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Archive for 24 noviembre 2011

Cuando las urnas hablan, los demócratas acatan su decisión. El veredicto en España coincide con el veredicto sobre todos los gobiernos europeos que han gestionado la crisis. ¿Injusto? Quizás el castigo al PSOE resulta excesivo tras haber sabido anteponer el interés general al propio, y puede que el PP no merezca tanto premio por haber decidido galopar a lomos de los problemas del país. Pero es democracia, y a los socialistas solo nos queda aceptarlo, agradecer el apoyo de esos siete millones de héroes y hacer propósito de enmienda para recuperar la confianza de los cuatro millones que nos abandonaron.

 

La envergadura de los desafíos a los que se enfrenta España requiere de un Gobierno con un claro respaldo ciudadano. Ayer se eligió. Pero también necesita de un primer partido de la oposición fuerte y responsable, dispuesto y capacitado tanto para ejercer la crítica útil como para sumar apoyos con el Gobierno en interés del país. Las instituciones europeas y los mercados valoran sobremanera esta unidad de acción sobre lo fundamental, y el PSOE ha demostrado a lo largo de su historia que no le duelen prendas a la hora de pactar también desde la bancada de la oposición.

 

El PSOE convocará un Congreso en breve. Es tiempo de debates en libertad y de decisiones democráticas. El PSOE debe acertar en sus decisiones para ser útil al país desde el primer momento, y para situarse con solvencia en la senda de la recuperación. Análisis autocrítico, atención a la voz de la calle, voluntad de cambio, actualización del discurso, mejora de las estructuras, modernización de los procedimientos, renovación de los equipos, participación intensa de las bases, lealtad a los principios… Tales son las herramientas que todos citamos como claves del éxito.

 

Pero afinemos un poco más. Acertaremos si primamos la participación democrática sobre el enjuague, y si reforzamos la unidad para conjurar la división y el conflicto. Tampoco están los tiempos para ir jugando al ensayo y al error. Si hace pocos meses hemos asegurado a la ciudadanía que Rubalcaba es lo mejor que tenemos para hacer frente a la crisis y sacar el país adelante, lo más sensato es mantener la apuesta. La práctica del péndulo no genera precisamente credibilidad y confianza.

 

Han sido los cinco millones de parados los que han causado la desafección del voto socialista y no el rechazo al cabeza de lista. Antes al contrario, propios y ajenos han valorado la solvencia, la capacidad de trabajo y la voluntad de superación de un candidato enfrentado día tras día al viento en contra y a la virulencia de los elementos, desde la EPA hasta los datos del estancamiento económico, pasando por los “errores” de las agencias que miden la prima de riesgo en la deuda española.

 

Ofrecimos a los españoles lo mejor de nosotros para el Gobierno, y hemos de ofrecerles también lo mejor para la oposición y para el relanzamiento del Partido Socialista. En la propia noche electoral, Rubalcaba apuntaba ya las claves para el discurso socialista en el nuevo tiempo: vencer la crisis sin vulnerar los derechos y las seguridades básicas, construyendo más y mejor Europa. Él lo tiene claro. Muchos de nosotros también.

 

 

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La crisis ha tumbado gobiernos de todos los colores en Europa. Los ciudadanos castigan en las urnas a quienes se muestran incapaces de remontar el parón de la economía, la sangría del paro y los ajustes sobre el bienestar social. Aunque la génesis de la crisis y sus respuestas solo puedan hallarse en el escenario internacional. También ha ocurrido en España. Era el vaticinio previsible de las urnas. Legítimo y respetable.

 

Pero resulta injusto. El castigo ha sido injusto con el PSOE por excesivo. El Gobierno socialista no ha tenido menos responsabilidad en esta crisis que otros gobiernos, pero su compromiso con las políticas de bienestar en un contexto de ajuste merecían mayor reconocimiento por parte de su electorado. El candidato Rubalcaba, además, ha hecho una campaña valiente y solvente, que no se corresponde con el resultado de las urnas.

 

Tan excesivo ha sido el castigo socialista como el premio popular. El PP no ha estado a la altura de su responsabilidad en los momentos más decisivos de la crisis, anteponiendo siempre su interés electoral al interés del país. La campaña de Rajoy, por otra parte, ha pecado de ambigüedad y falta de transparencia, en una estrategia más que evidente por ocultar sus auténticas intenciones en el Gobierno.

 

La alta participación en las elecciones constituye una buena noticia. El pequeño retroceso en el porcentaje de voto válido respecto a los comicios de 2008 no desmerece el claro respaldo de los españoles a la democracia representativa y al régimen constitucional. Tras unos meses de cuestionamiento del sistema en algunos foros, este dato aporta seguridad y estabilidad. La crisis no afecta tanto al sistema como a las políticas que se aplican desde el sistema.

 

No obstante, se detectan cambios de calado en el mapa político español. A la mayoría popular y la caída socialista debe añadirse el retroceso general del bipartidismo en beneficio de otras formaciones hasta ahora muy minoritarias. Parte de los cuatro millones de votos perdidos por el PSOE han desembocado a su izquierda sobre IU, y a su derecha sobre el partido de Rosa Díez. Sería de agradecer que este caudal de apoyos se aprovechara para ponderar sus posiciones y abandonar ese punto de demagogia que suele acompañar el discurso de quienes se saben liberados de la responsabilidad de gobernar.

 

Mucho más preocupante resulta el crecimiento de los apoyos a los partidos nacionalistas en el País Vasco y en Cataluña. Todo parece indicar que el aumento de votos se transformará pronto en una intensificación de la diatriba victimista y de las propuestas más egoístas, sobre todo en el campo de la fiscalidad. Esperemos al menos que los siete diputados batasunos sepan responder con un mínimo de inteligencia a la generosidad con la que el pueblo vasco ha premiado el abandono de la actividad terrorista. Aunque me temo que sea mucho esperar.

 

El pretendido vuelco político en Andalucía no ha sido tanto, y aún cabe la esperanza de que el PSOE pueda encabezar una remontada progresista para seguir gobernando la primera de las comunidades españolas. En términos de calidad democrática y de equilibrio de poderes, sería interesante que al menos una parte del mapa autonómico escapara del azul popular. Por cierto, Alfonso Guerra  y el PSOE sevillano merecen un reconocimiento por su triunfo frente a la marea popular.

 

Corresponde ahora reclamar al ganador responsabilidad y altura de miras. Los populares han ganado clara y limpiamente. Pero eso no les faculta para imponer su programa máximo a sangre y fuego. Diálogo, acuerdo, ponderación, sentido común, son valores cuyo ejercicio todos agradeceremos.

 

Y el PSOE tiene ante sí la tarea ardua pero inexorable del análisis crítico sobre su gestión en los últimos años, y la determinación de superar los problemas para servir debidamente a la sociedad española desde sus principios y valores de siempre. Tan poco inteligente sería eludir la autocrítica como enfangarse en el conflicto interno.

 

Hacen falta nuevas ideas, nuevas formas y nuevos equipos. Pero prescindir de la capacidad y la experiencia de hombres como Rubalcaba sería un error grave. Hay tiempo por delante, y un todo un Congreso por celebrar, para que el PSOE vuelva a merecer la confianza mayoritaria de los españoles.

 

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El último llamamiento de esta campaña debe dirigirse a los que comparten valores de progreso pero que aún no han decidido el sentido de su voto, incluso si van a votar o no. Son muchos los que están en esta tesitura. Y su comportamiento el próximo domingo será crucial para el resultado electoral y para el futuro del país.

Ante todo hay que manifestar un respeto escrupuloso ante la decisión que adopte cada cual en uso de su libertad. Faltaría más. Sin embargo, sí nos atrevemos analizar el alcance de algunos de los argumentos que pueden estar manejándose de cara a aquella decisión.

La primera tentación es la del “cambio”. Si con estos la cosa ha ido mal, ¿por qué no probar con los otros? Quizás la simple alternancia tranquilice a los mercados y hace volver la confianza para la inversión y el empleo. Tiene sentido. Pero no funciona. No ha funcionado así en ningún sitio. Británicos y portugueses cambiaron gobiernos socialistas por gobiernos de derechas, y hoy siguen teniendo crisis y paro, más incluso, con el agravante de los recortes sociales drásticos. Ni tan siquiera los nuevos gobiernos “técnicos” de Italia y Grecia han evitado la escalada del coste de la deuda en estos países. No, el simple cambio no arregla nada, y si el cambio es a peor, los problemas se agravan.

La segunda tentación consiste en admitir aquello de que “dinero llama a dinero”. Puede que con un gobierno de derechas los más pudientes se animen a invertir y la economía vuelva a tirar. Tampoco funcionará. Primero porque la razón que hoy obstruye la inversión privada no tiene nada que ver con el color político de los gobiernos, sino con la estrangulación del crédito. Y segundo porque el PP ya ha anunciado que recortaría la inversión pública y el gasto social, con lo que la actividad empresarial y el consumo privado estarían condenados a la inanición. No, con este programa el dinero se quedaría en las cajas fuertes.

Todavía hay una tercera tentación: la del “castigo”. Me han defraudado, los problemas no se han resuelto, y el domingo les castigaré quedándome en casa o votando por alguna sigla de la izquierda estética que solo aspira a la oposición. Cuidado, porque el castigo puede infligirse sobre los intereses y los derechos propios. Si el PP hace “lo que hay que hacer”, conforme anuncia Cospedal, “recortando en todas las partidas”, como avisa el propio Rajoy, el PSOE se lamentará, pero también habrán de lamentarse todos aquellos que no hicieron lo posible por evitar el sufrimiento propio del despido gratis, la desregulación laboral, el copago sanitario, la degradación de la escuela pública y la revisión a la baja de las prestaciones por desempleo.

En democracia no cabe la llamada al miedo. No hay que temer la decisión democrática de los ciudadanos. Pero sí cabe una llamada dramática a la reflexión y a la defensa de los valores propios, porque lo que está en juego afecta a los cimientos mismos de nuestro modelo de convivencia. Y porque mañana podemos arrepentirnos por no haber reflexionado lo suficiente, o por no haber sido consecuentes con nuestros propios principios.

Una reflexión racional ha de distinguir entre los programas y las intenciones de unos y otros. Rubalcaba quiere resolver la crisis, combinando la austeridad en las cuentas públicas con un programa ambicioso de inversiones que recupere actividad económica y empleos. El PSOE quiere subvencionar el empleo y blindar los derechos sociales de los españoles exigiendo más impuestos a los bancos, a las grandes fortunas y a las rentas del capital. Pero el PP solo quiere aprovechar la crisis para llegar al poder y aplicar el programa que le dictan los poderosos, rebajando los impuestos a quienes más tienen y recortando los derechos de los que más necesitan.

Dejar que gobierne la derecha, por la retirada voluntaria de la mayoría progresista, supondría una irresponsabilidad de magnitud histórica. Precisamente en el momento en que se reivindica con más fuerza y legitimidad una democracia mejor, es cuando se nos aparece el riesgo cierto de una concentración brutal de poder en unas solas manos. ¡Y qué manos! Porque la historia y las intenciones confesas de esta derecha española permiten anticipar desde el acoso a la tarea sindical hasta la derogación de la ley que permite a las mujeres decidir sobre su propia maternidad, desde la privatización de los hospitales hasta la conversión de la enseñanza pública en un simple aparcadero para pobres e inmigrantes. Y no es interpretación malévola. Ahí están las prácticas populares en Madrid, en Valencia o en Castilla-La Mancha para atestiguarlo.

Aún hay tiempo, tanto para la reflexión como para la pelea por los valores de progreso. Si los progresistas somos más en este país, la derecha no puede tener más votos el próximo domingo.

Votemos socialista el 20-N, aunque solo sea para no tener que recordar en poco tiempo a la célebre madre de Boabdil, el último rey moro de Granada, cuando tuvo que reprochar a su hijo aquello de “No llores hoy lo que ayer no supiste defender”.

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En el célebre mitin de Dos Hermanas (Sevilla), Alfonso Guerra hizo un llamamiento de calado: “Decidles a esas almas vírgenes de la izquierda que se enfaden y que nos critiquen, que nos critiquen cada día, pero que el 20 de noviembre acudan a votar en defensa de la educación de sus hijos.”

Hemos de presumir que la gran mayoría de los ciudadanos, especialmente los que comparten valores de izquierda y de progreso social, adoptan sus preferencias de voto a partir de criterios de racionalidad. Racionalidad en los análisis, racionalidad en los propósitos y racionalidad en las decisiones.

La trascendencia de la cita electoral del 20 de noviembre aconseja afinar mucho en estos ejercicios de pensamiento racional. Posiblemente, lo que está en juego en esta ocasión va más allá del color político del Gobierno para una legislatura. La encrucijada que se abre ante nosotros afecta a los cimientos de nuestro modelo social y político. Adoptar un camino u otro a partir del 20 de noviembre puede suponer el avance sustancial o el retroceso drástico en términos de libertad, de igualdad y de derechos de ciudadanía.

Por eso, ahora más que nunca, cabe pedir a los ciudadanos con principios progresistas que hagan juicios críticos pero justos, que establezcan propósitos de interés general, y que adopten decisiones de voto inteligentes.

Un juicio crítico pero justo es aquel que reprocha al Gobierno socialista la práctica de medidas discutibles, mediante formas censurables, al margen de su propio programa en ocasiones. Pero este mismo juicio habrá de asumir que los objetivos de ese Gobierno eran legítimos: preservar al país de la quiebra económica, de la intervención foránea y del retroceso social grave.

Tendrá que reconocer también que, a la vista de lo ocurrido en el resto de los países mediterráneos, desde Grecia a Portugal pasando por Italia, algo se ha conseguido. Y el balance social de la gestión gubernativa deberá incluir, junto al aumento del paro, la amplia cobertura al desempleo, el aumento de las pensiones mínimas, la renta básica de emancipación, la ley de la dependencia…

Tras el juicio, los propósitos. Se me ocurren cuatro al menos para dirigir el voto progresista en estos momentos. Primero, la identidad ideológica, votar por afinidad de ideas. Segundo, la praxis, votar por un programa y un candidato que ofrecen soluciones a los problemas pendientes. Tercero, el castigo: os habéis equivocado y merecéis mi abandono. Y cuarto, la decepción: sí, soy progresista y prefiero un Gobierno progresista, pero han sido tantos los desengaños, y además vamos a perder…

A quienes votan por coherencia en los valores corresponde animarles a defender con más determinación que nunca esas ideas que ayudarán a salir de la crisis sin dejar a nadie en la cuneta. La piel de cordero que viste Rajoy se transformará tras el 20-N en martillo implacable para aplicar las “reformas imprescindibles” que exige la patronal: despido barato, privatización de servicios públicos, copago sanitario, despido de profesores…

A quienes votan por objetivos reitero el argumento de Alfonso Guerra. Solo hay un programa, solo hay un candidato y solo hay una credibilidad para defender las políticas que necesitamos, para priorizar la reactivación de la economía sobre el control del déficit, para crear empleo sin arrastrar los derechos de los trabajadores, para defender la educación pública y la sanidad pública de los tiburones especulativos…

Finalmente, a los que están valorando la posibilidad de no votar o de votar contra sus propias ideas, por afán de castigo o por desilusión, hemos de pedirles que le den una vuelta al asunto. No puede reprocharse la crítica, por dura que sea. Es legítima, sobre todo en la izquierda. En buena medida está justificada. Pero, atención, porque el castigo puede volverse contra uno mismo, y porque la decepción puede salirnos muy cara.

Castigar al PSOE puede favorecer la mayor concentración de poder de la historia democrática de España en manos de la derecha. Y su hoja de servicios, en materia económica, en materia de libertades, en materia de derechos sociales, en materia de calidad democrática, debe alertarnos sobre el alto riesgo en que incurrimos.

Quedarse a gusto un día, transformando el reprochatorio legítimo en abstención, en voto de castigo o en voto inútil, implicaría pagar una factura muy costosa para nuestro futuro y el de nuestros hijos.

Por tal razón, hacemos un llamamiento a la izquierda, especialmente a la izquierda decepcionada y enfadada. Superemos la crítica cándida y estéril. Vayamos más allá de los posicionamientos estéticos. Actuemos con racionalidad: juicios críticos, pero decisiones inteligentes.

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La política económica que aplican los líderes de la derecha europea en el poder está priorizando el control del déficit público y de la inflación sobre los estímulos al crecimiento y la generación de empleo. El régimen de austeridad, ajustes y recortes impulsado por Merkel y Sarkozy, y aplaudido por el PP español, ya está mostrando sus resultados en forma de estancamiento económico, caída del consumo y multiplicación del número de parados.

Durante los tres últimos años, la derecha política, económica y mediática se ha empleado a fondo para hacer calar la convicción de que los programas intensos de consolidación fiscal, los impuestos bajos, los tipos altos y los sacrificios sociales bastarían para sortear la crisis. No ha sido así. Las caídas drásticas de la inversión pública, el gasto social y el consumo interno han abortado la recuperación incipiente y amenazan con llevarnos a una recesión brutal.

Krugman alude en estos días a la metáfora de las sangrías en la práctica médica del siglo XIX. Cuánto más debilitado estaba el enfermo, más se le sangraba para “limpiar” su sangre. El resultado habitual solía ser la muerte del paciente por desangramiento. La medicina ha avanzado lo suficiente como para abandonar estas técnicas deplorables que, según parece, aún resultan populares entre los economistas más conservadores.

Conforme la crisis se agudiza, la derecha que manda en Europa se empeña en sangrar al enfermo, muy debilitado ya por la crisis y el paro. Cae la inversión y el consumo privado, se contrae la inversión y el gasto público, se limita la circulación del crédito, se mantienen los tipos de interés medio punto por encima de EE.UU. y Japón, se recortan las prestaciones sociales a la población… Esta es una dinámica suicida para el presente y el futuro de todos los europeos.

Alguien tenía que gritar aquello de “¡El emperador está desnudo!”. Rubalcaba lo ha hecho: “Sin crecimiento económico no habrá empleo, ni estabilidad financiera, ni saldremos de la crisis. Solo la inversión pública puede conseguir el crecimiento de las economías más afectadas por sobreendeudamiento y contracción del crédito.”

El candidato socialista ha roto con la ortodoxia de la austeridad y el ajuste a ultranza. La estabilidad presupuestaria y la reducción de los déficits constituyen una meta inexorable, pero es preciso flexibilizar los ritmos para propiciar un nivel razonable de actividad económica, consumo interno y generación de puestos de trabajo

Rubalcaba reclama un “New Deal” para Europa, como aquel que Roosevelt impulsara en los Estados Unidos para enfrentar las consecuencias de la Gran Depresión de 1929. Bajar los tipos de interés, inyectar liquidez al sistema, blindar el modelo de protección social y acometer un gran programa de inversiones públicas para reactivar la economía y cimentar un modelo de crecimiento más sólido, competitivo y justo. Esta es la gran apuesta de la socialdemocracia.

¿Cuál podría ser el destino de tales inversiones? En España lo tenemos fácil. La Comisión Europea acaba de encargarnos (19 de octubre) el desarrollo de cinco grandes corredores ferroviarios para modernizar nuestro sistema logístico, en el horizonte del año 2030. ¿Por qué no adelantar estas inversiones eficientes? También nos han puesto deberes para la mejora de nuestra educación. Aún nos queda mucho por invertir y por trabajar en el campo de las energías renovables. La remodelación de entornos urbanos deteriorados es otro nicho de actividad socialmente rentable y económicamente interesante.

Los ciudadanos españoles lo tienen cada día más claro ante la cita del 20 de noviembre. Rajoy equivale a la misma política que está condenando a Europa al estancamiento económico y el retroceso social. Rubalcaba ha señalado un camino distinto y esperanzador.

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