AUSTERIDAD SUICIDA

AUSTERIDAD SUICIDA

AUSTERIDAD SUICIDA

Las últimas medidas adoptadas por el Gobierno para hacer frente a la crisis económica nos llevan directamente de la recesión a la depresión y al paro aún más galopante. Ni los presupuestos de la desinversión, ni los recortes sociales drásticos, ni la ley del déficit cero contribuirán a mejorar las cosas. Antes al contrario, las empeorarán. La ansiedad ciega que muestra el Gobierno por los recortes en el gasto, sin discriminar lo importante de lo que no lo es, y sin respetar las líneas rojas de las que depende nuestra supervivencia, nos lleva por el camino del suicidio económico y de la quiebra social. Pretenden, según dicen, ganar confianza en el mercado financiero acerca del pago de nuestras deudas, pero en realidad están sacrificando cualquier posibilidad para la reactivación económica y la recuperación del empleo. Y sin crecimiento no habrá dinero para nada. Tampoco para pagar las deudas. Esto lo saben los actores del mercado financiero. Por eso ocurre lo que ocurre. Nuestro problema no es tanto de deuda excesiva, que lo es, como de falta de crecimiento.

Los Presupuestos Generales del Estado para 2012 recogen un recorte en la inversión productiva cercano al 25%. Rajoy ha planteado incluso que “el país no está para pabellones, carreteras y aeropuertos”, como si cualquier inversión pudiera equipararse al simple despilfarro, y como si todas las infraestructuras tuvieran su modelo en el aeropuerto “peatonal” que su partido levantó en Castellón.

Las inversiones productivas contribuyen a mejorar la competitividad de la economía española y la productividad de sus empresas, porque hoy más que nunca ambas realidades dependen de la capacidad logística del país. El gasto inversor contribuye además al estímulo de la demanda general, a la actividad empresarial, a la contratación de trabajadores, así como a la cohesión social y territorial, y a la preservación ambiental. El retorno fiscal de las inversiones en infraestructuras alcanza nada menos que el 60%. Por tanto, la inversión productiva es un gran negocio para el Estado y para los españoles. Y su recorte ciego nos costará muy caro.

El tijeretazo adicional de 10.000 millones sobre el gasto social anunciado en nota de prensa, al margen de los presupuestos, para la sanidad y la educación públicas tendrá una repercusión muy grave sobre la calidad de vida y la equidad en nuestro país. Pero es que, además, su coste en términos estrictamente económicos será considerable, por cuanto reducirá la renta disponible, aumentará la desconfianza general y pondrá en riesgo la paz social.

El remate a este juego perverso lo ha puesto Montoro, llevando a la ley su obsesión con el déficit cero. Es cierto que el Gobierno socialista impulsó la constitucionalización de la estabilidad presupuestaria, y el PSOE comprometió su apoyo a una ley en este sentido. Pero el PP ha traicionado la letra y la música de aquella canción, porque de la estabilidad presupuestaria (en el ciclo económico) han pasado al equilibrio presupuestario estricto (ejercicio a ejercicio), y del límite del 0,4% para el déficit estructural a partir de 2020 han pasado al déficit cero.

Una cosa es apostar a largo plazo por la estabilidad en las cuentas públicas, limitando en lo posible el endeudamiento, y otra bien distinta es atarse de pies y manos impidiendo al Estado hacer uso del instrumento legítimo y eficaz de la deuda para hacer viables las estrategias anticíclicas y para realizar inversiones interesantes. Como cualquier familia o cualquier empresa. La estabilidad es razonable. El déficit cero es una locura.

A todo esto hay que sumar también la llamada amnistía fiscal. ¿Dónde nos lleva el Gobierno penalizando la inversión productiva y premiando el dinero negro de los pelotazos?

Existen al menos dos hipótesis para explicar este empecinamiento del Gobierno en la estrategia de la austeridad suicida, frente a multitud de análisis y recomendaciones sensatas en sentido contrario. Una es el convencimiento propio, en clave ideológica. La otra remite a la reiterada “presión insoportable de los mercados”.

Preocupa la segunda, porque si algo hemos aprendido en estos últimos años es que el monstruo no calma su apetito tras cada nueva ofrenda, sino todo lo contrario, lo acrecienta. Pero aún más preocupante es la segunda, porque significaría que la derecha española no ha obtenido ninguna enseñanza útil del fracaso de sus recetas neoliberales en la crisis vigente.

Hay quien habla de pactos. Siempre son útiles en contextos de dificultad. Sin embargo, también contribuye a la confianza de los ciudadanos el saber que existen alternativas viables a las estrategias de quienes mandan y no aciertan. Frente a la austeridad suicida hay otro camino: el de los modelos socialdemócratas que priorizan las políticas de crecimiento sostenible, la inversión productiva, las reformas competitivas, la fiscalidad progresiva y la cohesión social.

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