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Archive for 28 enero 2013

 

catsed

Queridos amigos y amigas:

A lo largo de los últimos tres meses hemos desarrollado en nuestra sede de Ferraz un ciclo de seminarios sobre las vivencias y enseñanzas de las grandes figuras históricas del socialismo español: desde Pablo Iglesias a Indalecio Prieto, pasando por Besteiro, De los Ríos, Vera y Nelken.

Teníamos previsto cerrar este ciclo el día 24 de enero con una conferencia del gran historiador Julio Aróstegui sobre la figura de Francisco Largo Caballero, a propósito además de la biografía que el profesor acaba de publicar sobre nuestro compañero. Sin embargo, circunstancias personales han impedido a Julio Aróstegui acompañarnos en ese día.

Por tanto, la clausura de nuestra Escuela de la Memoria en este primer ciclo se producirá el próximo día 31, jueves, a las 19 horas, como siempre en nuestra sede de Ferraz, 70 (Madrid). La conferencia sobre Largo Caballero correrá a cargo de Agustín Garrigós, historiador y colaborador de la Fundación Pablo Iglesias en la recopilación de las obras completas de nuestro dirigente histórico.

Os esperamos en esta interesante jornada formativa.

Saludos cordiales.

Rafael Simancas
Secretario de Formación CEF-PSOE

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EL PROBLEMA SE LLAMA 6 MILLONES DE PARADOS

En el libro “El precio de la desigualdad”, el premio Nobel Joseph Stiglitz afirma lo siguiente: “Un sistema que no reporta beneficios para la mayoría no puede sostenerse a largo plazo”. Y en España ya existe una mayoría social afectada por los altísimos niveles de desempleo y la precarización social que conlleva. O tomamos conciencia colectiva de este problema o el problema se llevará por delante algo más que la calidad de vida y la dignidad de seis millones de familias.

El paro es el primer problema de la sociedad española, según reflejan todas las encuestas. Y además de un drama humano extraordinario, amenaza la viabilidad del sistema económico, la estabilidad de nuestro entramado social y la mismísima legitimidad del régimen democrático. Si el régimen excluye de sus beneficios a capas muy amplias de la población, la población cuestionará el régimen, como es lógico. Sin embargo, quienes adoptan las decisiones estratégicas aquí y en Europa no parecen atender a estos riesgos, e incomprensiblemente perseveran en la adopción de decisiones que relegan la respuesta al desempleo ante otras prioridades de orden macroeconómico.

Las cifras de la última EPA son tremendas. Cerca de seis millones de parados, un 26,02% de la población activa. 850.000 empleos perdidos en un solo año. Más del 55% de los jóvenes parados. Un 16,4% de las familias con todos sus miembros en situación de desempleo. Y nada hace pensar que la situación vaya a revertirse en este año que comienza, a pesar de la infundada propaganda oficial de los “brotes verdes”. En 2012, una caída del PIB del 1,3% ha producido una caída del empleo del 4,3%. Aplicando este mismo multiplicador, y no se apuntan cambios estratégicos para aventurar otra cosa, la caída de la producción prevista para 2013 (entre el 1,3% y el 1,6%, según diferentes analistas) puede suponer un millón de parados más antes de 2014. Absolutamente insoportable.

Las respuestas que ofrece la ortodoxia económica conservadora a esta situación podían calificarse de erróneas hace un tiempo, cuando sus consecuencias estaban por comprobar. Ahora, sin embargo, resultan sencillamente inmorales, porque los resultados están a la vista. No obstante, las autoridades españolas y europeas persisten en las recetas austericidas. En estos días, el comisario Rehn y el nuevo presidente del eurogrupo, que de socialdemócrata tiene poco más que la militancia formal, han vuelto a priorizar el control de los déficits públicos en sus estrategias inmediatas. Tras el esclarecedor informe Blanchard, el FMI vuelve también a las andadas recomendando el ajuste sobre el ajuste en Portugal. Y en la semana de los seis millones de parados, el Banco de España sugiere ¡moderación salarial!

¿Hay alternativas? Claro que las hay. Nuestra macroeconomía tiene su contestación en la macroeconomía estadounidense. Allí la prioridad es combatir el paro, y el juego de las demás variables se acomoda a este propósito colectivo. Y las consecuencias son evidentes: en 2012, mientras Europa se desangraba en la recesión y el paro, EEUU crecía en producción y empleo. ¿Que el déficit se mantiene en tasas demasiado altas? Bien, trabajemos para reducirlas, pero no al precio de empobrecer a las mayorías. Como dice Alfonso Guerra “Si tengo que elegir entre un déficit alto y que se me muera la gente, prefiero el déficit alto”.

Pero es que nuestra microeconomía tiene una referencia aún más cercana, en Alemania. Porque el empleo alemán resiste a pesar de su Canciller. Es la fortaleza industrial, la apuesta por la formación, la cogestión sindical y la preferencia por repartir el trabajo antes de despedir trabajadores lo que favorece la estabilidad de los empleos en el país teutón. Ni las deregulaciones, ni las rebajas salariales, ni las facilidades en el despido forman parte del panorama laboral alemán. Este éxito debería ser nuestro espejo.

Volviendo a Stiglitz, es preciso adoptar una decisión. O el régimen cambia de estrategia económica, para revertir la precarización social progresiva, o cambiará el régimen, y puede que no sea a mejor. Alguna experiencia histórica existe al respecto.

Hasta ahora, los más desesperados optan por tirarse ellos mismos desde las ventanas de los pisos por desahuciar. Puede que pronto se les ocurra alguna alternativa…

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El ‘mantra’ con el que la derecha europea invoca a la ortodoxia económica para salir de la crisis repite dos conceptos con insistencia, tanto en Madrid como en Berlín: la austeridad en las cuentas públicas y las reformas estructurales para ganar competitividad. La respuesta de los gobiernos conservadores europeos a la pregunta sobre cómo superar la crisis evoluciona siempre en torno a estas dos ideas, con unos u otros matices. Se trata de una contestación tan insuficiente como tramposa, pero de gran eficacia comunicativa, por su simplicidad y por su aparente sentido común.

La izquierda ofrece respuestas más complejas, y a la vez más confusas para la opinión pública. Se habla de políticas de crecimiento, de la cohesión social imprescindible, de la fiscalidad progresiva, del impulso a la unión económica europea, de un nuevo modelo de desarrollo basado en la innovación, el conocimiento y la sostenibilidad… Sin embargo, sin renunciar al pensamiento complejo, la izquierda debe formular su alternativa con más eficacia comunicacional. Solo saldremos de la crisis con iniciativa pública, con mercados regulados y con sociedades justas, lo que implica garantía de derechos sociales y una fiscalidad coherente.

Pero la izquierda no ha de renunciar a los dos conceptos que maneja la ortodoxia liberal. La austeridad y la competitividad no son realidades de una sola interpretación. La derecha interpreta la austeridad como un mandato para el recorte rápido y contundente del gasto público. La izquierda defiende la austeridad como el esfuerzo para el gasto eficiente, acomodando las cifras y los plazos a la consecución de los objetivos estratégicos. La austeridad no es un fin en sí mismo, sino una herramienta para un propósito mayor: la estabilidad necesaria para unas cuentas que han de responder a largo plazo al interés común.

Hasta hace bien poco, la competitividad era un término más conflictivo para la izquierda. A menudo se percibía antes como una coartada falaz para el recorte de los derechos laborales que como un instrumento de eficiencia económica. Pero al igual que no existe una sola interpretación de la austeridad, tampoco hay una sola competitividad. ¿Existe, por tanto, una competitividad de izquierdas?

Existe, y dos artículos recientemente publicados en nuestro país contribuyen a aclarar sus contenidos: “El mito de las reformas en Alemania”, de Holm-Detlev Kohler (El País, 4 de enero), y “¿Es la competitividad de izquierdas?”, de Pedro Saura (El País, 7 de enero).

La gran referencia es Alemania y su éxito en materia de empleo. Los alemanes sufrieron una recesión brutal en el año 2009, con una caída del 5% del PIB. Después se recuperaron, pero en el último trimestre de 2012 han vuelto al crecimiento negativo. Sin embargo, a pesar de estos vaivenes macroeconómicos, todos reconocen la fortaleza competitiva de la economía alemana y todos constatan cómo resiste su empleo. El paro no llega al 7% y acaban de alcanzar el récord histórico de 41,5 millones de trabajadores.

La paradoja consiste en identificar la ideología derechista y neoliberal del Gobierno alemán, al tiempo que se reconoce a la sociedad alemana una estructura económica y laboral progresista. Es decir, la economía alemana resiste a pesar de Merkel.

¿Dónde están las claves? Estos artículos las desvelan. Alemania no se dejó deslumbrar históricamente por los cantos de sirena de la terciarización y la financiarización de la economía, sino que consolidó la hegemonía industrial. No se adentra demasiado en el pantano de los nuevos y extravagantes sectores de actividad económica, sino que apuesta por una industria de intensidad tecnológica media. No liberaliza sus mercados, sino que los somete a densas y clarificadoras regulaciones. No baja los salarios, sino que los aumenta prudentemente (más de 1% en 2012) a fin de consolidar el consumo interno (más de 0,8% en 2012).

Alemania no resta influencia a los sindicatos, sino que les concede una alta participación en la planificación y en la gestión de las empresas. Estas empresas no banalizan el compromiso de los empleados, sino que buscan su formación permanente y su implicación colectiva. Por eso no acuden al despido como reacción ante los primeros síntomas de la crisis, sino que encuentran alternativas en el reparto de los tiempos de trabajo, con el acuerdo sindical y el apoyo público.

Tampoco se trata de idealizar el modelo laboral alemán, que tiene también sus flancos débiles, en la proliferación de los ‘minijobs’ y los contratos de tiempo parcial, por ejemplo, pero sí supone una buena pista de por dónde debe apuntar una alternativa progresista para la organización de una economía de mercado con alta ocupación y derechos laborales razonables.

Hay otros factores que coadyuvan en la mejora de la competitividad, como la mayor dimensión de las empresas y su internacionalización. También deben ser objeto de análisis y desarrollo.

La competitividad importa al crecimiento y al empleo. Por tanto, la competitividad también es cosa de la izquierda. No lo olvidemos.

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La izquierda solo recuperará la confianza mayoritaria de la sociedad cuando esté en condiciones de ofrecer una respuesta a la crisis económica que resulte creíble y distinta del conservadurismo hegemónico. Condenar los abusos, denunciar las desigualdades y proteger a los más débiles forma parte de la identidad y de la responsabilidad de la izquierda, pero solo articulando un relato propio y global sobre las causas de la crisis y su solución obtendrá de nuevo el respaldo de las mayorías sociales.

El primer y gran obstáculo que se encuentra la izquierda en este camino es el la creencia extendida en torno a la inevitabilidad de la crisis y de las consiguientes políticas de ajuste. Pareciera como si la hecatombe sufrida en la economía europea se debiera a una especie de fenómeno natural ajeno a las responsabilidades humanas, y que los recortes brutales de los derechos ciudadanos figuraran en el vademecum económico como la única receta efectiva para salir del agujero. La propia izquierda gobernante ha colaborado de forma errónea en tal falacia.

La prioridad, por tanto, pasa por denunciar el relato falso y construir uno nuevo y ajustado a la realidad. La crisis que sufrimos los europeos no tiene que ver con las placas tectónicas del subsuelo, sino con el desarrollo de un modelo económico concreto: el capitalismo especulativo, desregulado y depredador de derechos. Y la estrategia del austericidio solo está contribuyendo a aumentar el desastre de la recesión, el paro y la precariedad social. Durante las últimas semanas se han hecho públicas algunas informaciones que ayudarán a explicar estos hechos.

El economista jefe del Fondo Monetario Internacional, Olivier Blanchard, acaba de firmar un informe escandaloso, que desautoriza totalmente las recomendaciones de ajuste drástico realizadas sobre las autoridades económicas de la Unión Europea y sus Estados. Blanchard y sus hombres de negro, todos con títulos en la Escuela de Chicago y los Goldman Sachs, reconocen “errores de previsión en el cálculo de los efectos de las políticas de ajuste sobre la producción y el empleo”. Es decir, que durante los cuatro últimos años han marcado un camino que solo lleva a profundizar el deterioro de la economía y el sufrimiento de los europeos.

Y ya está. No ha dimitido nadie. Resulta que sus “multiplicadores fiscales” fallan más que las escopetas de feria, y que han estado retorciendo el brazo de los gobiernos de Grecia, de Irlanda, de Portugal, de España… para que aplicaran sacrificios brutales sobre sus poblaciones, y que todo ha sido inútil, contraproducente incluso. Pero ni Blanchard, ni Lagarde, ni su antecesor Rato, ni nadie ha pedido perdón o, aún más sorprendente, no han requerido una rectificación en la estrategia errada. Después de firmar este informe vergonzante, los propios subordinados de Blanchard han recomendado incomprensiblemente al gobierno portugués una nueva vuelta de tuerca para reducir aún más el gasto público y los derechos sociales.

Pero este informe sí debe servir a la izquierda para desenmascarar a la ortodoxia neoliberal fracasada. Tras la espantada de Blanchard, ya solo quedan dos explicaciones para la persistencia de la estrategia austericida en la economía europea: la ideológica y la del interés alemán. ¿A quién le conviene continuar con el ajuste, a pesar de la recesión y el paro? A quienes usan la crisis como coartada para imponer un modelo de sociedad segregador y sin derechos, y a quienes desde Alemania buscan la ventaja propia sobre el sufrimiento ajeno. Esta es la realidad.

Ahí están los últimos datos de contabilidad del paro en Europa y en Estados Unidos para corroborarlo. Según Eurostat, las políticas de ajuste ejecutadas desde Frankfurt han provocado un aumento del paro en la zona euro hasta el 11,8% en 2012 (el 26,6% en España). Mientras tanto, las políticas de crecimiento aplicadas desde el Gobierno Obama y la Reserva Federal han logrado recortar el desempleo hasta el 7,8% en el mismo año. Para Merkel y Rajoy, lo primero es atender al déficit, después al paro. Para Obama y Bernanke, primero se atiende al paro y después al déficit. ¿Quién ha dicho que solo hay una receta? No, hay más de una, y con resultados bien distintos.

La crisis no ha surgido como la lluvia o el viento, de forma natural. No. La crisis ha sido la consecuencia directa de una política equivocada, de derechas, que puede resumirse en el capitalismo especulativo, desregulado y depredador de derechos. Y las políticas de ajuste impuestas desde la derecha alemana y aplicadas con fruición por la derecha española solo conducen a profundizar el agujero en el que nos estamos enterrando, como reconoce uno de sus principales inspiradores, el mismísimo economista jefe del FMI, sin haber dimitido inmediatamente, eso sí.

Hay otro camino. Hay una economía distinta. No se trata de reivindicar el sovietismo, pero es preciso señalar al capitalismo depredador como el enemigo a combatir. La socialdemocracia debe renovar su proyecto sentando las bases de una nueva economía del bienestar: una economía de mercado sí, pero con reglas para el desarrollo económico sostenible, y con garantías para la plena vigencia de los derechos sociales, laborales y de ciudadanía.

Las políticas para salir de la crisis han de ser políticas que estimulen un crecimiento equilibrado y sostenible, con mecanismos fiscales progresivos y con nuevos modelos de desarrollo, fundamentados no en el burbujeo especulativo periódico, sino en el emprendimiento eficiente, el avance de la educación y el conocimiento, la apuesta por la innovación, la capacitación logística y tecnológica, la sostenibilidad ambiental…

Y si hay algo que la izquierda debe abanderar en su nuevo relato económico es la bandera de la igualdad social como palanca para el desarrollo justo y el progreso colectivo.

No. No somos lo mismo.

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LA CONTRARREFORMA WERT

En la España democrática solo se ha dado una auténtica reforma del sistema educativo, la emprendida por el primer Gobierno socialista en la LOGSE, completada años después por el Gobierno Zapatero. La LODE se limitó a enmarcar los regímenes jurídicos y económicos de los centros públicos y concertados, y la reforma del Gobierno Aznar no llegó a entrar en vigor.

Por tanto, no es cierto que la educación española haya sufrido siete reformas en 30 años, como se dice. La España democrática ha tenido un modelo educativo básico, el instaurado por el Gobierno socialista, fundamentado en los principios de la calidad y la equidad, con amplio consenso en la comunidad educativa. Este es el modelo que pretende cambiar la “contrarreforma Wert”.

¿Por qué es tan difícil alcanzar un consenso en torno a la educación en nuestro país? Porque existe una diferencia esencial en los valores con los que unos y otros pretendemos articular el sistema educativo común. La izquierda apuesta por una educación para la igualdad social, mientras la derecha persigue una educación para el darwinismo social.

La izquierda habla de inclusión y de integración. La derecha habla de esfuerzo y libre elección. Y los modelos no pueden ser más distintos. Para los primeros, la igualdad de oportunidades es un objetivo prioritario: que cada persona llegue tan lejos como le lleve su talento y su dedicación, independientemente de la economía y del abolengo familiar. Los segundos ven la enseñanza como una carrera con pistas distintas: la pista rápida hasta la meta para los elegidos, y la pista corta con vallas para los demás.

El sistema de enseñanza vigente es mejorable. Las leyes educativas promovidas por el PSOE, y aplicadas por millones de profesionales serios y vocacionales, han servido para alcanzar unos niveles de desarrollo y de equidad social muy relevantes en nuestro país. Pero es cierto que el modelo presenta debilidades y que hay reformas por emprender. Ahora bien, hay reformas y contrarreformas, y la propuesta Wert pertenece a estas últimas.

Los cuatro grandes pilares que han sostenido el sistema educativo español hasta ahora han sido la escuela pública de calidad, el carácter integrador de la enseñanza, el vector de la secularización y la formación en valores de ciudadanía. Lo público como garantía para la igualdad de oportunidades. La integración de la diversidad para no dejar a nadie atrás. La secularización para defender la autonomía del ser humano respecto al dogma religioso. Y la enseñanza de los valores constitucionales para educar ciudadanos conscientes de sus derechos y de sus deberes.

De ahí los cuatro grandes rasgos de la contrarreforma Wert. La promoción de la escuela privada concertada contribuye a restar recursos preciosos para la enseñanza pública, que es la enseñanza garante de la equidad con calidad. Las reválidas sucesivas producen un efecto selectivo y segregador, contrario a la igualdad de oportunidades. La alternativa obligatoria a la religión retrotrae a los tiempos de la España confesional y adversaria de la razón. Y la supresión de la educación para la ciudadanía representa eso precisamente: menos educación y menos ciudadanía.

Las reformas respetan los pilares del sistema, salvando lo que está bien y mejorando lo que es susceptible de mejora. Las contrarreformas buscan subvertir el sistema, darle la vuelta.

No. Wert y el PP no quieren reformar la educación española. Lo suyo es una contrarreforma. Y vamos a combatirla.

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