Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for 23 febrero 2011

Celia Villalobos ha calificado como “tontitas” a las personas que sufren discapacidad intelectual en nuestro país. Lo ha hecho en su condición de diputada y representante de los ciudadanos de España. Lo ha planteado en una reunión formal de la Mesa del Parlamento que promulga las leyes que han de proteger los derechos y libertades de todos los españoles, incluidos aquellos que padecen discapacidad. Y además se ha permitido insultar al Presidente que le recriminaba tal comportamiento.

Se me ocurren reproches de diverso tipo y condición para afear la conducta de esta diputada. Ni siquiera aludiré a su grupo político, porque me parecería injusto extender su mancha entre quienes con seguridad desaprueban tal hecho tanto como puedo hacerlo yo. Sé de muchos diputados, de todos los grupos, que, como yo, conviven familiarmente con personas que en el día de ayer fueron objeto de grave descalificación por parte de Celia Villalobos. Los reproches pueden ir de lo político a lo moral, de lo institucional a lo humano. Pero hoy me limitaré a lo meramente semántico.

Según el diccionario de la Real Academia Española (RAE), el término “tonto” cuenta con varias acepciones. En su célebre intervención parlamentaria, la diputada Villalobos probablemente quiso hacer uso de aquella que alude al “padecimiento de cierta deficiencia mental”. Es exacta. Dura, pero exacta. Injusta, pero exacta. Dolorosa, pero exacta. Dudo que la diputada utilizara semejante palabra para dirigirse a un hijo suyo en situación de discapacidad, si lo tuviera, pero el término es exacto.

Ahora bien, un somero repaso por ese mismo diccionario nos alumbra sobre otras acepciones en el término “tonto”. La Academia también adjudica esta palabra a aquél que actúa “falto o escaso de entendimiento o razón”. ¿Podrían considerarse como faltas de razón aquellas recomendaciones desde el Ministerio de Sanidad para combatir la encefalopatía espongiforme con calditos de hueso porcino? Para muchos, puede que sí.

“Tonto” se equipara asimismo a “absurdo” por parte de la RAE. ¿Y cuántos españoles entenderán como absurdo el comportamiento de aquella diputada que increpaba al conductor “Manolo” con el “¡Venga, coño, joder! ¡No eres más tonto porque no te entrenas!”, según el video que aún bate récords de visionados en Youtube?

Los académicos proponen todavía más acepciones: “actuar desbaratadamente, sin orden ni concierto”, “mostrar petulancia, vanidad o terquedad”, “persona pesada o molesta”. ¿Y no podría entenderse como merecedora de todos estos epítetos la conducta de esa diputada que debe ser llamada con frecuencia al orden desde la Presidencia del Parlamento por no respetar los turnos de intervención, o que aludió en el seno de la dirección de su partido a la ausente Esperanza Aguirre, al parecer, como “esa hija de puta” por atreverse a desafiar al jefe?

Otra posibilidad más en el diccionario: según la Academia, “hacerse el tonto” equivale a “aparentar que no se advierte algo de lo que no le conviene darse por enterado”. ¿Y no viene al pelo esta descripción para calificar aquella larga cambiada que la señora Villalobos dio al juez cuando le preguntó por el reiterado y presunto interés del señor Fabra sobre la agilización de las autorizaciones para comercializar determinados productos sanitarios?

En consecuencia, puestos a establecer un ranking de “tontitos” a partir de las acepciones del diccionario de la Real Academia, la diputada Villalobos gana con mucha ventaja a cualquier persona con discapacidad intelectual, con el agravante de que aquélla practica la “tontería” desde su libre albedrío, mientras que la mayor parte de los discapacitados intelectuales lo son por enfermedad, accidente o disfunción genética ajena a su voluntad.

Aunque bien pensado, para atribuir justamente tal epíteto a la señora Villalobos bastaría con señalar la lamentable falta de sensibilidad que muestra una representante de los ciudadanos, que además ha sido Ministra de Sanidad, contribuyendo a la estigmatización y el desprecio social de aquellos a los que debe especialmente respeto y protección.

La coartada de la “tierra” es más sangrante, si cabe. Mis padres y los padres de mis padres son andaluces. Y jamás les escuché insulto alguno a aquellos que no tienen posibilidad de defenderse.

Anuncios

Read Full Post »

La frase no es mía. Es de Alfonso Guerra. Pero la suscribo plenamente. Primero fueron a por el dinero, y se lo llevaron a manos llenas. Después fueron a por el modelo social que levantamos en Europa al coste de grandes sacrificios, y lo están desmontando pieza a pieza. Y ahora parece que van a por los políticos, pero en realidad van a por la democracia. ¿Lo conseguirán? Si nos dejamos, sí.

Pero, ¿quiénes son? Son los que detentan los grandes intereses parciales del mundo, esos que en demasiadas ocasiones resultan incompatibles con el interés general, incluso con el interés de las mayorías. Son los que ejercen los grandes poderes, esos que compiten y a menudo se imponen sobre el poder democrático. Son los grandes de las finanzas, de las corporaciones industriales, de los conglomerados mediáticos transnacionales…

Sus pulsos son cada vez más osados y más descarados, y los están ganando. Forzaron mantener la desregulación del casino financiero internacional, a pesar del tsunami que aún sufrimos, y lo han conseguido. Exigieron priorizar la reducción del déficit sobre la reactivación de la economía y el empleo, a pesar del coste social, y lo han logrado.

Reclamaron revisar el régimen de prestaciones sociales en Europa, y la revisión se ha tornado en ajuste y en recorte drástico. Pusieron el ojo sobre las cajas de ahorro, y se las van a quedar. Sospecharon de esa apuesta romántica por las energías renovables, y la están diluyendo como un azucarillo. Quisieron quebrar el compromiso antinuclear, y tendrán centrales abiertas hasta que dispongan.

Ahora han situado a los políticos en el centro de la diana. ¿Para qué necesitamos políticos cuando tenemos “profesionales”? Los políticos solo estorban, en la regulación de los mercados, en la gestión de las cajas, en el diseño de las reglas del juego… La política estorba y mancha.

Mejor que manden los “profesionales”. Aquellos podrán esgrimir la legitimidad democrática, pero estos disponen de una legitimidad más moderna, la del mérito y el dinero. De la democracia a la plutocracia o a la aristocracia, del gobierno del demos al gobierno de los mejores y de los que más tienen.

Y si la política está desacreditada, si los debates políticos se entretienen en frivolidades, y si en realidad los políticos mandan poco, porque las decisiones relevantes se adoptan en otros ámbitos, ¿para qué votar? Cuando se prescinde de la democracia, el primer riesgo es el desapego, pero el riesgo a medio plazo es el de la quiebra y el estallido social. No participo de la doctrina Pons, y no plantearé paralelismos forzados, pero puede que los gritos que estamos escuchando en algunas plazas del Mediterráneo sur no tarden mucho en cruzar a la orilla norte.

Respondamos antes de que sea demasiado tarde. Reivindicando la democracia, fortaleciendo la democracia, con una democracia nueva para un tiempo nuevo y un nuevo reto. Si los desafíos traspasan las fronteras de los Estados, si los intereses trascienden los límites nacionales, y si los poderes que buscan imponerse sobre las mayorías son poderes globales, tenemos que ejercer también una democracia global. Con legitimidad global, con programas globales, con instituciones democráticas globales. Para hacer política y para hacer economía conforme a los intereses de todos, y para no resignarnos ante el ejercicio del poder no democrático conforme a los intereses de unos pocos.

Y una democracia global exigirá un socialismo global, con un análisis global y un posicionamiento global. Pero con los valores de siempre.

Read Full Post »

Tenemos mucho que celebrar en la lucha antiterrorista. La sociedad española está venciendo a los violentos con claridad. Los valores democráticos se están imponiendo sobre las pistolas. La estrategia del Gobierno da resultados. La acción de las fuerzas de seguridad del Estado es eficaz. El fin de ETA parece verosímilmente próximo.

También parece razonable tomar nota de algún movimiento en el entorno de los violentos. Con mucha cautela y con mucha prudencia. Estamos escuchando cosas que hasta ahora no decían ¿Hasta qué punto se trata de un posado oportunista? ¿En qué medida se disfrazan con la piel del cordero para colar sus candidaturas electorales? Yo no me fío. Es muy posible que todo forme parte del engaño de siempre, pero es nuestra responsabilidad seguir con atención cada palabra y cada gesto.

Si leemos atentamente las declaraciones de sus nuevos portavoces y la letra de los estatutos de su enésima marca política, las expectativas se difuminan un tanto. Abogan ahora por la “superación” y la “reparación” de “todas las violencias”, cuando nunca antes, como es lógico, se presentaron como “partidarios” violencia alguna. Equiparan implícitamente, además, de forma inaceptable, como siempre, “las violencias” de los suyos y lo que consideran “las violencias” de los otros, es decir, del Estado.

Rechazan “cualquier clase de connivencia política y organizativa con la violencia”, cuando siempre desmintieron vinculación alguna con ETA, a pesar de las evidencia empíricas en contra, y de las sentencias judiciales múltiples que prueban lo contrario.

La clave de la veracidad en el supuesto cambio estratégico en el radicalismo abertzale sigue estando en las palabras del Ministro del Interior. “O ETA se disuelve, o los radicales condenan a ETA” Y ninguna de estas dos condiciones se han dado hasta ahora. Ni ETA ha cerrado, ni su coro habitual se lo ha exigido. Por tanto, lo dicho, sigamos con atención los movimientos, pero yo no me fío.

La decisión sobre la legalidad o la ilegalidad de un partido político o de una candidatura electoral no recae en las instancias políticas, ni siquiera en el Gobierno. La decisión la adoptarán los Tribunales de Justicia, tomando como base algo más que las palabras más o menos sinceras de los portavoces radicales, y algo más que la literalidad de unos estatutos redactados con un fin claramente utilitarista, como lo demuestra la fecha cuasi electoral en la que se han registrado.

Esperemos pues su veredicto. Pero yo celebraré la evitación del riesgo de que los terroristas y sus cómplices ocupen escaño alguno en las mismas instituciones democráticas que pretenden dinamitar.

Mientras tanto merece la pena también desenmascarar algunas conductas de una bajeza insólita. Señalar al Gobierno de España que más éxitos ha logrado en el combate a ETA como sospechoso de connivencia con los terroristas va más allá del error o la mentira. Resulta simplemente miserable. Y demuestra que algunos parecen preferir la vigencia del monstruo antes de su muerte a manos del adversario político.

Read Full Post »

La amenaza del copago sanitario se manifiesta en el debate político español al modo de nuestro río Guadiana, ora en la superficie, ora bajo tierra, pero sin cesar un momento en su recorrido.

La última aparición estelar ha llegado de la mano de todo un Secretario de Estado de Hacienda. “Habrá que considerar el copago sanitario en el futuro”, ha manifestado recientemente en un diario nacional. El desmentido inmediato del mismísimo Presidente del Gobierno no sorprendió, pero sí extraña que nadie haya extraído hasta ahora consecuencias políticas de una contradicción tan señalada.

Estamos en tiempos de reformas, y el loable afán reformista conduce en ocasiones a la perversión más reprobable, confundiendo y trastocando, por ejemplo, los medios y los fines. Aclarémonos. El objetivo es el desarrollo, el progreso y el bienestar de la sociedad. Y uno de los medios útiles para lograrlo es la eficiencia y el equilibrio en las cuentas públicas.

Las perversiones y los problemas llegan cuando alguien invierte la ecuación, es decir, cuando alguien actúa como si el objetivo último de la sociedad española y de sus gobernantes fuera el control del déficit contable y todo lo demás, incluidas las prestaciones públicas para atender las necesidades sociales básicas de la población, debieran ajustarse en función de aquel fin mayor.

Produce hasta pudor tener que remontarse a lo más básico, pero visto lo visto no queda más remedio. Sigamos hablando con claridad, pues. La Constitución que nos hemos dado los españoles obliga a las instituciones, a través de su artículo 43, a proteger “la salud pública a través de las prestaciones y servicios necesarios”. Y tal obligación se sitúa muy por encima de las apreciaciones, de las ensoñaciones o de las empanadas ideológicas de los contables del Estado.

El copago sanitario constituye un torpedo bajo la línea de flotación de nuestro incipiente Estado del Bienestar y del modelo social que nos diferencia de otros ámbitos, donde la ausencia de los derechos más básicos empuja a las poblaciones a la desesperación y la revuelta, como estamos viendo. Ahora que la reforma sanitaria de Obama busca precisamente alcanzar el sistema universal y gratuito que disfrutamos aquí, ¿vamos a retroceder nosotros?

Nadie negará la necesidad de avanzar en la eficiencia del gasto sanitario. Aún hay mucho por hacer para evitar el dispendio ineficiente, pero no de cualquier manera. Las fórmulas de eficiencia a aplicar deben ser compatibles con la universalidad del derecho al servicio sanitario. Que cada cual reciba la atención que necesite, y que cada cual aporte al sistema según su capacidad económica.

José Manuel Freire, reputado médico y gestor sanitario, reciente fichaje de la candidatura de Tomás Gómez a la Comunidad de Madrid, lo ha explicado con solvencia. Las razones que se aducen para aplicar el copago son generalmente dos: el aumento de los ingresos públicos y la limitación en el uso de los servicios.

Pretender incrementar los ingresos del Estado por la vía de gravar específicamente a los enfermos debe considerarse una perversión impropia incluso del contable más insensible. Y buscar una aminoración de las listas de espera sanitaria por la vía de disuadir de acudir al médico a quienes disponen de menos renta adolece también del más mínimo apego a los valores de la solidaridad y la justicia.

Los propios facultativos alertan además del riesgo que puede suponer para la salud de las personas una resistencia a la consulta médica ante cualquier síntoma, a partir de razones económicas. Frente a lo que puedan calcular los contables, la gente no acude a los servicios sanitarios por el gusto de descuadrarles las cuentas. Y deben ser los profesionales de la sanidad, y no los profetas del ajuste, quienes determinen qué síntoma merece un tratamiento y qué síntoma puede administrarse en casa.

Ahora, tras la metedura de pata y el desmentido, han callado. Pero volverán. Como el Guadiana. Y cuando vuelvan, a algunos nos volverán a encontrar enfrente. Que no lo duden.

Read Full Post »