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Archive for 24 diciembre 2011

Publicado en elpais.com

Tras escuchar muchas declaraciones y leer unos cuantos documentos a propósito del próximo Congreso del PSOE, entiendo que los socialistas corremos el riesgo de quedar atrapados demasiado tiempo en un bucle de frases hechas e intenciones contenidas: debatimos sobre la necesidad de debatir, y practicamos democracia mientras decidimos si somos suficientemente demócratas.

 

Bien, pero la sociedad española espera de nosotros algo más que un ejercicio de esgrima retórica interminable a base de palabras biensonantes y eslóganes más o menos redondos. Hay que debatir, primero las ideas, hagamos autocrítica, cambiemos de rumbo, acerquémonos a los ciudadanos, profundicemos la democracia, giremos a la izquierda… ¿Qué se quiere decir con tanto lugar común y tanta nueva-vieja idea?

 

Vayamos por orden. Debatir no es un objetivo, sino un instrumento. Se debate para llegar a conclusiones, y cuando se ha alcanzado una conclusión interesante sobre un asunto, se pasa al siguiente. Algunas de las “aportaciones” que se están haciendo al debate, sin embargo, llevan largo tiempo asumidas en el programa y el discurso del PSOE.

 

Se insiste recurrentemente en que “primero son las ideas, antes que las personas”, cuando todos sabemos que las buenas ideas necesitan de buenas personas para llevarlas a cabo. De hecho, el orden del día del 38 Congreso prevé la decisión sobre el proyecto y la elección de los equipos en el mismo acto. ¿Por qué ocultar las decisiones adoptadas sobre las personas?

 

Seamos honestos: el quién es importante, porque determina en buena medida el qué, el para qué y el cómo. Yo, por ejemplo, entiendo que Rubalcaba sería un buen secretario general para encabezar un proyecto de cambio inteligente en el PSOE. Y no sé por qué otros simulan su preferencia tras tanta retórica. Nadie duda de que tienen un nombre en la cabeza, igual que yo. Dígase y avancemos.

 

Otro lugar común es la autocrítica, y está bien. Pero la autocrítica útil no es encarnizamiento, autoflagelación y martirologio. Se trata de identificar errores y superarlos, no de facilitar al adversario una descalificación general e injusta sobre el trabajo hecho. Tienen razón los que afirman “Yo sí estuve allí”. A mí Zapatero nunca me nombró nada, pero reclamo respeto por su trabajo.

 

La clave ahora es el cambio, de rumbo, de camino, de proyecto, de discurso, de funcionamiento, de dirigentes, de todo. ¿De todo? No se cambia por cambiar. Se cambia para mejorar y, por tanto, se procura sustituir lo que va mal y mantener lo que va bien. Este es el cambio solvente. Lo demás es retórica vana o intención gatopardiana: que todo cambie para que todo quede igual. Yo no pienso cambiar de principios, ni renunciar a mi historia. A mí no me refundará nadie.

 

Insistimos mucho también en la necesidad de “acercarnos a los ciudadanos”. Desde luego. No acabo de entender la utilidad de esa suerte de adivinanza sobre quién abandonó antes a quién, si los ciudadanos a los socialistas o los socialistas a los ciudadanos. Sobre todo cuando la firman quienes antes firmaron la propuesta de indulto al banquero o el acuerdo antimisiles con Estados Unidos. “Acercarse” a los ciudadanos y recuperar “credibilidad” requiere de algo más que una frase ingeniosa. Requiere recuperar coherencia, solvencia y ejemplaridad moral. Por ahí sí podemos avanzar.

 

Una de las conclusiones más claras que se han establecido en este debate es el de avanzar en democracia. El PSOE debe ser una organización más democrática, más abierta y más transparente. Participación de las bases, elección directa de los cargos orgánicos, primarias con simpatizantes para elegir candidatos. Se aprobará en el Congreso, seguro.

 

Ahora bien, avanzar en calidad democrática ha de significar algo más que la aplicación de estas fórmulas más o menos novedosas. Democracia es que los órganos del partido cumplan sus funciones, que las direcciones dirijan y los foros de control controlen. Que la dirección del Partido trate y colectivice las decisiones. Que el Comité Federal establezca criterios y fiscalice a quien debe ejecutarlos, con lealtad y con eficacia. La auténtica democracia y la auténtica lealtad se demuestran al disentir en la mesa de una comisión ejecutiva o un Consejo de Ministros, y no desmarcándose a la carrera el mismo día en que uno se despide del Gobierno.

 

Por último, se habla en estos días de “girar” hacia posiciones políticas más izquierdistas. Alfonso Guerra, sin embargo, propone “girar hacia la realidad” y yo lo suscribo. No se trata de desandar el camino recorrido desde el 28 Congreso. No es eso. Se trata de responder a los nuevos retos de la sociedad española en el siglo XXI desde nuestros principios de siempre. El programa que el PSOE presentó a la ciudadanía en las últimas elecciones se ha reconocido en Europa como el planteamiento más serio de la socialdemocracia continental desde hace años. El 20-N carecíamos de credibilidad suficiente para hacernos escuchar. Mantengamos la apuesta y funcionará.

 

¿Por qué no hablamos más claro?

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A menudo se ha repetido que la etimología del término “crisis” en chino-mandarín equivale a “oportunidad”. Y si bien la mayoría interpreta la equivalencia en clave de provecho colectivo, algunos se muestran últimamente muy dispuestos a quedarse la “oportunidad” para ellos solos.

Como era de esperar, la patronal española ha respondido a la invitación de Rajoy para alcanzar un acuerdo en materia laboral poniendo sobre la mesa su programa máximo. Evidentemente, Rossell, Arturo Fernández y compañía no pretenden alcanzar acuerdo algunos con los sindicatos, sino presionar al futuro Presidente del Gobierno para que convierta en ley sus propuestas regresivas.

Contratos a 400 euros mensuales, despido gratis y desalojo de funcionarios públicos. Estos son los objetivos planteados por la CEOE “para el acuerdo”. Resulta frustrante la incapacidad que muestra la representación de los empresarios españoles para actuar con un mínimo de sentido común, en beneficio propio incluso. No reclaman estímulos públicos a la demanda, ni fluidez crediticia, ni reformas competitivas, ni ayudas a la contratación, ni mejoras en la formación de sus empleados, ni respaldo a la internacionalización de sus producciones… Piden carta blanca para explotar a sus empleados, echarles sin justificación y convertir los servicios públicos en negocios privados. Extraordinaria cortedad de miras. Y todo bajo la coartada de la crisis.

En el mismo sentido cabe interpretar otras iniciativas en ejecución desde algunos gobiernos autonómicos, como la marcha atrás en la aplicación de la Ley de la Dependencia, el copago de los servicios sanitarios o el despido de profesores en la enseñanza pública. La crisis, el peso de la deuda y las restricciones presupuestarias están sirviendo de oportunidad para muchos que nada tienen que ver con el chino-mandarín, pero que llevaban mucho tiempo esperando para meter sus manos (y llenar sus bolsillos) en los recursos destinados a los servicios de bienestar social.

 Este fenómeno lo contemplaremos también en breve sobre las políticas de fiscalidad. La crisis sirve para explicar el recorte del gasto social, y sirve igualmente para justificar la subida de determinados impuestos. Al socaire de argumentos tales como la necesidad de preservar la inversión privada y el emprendimiento, se rebajará la imposición sobre las rentas del capital y los beneficios empresariales, pero al mismo tiempo, bajo la excusa de la reducción de los ingresos públicos se aumentarán los impuestos indirectos, como el IVA, que pagamos todos por igual.

Sin hablar mandarín ni haber vivido jamás en la nueva meca del capitalismo global, se nos ocurre una manera bien distinta de interpretar aquella interesante acepción del término crisis, como puerta abierta a las nuevas oportunidades. La crisis debiera servirnos cuando menos para asumir la regulación inexorable de los mercados financieros, para poner límites a la especulación en las finanzas, para asegurar la preeminencia de la política democrática sobre los poderes económicos, para encaminarnos hacia el necesario gobierno económico global, para promover la competitividad de nuestras empresas, para mejorar la educación, para cimentar los derechos sociales de todos los ciudadanos del mundo…

Si hay un ámbito, además, en el que la crisis no puede ser coartada para la conformidad o la inacción se trata del socialismo, especialmente el socialismo español que acaba de sufrir un descalabro electoral muy notable. La crisis ayuda a explicar el problema del PSOE, pero no lo justifica. La gestión que ha hecho de la crisis el Gobierno socialista ha carecido de coherencia y de solvencia a los ojos de millones de ciudadanos progresistas. Por eso, el discurso de Rubalcaba, bien construido durante la campaña, ha carecido de la credibilidad suficiente.

El 38 Congreso del PSOE constituye precisamente una gran “oportunidad”, en plena “crisis”, para construir un proyecto renovado, coherente y solvente, que responda a los retos de la España de hoy y de mañana, y que permita recuperar el crédito y la confianza de la mayoría progresista.

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Muchos militantes socialistas reivindican con razón en estos días un debate congresual más centrado en las ideas y en los proyectos que en las nomenclaturas. Resulta difícil separar una cosa de la otra, porque cualquier idea que merezca la pena exigirá de un equipo solvente para llevarla a cabo. No obstante, respetemos la lógica de construir la casa fijando primero los cimientos.

La idea que debe presidir el próximo Congreso del PSOE, a mi modesto entender, es la idea del Partido Socialista de Europa. Si algo hemos aprendido en los últimos años los socialistas españoles es que contar con un Gobierno nacional y una amplia mayoría en el Parlamento nacional no proporciona la influencia necesaria para ejecutar un programa de políticas progresistas. Los objetivos del ideario socialista no pueden alcanzarse desde el poder democrático de un solo Estado, sobre todo si ese Estado corresponde a una economía de potencia media-baja como la española.

La crisis económica ha venido acompañada de un grave aumento de las desigualdades sociales y de un retroceso democrático muy significativo en el seno de Europa, otrora referencia de progreso y desarrollo humano para el resto del mundo. La causa de esta realidad hay que buscarla en la acción global de los grandes poderes económicos y financieros, con la cobertura y complicidad de las fuerzas políticas conservadoras.

Mientras tanto, las fuerzas progresistas han limitado su débil respuesta al ámbito impotente de los Estados nacionales. La ausencia de un discurso y de una estrategia socialdemócrata transnacional está facilitando la imposición de un recetario derechista en el combate a la crisis. Y llama la atención la falta de una respuesta común y contundente del socialismo europeo ante una dinámica, liderada por el binomio conservador Merkel-Sarkozy, que alargará inexorablemente la crisis y agravará sus peores efectos sobre el paro y los retrocesos sociales.

Los grandes ideales de la socialdemocracia europea están más vigentes que nunca, porque nunca estuvieron tan amenazadas entre los europeos las más celebres conquistas históricas de la libertad, la igualdad, la justicia social y la democracia. Pero, a diferencia de los tiempos pasados, ya no basta con que los socialistas alemanes, franceses, suecos o españoles combatamos cada cuál desde nuestra trinchera para mantener y ampliar el territorio conquistado. O los socialistas de Europa actuamos como un solo ejército, o perderemos definitivamente esta guerra.

La derecha europea impone este fin de semana su binomio mágico frente a la crisis: austeridad y disciplina fiscal. Es la receta que conviene a los poderes financieros, pero supone una condena cierta a la recesión económica, el paro y la quiebra social para la mayoría de los europeos. Los socialdemócratas de varios países, como Rubalcaba en España, han planteado alternativas: una reducción flexible de los déficits públicos, compatible con planes de reactivación económica y la consecución definitiva de un auténtico gobierno económico para la Unión Europea, que impulse los eurobonos, que regule los mercados financieros, que imponga un régimen fiscal común y progresivo (incluyendo la tasa sobre las transacciones financieras), que ejecute un plan agresivo de inversión pública para estimular la demanda agregada…

Las ideas no faltan. Algunas surgen país a país, como el “nuevo contrato social europeo” que proponen los sindicatos españoles. O el “plan de rescate social” que plantean los socialistas franceses. O “la fiscalidad justa” que han promovido los socialdemócratas alemanes en su reciente congreso. Otras ideas llegan allende los mares, como ese “Pacto Nacional contra la Desigualdad” que impulsa Obama en los Estados Unidos. Pero ni aquellas iniciativas ni estas ideas llegarán a nada serio si no se plantean desde un instrumento serio de poder democrático, como el Partido Socialista de Europa.

Los grandes retos son de índole global, nuestros adversarios también lo son, y las únicas herramientas útiles para afrontarlos desde los principios de la izquierda han de trascender necesariamente las fronteras nacionales.

En consecuencia, el futuro del partido socialista español pasa inevitablemente por el presente del partido socialista de Europa. Aquí y en todos los rincones del continente.

Hagamos de esta idea una bandera a blandir en el próximo Congreso del PSOE. Y hablemos después de los nombres, porque habrá que hacerlo…

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PSOE: TAREAS PENDIENTES

El PSOE no necesita ni de una resurrección ni de una refundación, como aseguran algunos, porque ni está muerto ni ha sido finiquitado por los electores. El resultado del 20 de noviembre constituye un fracaso en toda regla, pero el apoyo de siete millones de ciudadanos en condiciones tan difíciles como las actuales representa una base interesante desde la que iniciar la recuperación.

Los cambios a emprender, no obstante, han de ser profundos y valientes. La crisis explica en buena medida la debacle electoral, pero el análisis no sería correcto sin añadir errores e insuficiencias propias. No bastará, pues, con que cambiemos al secretario general y sigamos como hasta ahora. La renovación debiera afectar desde la estrategia hasta los equipos, pasando por los discursos y el funcionamiento organizativo.

La estrategia del Partido Socialista a corto plazo pasa inevitablemente por el objetivo de mantener el Gobierno de Andalucía, la comunidad más poblada de España y referencia tradicional de las políticas progresistas. A medio plazo la meta consiste en recuperar la credibilidad como opción política solvente y coherente, mediante una labor opositora en las Cortes que combine inteligentemente crítica, propuesta y acuerdo. Y el horizonte a largo plazo debe situarse en la restitución de la confianza perdida entre la mayoría de españoles que comparte valores de progreso, a través de un trabajo de presencia y participación social que el PSOE no ha promovido con eficacia en los últimos tiempos.

Tanto el contenido como el tono del discurso programático empleado en la reciente campaña electoral resultan serios y convincentes, aunque quizás la acción de gobierno más reciente le restara crédito y confianza entre los ciudadanos. Ahora cabe perseverar en aquellos planteamientos, desarrollándolos con rigor y capacidad explicativa. La apuesta por una Europa más unida y capaz de gobernar los desafíos que sobrepasan las fronteras nacionales. La combinación del ajuste flexible con políticas expansivas de la demanda para promover la recuperación económica y el empleo. La consolidación de las políticas de bienestar social. La regulación anti-especulativa de los mercados financieros. Una fiscalidad suficiente, coherente y progresiva, en guerra contra el fraude. El compromiso con la mejora de la calidad de las instituciones democráticas…

También hay tareas pendientes en cuanto a la estructura y los procedimientos del propio Partido Socialista. La organización es fuerte y cuenta con una presencia territorial envidiable. Pero sobran inercias y falta actualización. Sobra endogamia y falta participación. Sobran controles y falta frescura. Cualquier ONG, cualquier institución cultural e incluso cualquier empresa ofrecen hoy cauces de participación y decisión colectiva más estimulantes que muchas organizaciones del PSOE. Sufragio universal para adoptar decisiones importantes, a la francesa. Mecanismos de participación abiertos a las últimas tecnologías. Una estructura orgánica más funcional y atractiva. Una formulación de la militancia política más volcada en la participación social que en la distribución del poder interno…

Y también hay que hablar de los equipos. Hay tendencia entre los socialistas a “pendulear” y a amortizar con rapidez extraordinaria las apuestas personales. En ocasiones, lo experimentado nos parece viejo, y apostamos por la novedad estricta. Otras veces identificamos lo nuevo con lo amateur y reclamamos la vuelta a las esencias de siempre. Puede que el acierto se sitúe, como casi siempre, en el término medio y la ponderación. Saquemos provecho de lo que funciona bien y combinémoslo con unas dosis razonables de sabia nueva. Afortunadamente, en el PSOE hay banquillo para varias alineaciones con garantías.

Hay tiempo para un debate riguroso y sosegado. Aprovechémoslo.

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