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Archive for 27 enero 2012

Los 956 delegados al Congreso socialista de Sevilla asumimos una responsabilidad sin precedentes. El PSOE atraviesa su momento más crítico desde la Transición Democrática, como el país. Nos encontramos, pues, ante una encrucijada histórica, como el país. Y estamos abocados a adoptar decisiones trascendentes, como el país.

Nadie en su sano juicio se atreve hoy a hacer pronósticos con presunción de fiabilidad acerca de lo que será este partido y lo que será este país de aquí a dos años.

Por tanto, no es momento de dejarse llevar por desahogos, por cálculos personales o por el brillo superficial de lo aparentemente nuevo e ilusionante. Ahora más que nunca hace falta templanza de ánimo, rigor en los análisis y responsabilidad en las decisiones.

Acabamos de salir de una derrota electoral contundente, y la mirada introspectiva resulta lógica como primera reacción. ¿Qué nos ha pasado? ¿Cómo estamos? ¿En qué tenemos que cambiar?

Ahora bien, esta mirada inevitable hacia nosotros mismos no debe hacernos caer en la tentación de limitar el meollo de nuestros debates y de nuestras conclusiones a la manera en que hemos de organizarnos. Y tampoco puede cegarnos de tal modo que nos dejemos llevar por la primera promesa de recuperación mágica que pase por delante.

El Partido Socialista ha sido tradicionalmente respetado dentro y envidiado fuera por su eficacia y por su democracia. Por las dos cosas. Y ahora debe adaptarse al nuevo tiempo y a las nuevas demandas ciudadanas de más y mejor democracia. Hemos de ofrecer más participación a militantes y simpatizantes. Hasta la elección directa de nuestros candidatos y líderes. Nos conviene, y está en nuestro ADN.

Pero los socialistas debemos tener claro que no hemos perdido crédito social y votos por nuestros procedimientos internos. En el año 2008 obtuvimos más de once millones de votos con los procedimientos vigentes. Los progresistas de este país no se van a impresionar por el número de afiliados o de simpatizantes que participen en la elección de nuestros portavoces. Tenemos que hacerlo, lo haremos, pero se equivocan quienes piensan que ahí está la clave para la recuperación de la confianza de los ciudadanos.

La mayoría progresista dejó de votarnos porque dejó de creer en nosotros. Y dejó de creer en nosotros porque no resolvimos sus problemas, fundamentalmente en la crisis económica y el paro galopante. Y, además, actuamos contra nuestras promesas y contra nuestros principios. Insolvencia e incoherencia. Ahí ha estado nuestro problema. No en la falta de democracia interna.

Muchos ciudadanos que comparten valores progresistas piensan que los socialistas no tienen una alternativa propia frente a la crisis. Piensan que la derecha sí tiene una alternativa, dolorosa pero válida. Han interiorizado que la austeridad y los recortes son el único camino. Han visto como lo practicábamos nosotros mismos, con poco éxito por cierto. Y, puestos a votar, mejor el original que una mala copia.

Por lo tanto, el próximo fin de semana en Sevilla los socialistas debemos plantearnos como objetivo fundamental el perfilar una alternativa de izquierda para salir de la crisis y crear empleo. Los mimbres están ahí, en nuestros valores de siempre y en las recetas que preconizan los especialistas más reputados. Valgan estos diez puntos para ordenar el debate:

Una economía justa para una salida justa a la crisis.

1. Un gobierno económico común en Europa.
2. Una flexibilización inteligente en los objetivos y los plazos del ajuste fiscal.
3. Unos estímulos públicos adecuados para la reactivación económica.
4. Una regulación antiespeculativa de los mercados financieros.
5. Un Banco Central Europeo que respalde al euro y a las deudas soberanas.
6. Una estrategia económica que combine competitividad y solidaridad.
7. Una fiscalidad suficiente y progresiva.
8. Unas reformas estructurales que mejoren la productividad europea.
9. Una consolidación eficiente del modelo social europeo.
10. Una reorientación de toda la política económica hacia el objetivo prioritario de crear empleos.

Si la única salida es una salida europea, nuestro instrumento organizativo tiene que europeizarse también. El futuro del Partido Socialista será europeo, o no será. Es más, el futuro de las políticas socialistas será europeo, o no será.

Puede que estas hayan sido las últimas elecciones a las que hayamos acudido bajo las siglas del PSOE. Puede que acudamos a las próximas citas electorales bajo la denominación de Partido Socialista de Europa. Al menos, en las elecciones al Parlamento Europeo. Por ahora.

Estas son las cosas que importan, y que deberían centrar nuestras discusiones, porque son las cosas que esperan los ciudadanos y que nos pueden devolver la confianza perdida.

¿Mejorar la democracia interna? Claro que sí. Pero la calidad democrática tiene que ver con algo más que el número de participantes en una votación. Otro objetivo loable para este Congreso consistirá en mejorar la cultura democrática en el seno del partido.

¿Qué es esto? Que los órganos ejecutivos deliberen en libertad y dirijan con eficacia. Que los órganos de decisión colectiva decidan colectivamente. Que los órganos de control, controlen, y no se limiten a glosar el discurso de los líderes. Que la militancia socialista sea tan social como orgánica. Que los ciudadanos interesados en participar de nuestros debates y de nuestras decisiones encuentren facilidades y no obstáculos en nuestra estructura…

Hay mucho por hacer. De nuestro acierto dependen las mejores esperanzas de mucha gente. Trabajemos desde esta responsabilidad.

El liderazgo también importa. Mucho. Yo no escondo mi apuesta. Creo que la apuesta segura y solvente es Alfredo Pérez Rubalcaba.

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Este es un tiempo de cambio en el PSOE. Hay querencia, incluso ansiedad por el cambio. Es lógico. Acabamos de sufrir un fuerte varapalo electoral. Hemos constatado de manera dolorosa nuestro déficit de credibilidad en la sociedad española. Y los socialistas queremos recuperarnos. Pronto. Y para eso hay que cambiar.

 

Pero el deseo apremiante por el cambio no puede llevarnos al error de cambiar por cambiar, para acabar no cambiando nada importante. Y de ahí a la frustración por la falta de resultados. Hace falta un cambio, sí, pero un cambio inteligente. No se trata de colgarnos del péndulo, para decir A donde antes decíamos B, y a la inversa. Tampoco es aconsejable el volantazo brusco, a la izquierda o a la derecha, sin tener muy claro el destino.

 

De hecho, el cambio de verdad no tiene nada que ver con la edad, ni con los mayores ni con los jóvenes. Nunca cambiamos nada esencial cayendo en la tentación de los eslóganes. Fácil, pero ineficiente. Ni tan siquiera el cambio auténtico depende de la voluntad de cambiar. No se cambia porque se quiere cambiar. Se cambia cuando se tiene claro hacia dónde se quiere ir y se ponen los medios para alcanzar la meta decidida.

 

El cambio inteligente elude tanto el cambiarlo todo como el no cambiar nada. Los socialistas hemos de partir de nuestros valores de siempre para ofrecer nuevas respuestas a los nuevos retos de la sociedad española. Manteniendo lo que funciona y transformando lo que puede funcionar mejor. Este es el propósito del cambio que necesita el PSOE. Tan simple de plantear como difícil de llevar a cabo.

 

¿Qué cambiar? Al menos cinco cosas. Primero, un proyecto renovado. A escala europea, porque solo desde la unidad de Europa serán viables las políticas que han de combinar crecimiento y solidaridad. Garantizando la preeminencia del poder democrático sobre otras fuerzas. Poniendo la economía al servicio del progreso y los derechos de ciudadanía, y no a la inversa. Apostando por una salida justa de la crisis, con un reparto progresivo de las cargas fiscales, reinventando a Keynes en el estímulo público a una economía globalizada, blindando el modelo social europeo y sus servicios públicos, profundizando la democracia…

 

Hay que cambiar también el instrumento. El PSOE ha sido un partido ejemplar en su estructura y funcionamiento. El más eficaz y el más democrático. Pero la sociedad española ha cambiado, y nuestro partido debe responder a las demandas de una ciudadanía informada, con criterio y que no se resigna a votar y a callar. El socialista debe ser el partido democrático de los ciudadanos, abierto a la participación permanente, sectorializada y atenta al uso de las nuevas tecnologías.

 

Un cambio obligado es el de nuestro papel institucional en España. Antes éramos Gobierno. Ahora somos oposición. Y nuestro trabajo de oposición ha de demostrar cada día nuestra voluntad de ejercer como alternativa sin traicionar nuestro compromiso con el interés general. Una oposición, pues, útil y firme a la vez. Leales en la gobernabilidad del país, pero beligerantes frente a la derecha cuando esta intente aprovechar la crisis para socavar los derechos sociales.

 

El PSOE debe recuperar su condición de partido nacional. Nunca renunciaremos a la diversidad como fuente de progreso común. Somos firmes partidarios del Estado de las Autonomías. Pero hace algún tiempo que los ciudadanos no nos escuchan decir las mismas cosas en todos los territorios. Y esta es una de las razones de nuestra hemorragia de credibilidad. El Partido Socialista ha de ser el gran partido vertebrador de España, con un proyecto colectivo, solidario y coherente.

 

Otro cambio pendiente es el del modelo de liderazgo. No es tiempo para líderes únicos. Necesitamos liderazgos compartidos, fundamentados en una participación intergeneracional y abierta, que sea capaz de integrar dentro para integrar fuera. Solo así concitaremos las complicidades precisas para sumar mayorías.

 

Estas son las cosas que tienen que cambiar. Otras no tienen que hacerlo. No tienen que cambiar los principios de libertad, de igualdad, de justicia y democracia que nos han inspirado durante más de 130 años. El PSOE seguirá siendo un partido socialista, un partido comprometido con la modernización de España, y un partido de Gobierno. Que nadie nos venga con refundaciones ni con refundiciones.

 

Sabemos que tenemos que cambiar, y sabemos qué tenemos que cambiar. Pero necesitamos algo más. También necesitamos una nueva dirección. Y esto nos lleva a tratar sobre las personas. Legítimamente. Porque las personas son las que adoptan las ideas, y las que ejecutan las ideas. No hay ideas sin personas. Y las características de las personas, sus capacidades, sus experiencias, sus talantes, determinan el éxito o el fracaso de las organizaciones en la aplicación de sus ideas y de sus planes.

 

Por tanto, hablemos también de las personas. Es delicado, incómodo a veces. Pero inevitable. Los dos precandidatos que se han postulado para asumir la secretaría general del PSOE cuentan con legitimidad y con buenas razones. Seguro que hay más que podrían hacerlo igualmente. Pero como los procesos congresuales están para opinar, para debatir, para optar y para decidir, algunos estamos haciendo pública nuestra propuesta.

 

Entendemos que Alfredo Pérez Rubalcaba reúne las mejores condiciones para liderar el cambio solvente que necesita el PSOE. Por su inteligencia, por su experiencia, por sus ganas, por su ponderación, por su talante integrador, por su capacidad de comunicación… Con todo el respeto debido a otras opciones y a otras opiniones.

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El reto que tiene ante sí el Partido Socialista trasciende con mucho la alternativa de nombres propios que se está planteando. Los socialistas hemos de afirmar nuestras raíces, nuestros principios y nuestros valores, para construir un nuevo proyecto con el que responder a las nuevas demandas de la mayoría progresista en los inicios de este siglo XXI. Nada menos.

 

El 38 Congreso será el punto de partida en una tarea apasionante y ardua para acometer cambios profundos en el programa, en el discurso, en el modelo de organización y en las formas de relación de nuestro partido con el resto dela sociedad. Nadiecuestiona la necesidad y pertinencia de estos cambios, y la prioridad absoluta en el debate sobre su naturaleza y alcance. Nos lo jugamos todo en la recuperación de la confianza de millones de progresistas.

 

Ahora bien, el Congreso socialista también debe tratar sobre las personas que han de liderar este cambio. Las personas no son lo más importante, pero el debate sobre las personas y los equipos es imprescindible. La cualificación, el talante y el perfil de los dirigentes determinan en buena medida el éxito o el fracaso de las organizaciones impelidas a grandes reformas. ¿O hubiera resultado igual el trabajo del PSOE durante la última década con un secretario general llamado Bono, o Matilde Fernández, o Rosa Díez?

 

En este punto somos muchos los que consideramos que Alfredo Pérez Rubalcaba reúne las mejores condiciones para liderar un cambio solvente en el Partido Socialista. Su inteligencia, su experiencia, su capacidad de articular equipos, su tendencia a la integración de posturas, su sentido de la ponderación y su facilidad para comunicar, le habilitan para suscitar el apoyo de la mayoría de los delegados en el 38 Congreso. Sin desmerecer un ápice la legitimidad y los merecimientos de otros candidatos, que sin duda los tienen.

 

Porque la controversia entre lo viejo y lo nuevo es artificial. Cualquier propósito solvente de renovación en el proyecto socialista ha de partir de lo mejor de nuestra historia, de nuestros valores y de la experiencia que ha merecido recientemente más de siete millones de votos. No fue nuestro programa ni nuestros candidatos, en Madrid o en Barcelona, los que recibieron el rechazo ciudadano el 20-N, sino una trayectoria colectiva falta de coherencia y de credibilidad suficientes. Además, ¿a quiénes descalificamos por “viejos”? ¿A los que participaron en los últimos gobiernos socialistas? ¿A los miembros de las ejecutivas de Zapatero? ¿A los diputados? Nos quedaríamos sin mimbres para hacer el cesto nuevo.

 

Tampoco resulta útil la polémica entre las comas, los puntos y seguido o los puntos y aparte. Todos sabemos lo que hay que hacer. Mantener lo bueno y cambiar lo malo. Ni la continuidad total, ni el “penduleo” sin razón, ni el cambio lampedussiano para que todo siga igual. No es tiempo de refundaciones, sino de razones para un cambio con fundamento.

 

Idéntico descarte merecen las propuestas del “volantazo”. No llevan razón quienes recomiendan el giro a la ortodoxia dominante. “Si la gente vota azul, vistámonos de azul”, preconizan los dispuestos a vender el alma por el poder. Pero tampoco cabe el giro brusco a una izquierda fuera de la realidad, minoritaria y carente de oportunidades de gobierno. El PSOE es un partido claramente de izquierdas, un partido que aspira a representar a la mayoría social, y un partido para asumir la responsabilidad de gobernar.

 

Rubalcaba habla de cambio y de unidad. Ha propuesto un liderazgo compartido para reconstruir un partido de mayorías, intergeneracional, que integre dentro para integrar fuera. Un partido capaz de elaborar, defender y aplicar un nuevo proyecto socialdemócrata para la nueva sociedad tecnológica y globalizada de este siglo XXI.

 

Una nueva política. En la que el poder democrático se imponga a los “otros” poderes. Con una economía al servicio del progreso y de los derechos de ciudadanía, y no al revés. Apostando por la regulación financiera, por los estímulos públicos al crecimiento, por una fiscalidad progresiva, por la defensa firme del Estado de Bienestar, por la mejora eficiente de los servicios públicos, por un modelo productivo basado en el conocimiento, por la sostenibilidad ambiental, por la igualdad radical entre mujeres y hombres… Y por la unidad política y económica de Europa como única opción para la viabilidad de las políticas que han de combinar crecimiento y solidaridad.

 

Un nuevo partido. A la altura de las demandas de una ciudadanía informada, con criterio y que no se conforma ya con votar y callar. El PSOE ha sido una gran organización, para la movilización de masas obreras en el siglo XIX, y para el encuadramiento de los trabajadores en los conflictos sociales del siglo XX. Ahora, el PSOE debe convertirse en un partido democrático de participación abierta, permanente, sectorializada y permeable al uso de las nuevas redes tecnológicas.

 

Una oposición útil y firme, que sepa combinar la actitud constructiva en la defensa del interés general, con la beligerancia precisa frente a la derecha cuando intente  aprovechar la crisis para desmantelar los derechos sociales. El PSOE no practicará una oposición meramente estética o testimonial, pero nunca servirá de coartada para decisiones que socaven un modelo de sociedad justo e igualitario. Un equilibrio sutil, pero imprescindible.

 

Y un partido nacional. Esta no es una cuestión baladí. Por aquí se nos ha escapado buena parte de nuestra credibilidad. El PSOE siempre apostó por la diversidad como fuente de riqueza y progreso común. Pero los ciudadanos quieren vernos como un partido capaz de vertebrar España en un proyecto colectivo y solidario, con el mismo discurso en todos los territorios. Defendemos el Estado de las Autonomías, porque de hecho hemos sido decisivos en su diseño y construcción. Ahora trabajamos para que el edificio sea habitable y confortable para todos los españoles. Un ejemplo: hace falta una legislación estatal de requisitos básicos que garantice calidad e igualdad de todos los españoles en el acceso a las prestaciones de sanidad y de educación, para hacer frente a los riesgos implícitos en los procesos de privatización y restricción de servicios emprendidos por algunas comunidades autónomas.

 

Tenemos las ideas para cambiar y acertar. Ahora debemos elegir un liderazgo solvente. Esta es mi respuesta al ¿Por qué Rubalcaba?

 

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