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Archive for 29 octubre 2010

La estrategia que los gurús electorales del PP han recomendado a Rajoy para ganar las elecciones parece emular la publicidad de esos “productos milagro” que prometen perder kilos con “mínimo esfuerzo y máximo rendimiento”. Y han encontrado un ejemplo cercano, reciente y exitoso en el premier británico David Cameron.

Como hemos podido comprobar durante el último año y medio, la doctrina Cameron consta de tres pasos. El primero consiste en subirse a lomos de la crisis económica, enfatizar su gravedad, minar la autoconfianza del país y obstaculizar cuantas medidas adopte el Gobierno para procurar la recuperación. El segundo paso trata de negar cualquier propuesta constructiva, esconder el programa propio y adjudicar en exclusiva a quien gobierna todo el coste electoral que conlleva adoptar decisiones inexorables y difíciles.

La tercera parte de la saga Cameron acabamos de conocerla. Una vez en el poder, el programa escondido se convierte en receta obligada por la “lamentable herencia recibida”. Las inconcreciones exasperantes del ayer se transforman hoy en duras medidas de castigo para los sectores más vulnerables de la población: recortes sociales drásticos, despidos masivos en el sector público y privatizaciones a la carta.

Los dos primeros pasos de esta estrategia se están cumpliendo a rajatabla por parte del PP. La consecución del tercero y definitivo dependerá de la capacidad del Gobierno para poner en valor su tarea en favor del interés general, de la habilidad del partido socialista para denunciar el afán irresponsable de la derecha por el poder, y finalmente de la decisión de los ciudadanos en su reparto de premios y castigos.

En este contexto, algunas de las decisiones adoptadas por la dirección del PP durante los últimos meses traspasan claramente los límites que la práctica democrática atribuye a la tarea de oposición en los países más avanzados de nuestro entorno. Rajoy y su equipo no se han limitado a criticar las medidas del gobierno sin ofrecer alternativa, lo cual podría ser legítimo aunque censurable. El aspirante popular, además, ha procurado fehacientemente el fracaso del gobierno en la aplicación de algunas decisiones de importancia dramática para la estabilidad económica del país.

El día 12 de mayo pasado, el PP movilizó toda su capacidad de presión y convicción para procurar que ningún grupo parlamentario respaldara en el Congreso el paquete de medidas de ajuste que nos reclamaban los socios europeos y los mercados que financian nuestra deuda para evitar un desplome a la “griega”. Las consecuencias de un voto negativo en aquella sesión hubiera supuesto un desastre para el gobierno, sí, pero especialmente para el crédito de España y para las perspectivas de sus ciudadanos de superar los peores efectos de la crisis.

Algo parecido hizo el PP el pasado día 20 de septiembre, cuando recriminó con gran dureza a los nacionalistas vascos y canarios su voto positivo a los presupuestos generales del Estado. Poco importó a Rajoy y a sus gurús de campaña que tales presupuestos resultaran vitales para confirmar los signos de recuperación económica que muestran todos los indicadores. España no puede permitirse iniciar el ejercicio 2011 sin presupuestos y con un vacío esterilizante de poder hasta la convocatoria de elecciones. El PP lo sabe, pero su ansia por ocupar la Moncloa anula cualquier tentación de colaboración responsable.

El presidente del PP ha decidido sestear hasta los comicios generales, sean estos cuando sean. Que trabajen ellos, parece decir cada mañana. Mientras tanto, los ciudadanos siguen ignorando cuáles son las medidas que la derecha aplicaría para hacer frente al paro y a las dificultades económicas. No les gusta el plan de reducción del déficit del Gobierno, pero ¿cómo lo harían ellos?. No les vale la reforma del mercado laboral planteada, pero ¿qué reforma plantearían ellos? No comparten las nuevas propuestas para el sistema de pensiones, pero ¿cuáles son sus alternativas?

Con todo esto, posiblemente el reproche más duro que pueda adjudicarse al comportamiento de la derecha tenga que ver con el factor confianza. En otras naciones, la oposición ha entendido que la autoconfianza del país, de sus empresarios, de sus emprendedores, de sus trabajadores, constituye una palanca crucial para estimular la reactivación económica. Por eso ha excluido de la controversia política aquellas materias y decisiones que pudieran afectar negativamente a esa clave estratégica. Aquí no. Aquí vale todo para desgastar al gobierno y alcanzar el poder. Por eso el discurso del PP constituye una llamada constante al desánimo y a la desconfianza en las capacidades de la nación para salir adelante.

Lo bueno del ejemplo Cameron es que sus enseñanzas sirven al PP en un sentido, y a los demás en el sentido contrario. Para prevenirlo.

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En solo 24 horas, Zapatero ha retomado la iniciativa y le ha dado un giro brusco a la situación política. Lo que ayer parecía un Gobierno superado por los acontecimientos y de brazos caídos, hoy aparece como un equipo reforzado y con expectativas renovadas.

La aprobación de los presupuestos para 2011 y el acuerdo de legislatura con las minorías vasca y canaria han aportado estabilidad parlamentaria y garantía de vigencia hasta el fin del mandato. Y el cambio de gobierno representa más vigor político y mejor proyección pública.

Zapatero, por tanto, ha hecho los deberes para que su política se aplique mejor y se explique mejor. Ahora bien, esos “guiños” a la izquierda social y política que interpretan muchos análisis, ¿representan también el anuncio de un viraje socialdemócrata en el contenido de tal política?

La renovación del equipo ministerial ha restado repercusión al importantísimo acuerdo presupuestario suscrito con PNV y CC. Los de 2011 son unos presupuestos muy difíciles, que incluyen medidas de fuerte impacto social, y su aprobación constituye un éxito innegable. Además, el compromiso de estabilidad alcanzado con estos grupos acaba con la zozobra de la “geometría variable” y evita al gobierno la sensación de vivir siempre al borde del abismo. ¿Que el pacto tiene un precio? ¿Y qué pacto no lo tiene? Este es el día a día de cualquier democracia parlamentaria.

Por su parte, la llegada de Rubalcaba a la vicepresidencia política, el reforzamiento de Blanco en el Gobierno y en el partido, y el fichaje de un todoterreno como Jaúregui, suponen incorporar en muy buena medida capacidad de elaboración estratégica, de acción política coordinada y de pedagogía pública, precisamente las tres facetas por las que el equipo de Zapatero había recibido reproches más constantes en los últimos tiempos.

Hay quienes buscan señales en clave sucesoria en todo este movimiento. Sin embargo, como suele ocurrir, la interpretación más sencilla es también la más probable. Zapatero ha querido simplemente aportar más y mejores herramientas a su gobierno para afrontar con garantías los retos del país y los retos propios, porque unos y otros pasan, sobre todo, por superar la crisis, recuperar actividad económica, generar empleo y modernizar nuestro modelo productivo.

¿Y qué hay del viraje a la izquierda? ¿Qué cabe inferir de la llegada a Trabajo de un “amigo” de los sindicatos y de la incorporación de un referente progresista como Rosa Aguilar? Si los guiños son solo guiños, su efectividad será efímera. Si los guiños, por el contrario, responden a una voluntad decidida para enfatizar las claves socialdemócratas en el conjunto de la acción de gobierno, aún siendo conscientes de lo estrecho de los márgenes que permite el contexto económico global, podría consolidarse una recuperación seria de la confianza por parte de la base electoral del PSOE.

Si todos los analistas coinciden en que lo peor de la crisis ya ha pasado y que se han superado los peores riesgos de descrédito en los mercados financieros internacionales, puede que sea tiempo ya de aplicar un programa de gobierno que acompañe la recuperación económica prevista con mayores estímulos a la demanda, con una regulación del mercado laboral más garantista de los derechos de los trabajadores, con una consolidación de las políticas de bienestar social, con una apuesta por la sostenibilidad social y ecológica en los cambios sobre el modelo productivo…

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Los analistas de la economía establecieron hace tiempo la máxima de que los estados de ánimo determinan el funcionamiento de los mercados. A mayor confianza entre emprendedores y consumidores, mayor actividad y mayor cotización. La asimilación creciente que se viene produciendo entre política y economía también afecta a esta realidad. De hecho, en la actualidad los estados emocionales colectivos varían con facilidad, e influyen decisivamente en el comportamiento de los actores políticos, los representantes y los representados.

La derecha mantiene cierta ventaja en este contexto, porque las motivaciones de sus agentes y la relación entre electores y elegidos tiene más que ver con los intereses que con los valores. No es que la derecha carezca de principios, pero es algo comúnmente aceptado que el pragmatismo en su administración cotidiana suele ser mayor. La izquierda, sin embargo, es ciclotímica por definición. El motor de su discurso y de su praxis está conformado por una amalgama de valores irrenunciables, de actitudes morales insoslayables y de compromisos inquebrantables. Y la más mínima flaqueza en cualquiera de estas exigencias deviene en autocrítica y desánimo.

Cuando las banderas ondean sin mácula en lo más alto del mástil, la izquierda se muestra pletórica, henchida de emoción positiva y capaz de todo. Cuando la coyuntura o las obligaciones derivadas de un contexto determinado aconsejan un pequeño paso atrás o cierta concesión al posibilismo pragmático, el drama está servido. Por eso suele mantenerse que la izquierda es más feliz en la oposición que el gobierno. Y puede que sea más feliz, pero desde luego no es más útil.

En estos días de gestión traumática de la crisis, buena parte de la izquierda española deambula entre la incomprensión, la decepción, la resignación y cierta propensión al martirio. Unos no entienden lo que nos pasa, otros lo entienden y se deprimen, algunos bajan los brazos ante lo inevitable, y hasta hay quienes se muestran dispuestos al martirologio en nombre del interés general, “me pase lo que me pase”. Pero no es desde la autocompasión, la inacción o el “haraquiri” como se sirve a los objetivos de la izquierda, que siguen siendo los más loables y los más identificables con el interés general.

Precisamente en estos momentos de especial dificultad, el país necesita más que nunca de una izquierda en pie, activa, en forma, con las ideas claras y con una motivación a la altura de los retos extraordinarios que tenemos por delante. Si no hemos explicado bien las razones de algunas medidas, expliquémonos mejor. Si es preciso revisar planes y acomodar propuestas porque se nos ha ido la mano “posibilista”, hagámoslo ya, con determinación y sin complejos. Si es necesario hacer cambios en los equipos para ganar impulso político, cuanto antes mejor.

El socialismo gobernante ha podido cometer errores, graves y pequeños, estratégicos y tácticos. Pero si esto es cierto, también lo es que la derecha no dispone ni de la capacidad ni de la voluntad para corregirlos. Solo el socialismo gobernante puede pilotar la salida de la crisis, asegurando unas condiciones mínimas de equidad y de justicia social. La derecha quiere el gobierno para otras cosas.

Por lo tanto, más le vale a la izquierda española recuperar un estado de ánimo compatible con el cumplimiento de sus muchas responsabilidades. Ponferrada ha sido un buen comienzo…

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En la doctrina económica clásica, los mercados establecían los precios de productos y servicios. Desde hace algún tiempo, además, los mercados, sobre todo los mercados financieros, determinan el grado de solvencia y estabilidad de las economías nacionales e internacionales. Y últimamente incluso amenazan, coartan y condicionan cualquier iniciativa política en relación a la fiscalidad, al gasto público, los modelos de bienestar social o la regulación de la propia actividad económica.

El miedo a los mercados resulta paralizante tanto para gobiernos de derechas como para gobiernos de izquierdas. Nadie se atreve a distanciarse un milímetro de los análisis y las recetas de la ortodoxia mercantil, a pesar de que todos sabemos que tales fórmulas se encuentran en el origen mismo de la crisis brutal que ha puesto patas arriba el sistema económico mundial y que ha ocasionado un coste extraordinario en términos de desempleo y precariedad social. La posibilidad de recibir un castigo por parte de las agencias de calificación o en los índices de cotización provoca pesadillas entre los responsables de las economías nacionales.

En este contexto, cualquier iniciativa en el sentido de racionalizar los tiempos previstos para reducir déficits, para mantener niveles de gasto público compatibles con el estímulo a la demanda, para asegurar una fiscalidad europea homogénea y progresiva, para impulsar instrumentos de banca pública, o para fijar alguna regulación útil en la selva financiera, es recibida con auténtico pavor por quienes temen despertar a la “bestia” a la menor veleidad heterodoxa.

De hecho, la definición de los modelos de bienestar social en toda Europa está siendo objeto en estos momentos de una clara ofensiva desde los gurús de los mercados. El propósito es el de reducir el peso del Estado y en consecuencia los derechos sociales de los ciudadanos, con la consiguiente ganancia fiscal para quienes no cesan de acumular ganancias en el lucrativo negocio financiero.

Pero los “mercados” y sus “gurús” no son meros analistas desinteresados que exponen sus tesis con ánimo de favorecer el interés general. No, los “mercados” que determinan las políticas económicas hoy en todo el mundo responden a unos pocos nombres comerciales y a unos pocos apellidos perfectamente identificables. Son los mismos que se enriquecieron engordando la burbuja financiera, los mismos que llamaron al “paréntesis en la economía de mercado” cuando la burbuja estalló, los mismos que reclamaron dinero de los impuestos de los ciudadanos para recomponer el sistema destrozado, y los mismos que ahora enarbolan sus recetas fracasadas como martillos de herejes frente a cualquier proyecto que busque algo de racionalidad, algo de equidad y algo de justicia en este panorama. Para seguir enriqueciéndose a costa del interés general.

Puede entenderse perfectamente el vértigo al que ha de enfrentarse cualquier responsable económico cuando los mercados financieros enseñan los dientes y exigen su tributo injusto. Y también puede entenderse que esos responsables económicos, los más progresistas incluso, dispongan de un margen escaso o nulo para desviarse del camino que marcan los “gurús” del interés propio. Pero a veces se echa de menos un poco de liderazgo y de coraje en la socialdemocracia europea para plantar cara y para defender lo que nos corresponde.

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La Comisión Noruega del Nobel y la Academia Sueca han abierto un resquicio de luz y esperanza en esa tupida red de intereses e hipocresías que domina la conciencia global.

Liu Xiaobo personifica la vergüenza de una comunidad internacional cómplice del atropello a los derechos humanos más elementales en el socio comercial y banquero favorito de los grandes campeones de la democracia en el mundo. Podemos imaginar las presiones brutales que los noruegos han recibido para evitar este justo bochorno al régimen chino y a quienes cada día cierran los ojos de los principios y abren la mano de los intereses.

Mario Vargas Llosa representa el pensamiento crítico y libérrimo, con el que podemos estar en desacuerdo, pero al que hay que reconocer razón, coraje y compromiso. Es de derechas, sí. Abanderado de un liberalismo asumible en su defensa radical de los derechos del individuo, que resulta un tanto miope ante la injusticia de las desigualdades sociales. Su talento en el uso de nuestra lengua es prodigioso. Su capacidad para evocar paisajes, emociones y aventuras es propia de los más grandes de la literatura universal. Ningún prejuicio mezquino debería haberle privado hasta ahora del reconicimiento del Nobel.

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En democracia, la mayoría otorga y quita razones. La mayoría de los socialistas madrileños ha decidido que Tomás Gómez es el mejor candidato a la presidencia de la Comunidad de Madrid. Y no hay más que hablar. Roma locuta, causa finita.

El desarrollo de estas elecciones primarias ha proporcionado al Partido Socialista de Madrid una ventaja significativa en términos de atención generalizada y de movilización de afectos. Por tanto, más allá del resultado de las urnas, la satisfacción por el saldo positivo del proceso es unánime.

El secretario general del partido en Madrid, ahora ya también candidato, ha adquirido una notoriedad y una proyección positiva que, sin duda, redundará beneficiosamente en la articulación de la alternativa progresista y en la campaña que desembocará en las elecciones decisivas del próximo mes de mayo.

Es de justicia también subrayar el comportamiento notable de Trinidad Jiménez, a lo largo de la campaña interna y en el momento de reconocer el triunfo y de ponerse a disposición de su adversario. Como el ganador ha dejado dicho, la ministra constituye un activo de presente y de futuro para el socialismo madrileño.

Como era previsible, fuera cual fuera el resultado, la derecha se aplica en convertir este ejercicio limpio de democracia en un nuevo intento de desgaste del gobierno y de su presidente. Sin embargo, tras la espuma de tanto análisis interesado, lo que queda es el contraste entre un partido que proporciona a sus candidatos el valor añadido de la legitimidad democrática, y otro partido que niega a sus propios militantes tanto la voz como el voto en estas cuestiones.

Todos los socialistas, los que votamos en un sentido o en otro, estamos llamados ahora a trabajar como uno solo para que el PSM-PSOE, con su candidato a la cabeza, obtenga la confianza mayoritaria de los ciudadanos a fin de cumplir el mayor de los propósitos comunes: ganar Madrid para el progreso.

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