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Archive for 30 julio 2009

ETA SERTodavía hay ilusos que atribuyen alguna motivación política a los atentados de ETA. Que si son independentistas, que si son abertzales, que si son anti-capitalistas… Pero ¿qué motivación política puede haber detrás de una bomba de 200 kilos frente a un edificio donde duermen 40 niños? ¿Qué argumento racional puede legitimarse con el asesinato cobarde de dos chavales que recién comenzaban su vida? No. La política es una actividad noble y lo de ETA no tiene nada que ver con la política. Lo suyo es una simple mafia asesina.

Aún hay quienes buscan explicar los crímenes de ETA en clave estratégica. Que si pretenden forzar un nuevo diálogo con el Gobierno, que si intentan insuflar ánimos a sus bases, que si quieren acabar con la contestación de algunos colectivos de presos… No. Ni estrategia ni táctica. La única intención de la mafia asesina es el amedrentamiento. Su objetivo no es otro que el de atemorizar a la población para hacer viable el chantaje y la extorsión.

Los etarras son simples mafiosos, delincuentes comunes que se han acostumbrado a vivir sin trabajar, y que quieren mantener el mayor tiempo posible su estatus de matones. Para seguir cobrando a los pequeños empresarios vascos por su “protección”, para seguir haciendo caja con su “impuesto revolucionario”, tienen que provocar miedo. Esta es la única explicación para sus crímenes. Una simple mafia de matones, chantajistas y asesinos.

Y a los delincuentes hay que perseguirlos, capturarlos, enjuiciarlos y encarcelarlos. En eso estamos. Con unidad, con determinación, sin descanso. Que lo tengan muy claro. Solo hay un futuro para la mafia: pudrirse en la cárcel.

(Imagen cedida por un testigo a la cadena SER)

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bandera_eeuuNo creo en los taumaturgos, pero aún confío en el hombre con buenas ideas y con coraje para hacerlas realidad. Las expectativas que despertó la elección de Obama fueron desmesuradas, por eso es lógico que cunda cierta decepción. Sin embargo, sus primeros pasos, tanto en los hechos como en las actitudes, merecen el respaldo de sus conciudadanos y del resto de la comunidad global.

Hay mucho por pedir al líder de la superpotencia que condiciona inevitablemente las reglas del juego político, económico, social y cultural en el planeta. Un mundo más seguro, merced al diálogo y al entendimiento. Un mundo más justo, gracias a la apuesta por la democracia y los derechos humanos. Un mundo más próspero y con más bienestar, en virtud de un modelo de crecimiento basado en el emprendimiento, la innovación y la justicia social, en lugar de la avaricia y la ley de la selva….

Estas peticiones se le hacen a Obama cada día en cada rincón del mundo. Pero hay una exigencia implícita, que los principales actores de esa comunidad global no se atreven a explicitar, y que resulta fundamental. Quizás la más importante. Obama debe parar los pies a ese conglomerado militar-energético-financiero que ha dominado los resortes de poder en EE.UU. durante décadas, que ha manejado como una marioneta a Bush durante ocho años, y que ha provocado gravísimos quebraderos de cabeza en los cinco continentes . Para defender sus intereses, este conglomerado ha guiado la política geoestratégica norteamericana por el camino de la confrontación, ha alimentado el casino infame de Wall Street que nos ha llevado a la mayor depresión desde 1929, ha ignorado la amenaza del cambio climático…

Los primeros pasos de Obama, insisto, son prudentes pero van inequívocamente en la buena dirección. Es evidente que mide las consecuencias de cada una de sus decisiones, para que la ambición excesiva no malogre los buenos propósitos. En esta clave hay que interpretar el sorprendente mantenimiento de Robert Gates en la cartera de Defensa. Hay quien sostiene que ese es el peaje que ha pagado para que no acaben asesinándole. Antecedentes existen en la historia americana para respaldar esta tesis aparentemente irracional.

El proyecto de avanzar hacia la universalización de la prestación sanitaria constituye un pulso claro frente a los intereses del conglomerado fáctico. En relación a su PIB, EE.UU. dedica a la sanidad el doble de recursos que Europa, sin embargo la calidad del servicio es peor y cerca de 50 millones de seres humanos carecen de cobertura. La necesidad del cambio hacia un modelo de cobertura universal con garantía pública es más que evidente. Pero con este proyecto peligra el negocio del conglomerado. Y el conglomerado ejerce una gran influencia sobre senadores y congresistas, conservadores y demócratas. De hecho, muchas de sus campañas han sido financiadas con dinero de las aseguradoras sanitarias privadas.

Obama lo tiene difícil. Pero este es un pulso vital para su credibilidad. Para la credibilidad del cambio que representa. Una vez planteado no puede echarse atrás. Y, en la medida de nuestras posibilidades, todos deberíamos empujar para que Obama gane el pulso. Se la juega él, se las juegan los millones de americanos sin atención sanitaria, y nos la jugamos todos. Yes, we can. Ahora más que nunca.

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Tenía que llegar. Era inevitable. El Gobierno canadiense ha sido el pionero. Pero habrá más. Una nueva era en la acción de gobernar: el gobierno “a la carta”. ¿Tenemos una decisión que adoptar? Se hace una encuesta o se abre una página en internet. La mayoría opina y el Gobierno actúa en consecuencia. Así de fácil. Se acabaron las ideologías. Los programas electorales son anacronismos a extinguir. Los Gobiernos no deben planificar más allá del análisis depurado y actualizado sobre lo que desea la “opinión pública” en cada momento.

El Gobierno de Canadá estaba escaldado. Su último proyecto de ley para asegurar el respeto a la propiedad intelectual tuvo una gran contestación en la red. Unas cuantas asociaciones bien organizadas y bien “engrasadas” con dinero tecnológico le plantearon un pulso. Las motivaciones del Gobierno para proteger la industria cultural eran razonables. Las medidas eran sensatas. Pero ya no hay Gobierno que aguante una presión mediática, aunque sea una presión evidentemente minoritaria, interesada e injusta.

Con el nuevo proyecto no quieren arriesgarse. Ahora han abierto una web “para que entre todos decidamos qué normas hay que aplicar”. Lo que decida la mayoría. Aunque esa “mayoría” de opinadores sea en realidad una minoría social, en buena medida orquestada y manipulada por quienes procuran la debilidad en la protección de los contenidos culturales para lucrarse con su uso y distribución. Aunque se esté robando al creador el fruto de su ingenio y de su trabajo. Aunque se esté hipotecando la creación cultural de hoy y de mañana.

Y a partir de ahora, ¿qué? ¿Por qué no preguntamos en una web a los contribuyentes cuántos impuestos quieren pagar? ¿Por qué no hacemos una encuesta entre los empresarios para saber cuántas cotizaciones sociales deben satisfacer? ¿Por qué no abrimos una web tras cada asesinato para saber si hemos de modificar el código penal e introducir la pena de muerte? ¿Qué opinará la “opinión pública” sobre la presencia de inmigrantes cada vez que se hacen públicos los datos de aumento del paro?

Claro que es útil conocer el estado de opinión en cada momento ante cuestiones importantes. Y claro que debe gobernarse atendiendo con carácter general a las ideas y a la sensibilidad de las mayorías. La democracia representativa y los sistemas electorales se encargan de hacer valer tales criterios. Pero gobernar consiste en algo más que el seguidismo táctico de los estados de opinión. La llamada “opinión pública” es cambiante e influenciable por contextos conyunturales, por estallidos emocionales y por información deficiente. El Gobierno debe sobreponerse a la presión del momento, al pulso interesado, al agobio del telediario.

Corresponde al gobernante trazar un rumbo conforme a un horizonte colectivo, conforme a unas ideas claras, conforme a un programa  respaldado en unas elecciones, conforme a una planificación rigurosa, conforme a una estrategia que mande sobre la táctica…..  Las encuestas, las webs y los procedimientos participativos  son un instrumento interesante, pero solo son un instrumento más en la acción de gobernar.

Quizás la clave está en que los gobernantes de hoy prefieren la popularidad de la estrella a la confianza en el líder. Creo que es un error. Las popularidades suben y bajan cada día. La confianza en un liderazgo es algo estable y positivo para la sociedad.

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diaz ferranEl Presidente de la CEOE ha dinamitado el diálogo social. Y lo ha hecho a conciencia. En el tramo final de la negociación, cenando en el mismísimo Palacio de la Moncloa, ha hecho uso de su programa máximo para romper definitivamente la mesa. Cualquiera que haya participado en una negociación, por sencilla que fuera, sabe que cuando pides cinco (puntos de rebaja en las cotizaciones sociales) y te ofrecen 1,5, a continuación debes pedir 4 para que acabar cerrando un acuerdo en 2,5. Sin embargo, Díaz Ferrán se descolgó en el último minuto con ¡un 6! Y el despido libre, y la rebaja del impuesto de sociedades desvinculada del mantenimiento del empleo, y las ETT contratando en las administraciones… Es evidente que buscaba el desacuerdo. La pregunta es ¿por qué?

La trayectoria profesional y corporativa de Díaz Ferrán no avala esta conducta. Conozco bien al Presidente de los empresarios. Es el dueño de buena parte de las líneas privadas de autobuses que circulan por Madrid. Durante muchos años lideró a los empresarios madrileños al frente de la CEIM. Construyó su imperio merced a las buenas relaciones con la administración. Presumía con razón de fomentar una sólida concertación social con gobierno y sindicatos en favor del crecimiento económico y el empleo. Tuvo siempre la habilidad de mantener una complicidad total con Aguirre, al tiempo que cuidaba las relaciones con la oposición. Se llevaba razonablemente con Esperanza y con Solbes a la vez… Sabía hasta qué punto puede tensarse la cuerda sin llegar a romperla. Y nunca provocó un conflicto a conciencia. (La “faena” que le hizo a su antecesor y maestro Fernández Tapias fue de “encargo”, aunque la ejecutara sin muchos miramientos, es verdad)

¿Por qué este cambio? ¿A qué se debe esta actitud tan radical? Una vez descartada la falta de voluntad de acuerdo por parte de sus interlocutores -es obvio que al Gobierno le interesa sobremanera-, quedan tres interpretaciones posibles, al menos. 1) Que Díaz Ferrán está preso de los “halcones” de la CEOE, y estos le dictan la estrategia dura. No parece  problable, toda vez que el hoy Presidente ganó hace bien poco el pulso interno a la vieja guardia. 2) Que de pronto le han surgido aspiraciones políticas, y quiere ganarse el aplauso de la militancia de la derecha ante un más que probable nuevo fracaso de Rajoy. y 3) (Como sugieren sus enemigos más encarnizados) Que busca presionar al Gobierno para que le ayude a salvar los muebles en sus maltrechos negocios privados.

Me cuesta atender a cualquiera de las interpretaciones posibles. Pero los hechos están ahí… Haría bien Gerardo Díaz Ferrán en seguir su instinto de siempre y atender la demanda mayoritaria entre los propios empresarios españoles y en el conjunto de la sociedad. Ahora más que nunca son necesarios los acuerdos para unir esfuerzos en el objetivo de adelantar la salida de la crisis y establecer un nuevo modelo de crecimiento más estable, más próspero y más justo.

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GriñánAnoche asistí a un debate muy interesante en el Círculo de Confianza. El invitado era Pepe Griñán, Presidente de la Junta de Andalucía. Compartíamos mantel y tertulia con él una cincuentena de personas, casi todas empresarios y políticos. Espero no traicionar mucho el ambiente de confianza si desvelo algún detalle de la jornada.

Griñán estuvo en su línea: solvente y didáctico. Cada día confirma el acierto en su elección. Andalucía ha ganado un gran Presidente, y la política española suma un jugador brillante y resolutivo a su primera división.

Delante de algunos de los principales protagonistas de la vida económica española habló Pepe de “la crisis de capital” que ha originado las dificultades por las que atravesamos. Denunció el fiasco de la desregulación financiera, la avaricia criminal de algunos operadores y el fracaso de sus supervisores públicos. Reclamó reformas para asegurar “el gobierno del mercado que salve al mercado”, y defendió la estrategia de estímulo de la demanda que lleva a cabo el Gobierno. Su receta para salir de la crisis y cimentar un nuevo modelo de crecimiento competitivo y justo en Andalucía y en España tiene ingredientes de claro color socialdemócrata: inversión pública productiva, educación, I+D+i, sostenibilidad, infraestructuras, cohesión social y concertación con empresarios y sindicatos.

Pero, a mi juicio, el momento más interesante de la noche llegó con el juego pregunta-respuesta entre Javier Gómez Navarro, el Presidente de las Cámaras, y el Presidente andaluz. El primero aseguró que las opciones políticas no se diferencian hoy en el “qué” sino en el “cómo”, es decir, que en esencia todos coincidimos en los mismos objetivos y que solo cabe distinguirnos por los procedimientos y la solvencia de cada cual. Griñán negó “la mayor” y defendió con firmeza la pervivencia y el contraste de las ideologías: ni coincidimos en los valores, ni coincidimos en las metas, ni coincidimos en los programas. La derecha busca y buscará la acumulación de riqueza en pocas manos, por eso plantea superar la crisis para volver a montar el casino financiero que la ocasionó. La izquierda persigue prosperidad, equidad y justicia, por eso busca salir de esta crisis cambiando a fondo el modelo productivo que la generó.

Izquierda y derecha no nos parecemos ni en el “qué” ni en el “cómo”. Griñán y Gómez Navarro tampoco se parecen mucho. Afortunadamente para los andaluces… (y eso que compartieron Consejo de Ministros con Felipe González).

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Gripe AEl Estado español deberá hacer frente el próximo otoño a un enemigo temible, la pandemia de la gripe A. Nuestra administración, como el resto del mundo, tendrá que enfrentarse a la extensión de la enfermedad, a la responsabilidad de atender a centenares de miles de enfermos, a la alarma que generarán los inevitables fallecimientos… A nuestras instituciones se les exigirá una respuesta ágil y eficaz ante una amenaza temible. ¿Qué posibilidades tiene el Estado español para ofrecer esta respuesta ágil y eficaz en un escenario institucional con 17 sistemas sanitarios diferenciados y con competencia plena? ¿Existen instrumentos adecuados para asegurar una acción coordinada ante un reto de estas características?

 

Nuestra Constitución establece un modelo deliberadamente abierto en la estructura territorial del Estado. Este modelo abierto asegura en teoría tanto la descentralización de competencias claves como los instrumentos que han de soportar la eficacia, la cohesión y la igualdad en el conjunto. Sin embargo, las sinergias políticas desarrolladas desde 1978 han incidido en el primer vector sin profundizar suficientemente en el segundo. Aún hoy en las Cortes se reclama “la desaparición del Ministerio de Cultura para que las autonomías ejerzan sus funciones”, y se exige la transferencia a los gobiernos regionales del control sobre “aeropuertos, puertos, ferrocarriles y autovías”, por citar solo las dos áreas en las que he tenido responsabilidad parlamentaria durante el último año. Por el contrario, cualquier discurso a favor de la coordinación es inmediatamente descalificado como “jacobino”, antiguo y antidemocrático.

 

He mantenido muchas veces que treinta años después de la redacción del Título VIII de la Constitución merece la pena llevar a cabo un análisis serio y objetivo sobre el cumplimiento de las expectativas de eficiencia y garantía de cohesión e igualdad que ha conllevado el  proceso intenso de descentralización aún en marcha. Las ventajas ciertas se han explicitado con profusión. Los riesgos, a mi juicio, se han minusvalorado en función de las coyunturas políticas y las exigencias de la aritmética parlamentaria. Y va siendo hora de afrontar las dificultades sobrevenidas por la existencia de 17 sistemas educativos con objetivos y rendimientos muy distintos; por el mantenimiento de 17 políticas de vivienda independientes y enfrentadas; por el conflicto de 17 servicios de atención a la dependencia sin voluntad de coordinarse; por la evidencia de 17 sistemas sanitarios que no disponen de un modelo hospitalario común y que tienen dificultades hasta para compartir las historias clínicas…

 

El reto de la gripe A constituye una buena oportunidad para subrayar la eficiencia que proporciona la subsidiaridad y la cercanía de la administración sanitaria al terreno, pero también para ser conscientes de que necesitamos instrumentos nuevos y eficaces que aseguren estrategias debidamente coordinadas. Porque, insisto, hemos avanzado mucho en lo primero y poco en lo segundo. Ahora se pone de manifiesto. El Consejo Territorial de Sanidad que reúne estos días a la Ministra del ramo con los Consejeros autonómicos no es más que un foro interesante para el diálogo, el intercambio de información y la expresión de buenas voluntades para una actuación más o menos homogénea. Este órgano no dispone de competencia ni capacidad para sobreponerse a la autonomía de los servicios autonómicos y para garantizar la aplicación de medidas comunes debidamente coordinadas.

 

Resulta significativo que haya sido el Gobierno catalán, tradicionalmente celoso de sus prerrogativas, el que ha tomado la iniciativa para proponer un mecanismo de coordinación efectivo, adoptando decisiones de obligado cumplimiento general en el seno del Consejo sanitario. La necesidad es evidente ya. El próximo otoño será un clamor. Ojalá la dimensión del problema a enfrentar y el sentido común prevalezcan esta vez sobre los prejuicios “centrifugadores”.

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Sé que no debería sorprenderme, pero lo hago. La derecha de este país no encuentra límites en su afán por explotar electoralmente cualquier acontecimiento, por delicado, sórdido o dramático que sea. Del reparto territorial de los recursos públicos a los conflictos lingüísticos. De las muertes a bordo de las pateras a las violaciones de menores. Todo les vale para hacer demagogia, remover las pasiones más bajas y recolectar algún voto desorientado. A los socialistas madrileños nunca se nos hubiera ocurrido soliviantar a la población haciendo uso espurio de la muerte de Ryan. Ahí está la diferencia.

Las violaciones de dos niñas por sendos grupos de menores de edad constituyen hechos gravísimos que generan por sí mismos una alarma social lógica. Pero los responsables públicos estamos para dar la cara, auxiliar a las víctimas, y poner a los culpables a disposición judicial. Aún más, nos toca analizar con rigor lo sucedido y disponer medidas para que no vuelva a ocurrir. Todo menos verter el combustible de la demagogia fácil sobre el ánimo encendido. Y es demagogia achacar estas atrocidades a la supuesta “blandura” y “permisividad” de la legislación vigente.

Claro que los ataques despiertan rabia e impotencia. Claro que la Justicia muestra limitaciones exasperantes. Claro que toda ley puede ser mejorable, incluso la ley del menor que ya mejoramos hace solo unos meses. Y claro que existe cierta sensación de impunidad entre algunos menores que delinquen a conciencia. Pero, ¿todos estos problemas ciertos se resuelven simplemente metiendo cada vez más gente y cada vez gente más joven en la cárcel? Más allá de la demagogia y el cálculo electoralista, ¿alquien piensa de verdad que rebajando la edad penal se resuelve el problema? ¿Hasta cuándo la rebajamos? ¿A los 12 años? ¿Por qué no a los 11, o a los 10, o a los 9?

Estas tragedias demuestran que algo falla en nuestra sociedad. Algo grave, que no se resuelve con golpes de pecho, ni con llamadas al desquite, ni con cambios legales. Algo falla y tiene que ver con los valores. Y no me refiero a “la banalización del sexo” que citan los pescadores en río revuelto. Hablo de una sociedad que legitima cada día ante sus hijos el uso gratuito de la violencia, en la Tv, en el cine, en internet, en algunos videojuegos… Hablo de una sociedad que normaliza el abuso de poder sin la suficiente contestación. Hablo de las familias que se transforman y delegan lo indelegable en la escuela sin medios o en la calle traidora.  Hablo de la falta de referencias morales sólidas, cuando las ideologías se desdibujan, cuando la religión solo ofrece respuestas hipócritas o anacrónicas, cuando el consumismo y la vida fácil se convierten en las metas universales… Vaya, no quiero ponerme melodramático.

Resulta curioso que los mismos que arremetieron con saña contra la asignatura de la Educación para la Ciudadanía sean ahora los que más claman al cielo por la falta de respuestas educativas y morales de la sociedad ante las tragedias de estas niñas.

Revisemos la legislación si es preciso. Resolvamos los problemas de la Justicia. Protejamos a las víctimas y castiguemos a los culpables. Aclaremos con contundencia que no hay ni habrá impunidad para los salvajes que cometan este tipo de fechorías, tengan la edad que tengan. Sin demagogias. Pero tengamos muy claro que la labor a desarrollar para afrontar la raíz de este problema será mucho más dura y compleja que una simple reforma legislativa.

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