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Archive for 23 marzo 2013

La crisis financiera desencadenada en Chipre ha dado lugar a una feria de despropósitos que amenaza las vanas esperanzas de los europeos por sortear la depresión colectiva a corto o medio plazo. El culebrón chipriota promete aún episodios memorables, pero de lo ya visto cabe deducir al menos tres lecciones.

La primera lección tiene que ver con el funcionamiento de las instituciones europeas. La ingente maquinaria institucional de Europa se ha mostrado incapaz de resolver razonablemente un problema que afecta apenas al 0,2% de su PIB. ¿Qué ocurrirá el día que el problema resida en una economía más relevante?

Además, el gobierno “federal” europeo, es decir, la Comisión, no ha jugado papel alguno en este grave asunto. Todas las decisiones se están adoptando en el seno del eurogrupo, por parte de los gobiernos nacionales. Es como si en España tuviéramos que afrontar la posible quiebra de La Rioja, y el mando de la operación de rescate se lo reservaran para sí los demás gobiernos autonómicos, ninguneando al Gobierno del Estado. Europa, pues, sigue “nacionalizándose”.

Alemania sigue marcando el rumbo, en lo estratégico y en lo táctico, en lo mollar y en lo más menudo. Los demás nos limitamos a bailar al son que tocan los alemanes, con el agravante de que la música no refleja ya tan solo los intereses de la economía teutona, sino que ahora incluso nos fuerzan a movernos al ritmo de los intereses electorales del partido en el Gobierno. La sobreactuación del eurogrupo en la exigencia de garantías a los chipriotas tiene mucho más que ver con la candidata Merkel que con la canciller Merkel.

Por otra parte, se constata que el único criterio fiable en las decisiones intergubernamentales frente a las crisis financieras que van estallando por doquier es que no hay criterio. La línea roja que más se subrayó desde el inicio de la gran debacle en el año 2008 fue la del respeto a los depósitos de los ahorradores. Incluso se aprobó una directiva que obligaba a todas las instituciones a proteger los depósitos con cantidades inferiores a los 100.000 euros. Pero ya no hay líneas rojas. La hegemonía de las economías del Norte y la desorientación de las del Sur en esas opacas reuniones de madrugada provocan a menudo la sorpresa y el desquicie general con medidas sin precedente ni razón alguna.

El primer amago de solución hace pagar a los ahorradores más modestos por los pecados de los grandes banqueros. Es decir, que los especuladores y los defraudadores que se han dedicado a jugar al casino chipriota durante la última década asumirán la misma responsabilidad y el mismo coste en la resolución del problema por ellos generado que el resto de la población, absolutamente ajena al desmadre financiero. Antes se hacía pagar preferentemente por los desaguisados en las entidades financieras a los dueños, accionistas e inversores. Ahora se ha abierto la veda para que paguemos todos por igual, justos y pecadores, mediante una tasa aplicada a todos los depositantes. ¿Por qué ha de asumir un ahorrador inocente el pago de una orgía en la que no participó?

Esta medida ha ocasionado ya una pérdida de confianza en la garantía de los depósitos que tendrá graves consecuencias para la credibilidad de los bancos y la propia estabilidad del sistema financiero. ¿Qué seguridad tenemos los ahorradores de otras economías más o menos amenazadas por los vaivenes financieros de que no sufriremos algo parecido al “corralito” chipriota? No se trata de generar una alarma excesiva e infundada, pero resulta evidente que la decisión del eurogrupo peca de una irresponsabilidad mayúscula.

La tercera lección consiste en tomar buena nota de las consecuencias de la excesiva financiarización en la economía europea. Los activos bancarios en Chipre multiplican por nueve el PIB de la economía nacional. En España la multiplicación es por tres, muy cerca de la media de la Unión. Irlanda multiplica por diez, Luxemburgo por siete, Alemania por cuatro… La economía financiera ha aplastado literalmente a la economía productiva en el continente, y su inveterada tendencia al burbujeo especulativo está sometiendo a las sociedades del continente a una inestabilidad permanente, cuando no al estallido de crisis tan brutales como la vigente, con gravísimas consecuencias en términos de paro, deterioro social y desigualdad.

Chipre es una especie de paraíso fiscal para los operadores financieros de Europa y de Rusia fundamentalmente. Cuando el paraíso rinde beneficios, los especuladores se enriquecen sin dar cuentas a nadie. Pero cuando el paraíso se rompe, las arcas públicas y los ahorradores hemos de acudir a su recomposición. ¿Para volver a las andadas? Da la sensación de que toda Europa es hoy una especie de paraíso fiscal. Y ya resulta insoportable, en lo social, en lo económico, y también en lo moral.

Aprendamos de una vez las lecciones que nos van llegando, antes de Grecia, de Irlanda y de Portugal, ahora de Chipre. O nos decidimos a construir una economía seria en una Europa seria, o el circo de Chipre se puede convertir en tragedia general.

 

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¿QUÉ FUE DEL COMPAÑERISMO?

A juzgar por lo que reflejan los medios de comunicación, las controversias y los conflictos son hoy aparentemente más graves y frecuentes en el seno de los grupos sociales que entre grupos sociales tradicionalmente adversarios. El análisis puede referirse a la vida política, desde luego, pero en estos días también puede observarse respecto a la cúpula de la patronal, a las asociaciones de víctimas del terrorismo y a la mismísima curia romana, por no hablar de las redacciones de algunos periódicos, buena parte de los departamentos de universidad y los vestuarios de los clubs de fútbol más señeros.

Al parecer, la era de la globalización ha traído asociada una reformulación de las identidades sociales, que promociona la afirmación individual constante en demérito de la acción grupal concertada, coherente y solidaria. Si el prestigio social se encontraba antes en la pertenencia al grupo, pareciera hoy que la buena fama procede de la disensión pública con el grupo al que se pertenece. Y si la virtud se reconocía antes en quien trabajaba lealmente para “el equipo”, sacrificando incluso su perspectiva e interés individual, hoy se tacha a este como gregario y seguidista, promocionándose al heterodoxo, al que fuerza cada día la distinción personal e incluso al que encuentra la notoriedad en la crítica habitual hacia sus propios compañeros.

La defensa del interés del individuo ha llegado a tal extremo, que pretender hoy su subordinación al interés colectivo se considera públicamente como una grave vulneración de los principios democráticos. Diera la sensación de que los objetivos y motivaciones de los grupos sociales organizados deben mantenerse bajo sospecha, mientras se legitima a priori a todo aquel que arremete contra ellos. Se llega hasta el punto de relativizar las normas. Saltarse las normas legítimas que salvaguardan la coherencia de la organización se trata a menudo como un ejercicio de apertura democrática, al tiempo que intentar ejercer tales normas sobre quien vulnera el interés común puede calificarse de autoritarismo retrógrado.

¿Por qué está ocurriendo esto? Se ha producido un evidente cambio de valores. La competencia individual se ha impuesto definitivamente a la solidaridad y la fraternidad. Si el propósito universal es hoy el triunfo personal, todas las demás personas son adversarios potenciales, tanto las que tenemos enfrente como las que tenemos alrededor. Pero también debe considerarse el factor de la crisis vigente. Si el régimen está en crisis, sus instituciones y sus grupos tradicionales también lo están. Si el sistema no funciona, y no es capaz de resolver los grandes problemas de la ciudadanía, sus organizaciones reciben contestación. Y quienes critican a las organizaciones, desde fuera y especialmente desde dentro, reciben más reconocimiento que quienes procuran lealmente su mejora. La desafección y el miedo alimentan hoy la expectativa de la salvación individual.

Antes se encontraba consuelo en el colectivo y se confiaba en la acción concertada. En la actualidad, cada cual parece buscarse su propio refugio y su respuesta personal a los problemas. ¿Es esto positivo? Creo que no. La desestructuración social conduce al darwinismo y la ley del más fuerte. Debilitar las instituciones democráticas equivale a debilitar las libertades y los derechos que garantizan esas instituciones. La lucha colectiva asegura la movilización de más recursos y aporta más eficacia. Para los que pretendemos objetivos de desarrollo justo, de progreso equilibrado y de igualdad social, la fortaleza de las organizaciones políticas y sociales resulta crucial. Dañar su fortaleza, su coherencia y su prestigio público equivale a dañar el interés general.

No todos los que pertenecen a un grupo o colectivo deben pensar igual. Ni mucho menos. Y la salvaguarda de la coherencia y la cohesión no puede impedir la crítica y la disensión, desde luego. La crítica y la disensión contribuyen a fortalecer las organizaciones políticas y sociales, si se ejercen conforme a los más elementales criterios de lealtad y afán constructivo. Por el contrario, si la crítica pública busca tan solo la oportunidad de dañar a quien pueda considerarse un rival interno, o si pretende adquirir notoriedad y provecho individual a costa del interés común, debiera censurarse. En democracia, los individuos tienen derechos, y las organizaciones también.

Todo esto puede sonar antiguo. Soy consciente. Antes lo llamábamos compañerismo. Yo lo echo de menos.

 

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LA TENTACIÓN POPULISTA

Los resultados de las últimas elecciones generales en Italia están dando ocasión para análisis políticos de gran alcance. Si la situación en el país vecino ya era complicada antes de los comicios, ahora resulta inextricable.

Han pasado de un primer ministro que gobernaba sin haber sido elegido, a un probable nuevo primer ministro que ha sido elegido pero que no podrá gobernar. Bersani tiene voluntad de gobierno y programa de gobierno, pero carece de mayoría parlamentaria y tiene enfrente dos personajes que limitan drásticamente su margen de acción: Grillo y Berlusconi. El primero puede asumir responsabilidades pero no quiere, y el segundo quisiera asumirlas más que nada en el mundo pero no puede. El panorama no puede ser más endiablado.

Precisamente cuando Europa más necesitaba un gobierno italiano progresista, que sumara fuerzas con Hollande para cambiar el rumbo austericida en la economía continental, Bersani aparece absurdamente maniatado por las dificultades de la gobernación doméstica.

Pero hay otra lectura por hacer en la decisión del electorado italiano. La desafección política que se extiende por toda Europa, especialmente en el sur más castigado por la crisis, se ha traducido en el país de la bota en forma de avance populista. Hasta el punto de que el primer partido en votos ha sido el no-partido liderado por un cómico que se jacta de insultar a todos los políticos. Resulta legítima y explicable la crítica a la política más tradicional, y tiene una base cierta el reproche a su ineficacia y a su resistencia al cambio. Pero la respuesta a la mala política no puede ser la antipolítica, porque esta no lleva a ningún sitio. Al menos a ningún sitio bueno.

Puede que muchas o casi todas las acusaciones vertidas por Grillo y sus socios hacia el ‘establishment’ italiano estén más que justificadas, pero no es aceptable presentarse a unas elecciones y pedir el voto tan solo para descalificarles. Cuando un ciudadano o un grupo de ciudadanos solicitan el apoyo para su candidatura electoral, han de contar con un programa propio para solucionar los problemas y atender los retos de aquellos a los que aspiran a representar. Recabar el voto, obtenerlo y declinar la responsabilidad de contribuir a la administración de los asuntos colectivos constituye un fraude tan grande o más que aquel al que aspiran a denunciar Grillo y los suyos.

Si no les gusta la política que practican los partidos de siempre, que hagan una política distinta. Ahora tienen fuerza para ello en la sociedad y en las instituciones. Si no están de acuerdo en cómo se organizan y en cómo funcionan los partidos de ahora, que inventen una nueva manera de organizarse y funcionar. Pero estar en política tan solo para regalar los oídos de los más enfadados, desentendiéndose de las soluciones, se llama populismo. Y el populismo es el cáncer de la democracia. Solo conduce a la frustración y el desastre.

Y ojo con los nuevos caudillismos. El discurso que denigra a los intermediarios entre el líder clarividente y su pueblo no es un discurso nuevo en Europa. Ya hemos tenido experiencias con aquellos que desechaban a los partidos y a los parlamentos por ineficaces y corruptos, ofreciéndose ellos como los “salvadores” del mundo. ¿Para qué hacen falta partidos y parlamentos si tenemos tan claro quiénes no deben mandar y quiénes sí? No es la primera vez que en nuestra historia se rechaza la democracia representativa, a favor de otras “democracias directas”. Ya tenemos esa experiencia, y no es una buena experiencia.

Por tanto, cabe hacer al menos dos lecturas a partir del fenómeno ‘grillista’ y la encrucijada italiana. Merkel y compañía deben tomar nota: su estrategia de estrangulamiento económico y de pauperización social puede conducir a un estallido institucional en toda Europa. Urge rectificar. Y las poblaciones del sur de Europa han de medir bien la naturaleza y el alcance de las transformaciones a emprender. Las alternativas vigentes pueden p

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Durante la Transición Democrática, el Partido de los Socialistas de Cataluña logró integrar en su seno un conglomerado amplio y rico de sensibilidades y organizaciones progresistas, incluyendo la federación catalana del PSOE. El PSC se convirtió en columna vertebral de la sociedad catalana y en pilar indispensable para la gobernación de sus instituciones. Sus planteamientos de izquierda moderna y europea eran una inspiración para el PSOE y una muralla sólida ante los embates nacionalistas. La relación PSOE-PSC no solo fue rica y fructífera para ambas organizaciones durante décadas. Tal relación constituyó siempre una base fundamental para la buena salud del vínculo de los catalanes con el resto de españoles.

Hace años que las cosas ya no son así. El PSC cambió. Y algo cambió también en la sociedad catalana respecto a la interpretación de su propia identidad y de su relación con España. El nacionalismo catalán logró que muchos catalanes identificaran el proyecto político soberanista con el proyecto nacional de Cataluña. Y el PSC, que hasta entonces había contrapuesto la equidad social a las banderas, asumió en buena medida el relato nacionalista del victimismo, el discurso nacionalista del agravio y el proyecto nacionalista de la separación y la soberanía, con pocos matices. Algunos arguyen ahora que el PSC viró con la propia sociedad. No. La sociedad viró entre otras razones porque nadie, o muy pocos, ofrecieron resistencia con un proyecto realmente alternativo.

Y claro está, las relaciones entre Cataluña y el resto de España se deterioraron, y las relaciones entre PSOE y PSC también. La dirección del PSOE procuró hacer hueco en su discurso para que el PSC se sintiera a gusto, e ideó aquello de la “España plural” en Santillana. Algunos avisamos en esa reunión de que el esfuerzo sería baldío si la deriva nacionalista no era corregida. Llegó el tripartito, la deriva se intensificó, pero incluso entonces el Gobierno socialista procuró dar cobertura al embate de los hermanos del PSC en una arriesgada aventura de cambios estatutarios generalizados. Los estatutos se cambiaron, con resultados desiguales. Pero no bastó. Y no bastó porque no puede bastar nunca. El nacionalismo se caracteriza precisamente por eso: por el agravio permanente y la reivindicación perpetua. El día que un nacionalista abandona el agravio y la reivindicación es que deja de ser nacionalista.

Es cierto que siempre hubo una facción nacionalista en el PSC, pero hasta hace unos años era minoritaria. Ahora el nacionalismo probablemente es mayoritario, y el independentismo abierto avanza con fuerza. Dicho sea con todos los respetos, porque hay que respetar todas las ideas que se expresan pacíficamente y en libertad. Y dicho sea sin querer, y probablemente sin poder, dar lecciones de nada, tampoco de coherencia ideológica absoluta. Pero socialismo y nacionalismo no son lo mismo. Ni tan siquiera algo parecido, ni tan siquiera algo compatible. El socialismo se debe a las personas. El nacionalismo se debe a la nación.

Y ahora que el nacionalismo catalán originario ha dado un tirón con su proyecto de independencia, el PSC se ha quedado en una posición muy delicada. Sin posibilidad de seguir a los independentistas, porque van demasiado lejos y la casilla ya está ocupada. Y sin voluntad de enfrentarles, porque el “entrismo” nacionalista ha llegado hasta la médula del pensamiento y la acción política de muchos de sus dirigentes, de sus cuadros, de sus bases y de sus referencias sociales.

Una vez más, la dirección del PSOE y Rubalcaba en concreto idearon un marco en el que pudieran encontrar solución e iniciativa. Rubalcaba arriesgó adelantando la explicación de su proyecto de federalización del Estado, que aún no estaba ni mucho menos consensuado en el conjunto del Partido. Fue más allá: por primera vez, un secretario general socialista planteó abiertamente el cambio del Título VIII de la Constitución, y hasta la constitucionalización de los aspectos más sensibles del Estatut que fueron anulados por el Tribunal Constitucional. El PSOE suscribió la propuesta inteligente de Rubalcaba. Pero al PSC no le bastó, una vez más. Y cayó en la trampa del “derecho a decidir”.

Cualquier análisis superficial descubre en esta expresión un claro eufemismo del derecho a la independencia. Solo se puede tener derecho a decidir si se quiere ser independiente, cuando previamente se ha asumido el derecho a ser independiente. El requerimiento democrático que acompaña a la trampa se cae por su propio peso: en democracia, todo derecho de decisión está limitado por las leyes. Y nuestra ley máxima dice claramente que la decisión sobre la integridad del Estado corresponde al conjunto de los españoles.

Finalmente, la votación de los diputados del PSC a favor de una iniciativa nacionalista en el Congreso, en contra del criterio de la dirección del grupo del que forman parte, ha redondeado el error. Al error estratégico de hacer seguimiento nacionalista han sumado el error táctico de romper con el PSOE mediante una triquiñuela de sus principales adversarios políticos en Cataluña. CiU buscaba debilitar a PSC y a PSOE, y lo han conseguido. Hubiera bastado que el PSC reprochara a CiU el no someter a votación la postura oficial esgrimida en el Parlamento catalán. Hubiera bastado negarse a considerar siquiera una iniciativa evidentemente falaz e hipócrita. Pero se equivocaron.

Algo se rompió entre PSOE y PSC en la votación de la tarde del día 26. ¿Puede recomponerse la relación? Se puede, pero antes deben aclararse las intenciones de unos y otros. El PSOE necesita y quiere una referencia socialista fuerte en Cataluña, pero esa referencia debe ser socialista y no nacionalista. Al PSOE le vendría bien recuperar una sintonía total con el PSC, pero deben establecerse algunas condiciones. Una primera: el PSOE no va a prescindir de un proyecto político nacional, identificable y defendido en todos los territorios de España y que, desde luego, mantenga una posición inequívoca en cuestiones de centralidad institucional, como la propia integridad territorial de España. Una segunda: el PSOE debe aspirar a mantener unas relaciones de plena lealtad mutua con el PSC. Rubalcaba lo ha resumido bien: cuando tratemos cuestiones de Cataluña, el PSOE lo tratará con el PSC, y cuando tratemos cuestiones del conjunto de España, el PSC lo tratará con el PSOE. Aún más claro: el primer secretario del PSC no puede pedir la abdicación del Rey, en pleno debate sobre el Estado de la Nación y sin haberlo tratado con el PSOE.

Los militantes del PSOE confiamos en la inteligencia de Rubalcaba en la gestión de este asunto. En el PSC y en su representación ante el Congreso hay compañeros y compañeras de un gran valor político y personal, con los que trabajamos a plena satisfacción. La relación puede reestablecerse. Hay mucho por ganar, para los socialistas de Cataluña y del conjunto de España y, sobre todo, para catalanes y españoles en general. Pero no a cualquier precio.

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