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Archive for 29 enero 2011

Por primera vez en mucho tiempo se ha producido una coincidencia feliz entre el interés general y los intereses particulares de la mayor parte de las fuerzas políticas y sociales. Al país, a su economía, a sus instituciones y a sus ciudadanos les interesa el pacto para afrontar los desafíos colectivos. Y al Gobierno, a los partidos políticos de oposición, a la patronal y a los sindicatos les interesa, circunstancialmente al menos, aparecer ante la opinión pública como partidarios firmes de ese pacto necesario.

De hecho, la conciencia clara del castigo popular a los responsables de la eventual frustración del pacto ha resultado decisiva para propiciar los acuerdos más recientes. Ahora se trata de aprovechar al máximo el impulso “pactista” acometiendo con solvencia el resto de las reformas pendientes.

El pacto social suscrito en torno a pensiones, reforma laboral, políticas activas de empleo y negociación colectiva, constituye una gran noticia, tanto por su materialización como por su contenido. Las ganancias son evidentes en lo concreto, en el fortalecimiento del sistema público de pensiones, en la mejora de la empleabilidad de los parados jóvenes y mayores, en la apuesta por la contratación estable y con derechos.

Y las buenas noticias coadyuvan también en términos de confianza en lo interno y en lo externo. Los españoles confiaremos más ante la perspectiva de una salida de la crisis compatible con la justicia social. Y los ineludibles mercados financiaros recibirán la señal de un nuevo impulso de futuro, eficiente y optimista.

Igualmente merecemos una felicitación colectiva por el acuerdo reciente en torno a la llamada ley Sinde, que cierra un conflicto de alcance económico, político y social, con repercusiones incluso en nuestra imagen ante el resto del mundo. Si bien el texto pactado entre Gobierno, PP y CiU plantea algunas dudas sobre la viabilidad práctica de la fórmula elegida, resulta muy relevante el compromiso inequívoco de la gran mayoría de los representantes de nuestra ciudadanía en la defensa equilibrada de los derechos de creadores e internautas. Con procedimientos un tanto alambicados y con garantías sobre garantías y sobre garantías, pero por fin tendremos cobertura legal para combatir el latrocinio impune sobre la creación y la producción cultural en las redes.

Pero aún quedan otras reformas pendientes, que también precisan de esta súbita propensión general al acuerdo por encima de intereses de parte. Se me ocurren tres urgentes, al menos.

Primero la reforma del sector financiero. Se han dado ya muchos pasos en la dirección de consolidar su estabilidad y solvencia, unos concertados aquí y en Europa, y otros no tanto. Las principales reformas pendientes en este ámbito trascienden la capacidad de decisión de un solo país, sobre todo de un solo país que además está fuertemente endeudado. El establecimiento de un gobierno económico en Europa, que acompañe la unión monetaria con una política fiscal y presupuestaria común, o la fijación de reglas claras en orden a evitar la especulación incontrolada, son algunos de estos cambios que escapan a nuestra voluntad aislada.

No obstante, sí nos corresponde a nosotros solos resolver las dudas que se ciernen, aquí y fuera de aquí, sobre la solidez real de nuestras instituciones financieras. Y nos corresponde a nosotros arbitrar medidas que aseguren la solvencia transparente de estas instituciones, sin renegar necesariamente de una fórmula autóctona, apreciada por su contribución histórica al desarrollo de nuestra sociedad, y de viabilidad demostrada en la mayor parte de los casos, como son las cajas de ahorros. Sin es con pacto, mejor.

También es importante la reforma del sector energético. El último decreto que trata el supuesto déficit de la tarifa eléctrica, y que votamos en el Congreso el miércoles 26, introduce algunas dudas sobre la vigencia de nuestra apuesta estratégica por las energías renovables, y muestra también algún titubeo a la hora de hacer valer el interés general ante el lobby de las grandes compañías eléctricas. Cabe aclarar, mediante pacto, horizontes, objetivos y procedimientos que aporten seguridad a empresas, inversores, consumidores y ciudadanos.

Una reforma más: la eficiencia en las administraciones públicas. Los pescadores en río revuelto, como Aznar, enturbian maliciosamente un debate que debiera resultar tan positivo como lógico. El Estado de las Autonomías ha aportado prosperidad, desarrollo y progreso, con carácter general e innegable. Pero también es innegable la reforma pendiente en orden a asegurar coordinación y cooperación eficiente. No se trata de “recentralizar” el Estado, pero sí es preciso habilitar herramientas para la gestión coherente, austera y eficaz. Porque al socaire de la descentralización y de la autonomía, con demasiada frecuencia se comenten dispendios y desatinos, que en época de vacas gordas pueden camuflarse, pero que en tiempos de crisis resultan tan evidentes como inadmisibles.

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El pacto no es una opción para el país. Se trata de una condición imprescindible para afrontar los graves retos que se ciernen sobre nuestro futuro. En consecuencia, el pacto no es una opción táctica que los distintos interlocutores puedan manejar en función de sus conveniencias particulares.

Resulta difícil anticipar quiénes podrían obtener mayor beneficio político mediante la consecución del pacto que necesita el país. Sin embargo, resulta más que evidente el altísimo coste que habrá de pagar aquel que se presente ante la opinión pública como el responsable de haber frustrado el pacto.

Estamos en un momento crítico. O el pacto se hace ahora o el pacto será imposible durante los próximos dos años, al menos. Y el país no dispone de esos dos años. Más allá del verano próximo estaremos prácticamente en campaña y, gane quien gane, 2012 será un año de digestiones electorales. Por tanto, ahora o nunca.

El pacto tiene un doble valor, por su contenido y por sus implicaciones, dentro y fuera del país. El contenido puede impulsar las reformas que precisa nuestra economía y nuestra sociedad para salir de la crisis y para dar lugar a un nuevo modelo de desarrollo, más vigoroso, más sostenible y más justo. Y el pacto implica también un plus de compromiso colectivo y de confianza en nosotros mismos, factores ambos que resultan claves en cualquier estrategia de recuperación interior y de crédito exterior.

También hay dos condiciones para el pacto. El consenso sobre sus contenidos, y la voluntad estratégica de quienes lo suscriben. Nadie duda de que la primera condición es difícil de cumplir. Pero muchos sospechamos que el obstáculo más importante para el pacto se encuentra en el cálculo egoísta de algunos que aún coquetean con la tentación de intentar obtener ventajas propias del desastre común.

Que se lo quiten de la cabeza. Los ciudadanos están preocupados y atentos. La paciencia se agota ya ante las incapacidades de unos y de otros para acordar soluciones. Pero esos mismos ciudadanos serán implacables ante la más mínima sospecha de que el acuerdo pueda frustrarse a causa de un desmarque injustificado o de un boicot en clave electoralista.

El pacto tiene que ser social y tiene que ser político. Es decir, deben acordar Gobierno, patronal y sindicatos, y deben acordar los partidos políticos con representación parlamentaria. Solo así lo acordado dispondrá de la legitimidad y la fortaleza necesarias para cumplir sus cometidos. Y solo así tendrá credibilidad el mensaje del frente común para superar las dificultades.

¿Puede alcanzarse un acuerdo en materia de pensiones? Entiendo que sí, porque todos los interlocutores sociales y políticos coinciden en lo fundamental, la necesidad de cimentar el vigente modelo público de reparto para que pueda seguir siendo sostenible a medio plazo. A partir de ahí, la flexibilidad, la inteligencia negociadora y el sentido común que se presupone a unos y a otros deberían bastar para coincidir también en las fórmulas que permitan cumplir aquel propósito común. Sin ganadores ni perdedores.

Disquisiciones parecidas pueden desarrollarse acerca de la reforma laboral, de la reforma del sistema financiero o de la reforma del mix energético.

Los ciudadanos ya tienen su veredicto. El acuerdo será difícil, pero es necesario. Y ¡ay! de aquél que falte a su obligación de colaborar para su logro.

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Mi hija padece el Síndrome de Williams. La dolencia tiene su origen en una rara mutación genética que afecta a uno de entre cada 20.000 recién nacidos. El baile de los genes en el cromosoma 7 ocasiona afecciones diversas sobre su fisiología y también sobre su comportamiento.

Los especialistas han establecido tres rasgos específicos y característicos en el comportamiento de los afectados. Primero la “empatía emocional”, o una especial sensibilidad para interesarse y hacerse cargo de los estados emocionales de quienes les rodean. En segundo lugar el “déficit competitivo”, o la tendencia a evitar el conflicto en defensa del interés propio, llegando al gregarismo incluso. Y en tercera instancia una inclinación decidida por la práctica y el disfrute de las artes, singularmente la música. De hecho, en Estados Unidos se le conoce en mayor medida como Síndrome Mozart.

Distintos genetistas, neurólogos y psicólogos suelen utilizar expresiones tales como “proclives al optimismo”, “generadores de entusiasmo” o “partidarios decididos de la felicidad propia y ajena”, para definir los patrones habituales de su actitud vital.

No he podido dejar de relacionar estas consideraciones con el reciente discurso del Presidente Obama con ocasión de la tragedia de Tucson. Ante una opinión pública perpleja y consternada por las consecuencias de los excesos extremistas en el debate político, el mandatario norteamericano supo ejercer el liderazgo que se le requiere para reivindicar “que se escuche al otro con atención”, “que no arrojemos al diferente la culpa de los males del mundo”, “que reforcemos los lazos que nos unen” y “que nos convoquemos al optimismo y a la confianza en nosotros mismos”.

¿De qué relación hablo? Los teóricos de la evolución sostienen con fundamento científico que las mutaciones genéticas constituyen las palancas que utiliza la naturaleza para asegurar la supervivencia de las especies y su constante adaptación al medio. Fue una mutación genética lo que permitió respirar aire a la primera especie que se aventuró fuera del agua. Y fue otra mutación la que hizo crecer alas en el primer animal que ganó movilidad con el vuelo. También fue mutación aquel cambio fisiológico trascendente que permitió al hombre caminar erguido y liberar sus manos para manejar herramientas, o aquella transformación que oscureció la piel de los homínidos más expuestos al sol.

A veces miro a mi hija y me pregunto si la naturaleza (o Dios o quien sea) no estará jugando otra vez al ensayo, al acierto y al error con los códigos genéticos, para salvar al ser humano de su deriva autodestructora.

¿Quién será en consecuencia el discapacitado? Mi hija, con su “empatía emocional” y su “proclividad al optimismo y la felicidad”, o yo, con mi tendencia natural al egoísmo y a la competitividad extrema y agresiva.

Quizás la naturaleza (o Dios o quien sea) nos dio una oportunidad para asegurar por nosotros mismos la supervivencia, la adaptación al medio y el progreso. Y quizás no la hemos aprovechado. Y quizás también la naturaleza haya decidido emprender su propio camino para el cambio.

O quizás me pierde el amor de padre…

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Hubo un tiempo en el que reinaron las ideologías. También hubo un tiempo para los héroes, para los valores, para la moral o para las creencias. El tiempo de hoy es un tiempo de números.

Los números ejercen como identidad, como referencia y como autoridad. Los números mandan. Los españoles hemos soñado estas navidades con el 13 que repartió millones en el barrio madrileño de Ciudad Lineal. Los debates sobre economía han quedado reducidos a previsiones en torno a las cifras de crecimiento del PIB, de la evolución del IBEX 35 o del diferencial con el bono alemán.

El análisis político se circunscribe ya a medir la diferencia en las expectativas de voto que las encuestas ofrecen para PSOE y PP. Si hay algo por discutir se limita a los 67 años de la jubilación (como Alemania), a los 300.000 del ala que quieren seguir cobrando los controladores, o a los 800 asesinatos de ETA.

La serie cinematográfica de mayor éxito basa su trama en 4-8-15-16-23-42. El triunfo de una película o de una canción se mide sobre los oscars, los goyas o los grammys logrados. Y ya no hay más mérito válido para un deportista que superar la marca o el récord de otro deportista, en goles, en canastas o en milésimas de segundo, con o sin transfusión sanguínea. 

Hoy el número es el tótem de nuestra época. Ejerce de progenitor, de inspiración, de deidad. En la sociedad ya no hay explotadores y explotados, ricos y marginados. Ahora hay millonarios, mileuristas y ni-nis, que representan algo parecido al número cero.

En la política ya no parece haber izquierdas ni derechas. Ahora tenemos mayorías y minorías intercambiables, y el juego parlamentario es pura aritmética. Los programas son sucesiones de números asexuados. ¿Y cuál es el objetivo común para todos los programas? El 3. El 3% de déficit. En 2013.

Hasta cuando relatamos nuestros buenos propósitos para el nuevo año adoramos al monstruo. Perder 5 kilos. Hacerme 80 flexiones diarias. Conseguir la TV de 42 pulgadas y la cámara de 6 megapixeles. Que me rebajen la hipoteca hasta el euribor más 1,5, y que me suban la rentabilidad del depósito hasta el 4,2. Que la media de mi hijo en el instituto no baje del 7,5…

Es cierto que de vez en cuando algún número nos estalla en la cara y consigue rescatarnos de la hipnosis numérica cotidiana. A mí me ha ocurrido en este comienzo de año con dos.

Primero fue el 22. He escuchado que hay 22 españoles en lista de espera para donar un riñón a un receptor anónimo. Es decir (esto hay que explicarlo), que 22 personas han decidido arriesgar su salud y su vida para ofrecer salud y vida a un semejante al que ni tan siquiera conocen.

El segundo número que me ha impactado es el 1.190. Es el número de millones de euros que el Royal Bank of Scotland va a repartir entre sus directivos en forma de “bonus”. Es decir (esto también hay que explicarlo), el banco de Escocia, reflotado hace dos años con dinero público, va a distribuir en este año 1.190 millones entre los brokers que obtengan los mejores resultados en operaciones especulativas como las que dieron lugar a la crisis vigente.

Algo parecido me ocurrió con las 980 camas hospitalarias que gestiona Médicos Sin Fronteras en Haití, frente al 90% de los fondos aún pendientes de invertir por los gobiernos del mundo en la ayuda humanitaria a los haitianos.

También me ha pasado con las 3 horas de promedio diario que los voluntarios dedican en los hospitales de Madrid para acompañar a los pacientes en soledad, frente a las 3 horas de promedio diario que los espectadores de Gran Hermano 24h dedican a contemplar a esos personajes incalificables.

Finalmente, en estas vacaciones me han impresionado las 32 páginas de un libro escrito por Stéphane Hessel que a sus 92 años, algunos de ellos en un campo nazi de exterminio, nos insta al desperezo y a la indignación.

Son todas cifras del mismo tiempo y del mismo sistema numérico. Sin embargo parecen sacados de planetas distintos.

Quizás los valores estén gastados. Y puede que escaseen las ideas. Pero debemos esforzarnos para que los números no nos nublen la razón y el ánimo.

Que la exactitud aparente de los números no nos esconda la verdad de las cosas. Que la frialdad de los números no nos haga insensibles ante la alegría o el sufrimiento de las personas. Que la borrachera de los números no nos impida distinguir lo que está bien de lo que está mal. Que el baile de los números no anestesie nuestra capacidad para volver a indignarnos, para soñar y para aspirar a un mundo mejor. Por favor.

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Cierra una cadena televisiva dedicada a la información y el debate público, que ha recibido elogios generales por su calidad y ponderación, al parecer a causa de su “inviabilidad económica”. Y abre en su lugar una cadena dedicada íntegramente a la llamada “tele-realidad”, es decir, a la contemplación cotilla pero rentable de cómo un puñado de holgazanes se despellejan unos a otros de la mañana a la noche sin pudor ni escrúpulo alguno.

Se trata de una metáfora brutal sobre el tiempo que vivimos en este final de 2010. Que puede tener al menos dos lecturas.

La primera es clásica: el dinero manda. Ya lo escribió Quevedo hace cuatro siglos: “Madre, yo al oro me humillo, él es mi amante y mi amado, poderoso caballero es don dinero”. El dinero pone y quita canales. El dinero establece cuánta y qué información recibimos. El dinero escribe la agenda sobre lo que se informa y sobre lo que se opina. El dinero determina qué debates se escuchan y qué debates se callan. Jamás el ser humano dispuso al mismo tiempo de tanta información y de tanta desinformación. Es la paradoja de nuestro tiempo: a mayor información, menos conocimiento.

La segunda lectura tampoco es muy alentadora: el dinero acude donde lo lleva la gente. La publicidad no financiaba la información porque muy pocos la consumían. Y la publicidad financiará el cotilleo porque muchos lo consumirán. El mercado televisivo puede resultarnos deleznable en su rentabilidad social, pero nadie duda de la rentabilidad económica que presta a sus accionistas. Es decir, si los dueños del canal suprimen CNN+ para emitir Gran Hermano 24h es porque los telespectadores prefieren este último producto. Lo cual dice mucho sobre los valores cívicos predominantes.

Ahora bien, en estos días de buenos propósitos para el tiempo nuevo quizás podamos interpretar este hecho como una gran provocación. Propongámonos para el año 2011 estos dos objetivos sencillos. Que el dinero mande menos. Y que los valores cívicos predominantes estén más cerca de la búsqueda del saber que de la mera contemplación hedonista de la holgazanería.

Puede que este sea un buen camino para orillar la vergüenza que muchos padres como yo pasamos en estos días, intentando explicar a nuestros hijos adolescentes por qué la sociedad española desprecia el conocimiento y abraza el cotilleo ruin.

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