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Archive for 27 abril 2013

¡HAY QUE REACCIONAR!

El jueves conocimos que ya hay más de seis millones doscientos mil parados en España, que en el último año se han destruido 800.000 empleos, que dos millones de hogares tienen a todos sus miembros sin trabajo y que cerca del 60% de los jóvenes se encuentra en situación de desempleo. Con todo, lo más sorprendente de estas cifras no está en su dimensión brutal o en sus terribles consecuencias, sino en la apatía, la resignación y la falta de reacción con que han sido recibidas por quienes tienen la responsabilidad de gobernar los problemas para buscarles solución.

¿Qué otras pruebas necesitan nuestros gobernantes para constatar lo equivocado de sus estrategias? ¿Son incapaces de leer la realidad tal y como se manifiesta ante sus narices? ¿Lo saben y perseveran por pura indolencia? ¿Pretenden seguir aprovechando la desgracia de los más para agrandar la ventaja de los menos? ¿O es que no se les ocurre nada? Resulta desesperante comprobar cómo la nave mantiene las velas completamente desplegadas y el rumbo fijo hacia el precipicio, sin que nadie reaccione adoptando decisiones para evitar la desgracia. La receta del Gobierno español consiste en “perseverar en las reformas”. ¿En las “reformas” que nos han traído hasta aquí?

Es evidente que en un contexto de crisis grave como el que atravesamos no puede reclamarse todo a la vez. Hay que priorizar, elegir, decidir. En esto consiste la política y el liderazgo. ¿Qué es ahora lo más importante? Algunos decimos: el empleo y el combate a la exclusión social. Otros dicen: el control del déficit, la reducción de la deuda, mantener la inflación a raya. ¡Claro que todos queremos unas cuentas equilibradas! Pero si toca elegir entre unas cuentas niqueladas a corto plazo y la supervivencia de millones de personas en este instante, la prioridad es indudable.

Aún más nítido: si el coste de iniciar la recuperación del empleo y la lucha contra la pobreza consiste en que el déficit vuelva temporalmente a los dos dígitos, que la deuda pública supere el 100% del PIB o que la inflación pueda escalar un tiempo por encima del 4%, merece la pena. Y merece la pena porque el objetivo primario debe ser salvar del agujero negro de la recesión, la quiebra social y el empobrecimiento severo a la sociedad española. Así lo han entendido en los Estados Unidos, que no tienen precisamente unas cuentas presentables, pero cuyas instituciones, cuyo Gobierno y cuya Reserva Federal han sabido interpretar debidamente las prioridades de su población: primero, el empleo; después, los equilibrios monetarios.

¿Qué medidas concretas se pueden adoptar? Ahí van tres. Primero, un Plan de Estímulo Público para el Crecimiento y el Empleo. Si el Banco Central Europeo atendiera antes a los objetivos de la población europea que a los intereses de los banqueros centroeuropeos, podría abrir una línea de crédito generosa hacia el Banco Europeo de Inversiones y los bancos centrales de los Estados con la que financiar grandes iniciativas públicas de inversión. Planes de remodelación urbana y de rehabilitación de viviendas, planes de mejora en las plataformas logísticas para el transporte de mercancías, planes de explotación eficiente de las energías renovables, planes de innovación en sectores industriales con grandes potencialidades, como la industria agroalimentaria, la automovilística, la aéreo-espacial, la cultural…

Segundo, una nueva legislación laboral que promueva la contratación y el mantenimiento del empleo antes que el despido. Premiar reglamentaria y fiscalmente el incremento de las plantillas y no su destrucción. Estimular la búsqueda de la competitividad por vías alternativas a la descapitalización humana. Incentivar el reparto del trabajo. Alfonso Guerra acaba de reabrir el debate sobre las jornadas de 32-35 horas de trabajo semanal. No puede ser que cada vez haya más personas sin empleo mientras los empleados han de incrementar sus horas de trabajo, con grave coste para la conciliación de su vida personal. Si se establece legalmente a escalas globales, este puede ser un camino por explorar.

Y tercero, un Plan de Coberturas Sociales que bloquee el empobrecimiento de amplias capas de la población y la exclusión social de cientos de miles de personas. La introducción de una Renta Básica de Ciudadanía a escala europea para garantizar unos mínimos vitales a todos los ciudadanos no solo sería viable y justo, sino que supondría una inyección de consumo y reactivación económica muy considerable. Su financiación debería proceder de una reforma fiscal valiente y común en el continente, que grave con suficiencia los grandes patrimonios, las rentas del capital y las transacciones financieras especulativas.

¡Claro que hay alternativas! ¿Qué es lo que impide su aplicación? La falta de determinación y de ideas de quienes nos gobiernan. Y Europa, desde luego. Pero si el Gobierno alemán, la Comisión Europea y el Banco Central Europeo persisten en esta estrategia de estrangulamiento para las sociedades del sur, quizás vaya siendo hora de decir Basta. Puede que haya llegado el momento de constituir un frente de exigencia y de bloqueo en el sur de Europa. Este club no puede seguir funcionando como si los únicos intereses por atender fueran los de Merkel y compañía. O cambian las prioridades y cambian las políticas, o se cuestiona el modelo y comenzamos a buscar otros socios y otras alternativas…

Podemos pensar en un futuro sin dependencias suicidas respecto a los Merkel-Rehn-Draghi de turno. La única alternativa imposible es la seguir como estamos. Porque hoy son seis millones, y mañana serán siete, y pasado ocho…

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Ana Botella se siente “inspirada” por Margaret Thatcher y su partido ha decidido dedicarle una calle en la ciudad de Madrid, a pesar del juicio crítico de toda la oposición. Crítico porque no existen vínculos conocidos entre tal señora y la capital de España, y crítico, sobre todo, porque puestos a buscar inspiración para la alcaldesa, y coincidimos en la necesidad imperiosa, podría haber encontrado referencias más útiles y convenientes. No hay calle en Madrid para el también premier conservador Winston Churchill, y este al menos ganó una guerra al horror nazi. También era conservador Abraham Lincoln, aún en plena exposición cinematográfica en Madrid, y merece reconocimiento por acabar con la esclavitud en su país. Aunque, claro está, para la “inspiración” y para la calle, yo recomendaría hoy al mejor alcalde de Berlín y gran impulsor de la Europa Social, Billy Brandt, que en el próximo mes de diciembre hubiera cumplido 100 años.

Pero el PP madrileño prefiere a Thatcher, “inspiradora” de la alcaldesa y modelo para la presidenta regional de su partido. ¿Qué es lo que inspira Thatcher al partido que nos gobierna? Desde luego no el éxito en su gestión. Recordemos, por ejemplo y al calor del debate vigente sobre las dificultades de las familias madrileñas para pagar los comedores escolares, que lady Margaret también fue conocida en su país como “Milk Snatcher” (ladrona de leche), por su controvertida decisión de eliminar el reparto gratuito de leche entre escolares de familias necesitadas durante su etapa como Ministra de Educación. Thatcher fue pionera, sí. Pionera en buena parte de aquello que ha ocasionado más desigualdad y más injusticia en Europa, como la desregulación de los mercados, la hiperfinanciarización de la economía, la flexibilización de las condiciones laborales, las bajadas de impuestos a los pudientes, las subidas de impuestos a las mayorías (recuérdese el “pool tax”, desencadenante de su renuncia), las privatizaciones de servicios esenciales o la beligerancia constante frente a los esfuerzos destinados a la construcción de la Unión Europea.

Más allá de la gestión cuestionable de la británica, Botella y compañía dicen admirar su “determinación”, aquella característica de su comportamiento que le hizo merecer el apelativo de “dama de hierro”. “Actuaba sin complejos”, nos aclara la alcaldesa para subrayar el atributo añorado. Sin embargo, lo que el PP capitalino admira como determinación y fuerza de voluntad, otros muchos han tenido que sufrirlo como tendencia agresiva, como alergia al diálogo y como imposición permanente de la voluntad propia. ¿Ese es el modelo que busca la alcaldesa? ¿Hacerlo todo por bemoles, sin margen para el entendimiento y el consenso? No lo explicitan, pero imagino que de Thatcher les gusta también el tratamiento que brindó generalmente a sus adversarios: a los internos marginándolos y a los externos arrasándolos sin contemplaciones. En realidad, Botella y compañía echan de menos la mano dura que la dama londinense exhibió, por ejemplo, en su guerra contra los sindicatos. Y es verdad que la señora logró debilitar a las Trade Unions, y con ellos también consiguió precarizar los derechos laborales y las condiciones de vida de millones de trabajadores británicos. Si esa es la razón para concederle el honor de una calle en Madrid, yo estoy con la oposición.

Margaret Thatcher fue, es y me temo que será un filón para la “inspiración” ideológica de la derecha más extrema, también en España. No sabemos hasta qué punto hablar de Ana Botella y de ideología en una misma frase puede resultar coherente, pero la influencia del pensamiento de la dama británica sobre el fundamento ideológico del PP actual es innegable. Thatcher era partidaria de un individualismo a ultranza: que cada cual obtenga de la vida según su mérito, y nunca según su necesidad. En la tradicional disyuntiva entre la libertad de los antiguos y la libertad de los modernos de Constant, era sin duda partidaria de lo segundo, el disfrute radical de la libertad individual frente a cualquier autodeterminación colectiva. ¿Igualdad? ¿Para qué? El lugar de cada cual en la escala social ha de provenir de sus propios recursos, de su propio esfuerzo y de sus propias habilidades. ¿Quién es nadie y mucho menos el Estado para interferir asegurando condiciones más o menos equitativas? Cuanto menos Estado, más libertad y mejor para todos… De aquí bebe buena parte del pensamiento popular.

El último exponente de influencia thatcherista en la acción de gobierno popular en Madrid puede contemplarse en la privatización de seis hospitales públicos. Los servicios públicos que atienden las necesidades más fundamentales de la población acaban en manos de unos negociantes que buscan, prioritaria y legítimamente, maximizar beneficios privados. Estado mínimo, desigualdad máxima y que cada palo aguante su vela, que diría aquella otra gran “ideóloga”, doña Dolores de Cospedal.

Solo espero que la calle agraciada con el nombre de la dama de hierro me pille lejos, porque de la gestión thatcherista no escapa nadie en Madrid…

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LA PREDISTRIBUCIÓN ¿UNA IDEA NUEVA?

Uno de los problemas que lastran la conformación de una alternativa movilizadora por parte de la socialdemocracia europea procede de su incapacidad recurrente para definir un modelo económico propio y diferenciado del adversario conservador. Si la derecha apuesta por reducir el déficit, la izquierda dice que también, pero con menos “aceleración”. Si la derecha practica recortes en el gasto público, la izquierda gobernante se apunta, pero con algo más de “sensibilidad social”. Si la derecha quiere crecimiento a ultranza, la izquierda lo suscribe, pero con “sostenibilidad”. Si la derecha prefiere bajar impuestos, la izquierda dice que a fin de cuentas “bajar impuestos también es de izquierdas”. Si la derecha privatiza cada día más espacios públicos, la izquierda se conforma con establecer “líneas rojas”…

Los grandes principios que se proclaman desde la oposición suelen transformarse en seguidismo y matización escasa cuando la izquierda accede al poder. Así ha ocurrido con el presidente francés, por ejemplo, que a pesar de un prometedor impulso de inicio ha acabado sucumbiendo bajo el peso de la ortodoxia austericida. En consecuencia, Hollande se ha convertido en el presidente que más rápidamente ha dilapidado su popularidad. Y lo peor es que no ha dejado huérfanos solo a buena parte de sus seguidores domésticos. La “referencia francesa” se ha desdibujado para el conjunto de la izquierda europea.

Cierto es que también hay argumentos para quienes prefieren ver la botella medio llena. El Gobierno galo ha adoptado algunas decisiones relevantes y valientes, en el ámbito fiscal sobre todo. Y muy probablemente sin su presencia en el Consejo Europeo la tasa Tobin tendría una aplicación efectiva aún más lenta. Desde luego merece señalarse el trabajo que están haciendo los Gobiernos socialistas en Andalucía, en Asturias, y hasta hace poco en Euskadi, además de cientos de Ayuntamientos progresistas, con decisiones coherentes y avanzadas en materia de estímulos al crecimiento, de promoción del empleo, de cobertura social, de lucha contra la pobreza… El decreto andaluz para expropiar las viviendas a desahuciar ha sido un aldabonazo decisivo. Pero, con todo esto, hemos de ser conscientes de que la botella está aún lejos de saciar la sed de quienes buscan en la izquierda una alternativa creíble y confiable en el campo de los modelos económicos, más allá del previsible barniz social.

Por tal razón resulta de agradecer cuanta iniciativa surge con un planteamiento mínimamente original. La predistribución no es una doctrina nueva, ni mucho menos, pero merece una atención singular la presentación que están haciendo ahora algunos académicos, como el norteamericano Hacker, y ciertos líderes progresistas, como el británico Milliband, especialmente en un contexto de crisis grave y en el marco de la hegemonía del pensamiento económico más conservador. Se trata de enfatizar el objetivo de combatir las desigualdades y establecer nuevos caminos para alcanzar tal objetivo. Hasta ahora la izquierda subrayaba los esfuerzos de redistribución del Estado para hacer frente a las inequidades que provoca el funcionamiento de los mercados. Los mercados generan desigualdad, el Estado cobra impuestos y redistribuye los recursos comunes. Los “predistribuidores” plantean mantener el vector redistribuidor, pero incorporando una nueva estrategia para aminorar de inicio las consecuencias más desigualitarias del mercado.

¿Por qué llegan a esta conclusión? Porque, a su juicio, las desigualdades de inicio son tan importantes y aumentan a un ritmo tan acelerado, que por mucha voluntad y por mucha capacidad que plantee el Estado en sus políticas paliativas, la brecha no parará de crecer. ¿Y en qué consisten estas alternativas predistribuidoras? Hablan de intensificar la mejora de la educación, de la lucha contra la exclusión social, de regular sistemas de precios, de elevar los salarios mínimos, de ampliar derechos laborales, de incrementar el papel sindical en las empresas… Establezcamos nuevas reglas en los mercados para que los mercados no generen desigualdades tan extraordinarias que ni las políticas sociales más voluntaristas puedan corregir con eficacia.

Insisto, no es nuevo, porque en el programa original de la izquierda no figuró nunca la adoración de los mercados, ni la timidez ante su regulación necesaria. Conlleva riesgos, porque puede inducir a una relajación de las responsabilidades redistribuidoras del Estado que, hoy por hoy, y a pesar de las troikas y los ajustes, siguen sosteniendo un Estado de Bienestar minimizado. Y aún no ha encontrado una formulación suficientemente motivadora.

Las prevenciones nunca son suficientes, porque detrás de otros ensayos de “renovación ideológica” han tratado de camuflarse intenciones aviesas y mucho contrabando inasumible. También vino de la Gran Bretaña aquella trampa de la “tercera vía”, que resultó ser un remedo de la vía tradicional de la derecha.

Pero es una idea, y no andamos muy sobrados de ideas. Vamos a estudiar sus posibilidades.

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La exigencia y la crítica social deben mantenerse sin caer en la antipolítica

En la sociedad española se está produciendo un descrédito profundo y una estigmatización durísima de la política y de los políticos. La imprevisión de la crisis, la ineficacia en la gestión de sus consecuencias y la proliferación de corruptelas explica este fenómeno. Ahora bien, o la sociedad y sus representantes políticos acometen los cambios precisos para recuperar el entendimiento o este camino no tendrá buen final. Porque la experiencia histórica nos enseña que cualquier alternativa a la política democrática en la gestión del espacio común que compartimos es mucho peor.

En Estados Unidos, durante el estallido original de la crisis se señaló a Wall Street y sus especuladores de las finanzas. En el Reino Unido se apunta a los burócratas de Bruselas. En buena parte de Francia y de Grecia se habla de los inmigrantes. Y en Alemania se despotrica de los perezosos gastadores del sur. A cualquiera que se le pregunte en España por el culpable de la crisis señalará de manera indubitada a los políticos. Ni a los banqueros que multiplicaron ganancias de forma espuria, ni a los tramposos que inflaron la burbuja inmobiliaria, ni a los economistas que bendecían aquella bomba de relojería, ni a los tertulianos que brindaban junto a los nuevos ricos, ni a los medios que acogían su publicidad y sus créditos anormalmente generosos.

En la gran mayoría de los análisis y tertulias que trascienden en torno a las responsabilidades de la crisis los dedos se dirigen casi siempre a la impericia de los políticos españoles, a pesar de que la crisis no afecta solo a España. Se generaliza el estado de corrupción, a pesar de que la gran mayoría de los políticos son honrados, como ocurre entre los analistas, entre los tertulianos y en el resto de la sociedad. Se les tacha generalmente de privilegiados, de indolentes y de profesionalizar su actividad, a pesar de que sus retribuciones están muy por debajo de la media europea, de que su dedicación es tan diversa como la ciudadanía a la que representan, y de que en cualquier otra labor social la experiencia se valora positivamente.

El estigma se ha interiorizado de tal manera que algunos políticos practican la antipolítica para buscar el aplauso social. El diputado más popular es el que denuncia la supuesta vagancia de sus colegas, manipulando incluso fotografías en el hemiciclo. El militante más prometedor es el que arremete contra la política de su propio partido. Y el partido político más “in” es el que se quita la corbata y juega a no ser partido y no ser político. Hasta el Congreso cambia su agenda, llenando huecos para aparentar mayor actividad.

¿Es justa esta situación? ¿Y dónde nos lleva? La autocrítica que cabe hacer desde la política es muy profunda. Nos equivocamos al no parar aquella orgía de desregulación, especulaciones y burbujeos. Nos equivocamos al no promover un modelo de desarrollo alternativo y sostenible. Nos equivocamos al no prever la dimensión de la crisis, al seguir los dictados de las troicas y al constitucionalizar la priorización en el pago al especulador. Han sido errores graves. Es más, el Gobierno actual persevera y agrava el error. Pero también es cierto que la política ha sacado a este país de la dictadura y el subdesarrollo en solo treinta años, que no todas las opciones políticas son iguales, que muchos reivindicamos el derecho a rectificar y que no hay más salida a esta crisis política que una política distinta, pero política al fin y al cabo.

¿Denigrar la experiencia? No son precisamente nuevos los políticos que representan a los ciudadanos en otras latitudes. Ni lo es Merkel, ni lo es Hollande, ni lo es Napolitano, desde luego. No son nuevos los admirados Obama, Dilma Rouseff o la re-candidata Michelle Bachelet. No fueron celebrados por nuevos Adenauer o Brandt, ni De Gaulle o Mitterrand, ni Thatcher o Blair, ni Suárez o Felipe, a pesar de su juventud. Porque la juventud y el amateurismo son valores a tener en cuenta, por su aporte de regeneración y entusiasmo, pero sin desmerecer el aval que incorpora siempre el conocimiento a fondo de los asuntos. Quizás son muchos los ciudadanos que ante una operación quirúrgica valorarán antes la experiencia del cirujano que la originalidad de su perfil en Facebook.

No es preciso despertar los demonios domésticos para encontrar referencias históricas sobre las consecuencias de la retirada de la política. El fracaso económico, el deterioro social y la impotencia política no constituyen una formulación exclusiva de este tiempo. Ya hubo ocasiones en las que se apartó a la política democrática de la gestión pública. Ocurrió en la República de Weimar, por ejemplo. Y cuando la política fracasó llegaron los salvadores y los patrioteros, que prometieron sueños y repartieron pesadillas. En Grecia, la antipolítica ha devuelto el auge a los grupos filo-nazis. Y en Italia, buena parte de los ciudadanos parecen dispuestos a cambiar la democracia fallida por la plutocracia indecente (Berlusconi), por la tecnocracia cómplice (Monti) o por la acracia irresponsable (Grillo). Están a un tris de pasar de una economía fallida a un país fallido. ¿Es eso lo que queremos para España?

La exigencia y la crítica social sobre la política y los políticos deben mantenerse al máximo nivel, sin caer en la antipolítica. Los partidos políticos han de acomodar sus objetivos a los de la mayoría social, han de asumir su responsabilidad para dirigir una salida justa de la crisis, y han de cambiar sus maneras de funcionar, atendiendo las demandas de transparencia y participación de la ciudadanía. Habrá que transformar los contenidos y las formas de la política. Rectificar las políticas que no funcionan. Ganar empatía y permeabilidad. Echar a los corruptos, garantizando honestidad y juego limpio. Cambiar a los políticos que no sepan o no quieran atender las exigencias de su tiempo.

Pero de esta crisis formidable, o salimos con la política, o no salimos. Tengámoslo en cuenta.

Me adelanto: no es corporativismo. Es puro sentido común.

Publicado en El País el 11 de abril de 2013

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François Hollande ha advertido con mucha claridad: “O Europa vuelve al crecimiento, o será imposible contener los populismos”. La persistencia de la crisis económica está acelerando el deterioro social en el Sur de Europa, y el precio a pagar trascenderá el ámbito de lo socioeconómico. Europa pagará un precio político por el crecimiento de la desigualdad y la pobreza. El euroescepticismo, el populismo y el auge de la extrema derecha se están abriendo paso de manera acelerada.

Joseph Stiglitz y otros reputados analistas han alertado sobre “el precio de la desigualdad” en términos económicos. Las sociedades cohesionadas y con derechos sociales garantizados no solo alientan la demanda interna con su mayor consumo. Además, resultan económicamente más eficientes, como lo demuestra el funcionamiento de las economías propias de las sociedades desarrolladas del centro y el norte de Europa. Más precariedad social no equivale a más competitividad y más crecimiento. Todo lo contrario.

El empobrecimiento de las poblaciones más castigadas por la crisis y por la ulterior estrategia austericida está llegando a límites terribles en naciones acostumbradas hasta hace poco tiempo a vivir razonablemente. Es el caso de Grecia, de Portugal, de Italia y de España, por supuesto. Los últimos informes de Cáritas, de Alternativas y de Sistema alertan sobre la existencia de más de 11 millones de españoles por debajo del umbral de la pobreza, 3 millones de pobres severos, cerca de 2 millones de familias con todos sus miembros en el paro, más de 2 millones de desempleados, más de tres millones viviendo de los comedores sociales… Sencillamente no es soportable.

Pero, por si la ineficiencia económica y el riesgo del estallido social no son argumentos suficientes para que Merkel y compañía rectifiquen sus políticas irracionales, habrán de tener en cuenta también la previsible quiebra del régimen político vigente. Europa no sobrevivirá si se condena a la indigencia a la mitad de su población. La derecha centroeuropea, que detenta el poder en el continente, deberá cambiar su estrategia. Si no lo hace por convicción ideológica, por cálculo económico o por razones morales, habrá de hacerlo por pura supervivencia. Cuanto antes se den cuenta, mejor.

La percepción que se tiene de Europa en las poblaciones castigadas del Sur está pasando del escepticismo a la irritación y la beligerancia crecientemente violenta. Las troikas son hoy recibidas con pitos, pero puede que mañana se las reciba de forma más contundente. En Grecia, en Francia, en el Reino Unido vuelve a señalarse con el dedo a los inmigrantes como la causa de todos los males, y los viejos demonios del siglo pasado parecen despertar.

Los partidos tradicionales que articulaban la representación política y encauzaban los estados de opinión están siendo desplazados por otras referencias, con discursos que regalan los oídos de los más frustrados por la inoperancia de las instituciones democráticas. En Grecia avanzan los extremos, y en Italia los ciudadanos cambian la democracia impotente por la plutocracia indecente (Berlusconi), la tecnocracia cómplice (Monti) y la acracia irresponsable (Grillo). ¿Ocurrirá algo parecido por aquí?

La ortodoxia insiste en sus prioridades: primero el déficit, segundo el crecimiento, tercero el empleo. Hasta ahora, la oposición socialdemócrata contraponía: primero el crecimiento, segundo el empleo, tercero el déficit. Quizás haya que transformar las reivindicaciones: primero el empleo, segundo el crecimiento, tercero el déficit. Y antes que nada un Plan de Emergencia Social que asegure la atención de las necesidades sociales más básicas para toda la población. Porque esto no es sostenible.

Unos pocos números para terminar. Una renta básica de ciudadanía de 600 euros por 14 pagas anuales para los tres millones de pobres severos en nuestro país, supondría tan solo un coste equivalente a la mitad del último rescate europeo a la banca española. Nadie pone en duda que el sistema financiero debe sobrevivir, cueste lo que cueste. ¿No merecen la misma consideración, al menos, esos millones de seres humanos a los que la codicia del sistema financiero arrojó a la pobreza?

Ojo. Ya no apelamos a la racionalidad, sino al mismísimo instinto de supervivencia, porque se agota el tiempo. Y la paciencia.

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