhi ante las grandes injusticias y, sobre todo, ofreció a todo el mundo una gran lección sobre cómo supeditar los intereses particulares a los grandes propósitos colectivos. Porque si fue encomiable su lucha contra el apartheid, lo fue aún más su éxito en la reconciliación nacional de los surafricanos negros y blancos.

Hoy se echan de menos esos grandes liderazgos inspiradores y ejemplificadores. Los dirigentes políticos parecen más interesados en los mensajes inmediatamente rentables que en los grandes conceptos para la posteridad. Los amos del dinero solo piensan en acumular más dinero. Y las referencias culturales e intelectuales se refugian lejos de los focos incómodos y de los compromisos arriesgados.

Norteamérica no ofrece ya las referencias universales de los Kennedy o los Luther King, porque la estrella efímera de Obama ha preferido jugar a asegurar la supervivencia pactando con los detentadores de la realpolitik. Con todo, le agradecemos que librara al mundo de los Bush… En Europa pasó el tiempo de los Brandt, los Palme o los Delors. Ya solo quedan los mercaderes y sus administradores en las instituciones. Y los llamados emergentes piensan antes en la balanza de pagos que en las ideas.

Así que, por favor, cuando se nos muera Mandela no le despachemos con el habitual obituario enlatado, y esforcémonos en analizar con algo de profundidad su pensamiento, su biografía y su ejemplo. Porque puede que pase mucho tiempo hasta que la Humanidad no disfrute nuevamentede un legado que no sea susceptible de resumirse en un simple eslogan para consumo global.

Sí. Necesitamos las ideas, los compromisos y la valentía de quienes no se asustan por caminar a contracorriente cuando creen en algo. De hecho, necesitamos dirigentes que crean en algo. Necesitamos nuevos liderazgos. Pero puede que pidamos demasiado…

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