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Archive for 28 abril 2012

NO ES UN AJUSTE FISCAL, ES UN RETROCESO DEMOCRÁTICO

Conviene diferenciar dos agendas bien distintas en la política del Gobierno del PP. Una de ellas promueve medidas para hacer frente a la crisis, si bien equivocadas a juicio de muchos. La otra agenda se apoya en la crisis, utiliza la crisis como coartada, pero responde a una motivación ajena a la crisis y mucho más relacionada con el programa máximo de la derecha política y económica de este país. Por tanto, lo que a veces se vende a la opinión pública como parte del ajuste fiscal propio de la estrategia de austeridad frente a la crisis, no es sino una ofensiva en toda regla para revisar a la baja el Estado Social y Democrático de Derecho consensuado en la Transición Democrática española.

La agenda macroeconómica del Gobierno es una agenda injusta y equivocada, que parte además de un engaño masivo. Injusta, porque hace recaer la factura más importante de la crisis sobre los sectores más vulnerables de la población, recortando algunos de sus derechos sociales más básicos. Es una agenda errada, porque incorpora medidas fundamentalmente procíclicas, que harán crecer la recesión y el desempleo. La historia económica enseña que en escenarios de decrecimiento, priorizar el control del déficit y estrangular la reactivación no ayudan a salir de la crisis sino que, antes al contrario, contribuyen a profundizarla. El proyecto de presupuestos públicos para 2012, por ejemplo, penaliza la inversión productiva y la innovación: un error de manual. La agenda también es inmoral, porque parte de las mentiras pronunciadas por los dirigentes del PP en campaña electoral: ni la subida de impuestos, ni los copagos sanitarios, ni la amnistía fiscal, por ejemplo, tienen el aval democrático de las urnas.

La otra agenda, la estrictamente política, pretende colarse al socaire de la crisis y de los sacrificios que los españoles están resignados a soportar para ver alguna luz al final del túnel. Porque la reforma laboral no tiene nada que ver con la crisis. Abaratar el despido y otorgar al empresario todo el poder en la organización del trabajo no facilita la creación de empleo. Si se facilita el despido en un contexto de crisis lo que suele ocurrir es que se despida más, como estamos comprobando con las cifras del paro en marzo y abril. No, la primera consecuencia de esta reforma no es la creación de empleo, sino el aumento de los despidos y la indefensión de los trabajadores ante las bajadas de salarios y la revisión de condiciones laborales en el seno de las empresas.

Como recogía ‘The New York Times’ hace escasos días, sacrificar la formación de los trabajadores futuros para pagar la burbuja inmobiliaria de ayer conduce irremediablemente al fracaso, en lo económico decía el periódico, y en lo social añade a menudo Rubalcaba. Contratar menos profesores y acumular más alumnos en las aulas públicas deteriora la enseñanza y contribuye a la desigualdad. Subir las tasas universitarias y bajar las becas al mismo tiempo constituye una fórmula segura para expulsar de la enseñanza superior a las familias menos pudientes. Seguro que este era el objetivo. La derecha nunca asumió con agrado que la sociedad se llenara de titulados universitarios, cuando esa condición había estado reservada históricamente a la casta de los poderosos. No, esto no tiene nada que ver con la crisis. Esto es ideología, y de la peor.

También es puramente ideológica la reforma sanitaria. Porque la sanidad pública española no tiene un problema general de sobrecoste, sino de subfinanciación. Nuestra sanidad es generalmente barata y eficiente, en comparación con lo que otros países avanzados gastan en salud. Pero el PP ha visto en la crisis lo que llaman una “ventana de oportunidad”, es decir, una gran excusa para aplicar la tijera en un servicio que atiende necesidades básicas para la población. Hacer pagar los medicamentos a los pensionistas enfermos no nos ayudará a salir de la crisis, pero nos avergonzará como sociedad injusta. Negar el tratamiento sanitario al inmigrante o al turista no nos hará una sociedad más rica, sino más pobre, al menos moralmente más pobre.

Las ayudas a la dependencia estaban sentenciadas desde el mismo día en que la derecha ganó las elecciones. Siempre consideraron que se trataba de un derroche propio de los gobiernos manirrotos de ZP. ¿Qué hacer con nuestros mayores o nuestros discapacitados? Aparcarlos en casa, al cuidado de la “mujer auténtica” que propugna Gallardón. A no ser que se tengan recursos para pagar el altísimo coste de una residencia o una asistencia específica.

¿Ayudará la amnistía fiscal a salir de la crisis? Está claro que no. La historia económica demuestra también que los ejercicios posteriores a los episodios de perdón impositivo suelen ser ejercicios con menos recaudación de impuestos. Resulta lógico. Si declaro mis rentas con honestidad he de pagar el 20%, el 30% o el 40% al fisco. Si las oculto, la amnistía fiscal me permitirá pagar tan solo el 10%. La pedagogía apunta irremisiblemente a la defraudación fiscal. ¿Y quién se beneficiará más? Quienes más dinero negro acumulan. Los “peloteros” del suelo reventaron la crisis con sus especulaciones, y ahora el PP les premia lavando su dinero sucio.

Si la crisis induce a la tristeza, algunas de las medidas que se plantean para combatirla provocan ira y vergüenza.

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EUROPA NECESITA A HOLLANDE

Al parecer, en el Palacio de la Moncloa cruzan los dedos para que Hollande gane definitivamente las elecciones presidenciales francesas, a costa del correligionario conservador Sarkozy. Es lógico. Un triunfo socialista en Francia contribuiría a resolver el bloqueo político e institucional de la Unión, sometida hoy al dictado de los intereses alemanes, con la complicidad de un presidente galo obsesionado durante demasiado tiempo por salvaguardar la “grandeur” de la triple A crediticia. El cambio francés daría lugar a un punto de inflexión en las prioridades del gobierno económico de Europa, y los primeros beneficiados serían los países con mayores dificultades, entre ellos España. De Hollande se esperan tres grandes rectificaciones respecto a la estrategia de “Merkozy”. En primer lugar, un cambio en los objetivos y los contenidos del Pacto Fiscal Europeo. El control del déficit pasaría de objetivo único y urgente a objetivo importante y de ejecución flexible. Y junto al control del déficit se establecería la meta del crecimiento y el empleo. Puede que la austeridad draconiana convenga a la economía alemana, pero cada día más analistas confirman sus consecuencias suicidas para las economías en recesión y con altos niveles de desempleo. Europa necesita un plan de estímulo a la demanda, con fuertes inversiones productivas y con ambiciosas reformas competitivas.

La segunda transformación que se espera de Hollande tiene que ver con el papel a jugar por el Banco Central Europeo en la salida de la crisis. El BCE no puede seguir siendo el perro guardián de la inflación alemana, ni puede mantenerse al margen ante los ataques brutales de los mercados financieros sobre las deudas soberanas. Para remontar la crisis, reactivar la economía y crear puestos de trabajo, Europa necesita una política monetaria expansiva. Y para recuperar estabilidad y confianza, las deudas estatales deben ser respaldadas por la institución a la cual hemos cedido nuestros derechos de soberanía, con todas las cautelas que sean precisas, claro está. Pero resulta inaceptable que el presidente del BCE permanezca impasible mientras los tiburones de las finanzas especulativas causan destrozos en algunas economías nacionales.

Las primas de riesgo disparadas permiten el regodeo alemán, pero condenan el presente y el futuro de millones de europeos. Si el Reino Unido, con más deuda pública que España, tiene un banco central que le respalda, ¿por qué nosotros no? No fue para esto para lo que entramos en la Unión. Es más, este problema se está convirtiendo en una fábrica potente de eurocríticos en una sociedad que, hasta hace bien poco, presumía de una simpatía consolidada hacia la integración europea.

La inflexión monetaria llevaría aparejada también la inflexión fiscal, con la ansiada armonización impositiva, la penalización de las estrategias del ‘dumping’ fiscal, y la implantación definitiva del impuesto europeo sobre las transacciones financieras, que contribuiría a financiar los programas de inversión productiva y de cohesión social.

Y el tercer cambio, también definitivo, está relacionado precisamente con los derechos sociales y laborales de los europeos. Cada día resulta más evidente que las fuerzas conservadoras están utilizando la coartada de la crisis, y la temerosa disposición de las poblaciones al sacrificio, para imponer su programa máximo. Al socaire de la “austeridad”, en toda Europa, y muy especialmente en España, se abarata el despido, se faculta para rebajar salarios, se recortan prestaciones, se aplican “copagos”… Un gobierno francés firmemente comprometido con la defensa del modelo social europeo supondrá un muro de contención muy relevante frente la ofensiva del retroceso social.

Además, la presidencia de Hollande serviría para poner fin definitivamente al coqueteo periódico y peligroso del Elíseo con la clientela política de los Le Pen. Los agobios electorales de Sarkozy, y su afán por cubrir el flanco derecho, le llevaron a cuestionar incluso los acuerdos de Schengen y a poner en riesgo una de las libertades básicas para la Unión Europea, la libertad de circulación. El compromiso socialista con los derechos democráticos de ciudadanía será firme frente a las veleidades neofascistas.

Beneficios pues para Europa y para España. Y beneficios muy especialmente para la socialdemocracia europea, que tendrá en la gestión de los socialistas franceses una referencia potente y útil para demostrar que hay un camino alternativo a la izquierda, para superar la crisis y afrontar el futuro con esperanza.

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AUSTERIDAD SUICIDA

AUSTERIDAD SUICIDA

Las últimas medidas adoptadas por el Gobierno para hacer frente a la crisis económica nos llevan directamente de la recesión a la depresión y al paro aún más galopante. Ni los presupuestos de la desinversión, ni los recortes sociales drásticos, ni la ley del déficit cero contribuirán a mejorar las cosas. Antes al contrario, las empeorarán. La ansiedad ciega que muestra el Gobierno por los recortes en el gasto, sin discriminar lo importante de lo que no lo es, y sin respetar las líneas rojas de las que depende nuestra supervivencia, nos lleva por el camino del suicidio económico y de la quiebra social. Pretenden, según dicen, ganar confianza en el mercado financiero acerca del pago de nuestras deudas, pero en realidad están sacrificando cualquier posibilidad para la reactivación económica y la recuperación del empleo. Y sin crecimiento no habrá dinero para nada. Tampoco para pagar las deudas. Esto lo saben los actores del mercado financiero. Por eso ocurre lo que ocurre. Nuestro problema no es tanto de deuda excesiva, que lo es, como de falta de crecimiento.

Los Presupuestos Generales del Estado para 2012 recogen un recorte en la inversión productiva cercano al 25%. Rajoy ha planteado incluso que “el país no está para pabellones, carreteras y aeropuertos”, como si cualquier inversión pudiera equipararse al simple despilfarro, y como si todas las infraestructuras tuvieran su modelo en el aeropuerto “peatonal” que su partido levantó en Castellón.

Las inversiones productivas contribuyen a mejorar la competitividad de la economía española y la productividad de sus empresas, porque hoy más que nunca ambas realidades dependen de la capacidad logística del país. El gasto inversor contribuye además al estímulo de la demanda general, a la actividad empresarial, a la contratación de trabajadores, así como a la cohesión social y territorial, y a la preservación ambiental. El retorno fiscal de las inversiones en infraestructuras alcanza nada menos que el 60%. Por tanto, la inversión productiva es un gran negocio para el Estado y para los españoles. Y su recorte ciego nos costará muy caro.

El tijeretazo adicional de 10.000 millones sobre el gasto social anunciado en nota de prensa, al margen de los presupuestos, para la sanidad y la educación públicas tendrá una repercusión muy grave sobre la calidad de vida y la equidad en nuestro país. Pero es que, además, su coste en términos estrictamente económicos será considerable, por cuanto reducirá la renta disponible, aumentará la desconfianza general y pondrá en riesgo la paz social.

El remate a este juego perverso lo ha puesto Montoro, llevando a la ley su obsesión con el déficit cero. Es cierto que el Gobierno socialista impulsó la constitucionalización de la estabilidad presupuestaria, y el PSOE comprometió su apoyo a una ley en este sentido. Pero el PP ha traicionado la letra y la música de aquella canción, porque de la estabilidad presupuestaria (en el ciclo económico) han pasado al equilibrio presupuestario estricto (ejercicio a ejercicio), y del límite del 0,4% para el déficit estructural a partir de 2020 han pasado al déficit cero.

Una cosa es apostar a largo plazo por la estabilidad en las cuentas públicas, limitando en lo posible el endeudamiento, y otra bien distinta es atarse de pies y manos impidiendo al Estado hacer uso del instrumento legítimo y eficaz de la deuda para hacer viables las estrategias anticíclicas y para realizar inversiones interesantes. Como cualquier familia o cualquier empresa. La estabilidad es razonable. El déficit cero es una locura.

A todo esto hay que sumar también la llamada amnistía fiscal. ¿Dónde nos lleva el Gobierno penalizando la inversión productiva y premiando el dinero negro de los pelotazos?

Existen al menos dos hipótesis para explicar este empecinamiento del Gobierno en la estrategia de la austeridad suicida, frente a multitud de análisis y recomendaciones sensatas en sentido contrario. Una es el convencimiento propio, en clave ideológica. La otra remite a la reiterada “presión insoportable de los mercados”.

Preocupa la segunda, porque si algo hemos aprendido en estos últimos años es que el monstruo no calma su apetito tras cada nueva ofrenda, sino todo lo contrario, lo acrecienta. Pero aún más preocupante es la segunda, porque significaría que la derecha española no ha obtenido ninguna enseñanza útil del fracaso de sus recetas neoliberales en la crisis vigente.

Hay quien habla de pactos. Siempre son útiles en contextos de dificultad. Sin embargo, también contribuye a la confianza de los ciudadanos el saber que existen alternativas viables a las estrategias de quienes mandan y no aciertan. Frente a la austeridad suicida hay otro camino: el de los modelos socialdemócratas que priorizan las políticas de crecimiento sostenible, la inversión productiva, las reformas competitivas, la fiscalidad progresiva y la cohesión social.

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HUELGA DIGNA

En su discurso ante los manifestantes de Madrid, Cándido Méndez afirmó que “Esta huelga es una expresión de dignidad de los trabajadores españoles”. Y efectivamente, la huelga del día 29 fue digna en sus causas y digna en su realización.

La facilitación del despido y la desregulación de las relaciones laborales, impulsadas por el Gobierno del PP, ya eran razones suficientes para legitimar una gran movilización social. Pero los sindicatos, en representación de trabajadores y parados, esgrimieron con razón también la denuncia de que al socaire de la crisis, la derecha política y económica está quebrando consensos sociales básicos en nuestro país. La reforma laboral acaba con el tradicional equilibrio de poderes entre empresarios y trabajadores en el seno de la empresa, desarmando por completo a estos últimos en la defensa de sus condiciones laborales, sea en materia salarial o sea en flexibilidad horaria.

Además, en una etapa de fuerte desaceleración económica, cuando conviene disuadir al empresario de caer en la tentación del despido precipitado y empobrecedor, la ley del PP facilita y abarata la expulsión de trabajadores de las empresas, tanto en el ámbito privado como en el público. El propio Gobierno admite la inoportunidad de esta medida, al preveer oficialmente para este año 2012 un incremento del paro en 630.000 personas.

Precisamente el jueves de la huelga general, los diputados del Congreso votábamos (en mi caso en contra) la Ley de Estabilidad Presupuestaria del PP, que introducía la obligación del déficit cero, una vuelta de tuerca más en la estrategia suicida de la austeridad a ultranza. Y ya no bastan los análisis que adjudican la responsabilidad de esta estrategia a la burocracia bruselense, a los alemanes insaciables o a los mercados ciegos. Cada vez son más los analistas que interpretan una estrategia premeditada para justificar el desmantelamiento del modelo social vigente en Europa desde la segunda gran guerra.

Por lo tanto, en las movilizaciones del día 29 y en las que vendrán, trabajadores y ciudadanos no estaban solo llamados a combatir una legislación laboral que deja inerme al empleado frente al empleador, sino también a defender un modo de vida que ha proporcionado décadas de dignidad, bienestar y convivencia en paz a los europeos, y que hoy se haya en riesgo por la codicia de unos pocos especuladores y la complicidad de la derecha política más miope que jamás tuvo este continente.

La huelga era también una respuesta contundente ante los intentos espurios de desprestigio y deslegitimación de los sindicatos, actores claves en la defensa de los derechos de los trabajadores en las empresas, y piezas fundamentales para la articulación de un sistema democrático. Quienes buscan la desaparición de los sindicatos, juegan con fuego al socavar los cimientos mismos de nuestra convivencia.

La jornada del 29 de marzo fue una jornada de dignidad. Ojalá los ciudadanos españoles no tengan que volver a parar sus centros de trabajo y a llenar sus calles de manifestaciones frente a la agresión de su Gobierno.

Ahora la clave está también en la capacidad de la socialdemocracia europea para dar una réplica inteligente a la derecha en el plano político, y ganar la confianza de las mayorías para encabezar gobiernos a corto plazo en Francia y en Alemania. Me temo que solo así será posible el viraje de esta nave europea que la derecha de Merkel-Sarkozy-Monti-Rajoy conduce al desastre.

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