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Archive for 25 noviembre 2010

… O la especulación financiera acabará con nosotros.

La economía financiera es un instrumento inventado y puesto en marcha para cumplir una función precisa: facilitar el funcionamiento de la economía real y contribuir al desarrollo de nuestras sociedades. Sin embargo, a día de hoy hemos de constatar que en determinados contextos el instrumento ha evolucionado hasta transformarrse en una espiral puramente especulativa, ha dejado por tanto de cumplir su función original, y de hecho se ha convertido en una grave amenaza para aquellos que lo crearon. ¿A qué esperamos para cambiarlo? ¿De dónde proviene esa coraza invulnerable a cualquier intento de regulación razonable? ¿Por qué nadie se atreve a plantar cara al monstruo?

Porque el monstruo ha tenido muchas caras y muchos nombres, pero una sola naturaleza. Las “hipotecas sub-prime”, los “bonos-basura”, las “pirámides de rendimiento”, las “operaciones al descubierto”, las “apuestas a perdedor”, los “bonus” millonarios y otros productos parecidos provocaron el estallido de la primera burbuja especulativa hace algo más de dos años. Sus consecuencias sobre la economía productiva, el paro y la pérdida de bienestar de los ciudadanos fue, y está siendo aún, más que brutal. Pero en lugar de afrontar las reformas necesarias para impedir nuevas crisis financieras, los gobiernos, los G-X y las instancias internacionales acudieron al rescate del monstruo con el dinero de los impuestos de los ciudadanos. “La alternativa sería aún peor”, nos aseguraban.

El rescate ocasionó lógicos desequilibrios en las cuentas públicas de muchos países. Y paradójicamente tales desequilibrios se han convertido en coartada para una nueva ofensiva del monstruo. La segunda oleada de la especulación financiera está poniendo en jaque las economías de importantes países europeos, socava los cimientos de la moneda común, e imposibilita la recuperación de la actividad imprescindible para crear empleos y paliar el deterioro social sufrido en amplias capas de la población. Existe además conciencia plena de que tras cada uno de los ataques a Grecia, a Irlanda, a Portugal o a quien le toque a continuación, hay siempre un interés espúreo. Es decir, hay quienes están acumulando ganancias multimillonarias a costa de los sacrificios en forma de ajustes que el monstruo exige cada día a gobiernos y poblaciones. ¿Y hasta cuándo vamos a tolerar este castigo injusto?

Las soluciones paliativas que se han ido prescribiendo hasta ahora no han hecho sino engordar al monstruo. De ordinario, cada receta del FMI, de la OCDE, del G-20, de los Bancos Centrales o de los grandes gobiernos, apuntan siempre a satisfacer el ansia glotona de los mercados financieros: a más presión especulativa, más sacrificio, más ajuste, menos gasto, más recortes sociales… Y de extraordinario, el club del euro ha tejido una gran red para el rescate de las economías amenazadas que tan solo está sirviendo para asegurar un beneficio de escándalo a quienes apostaron contra la solvencia de griegos o irlandeses. ¿Nadie se da cuenta de que esto no funciona? ¿De que el monstruo se vuelve cada día más insaciable, más arbitrario y más fuerte?

Quizás parezca exagerado, pero somos muchos los convencidos de que los responsables de algunos movimientos especulativos en las finanzas internacionales están ocasionando más daño objetivo y más inseguridad que determinadas redes terroristas transnacionales. Sin menospreciar en absoluto la aberración de la violencia terrorista, deben constatarse los enormes perjuicios provocados por las tramas de la especulación financiera sobre cientos de millones de seres humanos en forma de desempleo, de pobreza, de exclusión social, de deterioro de servicio básicos, de quiebra de empresas… Y si a nadie se le ocurre confraternizar con aquella serpiente, tampoco parece razonable continuar alimentando a este monstruo.

¿Qué hacer? Desde luego, algo diferente de lo que hemos hecho hasta ahora, porque es evidente que no funciona. Al menos hay dos decisiones por adoptar. Primero, instaurar un poder político de dimensión equiparable al poder que ejercen cada día de facto los agentes del mercado financiero internacional. Si los mercados de finanzas son globales, el poder que los enfrente en defensa del interés general también ha de ser global. Esto supondrá para algunos la decisión dolorosa de prescindir de parte de la soberanía nacional a fin de que, junto a la unión monetaria, algún día podamos contar con una auténtica unión económica, fiscal, presupuestaria… y política. Y segundo: ese mismo día podremos regular eficientemente las condiciones, los procedimientos, los límites y los impuestos a aplicar sobre la economía financiera.

Para que las finanzas vuelvan a ser aquello para lo que fueron inventadas. Para facilitar las relaciones económicas y para favorecer el bienestar de la gente. Sin monstruos.

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Algunas formaciones políticas catalanas parecen competir en estos días por la fórmula más estrambótica con la que llamar la atención de un electorado apático. En lugar de esforzarse por plantear análisis certeros y propuestas razonables, unos y otros protagonizan una deriva irracional que está causando perplejidad y vergüenza en la sociedad catalana. A los habituales argumentarios victimistas y excluyentes del nacionalismo, se unen ahora proclamas abiertamente xenófobas y racistas, en una consonancia preocupante con las corrientes ultraderechistas de Centroeuropa.

Durán, que pasa por ser el líder político nacional con mejor valoración demoscópica, ha alertado sobre los males anejos a la alta tasa de fecundidad de las mujeres inmigrantes. A Durán no le gustan los niños catalanes que nacen de madres no catalanas. No cabe mayor argumento racista que este. Yo nací en Alemania de madre extranjera, y nunca olvidaré los discursos semejantes al de Durán que oía de niño en boca de los herederos del nazismo. Eran los mismos que colocaban letreros con la leyenda “Verbotene Eintragung für Türken und Spaniern” (“Prohibida la entrada a turcos y españoles”) que los niños morenitos leíamos en las puertas de algunos establecimientos alemanes y que nuestros padres españoles no alcanzaban a explicarnos. Nunca pensé que volvería a escuchar mensajes equiparables en mi propio país.

El inefable Puigcercós tardó poco en sumarse a la fiesta con la profundidad de análisis que suele caracterizarle. El dirigente independentista solo sabe afirmar su catalanidad insultando a los no catalanes, y en el difícil esfuerzo de lograr un nuevo titular entre tanta extravagancia ya no tilda a andaluces y extremeños tan solo de indolentes, vagos y aprovechados. Ahora también son defraudadores y delincuentes fiscales. Pero hay más. Ante la lógica indignación de los aludidos, ofreció una nueva vuelta de tuerca al delirio: al parecer estamos ante un “pacto de hierro” entre sevillanos, madrileños y vitorianos para fastidiar a los catalanes. Y todavía se preguntará por qué nadie les toma en serio y por qué su partido se desploma en las encuestas.

El presidenciable Mas no ha querido perder tampoco la estela del ejercicio constante de histrionismo en que se ha convertido la campaña catalana, esgrimiendo el cansino discurso de “la Cataluña ordeñada”, proponiendo “independencia cultural” para los catalanes (como si la cultura no fuera hoy sinónimo de globalidad), y exigiendo un concierto económico en su comunidad equiparable al vasco. La consecuencia directa del cumplimiento de tal propuesta, y su lógica extensión inmediata a las comunidades andaluza, valenciana y madrileña, de entrada, sería la frustración de los principios constitucionales de solidaridad entre las regiones de España y de igualdad entre sus ciudadanos, amén de la inviabilidad inexorable del Estado. ¿Es esto lo que buscan en realidad?

Alicia “Croft” Camacho destila la sutileza propia de la derecha de siempre. Si el mensaje a trasladar es el de “caña a los inmigrantes”, para qué andarse con eufemismos. En consecuencia, el PP catalán ha ideado un video-juego en el que triunfa el jugador que más inmigrantes irregulares “caza”. Lo más dramático es que el formato está ideado especialmente para los más jóvenes. ¿Y es este el bagaje de valores que queremos incorporar a nuestros jóvenes? ¿Así queremos construir una sociedad necesariamente diversa? ¿Invitando a los jóvenes a cazar al extranjero o al diferente?

En esta ensalada de despropósitos, aunque salvando las distancias, debo añadir la publicación del libro “España, capital París”, cuyo autor es un socialista catalán llamado Germá Bel. Imagino que con la intención de aportar racionalidad al convulso debate electoral catalán, a este insigne profesor, de meritoria labor en otros menesteres y en otras ocasiones, solo se le ha ocurrido el intento de legitimar los excesos victimistas del nacionalismo con una teoría delirante sobre el diseño de las infraestructuras españolas.

Bel ilustra a sus lectores incluso con “pruebas históricas irrefutables” que datan de los planes de los mismísimos Reyes Católicos, para “demostrar” poco menos que cada camino, cada carretera y cada línea de ferrocarril que se ha ejecutado en España durante los últimos quinientos años solo ha tenido como intención aislar y perjudicar a Cataluña y a los catalanes. ¡Todo un libro para esto! Y en todo el libro no ha habido espacio para reflejar la verdad meridiana de que Cataluña es, con Madrid, la comunidad española con mejores infraestructuras de transporte, y que, por ejemplo, Cataluña ha sido desde 2004 la región con más inversión ejecutada del Estado. Pero ¿para qué estropear con la verdad una teoría conspirativa tan extraordinaria?

Entre tanta irracionalidad y tanta llamada a la víscera, es cierto que la campaña de Montilla y el PSC está incorporando al debate electoral en Cataluña el nivel de seriedad, rigor y de propuestas positivas que cabe esperar en un contexto de tantos problemas para sus ciudadanos. Espero y confío en que tengan los frutos

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Estos son hoy los principales ingredientes de la política española. Los grandes problemas de nuestro tiempo tienen una formulación global y aparentemente inabarcable para la limitada cocina de la política doméstica. Su solución, también. Mientras tanto, el devenir político cotidiano, los asuntos que preocupan, que ocupan y sobre los que hablamos gobernantes, opositores y tertulianos varios, se centran glotonamente sobre pequeñas miserias locales, de cocina fácil, de sabor adictivo, de consumo rápido, pero de valor nutricional más bien escaso.

¿Quiénes son los responsables? Resulta difícil señalar. La opinión pública obvia lo global por lejano e ignoto, y centra su atención sobre lo cercano aun menos relevante. Los políticos seguimos a pie juntillas a la opinión pública, como lúbrica promesa de votos. Y los periodistas se limitan a alimentar a aquella con lo que pide y a influir sobre estos con lo que puede.

Que si Eguiguren flirteó con Otegui. Que si Gospedal ganó más que yo. Que si Jiménez contradice a Jaúregui. Que si el alcalde de Valladolid desbarra… Y en tanto nos entretenemos con argumentos de tal calado, pasan ante nosotros, sin apenas análisis, ni consideración, ni decisión, las reuniones del G-20 sobre armonización monetaria, los encuentros del Ecofin sobre financiación internacional de la deuda, las cumbres sobre el cambio climático, los informes de Naciones Unidas sobre desarrollo humano…

Mientras nuestros todopoderosos barones territoriales se desgañitan contra la fusión de cajas, defendiendo el chiringuito financiero del terruño, el sistema de las finanzas internacionales cabalga desbocado, sin bridas que lo sujeten a la economía real, y con la previsión cada día más cierta de despeñarse, de nuevo.

A la vez que aquí nos plantamos contra la deslocalización de nuestra pequeña factoría textil o nuestra planta automovilística, la guerra de las divisas, en ausencia de una política monetaria armonizada, arrasa con cualquier intento de racionalizar los ámbitos de producción, de comercialización y de consumo.

En tanto todos los interlocutores sociales y políticos nos arrojamos los trastos a cuenta de los ajustes en las políticas sociales de nuestras pequeñas administraciones, todos dan por perdida ya la batalla en pos de una fiscalidad común, viable, suficiente, progresiva, en el mundo desarrollado, o en Europa al menos, para asegurar la financiación pública de un modo de vida digno.

Seguimos espetándonos a la cara los niveles de contaminación que sufren ciudades y ciudadanos, según gobernemos u opositemos, pero renunciamos a participar y a incidir sobre los grandes ámbitos de decisión en los que se está dilucidando el equilibrio posible entre desarrollo, sostenibilidad y cambio climático.

Algunos juegan a exacerbar los bajos instintos en el miedo al foráneo para recolectar unos pocos votos sucios, y sin embargo apenas aparecen en los debates electorales los análisis y las propuestas sobre la gestión de las migraciones internacionales o los planes para el desarrollo de las grandes áreas que expulsan población.

Un último ejemplo de nuestra visión un tanto desenfocada sobre la realidad que nos circunda y nos importa. El País publicó recientemente una extensa y rica entrevista a Felipe González. Muchos, cortos de vista, no consiguen apartar la vista de la X. Espero que hayan sido muchos más los que alcanzaran a ver, y a pensar, otros pasajes: “El ámbito de realización de la soberanía es el Estado nación, pero el ámbito de realización de las finanzas es el planeta.” “Las elecciones no se ganan por cómo se afronten los desafíos globales, sino por las miserias locales”. “Yo solo conozco a cuatro o seis políticos con cabeza global”. Nosotros tenemos la suerte de conocerle a él.

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El conjunto de los españoles nos dispusimos durante semanas para acoger la nueva “visita pastoral” del “Papa” de Roma a nuestro país. Unos con alborozo. La gran mayoría del resto, con respeto.

Las entidades católicas desplegaron por doquier un proselitismo entusiasta y lógico. Las instituciones públicas, de todos los colores políticos, colaboraron lealmente en la organización del evento, sin reparar en gastos. Los medios de comunicación subrayaron la notoriedad del recorrido “papal”.

Todos en España cumplieron razonablemente con su papel. Pero Ratzinger comenzó a ofendernos antes de aterrizar en nuestra tierra, y siguió ofendiéndonos hasta el momento su despegue. Muchos no acabamos de entender la razón.

Sus manifestaciones sobre la “realización” de la mujer en el hogar destilan machismo trasnochado. Sus alusiones al matrimonio “natural” entre hombre y mujer rezuman intolerancia homófoba. Su condena explícita a la “legislación” sobre el aborto que han aprobado los representantes legítimos del pueblo español puede ser considerada una intromisión inaceptable, bien de un jefe de Estado extranjero, o bien del jefe de una confesión religiosa en un Estado aconfesional

Pero, a fin de cuentas, todos estos planteamientos, aún siendo cuestionables, se realizaron en el marco de una liturgia religiosa. Tales palabras pudieron ofender en mayor medida a quienes libremente, algún ministro incluido, decidieron acudir a misa.

Las alusiones de Ratzinger al “laicismo agresivo” y las referencias históricas a la España de los años 30 no se hicieron en misa, sino en el avión que le traía a nuestro país y en presencia de periodistas de todo el mundo.

No puede hablarse de un “comentario casual a una pregunta improvisada”, porque todos sabemos que los encuentros del “Papa” con la prensa, incluidos los encuentros de “a bordo” están sometidos a un protocolo estricto, y las preguntas de los periodistas han de anticiparse con varios días de plazo. No hubo improvisación. Ni hubo ignorancia, porque el aludido no es hombre precisamente ignorante.

Hubo pues voluntad de decir lo que se dijo. Hubo voluntad de ofender. ¿La razón? Difícil de entender. Puede que el revanchismo ante una sociedad que madura y se seculariza. Puede que la impotencia ante una ciudadanía que se libera de viejos atavismos y dogmas. Puede que el intento de explotar una polémica para evitar titulares alusivos a los casos de pederastia en la Iglesia…

Pero no, señor Ratzinger. Los españoles no nos merecemos esta ofensa. La España de hoy respeta y defiende la libertad religiosa. La España de hoy contribuye especialmente al ejercicio del culto católico. Algunos consideramos que demasiado, incluso. Y la España de hoy defiende el carácter radicalmente aconfesional de su Estado, como una conquista indeclinable. Piense lo que piense este “Papa”, o cualquier otro.

Ha habido ofensa, sí. Pero no esperamos disculpas. Porque aún está pendiente el perdón por cuarenta años de nacional-catolicismo y de paseos del dictador bajo palio, cual santísimo sacramento…

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Se veía venir. Más del 90% de la música que se consume procede de descargas piratas. Lo mismo ocurre ya con las tres cuartas partes del consumo de cine y con más de la mitad de los videojuegos. Ahora le toca al libro. Los libros “pirateados” en la red han pasado del 20 al 35% entre el último semestre de 2009 y el primer semestre de 2010, según datos de la consultora IDC para la Coalición de Creadores. Si no se gobierna razonablemente este proceso, estaremos poniendo en riesgo no solo la importante industria del libro, sino también el rico mundo de creadores y editores que sustenta buena parte de la vida cultural en nuestro país.

Los avances tecnológicos constituyen una conquista inexorable para el desarrollo social y económico, con implicaciones muy positivas para la propia cultura. Los nuevos soportes digitales, como los iPad, los iPhone o los libros electrónicos, además del funcionamiento mágico de Internet, abren un mundo de posibilidades extraordinarias para autores, editores y lectores. Las capacidades de conectividad, de almacenamiento y de tratamiento de textos en estos soportes les proporcionan un atractivo irresistible para un número cada vez mayor de personas.

El objetivo a lograr ahora consiste en aprovechar todas estas ventajas tecnológicas sin ocasionar perjuicios graves para quienes trabajan cada día en la creación y producción de los contenidos culturales. La idea falsa del “gratis total” que ya se ha generalizado en relación a la música y el cine, podría poner en jaque una actividad, la del libro en España, de la que depende buena parte de nuestro producto interior, de nuestra industria, de nuestras exportaciones, de nuestro empleo… Amén de la panoplia de profesores, de investigadores, de periodistas, de artistas, que aspiran a seguir viviendo de su trabajo, aunque sea modestamente.

Urge un acuerdo entre los representantes de los intereses en liza, los operadores tecnológicos, los “buscadores”, los creadores de contenidos y los propios usuarios fundamentalmente. La industria tecnológica debe promover modelos de negocio en Internet que sean compatibles con el respeto a los derechos de autor. Y el mundo de la creación cultural ha de acomodar sus dinámicas y sus precios a las condiciones de la nueva era digital.

Unos y otros tendrán que hacer esfuerzos, porque a unos y a otros les va mucho en el asunto. O los “digitales” colaboran en la protección razonable de los derechos de autor o pronto no tendrán contenidos que vender en sus fantásticos canales de comunicación. O los “creadores” se adaptan a las demandas de la red o la realidad les pasará por encima como una locomotora. Por ejemplo, no es razonable que algunas editoras se empeñen en vender libros en la red a un precio similar al del papel, entre otras razones porque los costes de producción y distribución no son evidentemente los mismos.

El proyecto de Ley de Economía Sostenible que se está debatiendo en el Congreso incorpora un instrumento que puede ser útil para este propósito. Esta Ley crea una Comisión de Propiedad Intelectual con capacidad para identificar y bloquear las webs que distribuyen productos piratas con ánimo de lucho, siempre con autorización judicial. El desarrollo reglamentario de esta disposición puede ser una buena oportunidad para concretar ese esfuerzo de concertación que la sociedad española reclama a creadores y operadores tecnológicos.

El matrimonio entre el mundo digital y el mundo del libro no tiene por qué constituir una amenaza para nadie, sino una gran oportunidad para el desarrollo mutuo.

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